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Crónica: Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en Quincena Musical (25, 26-08-2017)


Debutaba, si no me equivoco, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en la Quincena musical con dos conciertos muy distintos entre sí. Pasábamos del universo post-romántico ruso al más absoluto romanticismo italiano de un día para otro de la mano de su joven director, el valenciano Gustavo Gimeno.




El primer concierto, el del día 25, del que dejo aquí el enlace del programa, me resultaba bastante desconocido. Ni Prokofiev, ni mucho menos Shostakovich, son compositores con los que tenga una cierta afinidad, y a Liadov apenas lo conocía de nombre. Así las cosas, la única obra que conocía era “Una noche en el monte pelado” de Modest Mussorgsky, un compositor por el que siento una gran predilección (Boris Godunov es una ópera excepcional, y como compositor instrumental está también entre los grandes)… bueno, eso es lo que pensaba, porque debieron tocar alguna versión de la obra distinta a la que yo conocía. Exceptuando el comienzo, la obra me resultó desconocida. De ella diría que hubo una buena sonoridad de las cuerdas graves, tapadas en exceso por los metales y la percusión, que metieron la quinta en lo que a volumen se refiere (algo por otra parte común al resto del concierto y al del día siguiente).

Seguía el 3º concierto de piano de Sergei Prokofiev. Acompañaba en este caso a la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo el pianista Alexander Gabrylyuk, que se desenvolvió con gran agilidad a lo largo del teclado. Ya he dicho que no conozco la obra y, porlo tanto, no puedo valorar la ejecución, pero a priori el rendimiento de la orquesta me pareció correcto, mientras en Gabrylyuk pudimos ver a un virtuoso al que, probablemente por las características de la obra, nos faltó verle una mayor expresividad. Es decir, me quedé con la duda de si nos hallábamos ante un Zimerman (virtuosismo expresivo) o un Lang Lang (pura pirotecnia sin alma). La propina que decidió darnos ayudó a resolver esta incógnita: una adaptación para piano de la marcha nupcial de “El sueño de una noche de verano” de Felix Mendelssohn que fue pura pirotecnia perfectamente resuelta.

Gustavo Gimeno sacó lo mejor de la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo al comienzo de la segunda parte, con “El lago encantado” de Anatoly Liadov de exquisita ejecución, jugando a la perfección con los evocadores pianísimos que abren y cierran la obra, consiguiendo transmitir una magia que no apareció con Mussorgsky.

Concluía el concierto con la 1ª sinfonía de Dmitri Shostakovich, que compuso antes de cumplir los 20 años. El dominio que demuestra el ruso en la orquestación a tan temprana edad no deja de ser sorprendente, y en ese sentido la orquesta estuvo a la altura. Expresivamente, dada mi nula conexión con la música del ruso, no puedo comentar nada, ya que la obra no me transmitió nada. Problema personal, probablemente.

Como remate, una propina, la “Pavana para una infanta difunta” de Maurice Ravel, de notable resultado.

En el concierto del día siguiente, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo jugaba con la ventaja de colaborar con gente “de la casa”, con ese Orfeón Donostiarra que siempre llena el Kursaal (a diferencia del concierto del día anterior, ese día no se veían butacas libres en todo el auditorio), para interpretar una obra de la magnitud del Requiem de Giuseppe Verdi. Dejo de nuevo un enlace del programa.

Gustavo Gimeno, con gesto de manos ágil, sacó lo mejor de la orquesta en el comienzo, en ese pianísimo que abre la obra, pasándose de decibelios en los momentos más potentes, en especial en esos “Dies Irae” con timbales y bombo a tope. Los músicos en todo caso respondieron con solvencia, salvo un ligero desafine de una de las trompetas situadas en medio del auditorio durante el “Tuba mirum”.

Algo similar cabría achacar al Orfeón Donostiarra: magnífico como siempre en esos pianísimos en los que apenas tiene competencia, en los momentos en forte llegaba a resultar atronador en exceso. En todo caso, encontré a la sección femenina considerablemente mejor que en el pasado Fidelio. El público reacciona con pasión ante los momentos más espectaculares de la obra, cuando es en los más íntimos, los que exigen mayor juego de matices, donde mejor luce el Orfeón su categoría musical. Y hubo muchos momentos en los que la lucieron, sin duda.

