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Crónica: “Luisa Fernanda” por Sasibil (13-09-2019)

Comienza en septiembre la nueva temporada operística y zarzuelística, y en mi caso lo hacía con una musicalmente muy interesante función de “Luisa Fernanda”, probablemente la zarzuela más representada en la actualidad (en competencia con “Doña Francisquita”), gracias a la Asociación Lírica Sasibil, con la alta calidad musical que les caracteriza, pese al mínimo presupuesto. 

Antes de comentar la función dejamos, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

La escenografía es la tradicional en Sasibil, paneles de cartón piedra en los laterales y pocos elementos de atrezzo, propios de una entidad con tan pocos medios económicos, pero siempre resulta eficaz. La dirección escénica de Koldo Torres fue más que correcta, siguiendo con literalidad las indicaciones del libreto. 

La orquesta de Sasibil sonó a buen nivel bajo la batuta de Arkaitz Mendoza. Sus momentos solistas fueron destacables, en especial los crescendos y el espectacular final. Se notaba en todo caso un cierto desequilibrio entre secciones, con una sección de cuerdas demasiado pequeña, pero de sonoridad muy cálida, destacando la labor del concertino. De la labor como acompañante de Aekaitz Mendoza poco puedo decir, ya que mi localidad estaba justo sobre el foso orquestal, por lo que la oía demasiado, y no sé si tapó a los cantantes o no desde otras localidades más centradas. 

El coro de la asociación tuvo un demasiado notable lapsus al acelerarse demasiado en el “Cerandero”, aunque por lo demás sacó adelante la función con corrección, aunque más miembros para cantar la famosa mazurca no habrían sobrado. 

“Luisa Fernanda” es una zarzuela que requiere un importante equipo de comprimarios, tanto cantantes como actores. Entre ellos, destacar el matizado saboyano de Iker Casares, que se esforzó por apianar los agudos (como debe ser, por otro lado). Destacada labor interpretativa la de Ekaitz González de Urretxu como Luís Nogales, superando con corrección sus pocas frases cantadas. Destacado intérprete igualmente Ángel Walter como Don Florito, y lleno de comicidad y con un canto correcto (tan infrecuente entre los cantantes cómicos de zarzuela) el Anibal de Rafael Álvarez de Luna. Igualmente solvente en la parte vocal e interpretativa la Mariana de Amelia Font. 

Vamos ya con los 4 solistas principales de “Luisa Fernanda”. Y comenzamos con la Duquesa Carolina de Haizea Muñoz. Escénicamente daba el pego perfectamente en el papel, con esas miradas y esos gestos que tan bien transmitían la personalidad de su poco agradable personaje. Vocalmente no comenzó bien la cosa, calando de forma bastante notable los agudos de su dúo con Javier “Caballero del alto plumero”. Mejoró sis duda su participación en la escena de la subasta y, sobre todo, en su dúo con Vidal del segundo acto. 

Manuel de Diego fue un vocalmente solvente Javier, objeto del amor de Luisa Fernanda. Timbre bello, corrección en el agudo, quizá algo falto de volumen, fue un buen Javier al que se le podría pedir algo más de emoción, en especial en el dúo “final” con Luisa, uno de los pasajes más emocionantes de la zarzuela. 

El papel bombón de Vidal recayó en Alberto Arrabal. Ya hemos mencionado en otras ocasiones que es un intérprete que tiene a mejorar notablemente a medida que avanza la obra, pero en esta ocasión hay que decir que ya comenzó a buen nivel en su dúo con Luisa Fernanda, con un canto matizado, aunque intentó lucir voz (torrente vocal el que tiene arriba), si bien su agudo suena un tanto nasal. Ya en el segundo acto cantó un magnífico “Por el amor de una mujer que adoro”, con agudos apianados en mixto. Magnífica su canción de los vareadores, nos regaló el mejor momento de la noche, esa frase final “Sin mi morena no sirvo ya p’a nada” absolutamente emocionante. 

Y terminamos con la protagonista, la Luisa Fernanda de Miren Urbieta-Vega. Vocalmente tenía potencia para comerse a todo el reparto, como hizo en más de una ocasión, y tampoco mostró problemas de tesitura. El mayor problema es que el de Luisa es un papel sumamente ingrato, con muy pocos momentos de lucimiento. Y los pocos que tuvo los aprovechó, desde luego, en especial su escena defendiendo al capturado Javier. Desbordante de emoción fue sin duda su dúo “final” con Javier, “Cállate, corazón”, donde un pequeño accidente vocal no lastró una interpretación que debería haber sido grabada para pasar a la posteridad. 

