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175 años del estreno de I due Foscari (03-11-2019)

En sus años de galeras, Giuseppe Verdi tenía que componer más de una ópera al año. En marzo de 1844 había estrenado con gran éxito “Ernani“, pero tenía que ponerse de inmediato a trabajar en un nuevo proyecto, que terminaría viendo la luz como “I due Foscari”

Ya en 1843 Verdi se había sentido atraído por la obra teatral de Lord Byron “Los dos Foscari”, basado en la vida del Dux Francesco Foscari y su hijo Jacopo. Jacopo había sido condenado por corrupción y exiliado en Creta, lo que le costó a su padre la abdicación como Dux. Por detrás estaba probablemente la mano de Francesco Loredano, noble veneciano, sobrino de Pietro Loredano, quien le había disputado a Francesco el puesto de Dux. La obra de Byron no se atiene a la historia real, pero toma las bases históricas para crear un drama del gusto de la época, que resultaba desde luego atractivo para el público operístico y para el propio Verdi. 

Pero había un problema: la obra no iba a gustar a Venecia. Defender a Francesco Foscari suponía criticar el sistema político de la República, y las grandes familias aristocráticas de la ciudad, incluyendo los Foscari, que todavía existían, se iban a sentir ofendidas. Por ese motivo Verdi abandonó el proyecto y compuso “Ernani”. Pero tras el estreno de ésta, es el Teatro Argentina de Roma el que le propone una nueva ópera. Verdi trabaja con el libretista Francesco Maria Piave en una historia sobre Lorenzino de ‘Medici, asesino de su primo el Duque Alejandro. 

Verdi sabía perfectamente que esa historia sobre Lorenzino iba a tener problemas con la censura de Roma, por lo que Verdi tenía presente como alternativa rápida la historia de Byron, que ya tenía más o menos esquematizada. Cuando la historia sobre el Medici fue descartada por el Teatro Argentina, Verdi relee la obra de Byron y se da cuenta de que es necesario incluir ciertas modificaciones en su estructura para adecuarla a las necesidades operísticas, por la que interviene continuamente en la elaboración del libreto para conseguir plasmar sus ideas teatrales. 

Terminada la composición, “I due Foscari” se estrenó en el Teatro Argentina de Roma el 3 de noviembre de 1844, con un éxito relativo, ya que las circunstancias del estreno no le ayudaron. Pero la ópera no tardó en alcanzar la fama, que mantuvo en buena parte del siglo XIX. Recuperada en 1951, ha conseguido asentarse en el repertorio, en vista de su notable calidad. 

Vamos ya a repasar la obra, pero antes dejamos, como de costumbre, un enlace al libreto. 

“I due Foscari” comienza con un breve preludio que escuchamos a continuación dirigido por Carlo Maria Giulini:

Comenzamos el primero de los tres actos que componen “I due Foscari”. Estamos en Venecia, en 1457. Estamos en el Palacio Ducal, cerca de las estancias del Dux y de la sala del Consejo de los Diez. Sus miembros, así como los del consejo, se están reuniendo, pidiendo que el misterio reine sobre el asunto que van a tratar para así mantener el temor de la población (no nos vamos a detener aquí en el sistema político de la República de Venecia, pero era un sitio bastante peligroso, hay que reconocerlo). Se comenta que el Dux ya está presente en la sala del consejo. Escuchamos este coro inicial dirigido por Tullio Serafin:

Nada más entrar todos en la sala del consejo, aparece esposado y conducido por los guardias la persona que va a ser juzgada a continuación, Jacopo Foscari, el hijo del Dux, que es conducido desde las cárceles del estado (supongo que acabará de pasar por el famoso Pinte dei sospiri). Un oficial le pide que espere hasta ser llamado, y Jacopo agradece poder volver a admirar su amada Venecia, pese a lo mal que la ciudad le está tratando. Recuerda su exilio, y cómo el recuerdo de la ciudad es lo único que le consolaba. Cuando el oficial viene para llamarlo, Jacopo tiene miedo de ver a su padre. El oficial le dice que mostrarán clemencia con él, pero Jacopo se le enfrenta, diciendo que lo que guardan quienes le van a juzgar es un odio tal que desembocará en una guerra. Escuchamos el aria “Dal più remoto esilio” y la caballetta original “Odio solo, ed odio atroce” cantada por Veriano Luchetti:

Verdi sabía que no iba a contar con grandes solistas para el estreno, y su escritura vocal se adapta a ello. Pero, para el estreno de la ópera en París, a finales de 1846, sabiendo que iba a contar con el famoso Giovanni De Candia, conocido como “Mario”, le compone una nueva caballetta, de terrible tesitura, con varios Mib sobreagudos. Esta caballetta fue recuperada por Luciano Pavarotti, a quien se la escuchamos a continuación:

Como Pavarotti no emite bien los sobreagudos, que canta en falsete, pongo también a Chris Merritt cantando la escena completa y con unos sobreagudos correctamente emitidos en mixto, además de rematarla con un Reb sobreagudo no escrito (pero que queda muy bien), pese a no cantar la caballetta completa, al ignorar la repetición; si queremos ir directamente a la caballetta basta con ir al minuto 4’25”:

Cambiamos de escena. Nos vamos ahora al Palazzo Foscari. En la sala principal del palacio aparece Lucrezia Contarini, la esposa de Jacopo. Quiere ir al consejo para suplicar clemencia para su esposo, pero sus doncellas tratan de detenerla, sabiendo que eso sólo aumentará la alegría de sus enemigos. Sabiendo que tienen razón, Pide al cielo que consuele su dolor. Aparece entonces Pisana, su confidente, y le dice que el clemente consejo ha condenado al exilio a su esposo. Lucrezia no ve esa presunta clemencia por ninguna parte, y espera que el cielo los castigue por su crueldad. Escuchamos la escena de Lucrezia “Tu al cui sguardo” cantada (¡y cómo!) por Leyla Gencer:

Volvemos a cambiar de escena, y regresamos a la misma sala que al principio. Los miembros del consejo comentan que la carta de Sforza ha sido clave para la condena (Venecia estaba en guerra contra Milán en ese momento, y los tratos de Jacopo con ellos se consideran traición). La condena de exilio a Creta es una muestra de clemencia, pero la noticia debe saberse en toda Venecia para demostrar la imparcialidad del consejo. Escuchamos el coro dirigido por Lamberto Gardelli:

Vamos ahora a la habitación privada de Francesco Foscari, el Dux. Destrozado, se deja caer sobre su sillón. Sabe que, pese a estar solo, es observado por Dios, que conoce hasta sus pensamientos. Lamenta no tener un corazón de piedra, ya que ve sufrir a su hijo pero no puede hacer nada para ser fiel a su cargo. Escuchamos el aria “O vecchio cor” cantada por Renato Bruson:

Un sirviente anuncia la llegada de Lucrezia; Francesco la hace pasar, pero sabe que puede olvidar su puesto como Dux. Ella en seguida le recrimina la sentencia del consejo de los diez. Francesco le recuerda que él es el Dux y que ella tiene que obedecer las normas, pero ella le dice que esas normas no son más que odio, y que ha condenado a un hijo inocente. Él entonces lamenta su suerte por haber tenido que condenar a su hijo, pero las pruebas lo condenan. Francesco le recuerda que no tiene el poder para perdonar la sentencia, y ella entonces le ruega que la acompañe a suplicar al consejo, mientras él lamenta que su puesto no le sirva de nada para salvar a su hijo. Escuchamos el dúo que cierra el primer acto cantado por Leyla Gencer y Giangiacomo Guelfi:

Comenzamos el segundo acto de “I due Foscari”. Estamos en la prisión del Estado, donde está recluido Jacopo Foscari. Le atormentan los pensamientos sobre su futuro, cuando de pronto, en medio de delirios, cree ver al fantasma del Conde de Carmagnola, amigo de su padre pero hecho ejecutar por orden suya (de nuevo en realidad fue el consejo de los diez el que estuvo detrás de la sentencia); Jacopo se ve, al igual que él, condenado injustamente sin que el Dux pueda hacer nada por salvarlo, pero ante el terror de la escena se desmaya. Escuchamos el aria “Non maledirmi, o prode” cantada por Carlo Bergonzi:

Entra en ese momento Lucrezia, que al ver tendido en el suelo a su esposo piensa que lo han matado. En seguida se da cuenta de que sigue vivo, pero al despertar él sigue delirando, hasta que consigue reconocer a su esposa. Piensa que lo han condenado a muerte, y espera que su padre y sus hijos vayan también a despedirlo. Ella entonces le dice que su sentencia es peor que la muerte: es el exilio lejos de su familia. Él prefiere morir a vivir lejos de su familia, y maldice a quienes le condenan a estar separado de su familia, pero les queda la esperanza de reencontrarse. Escuchamos el dúo con Carlo Bergonzi y Maria Vitale:

Entra entonces Francesco, con lo que toda la familia se reencuentra. Francesco le confirma su amor, ya que su frialdad en el juicio era impuesta. Jacopo le pide a su padre que le bendiga para poder soportar su exilio, y Francesco le pide a Dios que le muestre justicia cuando muera y los dos se reencuentren entonces. El Dux se prepara para marcharse, y le recuerda a su hijo que cuando le vea por última vez no será ya como padre, sino como Dux, por lo que tendrá que mostrarse frío, como en el juicio. En ese momento entra Loredano, quien con crueldad informa que el barco que va a llevar a Jacopo al exilio a Creta ya está preparado, y l recuerda a Francesco que se calle sus sentimientos. Jacopo y Locrezia lo maldicen por su crueldad, mientras Loredano muestra su odio a los Foscari y ve preparada su venganza, mientras Francesco se prepara para cumplir con su deber. Escuchamos el trío y posterior cuarteto con José Carreras, Katia Ricciarelli, Piero Cappuccilli y Samuel Ramey:

Llegamos a la escena final del segundo acto de “I due Foscari”. Estamos en la sala del consejo, donde sus miembros se inquietan por la tardanza de Jacopo Foscari, ya que tiene que ser castigado cumpliendo con su condena. Entra entonces el Dux junto con Loredano. Francesco se muestra dispuesto a cumplir con su deber con gran dolor, lo que es alabado por los presentes. Le entregan entonces a Jacopo su sentencia para que la lea. Jacopo pide clemenza a su padre, quien se niega, dispuesto a cumplir con su deber. Loredano da órdenes a los guardias para que se lo lleven, pero entonces aparece Lucrezia con sus dos hijos. Jacopo, Lucrezia y los dos niños suplican la piedad de Francesco. Barbarigo le pide clemencia a Loredano, pero a éste las lágrimas de ellos sólo le alegran más por conseguir su ansiada venganza. El resto de los miembros del consejo se muestran igualmente inflexibles, y Francesco trata de disimular sus sentimientos. Lucrezia pide que al menos ella y los niños le acompañen en el exilio, pero Loredano se niega a permitirlo. Jacopo, sabiendo que su muerte está próxima, le pide a su padre que cuide de sus hijos, pero él y los miembros del consejo le exigen que parta al exilio, cosa que hace escoltado por guardias. Escuchamos este concertante final con Carlo Bergonzi, Maria Vitale y Giangiacomo Guelfi:

Comenzamos el tercer y último acto de “I due Foscari”. Estamos en la Piazza San Marco. El pueblo está de fiesta, enmascarados. Apoarecen Loredano y Barbarigo. Loredano comenta que al pueblo le da igual quién sea el Dux, y entonces dirige al pueblo hacia las barcas para que canten la barcarola. Se oye entonces llegar al barco que conducirá a Jacopo al exilio, y todas las góndolas le abren paso. Escuchamos la escena dirigida por Tullio Serafin:

Al ver la reacción del pueblo, Loredano se queda tranquilo viendo que no reaccionan. Sale Jacopo junto a Lucrezia; él se despide de su esposa, y sólo desea morir. Ella le dice que tiene un padre y unos hijos, y él le contesta que no puede hacer nada por ellos, así que es ella quien tendrá que cuidarlos. Le pide a Lucrezia que no la vean llorar, ya que eso avivará la alegría por la venganza de sus enemigos. Loredano apremia a Jacopo para que suba al barco, y al quitarse la máscara Jacopo ve a su enemigo. Todos lloran menos Loredano, satisfecho al ver cumplida su venganza. Jacopo sube al barco deseando reencontrarse con su esposa en el cielo. Escuchamos la escena con Carlo Bergonzi y Maria Vitale:

Cambiamos de escena. Volvemos a la habitación del Dux que vimos en el primer acto. Francesco lamenta no haber dicho nada para salvar al único hijo que le queda (los otros tres habían muerto víctimas de la peste). Entonces lamenta no haber muerto cuando aceptó la corona ducal, ya que al menos habría muerto rodeado de sus hijos. Aparece entonces Barbarigo para decirle que Erizzo ha confesado ser él el único autor del asesinato (en el segundo acto se afirma que se condena a Jacopo por haber asesinado a un Donato), por lo que Francesco se alegra de poder así salvar a su hijo. Pero entonces aparece Lucrezia para contar que Jacopo murió al poco de zarpar. Escuchamos la escena con Piero Cappuccilli:

Lucrezia dice que al morir ha esquivado la venganza de sus enemigos, y que ahora son ellos los que deben vengarse. Escuchamos la caballetta “Più non vive” cantada por Katia Ricciarelli:

Lucrezia se va cuando un sirviente informa que los diez quieren hablar con el Dux. Francesco teme lo que puedan estar tramando. Cuando los recibe, Loredano le dice que han acordado liberarle de su carga a causa de los años de servicio y del dolor, y entonces le reclama el anillo ducal. Francesco se niega, ya que dos veces quiso renunciar pero no se lo permitieron, pero el consejo insiste en que ceda. Escuchamos la escena con Piero Cappuccilli y Samuel Ramey:

Francesco les recrimina que lo traten así después de tantos servicios, privándole de un hijo y quitándole el título de Dux. Le dicen que así podrá descansar junto a sus seres queridos, pero él les recuerda que ha perdido a su último hijo. Hace entonces llamar a su nuera y entrega el anillo ducal. Entra Lucrezia y Francesco le informa que ya no es Dux. Se escuchan entonces unas campanas y Loredano anuncia exultante que ya han elegido al nuevo Dux, siendo recriminado por los demás por su crueldad. El sonido de la campana es el golpe de gracia para el anciano Dux, que sin hijos y sin trono ve su muerte próxima. Todos se dan cuenta de que Francesco muere, apenados con la excepción de un Loredano que se alegra de la llegada de su venganza final. Lucrezia trata de consolarlo, pero el sonido de las campanas termina con Francesco, que cae muerto. Escuchamos la magnífica aria final de “I due Foscari” Questa dunque è l’iniqua mercede” y la caballetta “D’un odio infernale” cantada por Piero Cappuccilli:

Tras haber escuchado completa “I due Foscari” terminamos, como siempre, con un Reparto Ideal:

Francesco Foscari: Piero Cappuccilli.

Jacopo Foscari: Carlo Bergonzi. 

Lucrezia Contarini: Leyla Gencer.

Jacopo Loredano: Samuel Ramey.

Director de Orquesta: Carlo Maria Giulini. 

Centenario del estreno de Suor Angelica (14-12-2018)

“Suor Angelica” es la segunda de las tres óperas que componen Il Trittico, y en este caso representa el purgatorio, ya que, si bien su argumento es plenamente dramático, deja una puerta abierta al final a la redención y a la esperanza. 

La historia es una invención original del libretista, el joven Giovacchino Forzano, que fue quien consiguió llevar adelante el proyecto de Puccini de componer un tríptico de tres óperas breves. Si bien su ausencia de argumento durante la primera mitad de la ópera y la ausencia de voces masculinas dificultaron su éxito, era la favorita de Puccini, que tenía una hermana monja, Iginia, a la que solía visitar y en cuyo convento interpretó la ópera al piano, por lo que es más que factible que se inspirara en sus visitas al convento para determinados aspectos musicales. 

Como siempre, antes de comenta la acción de la ópera, dejamos un enlace del libreto. 

Nos encontramos en un monasterio, en las cercanías de Siena, a finales del siglo XVII. Cae la tarde en un día de primavera, y desde el claustro se escuchan los cantos de alabanzas de las monjas, mientras las flautas reproducen el canto de los pájaros que revolotean por los cipreses (la atención de Puccini a estos detalles, en apariencia insignificantes, es asombrosa; escuchamos también, por ejemplo, el repicar de las campanas). Escuchamos la introducción con Victoria de los Ángeles interpretando a la protagonista Suor Angelica:

Las monjas salen de la iglesia, y la celadora recrimina a dos de ellas no haber llegado a la misa, mientras Suor Angelica estaba en penitencia y por eso estaba exenta. La celadora y la maestra de novicias castigan como corresponde las faltas cometidas por diversas monjas. Para el resto, es el momento de descansar después del trabajo, alegrándose por ser ese uno de los tres días en los que, al salir de la iglesia, los rayos del sol brillan en la fuente del claustro y doran el agua; el resto de los días, al salir de la iglesia, o el sol está demasiado alto, o ya se ha ocultado. Escuchamos la escena en la versión dirigida por Lamberto Gardelli:

Una de las monjas, Suor Genovieffa, sugiere llevarle algo de ese agua dorada a la fallecida Suor Bianca Rosa, y todas las monjas creen que las hermanas fallecidas lo desean. Suor Angelica cuenta que los deseos pertenecen a los vivos, ya que la virgen satisface los deseos de los muertos antes de que éstos sean expresados. La Celadora comenta que ellas no pueden tener deseos en vida, y Suor Genovieffa comenta si ninguna de las monjas tiene un deseo. Todas responden negativamente, y ella dice que sí, que tiene uno: volver a acariciar un cordero, ya que antes de ser monja era pastora. Escuchamos la escena con Renata Tebaldi como Suor Angelica:

Suor Dolcina dice que ella también tiene un deseo, pero antes de poder contarlo las demás ya saben cuál es, ya que es golosa, y la condenan por su gula. Cuando le preguntan a Suor Angelica si tiene algún deseo, ella contesta que no, pero todas saben que no es verdad, ya que desea tener noticias de su familia: saben que viene de una familia noble, y que está en el convento como castigo. Llega entonces la Hermana enfermera pidiendo ayuda a Suor Angelica, ya que Suor Chiara ha sido picada por unas avispas, y ella sabe de plantas y flores y le prepara un remedio para la inflamación. Escuchamos la escena, de nuevo con Renata Tebaldi:

Llegan dos hermanas mendicantes con un burro cargado de las limosnas que les han dado, bastante abundantes. Le dan a Suor Dolcina una rama de grosellas, que ella reparte entre el resto de monjas. Escuchamos la escena dirigida por Antonio Pappano:

Una de las hermanas mendicantes pregunta quién ha ido esa tarde al locutorio, ya que fuera hay una berlina de rica apariencia, lo que despierta el ansia de Suor Angelica, que insiste en saber cómo es la berlina que ha llegado. Suena la campana que anuncia la visita; todas las monjas desean que la visita sea para ellas, pero Suor Genovieffa les hace un gesto para que se den cuenta del dolor de Suor Angelica, y deseen que la visita sea para ella. Escuchamos la escena con Cristina Gallardo-Domâs como Suor Angelica:

Hasta ahora, la ópera ha sido casi una descripción de la vida en el convento, no hay acción, no hay argumento. La cosa va a cambiar de inmediato. Llega la Abadesa del monasterio y llama a Suor Angelica. Las demás monjas se van, mientras, ansiosa, Suor Angelica pregunta quién ha venido, ya que lleva 7 años esperando saber algo de su familia. Tras recriminarle ese ansia, la Abadesa le cuenta que ha venido su tía la princesa, y que hable sólo lo que requiera la obediencia o la necesidad. Suor Angelica se dirige al locutorio. Una monja abre la puerta, junto a la abadesa, y ambas se inclinan al paso de una mujer de edad, apoyada en un bastón, vestida de negro, que luce su gran autoridad. Suor Angelica se controla al ver que todavía la abadesa no se ha ido, mientras su tía luce una expresión distante. Escuchamos la escena con Victoria de los Ángeles:

La tía, siempre distante, comenta como, a la muerte de ambos padres de Suor Angelica, le cedieron a ella dividir los bienes familiares cuando correspondiera. Le ofrece un pergamino para que lo firme. Suor Angelica le pide que se deje llevar por el ambiente de piedad del monasterio, pero la tía le recuerda que es un lugar de castigo. Y se dispone a contarle la razón de la división de la herencia. Escuchamos el dúo con Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri:

Su hermana Ana Viola se va a casar. Suor Angelica se alegra por su hermana pequeña, pero al preguntar con quién se casa, recibe de nuevo la dura respuesta de su tía: con alguien que puede ignorar la mancha con la que ella ensució el nombre familiar. Suor Angelica ya no se resiste y se enfrenta a su tía, pero ésta de nuevo consigue imponerse. Seguimos escuchando a Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri: 

La tía muestra el carácter punitivo de su sentimiento religioso, al contarle que, cada día, en el oratorio familiar, siente hablar con su madre, siendo doloroso hablar con quienes se han ido, y al volver sólo tiene un pensamiento para Suor Angelica: que expíe su pecado. A fin de cuentas, el motivo de su visita es que Suor Angelica firme su renuncia a la herencia familiar que le correspondería para dársela a su hermana. Escuchamos el monólogo “Nel silenzio di quel raccoglimento” cantado por Fedora Barbieri: 

Suor Angelica acepta renunciar, ya que le ha ofrecido todo a la Vírgen. Pero hay algo que no puede olvidar: su hijo. Si, ese pecado que le ha llevado al confinamiento en el monasterio: fue madre soltera, y con ello deshonró a la familia. Sólo quiere saber qué es de ese niño, cómo está. Su tía deja asomar levemente un atisbo de humanidad, al mirar con angustia a su sobrina y callar. Suor Angelica se impone y le obliga a hablar. Escuchamos a Victoria de los Ángeles de nuevo:

La tía cuenta que, dos años atrás, el niño sufrió una grave enfermedad, y que se hizo todo lo posible por salvarlo. Suor Angelica pregunta si murió, la tía no responde, agacha la cabeza: la respuesta es obvia. La monja grita de dolor y cae al suelo. La tía se levanta para socorrerla pensando que se ha desmayado, pero al oírla llorar se contiene. Mientras, en el exterior ha caído la noche, así que una monja entra con una lámpara. La tía pide que venga la abadesa con una pluma y tinta. La joven firma el pergamino de su renuncia y se niega a despedirse de su tía, que sale del monasterio. Escuchamos el final del dúo, de nuevo con Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri:

A solas, Suor Angelica llora por la pérdida de su hijo y por no haber podido estar a su lado. Ahora, siendo un ángel celeste, él podrá verla, pero ella ansía el momento de poder reunirse con él, de morir. Escuchamos la conmovedora aria “Senza mamma, o bimbo” cantada por Mirella Freni: 

En ese momento llegan las monjas del cementerio, contentas porque se haya cumplido el deseo de Suor Angelica (pero sin saber qué ha pasado). Ella, extasiada, cuenta que la Vírgen ha extendido su gracia y que es feliz porque ya ve su meta. Se escucha entonces la señal de retirada y cada monja se dirige a su celda, cantando sus alabanzas. Escuchamos a Victoria de los Ángeles cantar esta escena:

En ese momento escuchamos un bellísimo intermezzo sinfónico que retoma el tema del aria “Senza mama”. Sale Suor Angelica, recoge unas flores y agua y prepara una infusión: ella siempre conoce una receta, y en este caso prepara un veneno con el que suicidarse. Se despide a solas de sus compañeras monjas, del oratorio, del monasterio, pero su hijo la ha llamado y la espera. Como extasiada, toma el veneno. Entonces vuelve a la realidad y se da cuenta que ha cometido un pecado mortal al quitarse la vida y que está eternamente condenada. Reza a la Virgen para no morir maldita, y le pide una señal; y así, mientras se escucha un coro de alabanzas, la puerta del oratorio se abre, y dentro una multitud de ángeles abren paso a la Vírgen, que lleva aun niño rubio que acerca a su madre: es el hijo de Suor Angelica.  La monja muere por efecto del veneno, sabiendo que ha sido perdonada (de ahí que la ópera ejemplifique el purgatorio: una redención final tras un pecado mortal). Escuchamos todo el final, desde el intermezzo, magistralmente dirigido por Bruno Bartoletti, con Mirella Freni cantando el papel de Suor Angelica:

Una vez concluida la ópera, terminamos, como siempre, con un Reparto ideal:

Suor Angelica: Victoria de los Ángeles o Mirella Freni. 

Tía Princesa: Fedora Barbieri. 

Dirección de Orquesta: Bruno Bartoletti. 



175 años del estreno de I Lombardi (11-02-2018)


Giuseppe Verdi acababa de ver lanzada su carrera tras el exitoso estreno de “Nabucco“, por lo que necesitaba un nuevo libreto sobre el que trabajar, libreto que será encargado de nuevo a Temistocle Solera. El resultado final será “I Lombardi alla prima crociata” (“Los Lombardos en la primera cruzada”), aunque para abreviar la conocemos como “I Lombardi”.




Solera toma como base el poema heroico del mismo título de Tommasso Grossi, escrito en 1826, con clara intención patriótica y en un intento de emular (y recuperar) el estilo de la “Gerusalemme liberata” de Tasso. Pese a todo, Solera, por miedo a la censura austriaca que en ese momento imperaba en Milán, suprime a los personajes históricos de la obra, centrándose así en la trama de una familia ficticia, además de evitar incluir cualquier referencia a la unión de los italianos en la primera cruzada.

La ópera se estrena finalmente el 11 de febrero de 1843 en la Scala de Milán, con gran éxito de público, aunque no tanto de crítica, y mantiene una cierta popularidad, aunque menos permanente en el tiempo que la de Nabucco. Verdi utilizará gran parte de esta ópera reelaborada para, 4 años después, en 1847,componer la Grand’Opera “Jérusalem”, aunque ninguna de las dos tendrá un éxito perdurable. De hecho, “I Lombardi” es una de las pocas óperas de Verdi que siguen esperando su definitiva recuperación.