Sobre los solistas, en mi opinión sobresalió por encima de sus compañeros la mezzo Daniela Barcellona, convertida ya en una verdadera mezzo verdiana. Fue la única que no necesitó calentar la voz y comenzó ya desde su primera intervención con muy buen nivel. Bello timbre vocal, expresividad en el canto y técnica impecable le permitieron lucirse en sus intervenciones, como el bellísimo “Liber scriptus”. Es siempre un placer tener la ocasión de volver a escucharla.

La soprano, María José Siri, lucía un timbre oscuro en los graves (a veces más oscuro que el de Barcellona), mientras el agudo sonaba peligrosamente en un forte continuo, teniendo serios problemas para apianarlo en los momentos requeridos. Tiene la flexibilidad vocal para hacer frente al nada fácil final “Libera me” que Verdi le reserva, lo que no es poco pedir, pero esa tendencia al canto en forte continuo en la zona aguda no deja de ser preocupante.

Sobre el tenor, Antonio Poli, hay que decir a su favor que se alejó de lucimiento vocal en favor de un canto más expresivo y delicado, tanto en el “Ingemisco” como en el “Hostias”, en los que huyó del canto en forte recurriendo a unas medias voces en la tradición de Bergonzi o Pavarotti, algo que siempre se agradece. El problema es que, a diferencia de ellos, no parece dominar el mixto, recurriendo por tanto a un falsete feo y poco ortodoxo. Por otra parte, cuando cantaba a plena voz, el extremo agudo sonaba extrañamente pálido en una voz con centro razonablemente potente. Probablemente necesite mejorar su técnica de emisión.

Y sobre el bajo, Riccardo Zenelatto, agradecer igualmente su canto matizado, expresivo. Sonaba a bajo cantante verdiano en los momentos más intimistas de la partitura, con un nada despreciable “Mors stupebit”, pero se quedaba corto de rotundidad vocal (y probablemente también tímbrica) en los momentos más contundentes de la obra, que los hay.

El público reaccionó con entusiasmo ante una orquesta y coro a piñón fijo en unos fortes atronadores; gusta el ruido, sin duda. Y la cuestión es que los mejores momentos de este Requiem fueron precisamente los más intimistas. En todo caso, y para terminar la crónica, me gustaría volver a ver a la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en próximas ediciones de la Quincena musical para comprobar mejor su valía musical en repertorios que me permitan apreciarla mejor.



150 años del estreno de Don Carlo de Verdi (11-03-2017)


A mediados del siglo XIX, París había desplazado a Viena como capital mundial de la música, y todo compositor de ópera que se preciara quería triunfar allí. Lo intentará incluso Richard Wagner, con el reestreno en 1861 de Tannhäuser. Y Giuseppe Verdi no iba a ser menos; tras varios intentos previos, a mediados de la década de los 60 presenta su proyecto más ambicioso, la ópera “Don Carlo” (originalmente en francés sería “Don Carlos”).




Como base del libreto de esta nueva ópera, que seguiría los criterios de la Grand’Opera Parisina, el libreto que escribían François Joseph Méry y Camille du Locle se basaría en la obra teatral “Don Carlos, infante de España” del dramaturgo alemán Friedrich von Schiller, del que Verdi ya había adaptado previamente otras tres obras. La historia de esta obra trataba temas que interesaban especialmente a Verdi, como la intransigencia religiosa, la búsqueda de libertad del pueblo y las relaciones paterno-filiales.

La obra de Schiller aprovecha la leyenda negra que se genera en Europa en torno a la controvertida figura de Felipe II de Habsburgo, Rey de España y padre del Infante Don Carlos de Austria. La muerte del infante mientras estaba recluido por orden de su padre alimentó todo tipo de rumores sobre la participación del rey en su muerte, algo que Felipe tampoco intentó evitar, al mantener un mutismo sospechoso sobre el tema. Los protestantes utilizaron esta muerte como elemento principal de sus críticas al odiado monarca español, máximo adalid de la contrarreforma tridentina y feroz enemigo de los protestantes, contra los que luchó especialmente den sus dominios de Flandes. Schiller, como buen protestante, aprovecha estos rumores, aprovechando además algunos detalles históricos para dar más juego teatral: inventa una historia de amor entre Carlos e Isabel de Valois, hija del rey francés Enrique II, partiendo del hecho de que originalmente estaban prometidos, hasta que, con la firma del tratado de paz de Cateau-Cambrésis, que pone fin a la guerra que enfrenta a las coronas española y francesa en territorio italiano, será el viudo (por dos veces ya) Felipe el que se case con la joven francesa, en búsqueda de un nuevo heredero (al margen de la mala relación entre padre e hijo, y más si tenemos en cuenta que Felipe ignoró completamente a su hijo durante toda su infancia, Carlos tenía una salud delicada, y para estabilizar la sucesión a la corona convenía que hubiera algún posible sustituto). Aprovecha también el interés que Carlos demostró por la política de Flandes, entablando relaciones con personajes como el Conde de Egmont; aunque estas relaciones eran una forma que tenía Carlos de reclamar el poder político que su padre le negaba, a ojos de un autor romántico eran una forma de lucha por la libertad de un pueblo oprimido.

