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Crónica: Orquesta sinfónica de Cincinnaty en Quincena Musical (29, 30-08-2017)


La presente edición de la Quincena Musical Donostiarra terminaba con dos conciertos de la Orquesta sinfónica de Cincinnati. Si mi memoria no falla, es la primera vez que tengo ocasión de escuchar a una orquesta norteamericana en vivo, y los conciertos se presentaban interesantes aunque sólo fuera por comprobar el tópico de la gran calidad de los metales de las orquestas estadounidenses.




El concierto del día 29 (de cuyo programa dejo un enlace) comenzaba con una primera mitad muy yanky: Bernstein y Copland.

Leonard Bernstein es sin duda una de las figuras musicales más importantes de Norteamérica en el siglo XX. La obra elegida no deja de resultar curiosa: la suite de la banda sonora de “On the waterfront” (en España conocida como “La ley del silencio”), la única banda sonora que compuso (a diferencia de su compañero Copland, que compuso varias). No es una película que me guste, y de hecho ni siquiera recuerdo la banda sonora; probablemente porque mientras la veo estoy más preocupado de sacar los terribles fallos interpretativos de mi nada admirado Marlon Brando. Influye en mi aversión a esta película el nada disimulado intento de su director, Elia Kazan, de justificar su injustificable actitud durante la Caza de Brujas. No me queda más que lamentar que Bernstein no compusiera alguna banda sonora para otra película que me resulte más tentadora. Aquí, la música, que incluye un saxo, es en general tensa, con cierta tendencia al ruido, con poco desarrollo melódico, y la suite se hizo un tanto larga pese a la impecable labor de la Orquesta sinfónica de Cincinnati, dirigida con energía por Louis Langrée.

Seguía una obra de menor duración, “Lincoln Portrait” de Aaron Copland. Una obra patriótica y patriotera, que por momentos suena demasiado a alguna marcha de John Philip Sousa, con esa tendencia tan yanki de idealizar, en exceso probablemente, a Lincoln. La obra requiere de un narrador que repasa brevemente detalles de la vida del presidente y cita algunos de sus discursos (destacando el último, el de la batalla de Gettysburg), labor que le fue encomendada a Charles Dance, conocido por su papel de Tywin Lannister en la poplar serie “Juego de tronos”. No se puede negar que, pese a su breve cometido, el actor británico le puso ganas a su interpretación, que fue considerablemente aplaudida por el público (que, sospecho, en su mayoría no será muy asiduo a ver las guerras entre Lannister, Stark, Baratheon y demás familias del universo de George R. R. Martin).

La segunda parte del concierto no resultó tan satisfactoria, alejada la Orquesta sinfónica de Cincinnati de ese repertorio americano en el que tanto destaca. No fue con la magistral 5ª sinfonía de Piotr Ilich Tchaikovsky donde mejores resultados podían demostrar; no por la falta de talento musical (confirmando el tópico de la calidad de los metales en el espectacular solo de trompa del segundo acto, pura magia la que vivimos en ese momento) como en el aspecto expresivo: mira que a mí me gustan tempos lentos (como los que elegía el referencial en este repertorio Leonard Bernstein), pero es que Louis Langrée se pasó de lentitud, llegando en los dos primeros actos a perder la tensión. Quizá la parte más interesante de la ejecución fue el 4º movimiento, espectacular e impactante, con un magnífico trabajo de los metales.

Concluía el concierto con una propina: la genial obertura de “Candide” de Bernstein, impecable y con una percusión al máximo en una partitura tremendamente compleja por sus constantes cambios de color orquestal y de ritmo. Ahora sí volvíamos a disfrutar de lo que mejor sabe hacer la Orquesta sinfónica de Cincinnati.

El concierto del día siguiente (de cuyo programa dejo el enlace) se abría con una breve obra de John Adams, “Short ride in a fast machine”, que me dejó bastante indiferente.

A continuación venía el gran atractivo del concierto (y probablemente de la quincena en general): poder ver en vivo a ese gran violinista que es Renaud Capuçon. Desgraciadamente, la obra elegida, el primer concierto para violín de Max Bruch, no es especialmente interesante (sólo tiene cierta gracia el tercer movimiento). Una lástima que no hubiera elegido un repertorio más acorde con la orquesta (ese concierto de Korngold que ha grabado en disco y que es sublime, o el no menos maravilloso de Barber). En todo caso, Capuçon demostró que, pese a su impecable técnica, no destaca tanto por su virtuosismo (que lo tiene) como por una expresividad casi diría “a la antigua”, la de los grandes. Expresividad que demostró aún más si cabe en la propina que ofreció (desconozco cuál fue la pieza), sensible y delicada , de esas a las que tanto partido sabe sacar el francés. Fue un verdadero lujo poder escucharle, y sólo me queda esperar poder volver a escucharlo en directo en un repertorio más interesante (y poder escuchar también a su hermano, el chelista Gautier, otro musicazo).

Tras lo sucedido el día anterior, miedo me daba lo que iba a escuchar en la segunda parte del concierto. Porque sí, la 9ª sinfonía de Antonin Dvorak es la “Sinfonía del nuevo mundo”, pero más por evocarnos el ambiente americano que por sonar propiamente americana; no deja de ser a fin de cuentas una sinfonía muy europea y, por encima de todo, muy checa. Y se confirmaron mis sospechas. Unas cuerdas graves en estado de gracia comienzan los primeros acordes del primer movimiento a un ritmo exasperantemente lento, que no acelera en todo el primer movimiento. Algo similar ocurrió en el segundo, pese a que el solo de corno inglés (impecablemente ejecutado, por cierto) podía haber sido algo más lento; el resto del movimiento sí fue lento en exceso. La cosa remontó en el tercer y, sobre todo, en el cuarto movimiento, dejando finalmente un buen sabor de boca con ese magnífico final. No, no cabe duda de la enorme capacidad musical de la Orquesta sinfónica de Cincinnati, pero hablar de s adecuación estilística al repertorio europeo es ya otro tema.

La propina ofrecida fue, de nuevo, la obertura de Candide, esta vez con un mensaje del director, en inglés, contra el odio y el oscurantismo en un mensaje deduzco que dirigido al presidente americano, el ominoso Donald Trump, al que no le vendría nada mal ver el “Candide” de Bernstein (no hablemos ya de leer la obra de Voltaire) para ver si así asoma por su cerebro algún atisbo de inteligencia.

Y así termina una nueva edición de la quincena que ha pasado sin pena ni gloria: sin sombras, cierto, pero también sin luces, sin ningún concierto realmente memorable o mágico (algo que si sucedió por ejemplo el año pasado). Ahora nos toca esperar hasta el año que viene para saber qué nos deparará la próxima edición; más y, esperemos, mejor.