Lo peor de la función fue, para variar, el público, ese público que cotorreaba o tarareaba durante los pasajes instrumentales, ese público que empezaba a aplaudir en cuanto comenzaba a caer el telón, sin importar que la orquesta, o incluso los solistas, no hubiera terminado. Así, imposible disfrutar de ese maravilloso final orquestal. 

Sasibil cumple 20 años y no sabemos qué novedades nos van a presentar. Sólo nos queda desear que sigan manteniendo el alto nivel musical que consiguen contra viento y marea. Y a las instituciones, esas que siempre miran para otro lado, recordar que es un lujo contar con tanta calidad, pero que la zarzuela no puede sobrevivir sin el apoyo público que nadie quiere dar. 

Crédito fotográfico: AiVídeo

Crónica: Otello de Verdi en Baluarte (03-02-2019)

En medio de un temporal de frío, viento y nieve, arriesgarse a viajar en coche de San Sebastián a Pamplona se antoja casi un suicidio, y más si cabe ante el riesgo de heladas nocturnas. Y, aún así, el Otello de Verdi que se ofrecía en el Baluarte tenía demasiada buena pinta como para perdérselo. 

Nos es Otello una ópera fácil de montar, y menos aún conseguir un reparto que sepa hacerle justicia a la partitura; la orquesta y el coro tienen participaciones importantes y nada fáciles. Y sí Yago es un papel difícil, no hablemos ya del protagonista Otello, que a lo largo de la historia ha encontrado muy, pero muy, pocos tenores capaces de hacerle justicia (si ni Corelli ni Bergonzi se atrevieron a interpretarlo, al margen del tardío y fallido intento de Bergonzi a sus 76 años). Que una temporada modesta como la pamplonesa se arriesguen a programarla es un riesgo de gran magnitud; que, además, resulte una noche casi histórica, es un éxito de magnitudes épicas, que no hace sino confirmar la necesaria cooperación de las diferentes asociaciones musicales de la capital navarra (en este caso, la Fundación Baluarte y la AGAO) para poder sacar adelante producciones de gran interés y calidad. 

Ya comentamos en este blog la historia y el argumento del Otello verdiano en este post. Por ello pasamos directamente a comentar la función de ayer, no sin antes dejar un enlace de la ficha técnica del programa. 

La escenografía de Miguel Massip emplea la mitad del casco de un barco, idónea sin duda para el “Esultate” inicial, que va cambiando en función de las escenas que se desarrollan a lo largo de la acción, siendo en especial afortunado para la escena en la que Otello escucha a escondidas la conversación entre Yago y Cassio. No es una escenografía bonita, pero sí eficaz. Las proyecciones de la tormenta en los laterales del auditorio no resultaban muy realistas, se notaba demasiado que estaban realizadas con ordenador (bastaba con acercarse estos días a Donostia para conseguir unas buenas imágenes de un temporal marítimo). Especialmente acertada la iluminación, con esos destellos emulando los rayos de la tormenta. 

Destacable la dirección escénica de Alfonso Romero Mora, siguiendo en todo momento las indicaciones del libreto y beneficiada por el buen saber hacer de los solistas. 

Ramón Tebar dirigió con fuera a una Orquesta Sinfónica de Navarra que sonó potente, dramática, destacando la magnífica labor de las cuerdas graves tanto en el preludio del dúo del primer acto como en el intermedio orquestal del cuarto. Tebar lució talento concertador y, pese a algún momento de abuso de volumen que perjudicó a los solistas, su labor fue sobresaliente, destacando un cuarto acto particularmente lento pero no por ello menos tenso, y sí particularmente hermoso. 

El coro de la AGAo respondió a las dificultades de la partitura con solvencia. Quizá el coro femenino del segundo acto fue la peor intervención de la noche, pero destacaron en el primer acto y, en especial, en el concertante del tercer acto, llenando el auditorio con un volumen potente y bien engastado. Ese concertante fue sin duda uno de los mejores momentos de la noche. 

