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Crónica: London Philharmonic Orchestra en Quincena Musical (30 y 31-08-2019)

La 80ª edición de la Quincena Musical se cerraba con la integral de los conciertos para piano de Beethoven a cargo de Javier Perianes y la London Philharmonic Orchestra, dirigida por Juanjo Mena. Mucho Beethoven en esta edición, y eso que el “Año Beethoven” es el que viene (en 2020 se celebra el 250 aniversario de su nacimiento).

Para los que no somos especialmente fans de Beethoven (y, especialmente, del Beethoven concertante), la integral resultó un poco excesiva. Los conciertos son obras relativamente tempranas en la producción del compositor, y en general muestran más aspectos clásicos que románticos. Quizá por ello el 5º y último, el maravilloso “Emperador” luce tanto y demuestra ser una de las obras maestras del compositor. Pero otros no son tan brillantes, y confieso que con el 3º casi me quedaba dormido. Problema personal, a mí me va más lo romántico que lo clásico. 

La integral que la London Philharmonic Orchestra ofreció tuvo lugar en dos días consecutivos; en el concierto del día 30 se interpretaron los conciertos nº 2, 3 y 4, mientras en el del día 31 se interpretaron los dos más largos: el 1 y el 5. Como voy a comentar ambos conciertos en conjunto, en lugar de ir dejando los enlaces a las fichas artísticas según vaya comentando, dejo ambos directamente ahora: el del día 30 y el del día 31

Titánica la labor del onuvense Javier Perianes, pianista de talento fuera de toda duda, que se manejó sin problemas por la nada fácil escritura beethoveniana, tan dado como era el compositor a exigir al máximo a sus músicos. Demostró absoluta solvencia y precisión en los pasajes más virtuosísticos, pero donde surge el verdadero artista es en los movimientos lentos, en los pasajes más líricos y poéticos. Y Perianes no sólo destacó (y cómo) en el maravilloso segundo movimiento del “Emperador”, sino también en los movimientos lentos del 1º o el 2º, por ejemplo. Y, si bien es cierto que el ritmo elegido en ocasiones era bastante rápido (1º  movimiento del Emperador), su uso de las pausas y del rubato fue de absoluto manual, como bien demostró en los movimientos finales del 4º y el 5º. Su tecleo tendió en general a una mayor suavidad de la habitual, con pocos pasajes muy martilleados; un Beethoven más lírico del que quizá estamos acostumbrados, pero con momentos de exquisita belleza. 

La London Philharmonic Orchestra no tuvo excesiva oportunidad de lucimiento, dada la escritura orquestal de los conciertos más tempranos, donde hay ritornello introductorio, repetición y poco más, encontrando más juego en los últimos, en especial en esos diálogos con el solista del Emperador. Impecable en todas sus secciones, con unas maderas de gran calidez y unos metales con pocas oportunidades pero bien aprovechadas, hubiera sido deseable haber podido escucharles en obras que nos dejaran disfrutar más de su buen hacer. 

La London Philharmonic Orchestra estaba bajo la batuta de Juanjo Mena, director al que casi siempre he visto dirigiendo precisamente obras de Beethoven. Su dirección tiende al volumen, a ritmos rápidos, y no demuestra el exquisito gusto de Perianes en el uso del rubato. Pero en todo caso el acompañamiento fue siempre preciso, la coordinación entre solista y orquesta fue siempre absoluta, aunque el enfoque de Mena fuera más dramático y menos lírico que el de Perianes. 

Con la London Philharmonic Orchestra concluye esta 80 edición de la Quincena Musical, y ahora sólo nos queda esperar qué nos depara la edición del año que viene. Algo me dice que más Beethoven… 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: Fidelio en ABAO-OLBE (27-11-2018)


El día del estreno de estas funciones de “Fidelio”, la única ópera de Ludwig van Beethoven, la Asociación Bilbaina de Amigos de la Ópera (ABAO, para entendernos) celebraba su función número 1.000. Un número redondo por el que se merecen la felicitación de cualquier operófilo que se precie. No deja de ser curioso que la efeméride se celebrara con un título, si bien no infrecuente, tampoco especialmente popular, y desde luego no muy acorde con los bastante conservadores gustos del público bilbaino. No es probablemente “Fidelio” una ópera para celebrar nada, pero si el resultado artístico es bueno (y, en general, lo es), al menos cumple su función con solvencia.




