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Crónica: Lucia di Lammermoor en ABAO-OLBE (19-10-2019)

Comienza una nueva temporada de ABAO-OLBE, la número 68 concretamente, con la “Lucia di Lammermoor” de Gaetano Donizetti. Y con la representación de esta famosísima ópera parece que la asociación haya querido tirar la casa por la ventana para asegurarse el éxito. Y es que sobre el papel el reparto resultaba enormemente atractivo, y contar con una armónica de cristal es otro lujo. Por no olvidarnos del hecho de ofrecer la partitura completa, sin los cortes tradicionales (afortunadamente, porque llevo muy mal eso de cortar pasajes de cualquier ópera). Y, en general, hay que decir que acertaron.

Ya las últimas representaciones de “Lucia di Lammermoor”, en 2011, fueron sobresalientes, y guardo un gran recuerdo de ellas. No era fácil por tanto conseguir superar aquellos resultados artísticos. Y, la verdad, no sé si los habrán superado o no, que tampoco creo que sea el objetivo. Lo primordial es que el nivel musical fuera de gran altura, y lo fue en 2011 y lo ha sido en esta ocasión.

Antes de pormenorizar la función dejo, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

Visualmente no ha sido una gran función, aunque tampoco ha habido nada que molestara. La escenografía de Maurizio Baló era sencilla, con poco atrezzo, apenas el necesario para cambiar cada ambientación. Unas proyecciones en el fondo del escenario, todas en blanco y negro, apenas contribuían a ambientar cada escena. La dirección escénica de Lorenzo Mariani acentuó en mi opinión en exceso la violencia de los personajes, en especial de Enrico (¿era necesario ese intento de violación a su hermana? Enrico es un ser ruin sin necesidad de llegar a tales excesos, y a veces parece que si no hacen una barbaridad así no son realmente malos), mientras era muy estática con el coro, aunque eso no es ningún problema. 

Riccardo Frizza dirigió con chispa a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que sonó a buen nivel. Los tempi eran en general lentos para acompañar a los solistas, en especial a Lucia, mientras lucía más brío en las escenas de conjunto, en especial una magnífica stretta final del I acto. Algunos excesos de volumen puntuales no afearon el resultado final. Difícil, por otro lado, juzgar la labor de Sascha Reckert con la armónica de cristal, ya que era la primera vez que la escuchaba, pero en todo caso resultaba curioso ese sonido tan fantasmagórico que tan bien encajaba con la escena de locura. 

De mis primeros años como abonado de ABAO a la actualidad hay que mencionar la considerable mejoría del coro de la casa, que en esta “Lucia di Lammermoor” ha sabido aprovechar sus momentos de lucimiento, destacando en especial el “O qual funesto avvenimento!” al que supieron sacar toda su carga expresiva, sin abusar de volumen. 

De los comprimarios, correcta Maite Maruri como Alisa, perfectamente audible en el concertante final del I acto. Un tanto histriónico, tanto en su interpretación como en su canto, el Normanno de Gerardo López, que en todo caso estuvo mejor en el último acto. Solvente en su ingrato papel el Arturo de Juan José de León. 

Marko Mimika firmó un Raimondo un tanto falto de autoridad en el registro grave, pero sacó adelante una interesante interpretación, dramáticamente bien aprovechada y con un solvente registro agudo. La voz no es especialmente oscura, pero se agradece que no haga esfuerzos por oscurecerla artificialmente. Su dúo con Lucia fuen un momento más que disfrutable. 

Juan Jesús Rodríguez fue un Enrico vocalmente imponente. Su voz es quizá demasiado dramática para el papel, lo que se notó en su aria “Cruda, funesta smania”, con un timbre oscuro y una sonoridad de gran potencia, rematando la caballeta con un magnífico agudo. A nivel expresivo estuvo mejor conforme avanzaba la ópera, teniendo buenos momentos en el dúo con Lucia y en la escena de la boda; destacar asimismo su dúo con el tenor, en el que de nuevo volvió a asomar su fiero Enrico. 