A parte de la obra de Schiller, los libretistas adoptan algunas escenas de la obra “Felipe II, Rey de España” de Eugène Cormon, lo que termina alargando en exceso una ópera a la que el propio Verdi comenzará a cortar escenas. La ópera, que debía estrenarse durante la exposición universal de 1867, debía terminar a medianoche, para que los patrones industriales de los suburbios de París pudieran coger los últimos trenes para regresar a sus casas. Tras la composición del ballet del tercer acto, Verdi se ve obligado a realizar más cortes a la partitura, en un libreto que corre ya exclusivamente a cargo de du Locle, tras la muerte en 1866 de Mèry. Finalmente, la ópera se estrena el 11 de marzo de 1867 en la Ópera de París, siendo un fracaso; el público acusa a Verdi de wagneriano, y la presencia de una princesa española no ayudó, a que España no sale muy bien parada de la ópera.

La traducción italiana de la ópera tampoco sale muy bien parada, y generalmente se realizan cortes en la partitura, que en su versión original francesa podía rondar las 5 horas (la ópera más larga que compuso Verdi). El propio Verdi se entera de que representaciones que cortan diversas escenas de la ópera son más exitosas, así que realiza una adaptación de la ópera, suprimiendo el primer acto, reduciendo el dúo final de Carlo y Elisabetta y realizando nueva música para el dúo del Rey y Posa del segundo acto, a parte por supuesto de eliminar el ballet. Finalmente, la versión italiana de “Don Carlo” en 4 actos se estrena en La Scala de Milán el 10 de enero de 1884. Pero dos años después permite que se re-incorpore el primer acto sumado a la revisión de Milán, y esta nueva versión se estrena en Modena el 29 de diciembre de 1886.

Así que tenemos tres versiones de la ópera: la original parisina, la  de Milán, en italiano, en cuatro actos, que presenta numerosos cortes en diversas escenas, y la de Modena, que es la de Milán más el primer acto. Un verdadero rompecabezas. Las versiones más habituales en la actualidad (cuando Don Carlo se ha convertido en una de las óperas más habituales de Verdi) son las italianas, bien con 4 o 5 actos.

Hay que destacar en Don Carlo el considerable avance dramático de la obra verdiana, al alejarse cada vez más del maniqueísmo de los personajes: aquí no hay buenos ni malos, sino personajes con sus dudas, sus miedos, sus defectos. Sólo el Gran Inquisidor es un personaje completamente negativo, por lo que Verdi escribe su parte para uno de esos bajos rusos que habría escuchado seguramente en su viaje a San Petersburgo para el estreno de su anterior obra, “La forza del destino”, de voz negra y grave. Símbolo del autoritarismo religioso, será un anticipo del Ranfis de “Aida”. por el contrario, el poder político personificado en Felipe II se muestra mucho menos seguro, con dudas, miedos, así como en su faceta más personal, en esa soledad que sufre, para lo que recurre a un bajo cantante. Carlo es un joven idealista, víctima de un amor culpable, con una voz de tenor lírico, clara y brillante, con momentos de empuje pero sobre todo con grandes dosis de lirismo. Elisabetta es un personaje más maduro (pese a su juventud), lo que se demuestra con una voz de soprano lírica más grave, alejada de las heroínas y villanas anteriores de Verdi, mucho más activas y por lo tanto más agudas. Éboli es una villana reconvertida, lo que se traslada a una voz de mezzo-soprano más aguda, mientras que Posa, el que quizá sea el personaje más positivo de la obra, es un barítono lírico de voz noble.