De entre los solistas, solventes los comprimarios. Correcto Gerard Farreras como Montano y la breve intervención del heraldo. Sonoro y con la necesaria autoridad el Ludovico de Jeroboám Tejera. Poco audible en el segundo acto, la Emilia de Mireia Pinto destacó más en el cuarto acto, resultando dramáticamente convincente. Manuel de Diego quedó algo falto de volumen como Roderigo, pero resolvió con corrección su participación, no muy extensa.

Francisco Corujo forzó la voz para conseguir hacerse oír como Cassio. Algo justito en el primer acto, mejoró notablemente en el tercero, destacando en su dúo con Yago. Corujo es un artista sutil que sabe frasear con gusto, y consiguió así darle a Cassio una entidad dramática considerable a un personaje generalmente bastante inerte. 

El de Yago es un papel sumamente complicado: los grandes actores suelen tener problemas vocales tanto por el volumen como por la amplia tesitura que requiere el papel, mientras las grandes voces a menudo resultan monocordes en un papel que exige un gran talento interpretativo. Las no muchas veces que había escuchado con anterioridad a Ángel Ódena cabría incluirlo en este segundo grupo: gran voz pero dramáticamente bastante ausente. Hasta la función de anoche. Porque a su enorme voz, tanto de volumen como de extensión, sumó un canto sutil, creando un Yago terroríficamente pérfico, sibilino, tétrico, siniestro. Correcto, pero sin destacar, en el brindis, nos regaló un Credo magistral y un “Era la notte” casi susurrado, absolutamente brillante. Un placer sin duda haber podido disfrutar de un Yago de altísimo nivel canoro e interpretativo. 

A Svetlana Aksenova se le notó la falta de italianidad en su voz eslava: al margen de algún portamento fuera de lugar, su timbre es un tanto desigual, con graves oscuros, casi de mezzo-soprano, mientras el registro agudo suena en ocasiones peligrosamente apurado, y a su voz le Falta esa redondez característica de las grandes sopranos italianas, ese terciopelo. Y, pese a todo, fue una Desdemona convincente. Correcta en el dúo de amor, consiguió hacerse oír en ese maravilloso concertante final del tercer acto y resultar emotiva en su gran escena del cuarto acto. Habría resultado mucho más convincente si no hubiera tenido a su lado a dos monstruos canoros como fue el caso. 

Y llegamos a ese fenómeno vocal llamado Gregory Kunde. Más de 17 años hace que lo descubrí gracias a su grabación de “Lakmé”, cuando cantaba roles de tenor lírico-ligero. Reconvertida su carrera en tenor spinto, nos ha regalado grandes noches, pero de todas las que he podido disfrutar, esta se encuentra sin duda entre las mejores. Se nota el paso de los años, la voz es por momentos tremolante, el registro grave no tiene la fuerza necesaria… pero el americano sabe disimular sus defectos y potenciar sus virtudes con suma inteligencia. Por no extendernos demasiado (porque su intervención da para párrafos y párrafos comentándola), su “Dio mi potevi scagliar” fue el de un tenor lírico, sutil, sensible, doliente, pero con la pegada necesaria en los agudos (ese “O gioia” final, potente, perfectamente atacado y colocado), mientras su “Niun mi tema” fue un recital interpretativo, demostrando cómo debe morir Otello. Si sus “Un bacio… un bacio ancora” del dúo del primer acto ya habían sido sobresalientes, aquí fueron mágicos, hasta el punto de que consiguieron emocionarme. 

Probablemente, la prueba de fuego de cualquier función de “Otello” es ese dúo final del segundo acto entre Otello y Yago que termina con el juramento “Si, pel ciel marmoreo giuro”. Por lo general, o falla en tenor, o falla el barítono. Ayer ambos estuvieron simplemente perfectos, y sólo queda decir que me quedé con ganas de pedir un bis. Así que podríamos decir que la función de ayer no fue de nota, no, fue de matrícula de honor. De matrícula no ya para Pamplona, sino para cualquier gran teatro de ópera del mundo. Mis más sinceras felicitaciones a quienes han estado detrás de estas funciones, porque han hecho un verdadero milagro. 

Creo que nunca había visto el Baluarte tan lleno, apenas había alguna localidad suelta libre. La media de edad también era considerablemente menor de la habitual. El público disfrutó, y se notó en los aplausos finales. La sobredosis de toses (algo más comprensibles de lo habitual por la situación climática) no consiguió eclipsar a la música. Fue, por tanto, un éxito en todos los sentidos, que sólo nos queda esperar que se repita en las próximas temporadas pamplonesas. 