Antes de repasar el argumento dejamos como siempre un enlace al libreto.

En las óperas tempranas de Verdi, cada acto recibe un título. En este caso, el primer acto se titula “La venganza”.

La ópera comienza con una obertura, a la que sigue un coro. Y necesitamos ponernos en antecedentes: los dos hijos de Lord Folco, Arvino y Pagano, están enamorados de la misma mujer, Viclinda. pero ella se casa con Arvino, por lo que su hermano decide asesinarlo. Fracasado en su intento fratricida, es desterrado. Ahora, 18 años después, regresa a Milán en busca de perdón. El pueblo de Milán espera que ese perdón le sea concedido, aunque no se fían de Pagano y su fiera mirada. Escuchamos la obertura y el coro dirigidos por Lamberto Gardelli:

Ambos hermanos se reconcilian, pero Pagano se siente ultrajado y busca venganza. Mientras, los milaneses eligen a Arvino como líder en la cruzada, prometiendo su hermano Pagano acompañarlo. Escuchamos el quinteto “T’assale un tremito” con Ruggero Raimondi como Pagano, Ezio di Cesare como Arvino, Fiorella Prandini como Viclinda, Katia Ricciarelli como Giselda y Giorgio Surjan como Pirro:

Pero todo es una farsa; Pagano busca venganza, y con la ayuda de Pirro y otros hombres planea asesinar a su hermano. Escuchamos el aria “Sciagurata! hai tu creduto” cantada por Samuel Ramey:

Cambiamos de escena. Es de noche en el palacio de Folco. Viclinda sospecha que Pagano busca vengarse, y Arvino sospecha que están en peligro. Por eso Viclinda promete que a Dios que, si salva a su marido, ella y su hija Giselda irán a orar a Jerusalén. Giselda canta entonces una plegaria, “Salve Maria!” que escuchamos cantada por Renata Scotto:

Mientras, Pirro y sus hombres han prendido fuego al palacio. Pagano, después de asesinar a su hermano,  rapta a Viclinda, pero en respuesta a sus gritos aparece Arvino, y entonces Pagano se da cuenta de que a quien ha apuñalado no ha sido a su hermano, sino a su padre. Todos se horrorizan de lo sucedido, incluso Pagano, que intenta suicidarse, pero los guardias se lo impiden. En su lugar todos le maldicen y le vuelven a desterrar. Escuchamos el final del primer acto:

Comenzamos el segundo acto, titulado “El hombre de la caverna”. Han pasado algunos años desde el primer acto.Estamos en Antioquía, en el palacio de Acciano. Todos temen la llegada de los cruzados. Mientras, el hijo de Acciano, Oronte, está enamorado de Giselda (la hija de Arvino, secuestrada tiempo atrás), que vive en el harén del palacio. Oronte quiere consolarla, y le confiesa a su madre Sofía, cristiana, que él también tiene intención de hacerse cristiano. Escuchamos el aria “La mia letizia infondere” y la cabaletta “Come poteva un angelo” cantada por Luciano Pavarotti:

Y ahora escuchamos el aria y la cabaletta en una versión diferente de la habitual (desconozco su origen) cantada por Carlo Bergonzi:

Cambiamos de escena. Estamos en una montaña con una cueva en la que habita en solitario un eremita, ansioso por ver algún día llegar los estandartes cruzados que le permitan unirse a ellos en la lucha contra los musulmanes para así redimir su alma de su enorme pecado. Llega entonces un musulmán: es Pirro, que después de ayudar a Pagano se convirtió al Islam por miedo pero busca redención. Él es el guardián de las murallas de Antioquía. Promete abrir las puertas esa noche para los cruzados que ya se encuentran en el lugar. Entre ellos está Arvino, que busca a su hija secuestrada y busca la ayuda del eremita que tanta fama tiene en la región; éste le promete que la verá esa misma noche. Todos parten para aplastar a los musulmanes. Escuchamos toda la escena con Ruggero Raimondi como el Eremita, Giorgio Surjan como Pirro y Ezio di Cesare como Arvino:

Regresamos al palacio de Acciano, al harén, las mujeres intentan animar a la siempre triste Giselda, el amor de Oronte:

Giselda se siente desgraciada, pensando que el cielo la castiga por su amor impuro. Llega entonces Sofía diciendo que han sido traicionados y que su esposo y su hijo han caído. Llegan los invasores, liderados por el Eremita y Arvino. Giselda reconoce a su padre, que corre a abrazarla, pero ella le rechaza al ver sus manos manchadas de sangre, pensando que ha matado a su amado Oronte. Piensa que no es deseo de Dios que se vierta tanta sangre. Arvino, desesperado, se dispone a matarla, algo que ella desea para así reunirse con su amado, pero todos le detienen pensando que ha perdido la razón. Escuchamos la escena con Ghena Dimitrova como Giselda:

Comenzamos el tercer acto, titulado “La conversión”. Estamos frente a Jerusalén. Un coro, entre el que se encuentran diversos peregrinos, cantan a la ciudad santa en la que vivió Jesús:

Todos se van, y aparece Giselda, que ha huido de la tienda de su padre; necesita respirar al aire libre, y añora su perdido amor. Pero entonces aparece Oronte, vestido de Lombardo; no había muerto, sólo fue herido y huyó, pero lleva tiempo buscando a su amada. Ella le propone huir con él; Oronte le avisa de que vive fugitivo en bosques y desiertos, pero ella está dispuesta a renunciar a todo por él, y ambos deciden huir juntos, y más cuando se escucha un coro de cruzados, que puede poner en peligro a Oronte. Escuchamos el dúo con Katia Ricciarelli y Veriano Luchetti:

Cambiamos de escenario, estamos en la tienda de Arvino. Éste se encuentra sólo, después de que todos le hayan abandonado, incluida su hija, de la que ahora reniega. Unos hombres le avisan de que se ha visto a Pagano cerca del campamento, y Arvino jura matarlo si lo encuentra. Escuchamos el aria “Sì! De ciel che non punisce”, cantada por Ezio di Cesare:

Volvemos a cambiar de escena. Estamos junto al Jordán, en una cueva a la que Giselda lleva a un malherido Oronte. Aparece el Eremita, espantado por un amor impuro entre una cristiana y un musulmán, y le ofrece la salvación a Oronte si se convierte al cristianismo. Oronte acepta, ya que deseaba hacerlo con anterioridad; su amor ahora ya no es delito a ojos de Dios, y el eremita les ofrece una mejor vida tras la muerte si en la tierra han sido tan infelices, y Oronte muere. Escuchamos el trío “Qual voluttà trascorrere” con Ferruccio Furlanetto, June Anderson y un Carlo Bergonzi que contaba con 71 años, nada menos (y aún así cómo canta…):

Comenzamos el cuarto y último acto, titulado “El Santo Sepulcro”. Por lo general se suprime una primera escena, en la que el Eremita conduce a Giselda junto a su padre Arvino y le cuenta a éste la verdad para que le perdone.

En la siguiente escena, Giselda está sola y tiene una visión en la que se le anuncia que Oronte ya está entre los ángeles. Entonces se le aparece el propio Oronte para confirmarle que está en el cielo gracias a ella y le avisa de que los cruzados deben correr al estanque de Siloé en busca de agua. Giselda se da cuenta de que no fue un sueño y se dispone a avisar a los cruzados de que sigan las instrucciones que ha recibido de Oronte. Escuchamos esta escena con Renata Scotto y Luciano Pavarotti:

Cambiamos de escena. Ahora estamos en el campamento Lombardo, junto a la tumba de Raquel. Aquí los cruzados recuerdan su tierra natal, frente al desierto en el que se encuentran, padeciendo sed, en un coro que busca imitar el éxito del “Va, pensiero” de “Nabucco”. Entonces se escuchan unas voces que les avisan de que se dirijan a Siloé:

Arvino llama a los Lombardos a saciar su sed, para a continuación dirigirse a tomar la ciudad.

Cambiamos de escena. Volvemos a la tienda de Arvino. Jerusalén ha sido tomada, pero el Eremita, valientemente el primero en atacar la ciudad, está gravemente herido. Arvino y Giselda lo llevan a la tienda para curarlo, pero él les reconoce a ambos y revela su identidad: es Pagano. Considera que ya ha pagado su pena y, antes de morir, quiere reconciliarse con su hermano. Arvino le perdona y Pagano muere con la satisfacción de esa reconciliación. Escuchamos el trío final con Silvano Carrolli como Pagano, Ghena Dimitrova como Giselda y Carlo Bini como Arvino:

Terminamos, como siempre, con un Reparto Ideal:

Pagano: Samuel Ramey.

Giselda: Renata Scotto.

Oronte: Carlo Bergonzi o Luciano Pavarotti.

Arvino: Richard Leech.

Director de Orquesta: Gianandrea Gavazzeni.