El Edgardo de Ismael Jordi fue lo mejor de la noche. Imposible reprocharle nada a un cantante entregado tanto a nivel vocal como interpretativo, luciendo constantemente unas magníficas medias voces de enorme belleza. Esas frases iniciales del sexteto fueron pura mágica (perfectamente secundado, por cierto, por Juan Jesús Rodríguez), y ya su escena final fue un verdadero lujo. No era fácil su papeleta, corriendo el riesgo de ser eclipsado por la soprano, y en mi opinión fue él quien destacó más. 

Con estas funciones Jessica Pratt llegaba a su Lucia número 100. Y se nota que la soprano está acostumbrada al papel. Su Lucia está basada en unos agudos y sobreagudos brillantes que maneja a placer, apianándolos con gran gusto. Estuvo en mi opinión algo torpe en las coloraturas rápidas, por lo que el ritmo era en ocasiones demasiado lento. En la escena de la boda lanzó sonoros sobreagudos atacados por desgracia con la ayuda de un portamento, pero no hizo lo mismo en el “Spargi d’amaro pianto”, donde, si mis oídos no me fallaron, atacó el sobreagudo staccato, siendo la guinda de una escena de locura de gran virtuosismo vocal, pero un virtuosismo más basado en el dominio del volumen que en las coloraturas. 

Esta “Lucia di Lammermoor” abría por tanto con muy buen nivel musical la nueva temporada de ABAO-OLBE. Sólo nos queda esperar que el nivel musical se mantenga en las próximas óperas. 

In Memoriam: Alberto Zedda (06-03-2017)


Recuerdo aquel verano de 2015, en el que la Quincena Musical programaba un Stabat Mater de Rossini al que no podía acudir. Recibí por mail una invitación para ir al ensayo, y quise aprovecharlo, ya que era una oportunidad única de ver dirigir a un ya mayor Alberto Zedda (no recordaba haberle escuchado en vivo anteriormente, mala memoria la mía). Y me sorprendió que, pese a dirigir sentado, tenía una energía en sus brazos que literalmente me daba envidia. “Yo de mayor quiero ser como él”, pensé tantas y tantas veces a lo largo de aquel ensayo en el que pude disfrutar de forma privilegiada de su talento como director de orquesta. Por eso, a apenas dos meses de tener la oportunidad de volver a verle, me sorprendió tristemente la noticia de que nos dejaba ayer, a los 89 años.




Alberto Zedda había nacido en Milán el 2 de enero de 1928. Allí estudió música con directores de la talla de Antonino Votto o Carlo Maria Giulini, debutando en La Scala en 1956 con “Il barbiere di Siviglia” rossiniano. Y es que su carrera estuvo muy ligada al compositor de Pesaro, de quien, en su faceta como musicólogo, fue el autor de la edición crítica de todas sus óperas junto a Philip Gosset, además de ayudar a la recuperación de muchas de ellas, así como a obras poco conocidas de otros compositores. Fue entre otras actividades director artístico de La Scala y del festival Rossini de Pesaro, que ayudó a fundar, junto con la Academia Rossiniana en la que cambiaría la forma de cantar la música de Rossini.

Aunque muy recordado por su labor como director de ópera, Alberto Zedda dirigió también repertorio sinfónico, como por ejemplo la “Sherezade” de Nikolai Rimski-Korsakov, de la que escuchamos la última parte:

O en obras tan infrecuentes como el concierto para flauta del danés Carl Nielsen:

Pero destacó por encima de todo como director de música vocal, especialmente de ópera, siendo el repertorio italiano del siglo XIX el más frecuente, aunque le tenemos también dirigiendo recitales discográficos de repertorios a priori tan extraños en su carrera como el verismo. Le escuchamos acompañando a Francisco Araiza en el aria “Che gelida manina” de “La Boheme” de Puccini:

O le tenemos incluso dirigiendo la “Manon” de Jules Massenet en italiano:

Dirigió música barroca de compositores como Claudio Monteverdi o Antonio Vivaldi (no pongo vídeos por no encontrar fragmentos en Youtube, hay sólo grabaciones completas), así como de compositores posteriores como Domenico Cimarosa (de cuya ópera “Le donne rivali” gravó una integral que también está en Youtube) o de Gaspare Spontini, del que escuchamos la escena del infierno del “Teseo riconosciuto”:

Fruto de esa labor recuperadora de obras olvidadas le tenemos dirigiendo “Il dissoluto punito” de Ramón Carnicer:

También grabó el “Fra Diavolo” de Daniel Auber, del que escuchamos el aria “Si, domani” cantada por Luciana Serra:

De Giuseppe Verdi fue un destacado director de “Falstaff”, del que escuchamos la escena final con un reparto de lujo que incluye a Bryn Terfel, Ainhoa Arteta, Marianne Cornetti, Ruth Iniesta o Juan Jesús Rodríguez:

Y fue también un gran difusor de la temprana (y fallida) “Un giorno di regno”, que pude ver dirigida por él en Bilbao en estas funciones:

De Gaetano Donizetti le tenemos por ejemplo dirigiendo a Luciana Serra en el aria “O luce di quest’anima” de la ópera “Linda di Chamounix”:

Y también le escuchamos dirigiendo “Lucia di Lammermoor”, en concreto el dúo final del primer acto, con Virginia Zeani y Alfredo Kraus:

De Vincenzo Bellini le escuchamos “I Puritani”, dirigiendo a Mariella Devia en la caballetta “Vien, diletto”:

Pero también títulos menos frecuentes como “I Cappuletti ed I Montecchi” o “Il Pirata”, de la que escuchamos el aria “Nel furor delle tempeste”:

Pero por encima de cualquier otro compositor, en su carrera destaca la atención que presta a Gioacchino Rossini, del que realiza la edición crítica de las partituras precisamente para limpiarlas de las tradiciones espurias de las interpretaciones anteriores y recuperar el estilo original (prestaba especial atención a las coloraturas) siendo desde entonces su labor absolutamente referencial en la interpretación del compositor de Pesaro. Destaca su labor divulgativa en el Festival Rossini de Pesaro, que contribuyó al lanzamiento de no pocos intérpretes rossinianos. Antes de pasar a sus óperas, escuchamos el fragmento más conocido del “Stabat Mater” que mencionaba al comienzo, el aria para tenor “Cujus animam” que le escuchamos a Juan Diego Flórez:

En su labor como recuperador de obras o de fragmentos desconocidos le tenemos por ejemplo dirigiendo a Marilyn Horne en un aria alternativa de la famosa “Il barbiere di Siviglia”, “La mia pace, la mia calma”:

Vamos a verle ahora dirigir la obertura de “La Cenerentola”, para ver sus enérgicos gestos y la ligereza y sutilidad de sus versiones:

Vamos ahora con unas funciones en vivo de la maravillosa “L’Italiana in Algeri” de A Coruña; en concreto el trío “Pappataci” con Rockwell Blake, José Julian Frontal e Ildar Abdrazakov:

Vamos ahora con “Il turco in Italia”, en concreto con el aria de Fiorilla “Non si da follia maggiore” que canta Lella Cuberli:

Vamos ahora con la no muy frecuente “La gazza ladra”, de la que escuchamos a Lucia Valentini-Terrani cantar “Tocchiamo, bebiamo”:

Alberto Zedda se encargó también de popularizar la recién descubierta “Il viaggio a Reims”, de la que escuchamos el dúo “D’alma celeste, o dio” con Ewa Podles y Rockwell Blake:

“Semiramide” fue otra obra fundamental en su repertorio. Escuchamos el aria del tenor “La speranza più soave” cantada por Gregory Kunde:

Vamos ahora con otra ópera rossiniana que no podía faltar en el repertorio de Alberto Zedda, “Tancredi”, de la que escuchamos el aria “Di tanti palpiti” cantada por Daniela Barcellona:

Y seguimos con otra obra muy frecuente en su repertorio, “Otello”, de la que escuchamos una magnífica versión del dúo “Ah, vieni” con Gregory Kunde y Maxim Mironov:

Escuchamos ahora el final de “Ermione” con Angela Meade:

Y ahora escuchamos un fragmento de la poco conocida “Torvaldo e Dorliska”, con Lucia Valentini-Terrani y Lella Cuberli:

Le escuchamos ahora dirigiendo a Ewa Podles en el aria “Mura felice” de “La donna del lago”:

Y para terminar le escuchamos dirigiendo a Gregory Kunde en la gran escena de Arnoldo de “Guillaume Tell”:

Con proyectos por delante pese a sus 89 años, la muerte el pasado 6 de marzo de Alberto Zedda nos ha sorprendido a todos. Y es que su incansable labor como divulgador de la obra rossiniana le mantendrá en la memoria de todos los operófilos de los que se ha ganado la más profunda admiración.



Crónica: Don Carlos en ABAO-OLBE (27-10-2015)


Digámoslo claramente: salir de casa a las 4 de la tarde sabiendo que no volverías casi hasta las 2 y que la ópera que ibas a ver seguramente no iba a ser gran cosa apetecía bien poco… vamos, que pereza absoluta. Y lo peor de todo es que no me equivoqué, no. Este Don Carlos es el primero de los 5 títulos que ABAO-OLBE nos ofrece esta temporada (lo del Requiem de Verdi no cuenta porque no está incluido en el abono) que en principio parece mejor remedio para el insomnio que el diazepan que me tomo cada noche. 5 títulos italianos, uno por cada uno de los grandes: Rossini, Donizetti, Bellini, Verdi y Puccini. Por mucho que hayan escogido la versión original francesa de este Don Carlos, todo es muy italiano. Y mira que a mí la ópera italiana me pierde, pero pides un poquito más de variedad, no ir siempre a ese “Sota, caballo, rey” que, por lo visto, es lo que debe interesar al público (que mira que no estoy yo nada seguro…)




En mi opinión, este proyecto “Tutto Verdi” que está llevando a cabo la ABAO está ya resultando demasiado cansino. Y es que ya hemos visto la gran mayoría de sus grandes óperas y ya sólo nos quedan títulos menores. Vale, lo confieso, tengo ganas del Stiffelio, y no le haré ascos a Masnadieri o a I Lombardi, pero Alzira… pues toíta pa ellos. Y ya como quieran meternos la versión original de La forza del destino, ese soberano ladrillaco que ya vimos hace poco en su versión revisada… pues es que me muero.

Verdi revisó varias de sus óperas, como esa Forza que ya he mencionado, o el Macbeth, o el Boccanegra… en todos los casos, estas revisiones mejoraron notablemente los originales. Pues en el caso del Don Carlo (cuyo argumento e historia repasamos en este post), que es la versión que conocemos, no es simplemente una traducción del original francés. sino una adaptación que, además, supone una notable mejoría. No sólo suprime el ballet y el aria de Felipe ante el cadáver de Posa, también cambia no pocas melodías y reduce algunas escenas (al margen de ese primer acto de Fontainebleau que incluyen algunas versiones italianas). A mí la verdad es que el Don Carlo me encanta, es de hecho una de mis óperas favoritas de Verdi, pero el Don Carlos original está muy por debajo, y la duración resulta excesiva.

Según indicaba el programa de mano, la duración de la ópera y los dos intermedios debería haber sido de 4:30, aunque por megáfono dijeron que la ópera acabaría a las 11:45 (4:45 horas). Yo dije que no salíamos antes de las 12… y acerté. 5 horas. Sirva esto para hacernos una idea de la excesiva duración de la ópera. Dejo antes de nada un enlace de la producción.