Crónica: La Traviata de Verdi en Irun (29-10-2017)


Siempre hay que agradecer el gran empeño que pone la Asociación Lírica Luis Mariano de Irun para sacar adelante una pequeña temporada de ópera y zarzuela en la localidad gipuzkoana. Y todo pese a las dificultades, seguramente económicas y, desde luego, por la falta de un lugar adecuado para un montaje operístico escenificado, ya que el Centro Cultural Amaia no es el lugar más adecuado para las necesidades de una ópera, en especial por carecer de foso para la orquesta, que queda así muy reducida y desdibujada. Por ese motivo, no soy especialmente asiduo a sus espectáculos, que tienen que ofrecerme algún atractivo especial para animarme a ir: o bien un título que no haya visto (de las 4 óperas que había visto hasta el domingo en Irun, 3 no las he vuelto a ver) o bien un atractivo en el reparto, algo a priori difícil para una asociación de estas dimensiones. Pero La Traviata del pasado domingo lo tenía, ya que contaban con Luis Cansino como Germont, barítono al que nunca había visto previamente en vivo y al que tenía muchas ganas de poder escuchar.




Antes de pasar a la crónica dejamos como siempre un enlace de la producción.

Si bien la asociación ya había ofrecido bastantes años atrás La Traviata, en esta ocasión se presentaba una nueva producción coproducida con Budrio y Cuneo. La escenografía era sencilla, adecuada para un lugar con las escasas posibilidades que ofrece el Amaia, pero efectiva, con diversos muebles que cambiaban la ubicación de cada acto. La dirección escénica de François Ithurbide se recrea en la idea de que la sociedad burguesa de falsa moral eran unos muertos vivientes, transformando al coro y a muchos de los solistas en zombies, con las caras pintadas de blanco, devorando billetes y moviéndose como si fueran muertos vivientes, muy adecuada para unas fechas tan próximas a Halloween. Sólo Violetta consigue quitarse ese maquillaje que, por lo demás, no afecta ni a Germont padre e hijo ni al doctor ni a Annina y Giuseppe. Parece que el director nos quiera decir que son los únicos personajes de carne y hueso de la ópera (y yo que siempre he pensado que en el fondo Gastone tampoco es parte de esa ridícula sociedad de fiestas lujosas y vacío existencial…). El trabajo de solistas y coro moviéndose como zombies fue especialmente remarcable, pero por desgracia resultaron en exceso molestos en el último acto: acepto que aparezcan en el preludio como si fueran una pesadilla de Violetta, pero en la escena de su muerte quitaban demasiada atención a la acción dramática. Por cierto, se suprimen las frases finales de los personajes presentes en la muerte de la protagonista, al haber salido ya de escena.

Aldo Salvagno dirigía a la pequeña orquesta de la asociación, repartida en filas de a dos en lugar del típico formato en arco que se hace imposible por el espacio disponible. Esto provocaba importantes desajustes sonoros, al tapar las maderas y los metales a las cuerdas (y desde mi localidad, frente a la zona de los metales, el flautín resultaba especialmente molesto). Salvagno dirigió con corrección pero sin brillar: la obertura fue rápida y sin entrar a destacar el exquisito lirismo de la pieza, y en general los tempi elegidos fueron igualmente rápidos. Corrección sin más.

Igualmente correcto estuvo vocalmente el coro de la asociación, que destacó más en el concertante de casa de Flora que en la escena del carnaval.

De los comprimarios habría que decir que cumplieron con corrección, alguno mejor que otros, aunque quizá habría que destacar la buena labor de Mikel Zabala como Grenvil, que resolvió el papel sin problemas vocales.

La soprano Guiomar Cantó sustituyó a última hora a la prevista Mercedes Gancedo. Vocalmente demostró que puede con el papel sin apenas problemas, ya que si bien el agudo suena un tanto opaco, el sobreagudo con el que remató la caballetta fue más que correcto, siendo además perfectamente atacado, picado, sin esos horribles portamentos a los que recurren tantas sopranos. Las coloraturas del primer acto las resolvió con aparente facilidad, sin tener problemas para pasar a registros más centrales y anchos en el resto de la ópera, aunque le faltó algo de volumen y dramatismo a su “Amami, Alfredo”. El mayor pero viene del lado dramático, ya que su tendencia a un canto en forte le quitó atractivo al dúo con Germont del segundo acto y a demasiados momentos del acto final. Pero globalmente fue una muy disfrutable Violetta.