Comentamos a continuación lo visto en la segunda función, la del martes (función nº 1.001, por tanto). Dejamos, como siempre, un enlace de la producción.

La escenografía de Francisco Leal no era especialmente lucida, con una plataforma y otra plancha de similar tamaño que, bien hacía las funciones de techo, bien de pared de fondo. Transmitía bien la idea de opresión por el poco espacio que dejaban las dos plataformas entre sí (lo que, por otra parte, dificultaba la proyección de las voces en la siempre complicada acústica del Euskalduna), pero tampoco dejaba ver bien lo que sucedía en escena, al menos a los que nos encontrábamos en la parte de arriba de auditorio. La dirección escénica, de Juan Carlos Plaza, era correcta con los solistas, pero esa idea de abrir celdas al fondo durante el primer acto para mostrar las torturas a las que se somete a los presos no aportaban nada dramáticamente y despistaban demasiado la atención de la música.

Correcta la Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por un Juanjo Mena que supo ser un buen concertador, atento a las voces, sin taparlas. Muy bien la Obertura Leonore que se incorporó a mitad del segundo acto, mientras la obertura de la ópera fue demasiado rápida, enfatizando más una visión clásica que romántica en una obra que, por otro lado, tiene más en común con Weber que con Mozart. El problema de los tempi demasiado rápidos se repitió al final del aria de Florestan, con un ritmo imposible de seguir por cualquier cantante que se precie.

Bien el coro, destacando más la escena final, con coro mixto, que el coro masculino de prisioneros, correcto en todo caso, pero sin el brillo que alcanzaron en el final.

Solventes Manuel Gómez Ruiz y Felipe Bou como los dos prisioneros. Especialmente en el caso de Bou se hubiera agradecido escucharle en un papel con más enjundia. Bien el Don Fernando de Egils Silins, algo falto de volumen pero con una buena línea de canto que supo dotar de nobleza a su personaje.

El punto negro de la función fue el Don Pizarro de Sebastian Holecek, con medios vocales justitos, problemático en el agudo, línea de canto gruesa e interpretación histriónica, sacando más partido de algún pasaje en piano que de los momentos más extrovertidos.

Magnífica la pareja Marzellina-Jaquino formada por Anett Fritsch y Mikeldi Atxalandabaso. En el caso de él, como siempre, acaparó la atención con un papel que apenas le ofrece oportunidades de lucimiento. Ella, con una voz por momentos demasiado pequeña, pero de gran belleza tímbrica y con muy buen gusto como intérprete, solventó sin aparente dificultad las coloraturas de su aria.

Grata sorpresa el Rocco de Tilj Faveyts, voz noble, de tesitura amplia y técnica impecable. El agudo tiende a ser blanquecino, pero es la única pega que se puede poner a un Rocco que resultó emotivo gracias al talento interpretativo del cantante, que sin recurrir al forte consiguió hacerse oír sin problemas.

Peter Wedd, como Florestan, fue incapaz de concluir correctamente su aria, dado el desenfrenado ritmo impuesto desde el foso. Por lo demás, su voz es leñosa, carece de brillo, tímbricamente recuerda bastante a Jon Vickers, pero al margen de su considerable volumen, demostró también su talento interpretativo. Es la típica voz de Heldentenor que no es del todo ideal para Florestan, pero salió con solvencia del reto.

Elena Pankratova se enfrentaba al difícil papel de Leonore-Fidelio. Su voz es ancha, propia de una soprano dramática, con lo que ello conlleva: vibrato a veces excesivo y algún que otro agudo ácido. Pero su talento interpretativo, de nuevo, le permitió salir airosa del envite y solventar las dificultades de su gran aria del primer acto sin aparente esfuerzo. Por cierto, el vestuario no ayudaba a que pudiera hacerse pasar por hombre.