Y ahora vayamos desgranando:

La escenografía de Carlo Centolavigna resulta en general efectiva: Unas paredes recubiertas de mapas antiguos en las que se abren puestas y ventanas, permitiendo convertir esta escenografía en cualquiera de los ambientes en los que se desarrolla la acción (salvo en el añadido del 1º acto, en el que unos palos a modo de troncos de árboles eran toda la escenografía): los jardines, el despacho de Felipe II, su alcoba en El Escorial, el claustro de Yuste o la prisión. Destacaba la aparición, tras una puerta en las habitaciones de Felipe II en el Escorial, una copia del grupo escultórico de Pompeo Leoni que daba acceso a la iglesia. Las mayores pegas venían de la escena del auto de fe, con ese enorme crucificado (desnudo, por cierto…) girando y comiéndose medio escenario, y con unas gradas en los laterales y la parte trasera de la escena que resultaron peligrosas (casi se nos esmorra uno de los figurantes que hacía de obispo).

La dirección escénica de Giancarlo del Monaco perjudicó especialmente  al Don Carlo de Giuseppe Gipali, al que situaba demasiado a menudo bastante atrás de la escena, con lo que su mal proyectada voz resultaba muy poco audible. Lo más imperdonable fue la licencia final de hacer que Felipe mate a Carlos. Lo confieso: el cabreo que me pillé me impidió aplaudir al final de la representación. Sí, ya sé que el final de la ópera es infumable, pero lo prefiero a esta aberración histórica. Prefiero ver al abuelo surgir de ultratumba para salvar a su nieto, de verdad.

En cambio, el vestuario me resultó muy acertado.

El ballet me sobraba. Ni es de las músicas más inspiradas de Verdi, ni aporta nada a la acción. Además, el ruido de los bailarines arrastrándose por el suelo resultaba insufrible. ¿No había algún material mejor para el suelo para impedir ese molesto ruido?

La orquesta sinfónica de Bilbao contaba en este caso con la dirección de Massimo Zanetti. La orquesta estuvo lejos de la corrección, y la dirección de Zanetti pecó de excesiva lentitud en no pocos momentos,sobre todo en el dúo final (en un momento en el que ya todos estábamos pensando en llegar a casa de una vez). Y para colmo tapaba a los cantantes en numerosas ocasiones.

El coro tampoco estuvo a la altura. Para empezar, la escena del auto de fe se veía vacía, se esperaban más miembros del coro. Y en concreto los que hacían de inquisidores fueron de juzgado de guardia. Cantaron realmente fatal. Después de unas últimas funciones en las que parecían levantar el vuelo, este Don Carlos les ha devuelto a un nivel tan bajo que es difícilmente admisible.

Y vamos ya con el reparto.

Ya he mencionado que el Don Carlos lo interpretaba Giuseppe Gipali. Ni idea de quién es. Y tampoco tengo mucha intención de arreglarlo: su interpretación vocal fue bastante escasa, muy mal de proyección, salvo en el registro agudo, poco audible en la mayoría de los momentos, eclipsado por el resto del reparto o por la orquesta. Una especie de “quiero y no puedo” que fue la tónica general de la noche.