Manuel de Diego se hacía cargo del Alfredo Germont. La voz es lírica, suena fresca, se hace oír sin problemas en el Amaia (que no deja de ser un auditorio pequeño) y daba bien el pego como Alfredo. Omitió la repetición de la caballetta (por otra parte perfectamente cantada) que no remató con el do sobreagudo. Fue sin duda un notable Alfredo para un lugar como Irun.

Y dejo lo mejor para el final, el Giorgio Germont de Luis Cansino. No es este el papel más difícil de su repertorio, sin duda, y aún así, pese a cantar en un lugar de división menor, lo dio todo. Es  cierto que su registro agudo no es espectacular, pero no se amedrentó y incluso dio el agudo no escrito del dúo del segundo acto. Y si bien escénicamente ofreció un Germont en exceso severo, vocalmente la calidez de su voz y un canto matizado exquisitamente nos ofrecieron un Germont muy humano, compasivo y apesadumbrado por momentos. Además, su voz llenaba el auditorio. Hay que reconocer que su presencia en La Traviata fue un verdadero lujo, y sólo cabe esperar volver a verlo por aquí próximamente.

En resumen, una buena excusa para ver La Traviata, otra más (es la cuarta que veo en vivo), aunque siendo sinceros una Traviata siempre apetece. Y teniendo en cuenta que, para las posibilidades de Irun, el nivel fue sobresaliente, pues mucho mejor para todos.



Crónica: Manon Lescaut en ABAO-OLBE (23-02-2016)


Manon Lescaut. O, como la llamo yo, Manon “ladrillazo” Lescaut. No me preguntéis por qué, pero es una ópera que no me llega, que me aburre… curiosamente, me pasa lo mismo con la Manon de Massenet: hay óperas menos conocidas de Massenet (Thais, Esclarmonde…) que me encanta, pero la Manon se me resiste. Pues lo mismo en el caso de esta Manon Lescaut pucciniana: con lo que me gustan a mí todas las óperas posteriores (y repito, todas, incluidas La Rondine, las 3 de Il Trittico y La fanciulla del West), con ésta no puedo. Quizá sea un problema de incapacidad de empatizar con la protagonista (algo similar a lo que me pasa con Don Giovanni o con Carmen).




La cuestión es que ayer tocaba verla. Después de haberme perdido la anterior producción de la ABAO, La Sonnambula, por una inoportuna gripe, no podía faltar a esta cita. Y más cuando había no pocos alicientes para verla, director de orquesta y pareja protagonista básicamente. Y lo cierto fue que, en rasgos generales, disfrutamos de una gran representación de un truño enorme.

Dejo primero el enlace de la producción.

La escenografía no ayudaba mucho: un enorme círculo en el centro, abierto por todos lados, que perjudicaba a los cantantes, cuya voz, en vez de salir dirigida únicamente hacia el patio de butacas, salía por los cuatro costados del escenario, dificultando la audición de más de un cantante (el más perjudicado fue seguramente el Edmondo de Manuel de Diego), y que escénicamente tampoco aportaba gran cosa. La dirección de actores fue correcta, beneficiada seguramente por el gran talento interpretativo de los intérpretes.

Los comprimarios en general cumplieron con solvencia, sabiendo a muy poco el músico de Marifé Nogales. Mal, en cambio (como era de esperar, por otra parte, para quienes ya le hemos escuchado en otras ocasiones) el Geronte di Ravoir de Stefano Palatchi, de voz fea y ajada y técnica mejorable.

Gratísima sorpresa el Lescaut de Manuel Lanza. Es un tío que me cae super simpático (pude hablar brevemente con él a la salida del Werther bilbaino del pasado año y no me pude llevar mejor impresión de él), pero la voz en los últimos años parece que no respondía ya tan bien como una década atrás… pues bien, vale que el Lescaut no es un papelón con grandes dificultades, pero es que Lanza consiguió hacer una muy muy muy buena representación y sacarle el máximo partido, vocal e interpretativo, a un papel con tan poco que ofrecer. Espero poder volver a verle en un papel más interesante pero al mismo nivel que este Lescaut.