En general, un “Fidelio” de nivel más que aceptable, que sirvió para celebrar las mil funciones dejando un listón bastante elevado. Esperemos que ABAO-OLBE se anime a programar más ópera alemana en el futuro, visto el buen resultado obtenido en esta ocasión.



Crónica: Eldar Nebolsin en Fundación Baluarte (15-12-2017)


La orquesta sinfónica de Navarra, dirigida por Juanjo Mena, traía un concierto dedicado íntegramente a Ludwig van Beethoven. No es el de Bonn un compositor al que he tenido muchas ocasiones de escuchar en vivo: la primera sinfonía suya que escuché en vivo fue la 1ª, luego he escuchado la 3ª (2 veces), la 9ª (otras dos veces) y en verano incorporé la 6ª. Y además tuve ocasión de ver su  4º concierto para piano (crónica aquí). Escuchar la magnífica 7ª sinfonía en vivo tenía su atractivo, aunque mayor era poder escuchar el 5º concierto para piano, lo único de la obra concertante de Beethoven que me apasiona (quizá por ser realmente el único concierto plenamente romántico de su obra), pero el principal motivo para ir a Pamplona a este concierto era tener por fin la ocasión de escuchar al pianista Eldar Nebolsin.




Antes de nada dejo un enlace del programa.

Ya he mencionado que el Emperador es una obra que me encanta. Combina ese virtuosismo tan característico de Beethoven con una vena poética no tan frecuente en su obra. Y quizá lo que más me sorprendió de Eldar Nebolsin fue que enfatizara mucho más el segundo aspecto frente al primero. No faltó, desde luego, exhibición de técnica y virtuosismo en, por ejemplo, esos acordes iniciales previos al ritornello orquestal introductorio, pero en cuanto la parte pianística comienza su verdadera andadura, ese virtuosismo dio paso a un magnífico uso del rubato, a un tecleo de enorme suavidad, en ocasiones apenas audible, como un leve susurro, a unos tempi razonablemente pausados… hubo momentos de pura magia, en los que la obra sonaba como a nueva para mis oídos. El virtuosismo tuvo de nuevo su lugar en el tercer movimiento, por supuesto (hablamos de Beethoven, un compositor tremendamente exigente con los músicos), pero en el primer y segundo movimientos fue la poesía, la magia, la fantasía la que se apropió del teclado.

Por desgracia, el acompañamiento de Juanjo Mena y la Orquesta Sinfónica de Navarra no acompañaba como era debido. Tempi rápidos que contrastaban demasiado con los elegidos por Nebolsin, falta de chispa o de poesía en la interpretación, algún desafine en los metales… aquello parecía un collage, una combinación de dos estilos que no encajan entre sí. En mi opinión, una lástima, porque en cuanto la orquesta sonaba, se acababa la magia.

Terminaba Eldar Nebolsin su participación con una propina, una Bagatella de Beethoven, por supuesto, de nuevo interpretada impecablemente.

Llegados ya a la segunda parte del programa, Juanjo Mena pareció sentirse más cómodo con la sinfonía del alemán. Los tempi elegidos fueron de nuevo más bien rápidos (al menos si los comparamos con versiones históricas, como la imprescindible de Furtwängler), siendo quizá de agradecer esos tempi en los dos últimos movimientos y no especialmente molesto en el primero.  Por el contrario, el segundo movimiento sí me resultó en exceso rápido, perdiendo esa poesía que tiene el que para muchos es el mejor movimiento lento de las sinfonías de Beethoven. La orquesta respondió con solvencia, salvo las trompas, que desafinaron notoriamente al final del primer movimiento. Fue en general una interpretación disfrutable, con sus más y sus menos.

Parece que estoy condenado a llevarme siempre una impresión agridulce de Juanjo Mena cuando se trata de Beethoven (cabe recordar su reciente “Fidelio” donostiarra); no recordaba, en cambio, que fue él quien dirigió aquellas inolvidables funciones del “Billy Budd” de Britten en Bilbao, que tanto me gustaron que fui dos veces. A ver si en futuras ocasiones mi impresión vuelve a ser tan favorable como aquella primera vez. Por el contrario, en el caso de Eldar Nebolsin, tal fue la sorpresa que me supuso escucharle, casi hasta el desconcierto (quizá porque me esperaba un pianismo mucho más extrovertido por su parte) que espero poder volver a verle para comprobar de verdad cuál es su estilo pianísitico; el de ayer fue más que satisfactorio, desde luego.