Esperaba mucho del Felipe II de Orlin Anastassov… y la decepción fue mayúscula. En sus primeras apariciones su voz sonó rotunda, pero su fraseo demasiado agresivo, demasiado cortante. Así que al llegar a su gran aria del acto 4º esperabas un fraseo más cuidado, más redondo… y comienza las primeras frases intentando matizar, pero la voz se le rompía. Parecía como si tuviera alguna flema o algo así (medio teatro estábamos resfriados, y muchos se esforzaron por demostrarlo constantemente con sus toses… así que tampoco sería de extrañar que Orlin también pudiera estar algo enfermo). Y así, o fraseaba sin cuidado, o la voz se le rompía. Se le notó más cómodo en su dúo con el gran inquisidor, pero luego, en el cuarteto… al llegar a un “agudo” la nota no salió. Calada brutal, notoria para cualquiera que incluso no conociera la ópera. La cosa ya pintaba fea. Y así, vuelve a aparecer tras la muerte del marqués de Posa, canta con corrección su aria ante el cadáver de este, pero en la escena del motín llegamos a otro agudo… ¡y la vuelve a cagar! No me explico como alguien con su prestigio (y su vozarrón) pudo estar tan flojo. Creo que él mismo fue consciente, ya que en los saludos finales el suyo fue muy breve.

Élisabeth de Valois la interpretaba la soprano María José Siri. Cantaba con gusto y una bella voz, resultando solvente en su aria del 2º acto o en los dúos… pero en su gran escena del 5º acto (mi favorita) se echó en falta una voz con más cuerpo. Siempre he defendido que la Élisabeth es una soprano lírica pura, en la línea de Desdemona, lejos de las spinto verdianas como la Amelia del Ballo, la Leonora de Forza o Aida. Lírica sí, pero con una voz con mucho más cuerpo que la de Siri para poder superar los pasajes más dramáticos. Nos regaló bellos momentos, porque canta con gusto, sabe matizar y apianar, pero la asepsia general no ayudaban mucho para regalarnos una Élisabeth memorable.

Parece que para hacer un buen Gran Inquisidor haya que ser finlandés. Y Mika Kares no estuvo al nivel de su paisano Talvela, obviamente, pero sorprendió en su breve pero complicadísima participación, con una voz potente y un domino de toda la tesitura, desde los potentes graves hasta los peliagudos agudos. Sus participaciones se encontraron entre los momentos más disfrutables de la noche.

La gran Daniela Barcellona fue la encargada de interpretar a la princesa de Eboli. Todavía recuerdo la primera vez que la vi en una Italiana in Algeri, y ahora verla en un repertorio mucho más dramático no deja de sorprender. Estuvo espléndida en la canción del velo, que supo a poco (ayudada por las coloraturas que tan bien domina) y en el terceto del jardín. Y su “O don fatal” fue más que digno, potentes sus graves, correctos aunque mejorables sus agudos… ¡pero Zanetti se esforzó por taparle! Seguramente tengamos que esperar un poco para que la voz de la italiana vaya engordando en volumen y potencia para que se encuentre más cómoda en una parte tan peliaguda como esta Eboli que interpretó con el alto nivel que era de esperar en su caso. Y habría sido la gran triunfadora de la noche, de no ser…

De no ser por un tal Juan Jesús Rodríguez, que interpretó al Marqués de Posa. Ya pudimos disfrutar de su talento canoro en el Yago del pasado Otello. Aquí el Posa sabía a poco, ya que su voz es mucho más grande y dramática y tenía que controlar su voz para sonar al barítono lírico que es Posa. Sus dos monólogos en la escena de la cárcel fueron muy aplaudidos (sobre todo el segundo, aunque a mí me gustó más el primero, donde además nos regaló unos trinos breves pero bien ejecutados) y en los saludos finales fue el más aplaudido y braveado, más que merecidamente. Fue un lujo en toda regla.

De los comprimarios destacaron Ana Nebot como Thibault y la rotunda voz de Ugo Rabec como Monje/espectro de Carlos V, aunque no cantara desde el escenario, por desgracia.

En resumen, una noche larga, pesada, con demasiados “quiero y no puedo” y sólo unos pocos puntos luminosos que no son desde luego el preludio ideal a una gran temporada. Veremos lo que nos dan de sí los demás títulos, pero miedo me da… llamadme pesimista si queréis, pero cuando acabe la temporada ya hablaremos y veremos si tengo razón o no.