Como Renato des Grieux debutaba en el papel el gran Gregory Kunde, pocas semanas después de lesionarse en Valencia con el Samson et Dalila. La incorporación de nuevos roles del norteamericano en los últimos años está siendo meteórica (el año pasado mismo debutó el Pagliacci y la Cavalleria rusticana en Bilbao, regalándonos un muy buen Turiddu y un espectacular Canio), y no siempre puede rendir al mismo nivel, claro. Ayer, escuchando su primer acto, daba la sensación de que se hubiera equivocado queriendo cantar el Des Grieux: el “Donna non vidi mai” fue justito, y el “Tra voi, belle, brune e bionde” fue más bien flojo (si habláramos de cualquier otro tenor, no diríamos lo mismo, pero es que Kunde nos tiene muy mal acostumbrados…). Pero en el segundo acto la cosa ya empezó a cambiar con el dúo con Manon “Tu, tu, amore, tu”, donde la compenetración entre ambos protagonistas fue perfecta, y con un “Ah, Manon, mi tradisce” que sonó de maravilla. Y ya en el tercer acto, con ese “Pazzo son”, soltando agudos potentes como cañozanos y perfectos, volvimos a ver al Kunde de otras ocasiones, impecable, metido en el papel y con una voz que sonaba a Des Grieux. En el IV acto, en los dúos con Manon, estuvo ya para quitarse el sombrero. A la vista de los aplausos y braveos, finales, diría que fue el gran triunfador de la noche. Lo cierto es que está siendo un lujazo poder disfrutar con una cierta frecuencia de su presencia en Bilbao. Y que venga más, que venga. Yo feliz.

Y la Manon Lescaut la cantaba una soprano por la que, creo que ya es sabido, tengo una predilección especial: mi paisana Ainhoa Arteta. Como actriz estuvo perfecta (desde la coquetería juvenil del I acto hasta la desesperación final del IV acto), y vocalmente se recreó a placer en un inolvidable “In quelle trine morbide”, lo dio todo en los dúos con Des Grieux y se dejó la piel y la garganta en el “Sola, perduta, abandonata”. Ya sé que me vais a acusar de falta de objetividad con ella, así que si hay que ponerle algún pero, diría que el vibrato es un pelín excesivo. Minucias comparado con sus numerosas virtudes que ayer desplegó sin reservas. Por cierto, la 8ª vez que la escucho en vivo, y sigo sin haber podido saludarla nunca…

El Coro de la´ópera de Bilbao tuvo algún desbarajuste rítmico en el primer acto, pero en general en las últimas funciones está sonando con una calidad que nunca le había visto desde que soy abonado (hará unos 5 o 6 años). Ayer estuvieron muy bien.

No soy yo fan de la Orquesta sinfónica de Euskadi, pero ayer tenían a su favor un pedazo director llamado Pedro Halffter, que con Puccini se mueve como pez en el agua. Guardo un gratísimo recuerdo de aquella Fanciulla del West sevillana de 2008, y esta vez la impresión ha sido todavía mejor. Basta con ver este vídeo de los ensayos para darse cuenta de la sonoridad absolutamente pucciniana que extrae de la orquesta:

No sólo en este breve preludio orquestal del “Sola, perduta, abandonata”. El intermezzo fue simplemente mágico. Es una de esas piezas en las que ya vemos lo que será el Puccini posterior, uno de los momentos en los que ya nos encontramos con la plena madurez artística del compositor de Lucca que luego compondrá óperas que tanto nos gustan, como “La Boheme”, “Tosca”, “Madama Butterfly” o “Turandot”. Un intermezzo flojo habría supuesto un desastre, para la función, pero el que escuchamos fue quizá lo mejor de la noche.

En resumen, pese al aburrimiento que genera el título, hubo ayer 4 nombres propios (Halffter, Arteta, Kunde y Lanza) que hicieron que merecieran la pena las 3 horas y cuarto que duró la representación (incluidos dos pausas de media hora cada una) y llegar a casa, molido, pasada la una de la madrugada. No, Manon Lescaut va a seguir sin gustarme, pero anoche pude disfrutar de algunos momentos mágicos que no se olvidarán fácilmente.