Crónica: Fidelio en la Quincena Musical (04-08-2017)


El primer concierto de la presente edición de la Quincena musical donostiarra al que he tenido ocasión de acudir ha sido la representación en concierto de la ópera “Fidelio” de Beethoven, ya que problemas de transporte público me impidieron llegara tiempo al concierto del día anterior. Y necesito una explicación: si vamos presumiendo por ahí del éxito de la ópera escenificada en la Quincena en base a que el público no tiene ocasión de verla en otro momento del año (ignorando la enorme labor que está realizando al respecto Opus Lírica, de la que soy un ferviente defensor), ¿por qué nos imitamos a realizar una ópera escenificada realizando otra en versión concierto, cuando décadas atrás, cuando de verdad no había otra alternativa a lo largo del año, la Quincena, que entonces duraba de verdad 15 días, representaba varios títulos escenificados? Sabemos de sobra que el Kursaal no reúne las condiciones necesarias para ópera representada, por amaño de foso y de escenario (pero es que no reúne las condiciones necesarias ni para mear, y sino basta con ver las colas que se forman en los intermedios en los escasos dos baños del recinto), y que tampoco tenemos alternativa (el foso del Victoria Eugenia es considerablemente menor, y me temo que remodelar el Bellas Artes no serviría de nada por sus reducidas dimensiones), pero si se puede representar “Le nozze de Figaro”, como se hará la próxima semana, también se puede “Fidelio”, que tampoco cuenta con una orquesta de grandes dimensiones. Que no estamos hablando de Wagner, vamos.




Y suelto todo este rollo porque, probablemente, el mayor error del “Fidelio” de ayer resultó ser su producción en versión concierto. Sin puesta en escena, sin dirección artística, con unos cantantes que apenas se movían y no interactuaban entre ellos lo más mínimo, una ópera que ya de por sí se hace un tanto “pesada” como esta se terminaba haciendo eterna (pese a durar apenas dos horas, una menos que “Le nozze di Figaro”, que esa sí que se hace corta). Al margen de otros problemas que mencionaré a continuación. Pero, antes de nada, dejo un enlace de la producción.

Ya a priori se consideraba un lujo contar con la orquesta londinense BBC Philharmonic, dirigida por Juanjo Mena. La orquesta en general sonó como cabría esperar de una formación de su categoría, con algún pequeño desafine en los metales en la obertura, pero sin mayores peros. Destacar en especial la sección de cuerdas. Juanjo Mena supo sacar partido de la orquesta, ofreciendo una versión extrovertida, sonora (a veces demasiado incluso), con ciertos rubatos en la obertura que nos anuncian el incipiente romanticismo que ya demuestra una obra per se clásica como este Fidelio. La elección de los tempi fue en general acertada, aunque en algunos momentos quiso meter el turbo; si en los primeros compases de la obertura esto no suponía mayor problema, sí lo fue en el final del aria del tenor, de la que hablaré llegado el momento. Por cierto, teniendo en cuenta la muy buena versión de la Obertura que nos legó, se echó de menos la interpretación, como marca la tradición, de la Obertura Leonora en mitad del segundo acto; habría sido otra oportunidad más para poder disfrutar del buen hacer de la formación británica.

La parte coral corría a cargo de nuestro querido Orfeón Donostiarra. Magnífico el coro de prisioneros del primer acto, con ese magnífico juego de dinámicas al que nos tienen acostumbrados, el coro mixto del final del segundo acto resultó a mis oídos peor resuelto: las voces agudas se hacían notar demasiado sobre unos bajos a los que les faltaba hacerse notar más, y el canto en forte de las voces agudas terminaba resultando un tanto chirriante para mi dolor de cabeza (no ayudaba el estridente flautín que se hacía notar igualmente demasiado en la orquesta). Quizá a ese final le faltó algo más de control y menos exuberancia, aunque si el objetivo perseguido era la espectacularidad sonora, sin duda lo consiguieron. En mi opinión, inadecuado pero efectivo. Dos miembros del Orfeón se hicieron cargo de los pequeños papeles de los dos prisioneros con solvencia.

Del reparto, solvente en su breve cometido el Don Fernando de David Soar.

Los más perjudicados por la versión en concierto fueron el Jaquino de Benjamin Hulett y la Marzelline de Louise Adler, con voces bellas pero más bien pequeñas, a las que la orquesta tapaba sin piedad, al carecer de la protección del foso. Una lástima, porque a Benjamin Hulett se le notó una buena técnica y una bella voz perfecta para el papel (y que nos hace intuir que tiene que ser un muy buen Tamino, por ejemplo), y Louise Adler demostró también unas considerables posibilidades vocales, aunque las coloraturas apenas fueran audibles.

Lo peor de la noche fue el Don Pizarro de Detlef Roth, de voz sin legato, fea, incapaz de seguir la línea belcantista del personaje, cargando las tintas en demostrar que es el malo de la función abusando de frases cortadas y duras que se hacían desagradables. Puede que en Wagner, en papeles más recitados, pueda “colar”, pero aquí quedaba al desnudo su incapacidad vocal para cantar con un mínimo de línea vocal.

Sustituyendo al previsto Bradley Sherrat como Rocco contamos con James Creswell, de resultado francamente notable. Quizá en su voz se pueda echar de menos un timbre más oscuro y una mayor autoridad, pero nos ofrecía en cambio un Rocco muy humano, realmente interesante.

Lo mejor de la noche, en mi opinión, fue el Florestan de Stuart Skelton, pese a no tener una gran participación en la ópera. Superó con nota la prueba de fuego que supone su aria de entrada, al comienzo del segundo acto, con un “Gott” inicial no muy bien atacado pero luego bien desarrollado, con un magnífico crescendo pasando de falsete a registro de pecho y mantenido durante unos segundos que se antojaron interminables. Cantó el aria con estilo, con buen gusto en el fraseo (aunque en la zona más aguda el canto sonara siempre en forte), demostrando tener una voz con muchas posibilidades en el terreno de la ópera dramática alemana. El problema vino al final del aria, a partir del “Un spür’ ich”, una prueba de fuego por sus atroces ascensiones al agudo en un canto ya de por sí muy rápido, cuando Juanjo Mena aceleró el ritmo hasta niveles imposibles de seguir. Si a un ritmo “normal” ya es tremendamente difícil cantar esta parte (y, por ello, triunfo asegurado si el tenor lo resuelve con solvencia), a ese ritmo era directamente imposible de cantar. Skelton hizo lo que pudo, que no es poco, pero el resultado no fue el que cabría esperar. Resolvió con muy buen nivel lo que quedaba de ópera y se llevó una merecida ovación. Con una elección de tempo más adecuada por parte deldirector, el resultado habría sido sin duda mucho más satisfactorio.

El papel protagonista de Fidelio-Leonore cayó en voz de Ricarda Merbeth, que lució tablas y dominio del repertorio dramático alemán, algo apurada en las coloraturas de la parte final de su aria del primer acto, con unos agudos que sonaban más bien áfonos o agrios, pero en la tesitura central y grave su voz sigue siendo un verdadero lujo para este papel. Atenta al matiz y al fraseo, creó un personaje pese a la frialdad de la versión en concierto, y al igual que su compañero protagonista, salió triunfante de la función.

En resumen, un reparto en general de muy buen nivel que tuvo que hacer frente como pudo a la desgracia que supone una representación en versión concierto como buenamente pudieron,lo que provocó que las expectativas tan altas que había en esta función de “Fidelio” se quedaran un tanto defraudadas, siempre entro de un nivel de calidad alto.

Y para terminar, otro detalle a tener en cuenta: en verano, con la humedad que había anoche en la capital gipuzkoana, el calor en la zona alta del auditorio invitaba al desmayo. Otro aspecto más en el que el Kursaal demuestra ser un verdadero desastre para cualquiera que sea su propósito.