Antes de repasar la obra dejo como siempre el link al libreto, pero en este caso, nos toca poner dos, uno para la versión italiana (la versión de Modena en 5 actos; para la de Milán basta eliminar el primer acto, excepto el aria de Carlo) y otro para la versión francesa.

La ópera comienza sin obertura, algo poco habitual en Verdi hasta la fecha, pero que pasará a ser lo normal en su obra posterior, con la excepción de “Aida”.

Estamos en 1560, en los bosques del Palacio de Fontainebleau, en invierno. La versión original francesa comienza con un largo coro de leñadores, que lamentan su duro trabajo y la guerra que no termina. Sale la familia real de caza, y entre ellos la princesa Élisabeth (Elisabetta en italiano), que le da un collar de oro a una pobre mujer viuda, antes de marcharse. Escuchamos este largo coro introductorio:

La versión italiana suprime esta escena, excepto el breve coro de cazadores. Aparece entonces Don Carlo, que escondido ha conseguido ver a su prometida Elisabetta. Él ha huido de España, contra los deseos de su padre, para poder ver a la joven con la que ha de casarse, y al verla se enamora de ella y sueña con el futuro feliz que les espera. Escuchamos así el aria “Io la vidi” en la mejor versión imaginable, cantada por Carlo Bergonzi:

Todos regresan de la caza, pero ante Carlo aparece el paje Tebaldo, que acompaña a Elisabetta; se han perdido. Carlo se presenta como acompañante del embajador español, el Conde de Lerma, y le ofrece ayuda a la princesa, mientras Tebaldo va al Palacio en busca de ayuda. Mientras, Elisabetta conversa con el español; esperan que las conversaciones de paz concluyan con el compromiso de la princesa con Carlo. Ella teme dejar Francia, pero Carlo la tranquiliza prometiéndole que su prometido la amará. Le ofrece entonces un regalo: un cofre con un retrato de Carlo. Ella lo mira y le reconoce. Ambos entonces se declaran su amor. Escuchamos el dúo con Veriano Luchetti y Katia Ricciarelli:

Pero entonces aparece Tebaldo, que salida a Elisabetta como reina: ha habido un cambio de planes, y ella se va a casar con el Rey Filippo II, padre de Carlo. Conmocionada, acepta casarse con el Rey cuando así se lo pregunta el Conde de Lerma. Elisabetta y Carlo lamentan su cruel destino que les obliga a separarse y no poder volver a experimentar un amor tan grande como el que se tienen ellos. Y así termina el primer acto de Don Carlo, el único que transcurre en Francia.

Un breve preludio orquestal abre la primera escena del segundo acto, que nos traslada al claustro del monasterio de Yuste, en el que pasó sus últimos días el emperador Carlos, abuelo del príncipe, y que está enterrado allí. Un grupo de monjes elevan sus plegarias a dios a favor del difunto emperador, mientras un fraile (atención a este personaje) afirma que el emperador gobernó , en su orgullo, sin preocuparse de dios y ahora implora su piedad por tan gran error. Bellísima plegaria (y bellísima conclusión orquestal) que escuchamos cantada por José Van Dam:

Carlo se pasea por el claustro en busca de paz, lamentando haber perdido a su amada y recordando sus días en Francia. Entonces escucha al fraile anterior diciendo que el dolor de la tierra sólo se calmará en el cielo, y Carlo tiembla al creer reconocer en esa voz a su abuelo el emperador, con el cetro y la armadura escondida bajo el hábito. Se murmura de hecho que su espíritu todavía recorre el claustro.

Llega en ese momento el marqués de Posa, Rodrigo, el amigo de Carlo, en quien éste busca consuelo. Rodrigo busca su ayuda para ayudar al oprimido pueblo flamenco, pero se da cuenta de que algo le pasa a Carlo, algo le atormenta, y le pide que se lo cuente: Carlo le dice que ama a Elisabetta, y Rodrigo se alarma al oírlo, por lo que Carlo piensa que su amigo se aleja de él, pero éste le confirma su amistad. Si el Rey no sabe nada de ese oculto amor, lo mejor que puede hacer Carlo es conseguir permiso para ir a Flandes, donde, alejado de Elisabetta, aprenderá a ser un rey. Carlos acepta y ambos confirman su eterna amistad en el dúo “Dio, che nell’alma infondere”, uno de los pasajes más famosos de la ópera. Entran el rey y la reina, y Carlo titubea al ver a Elisabetta, sabiendo que ya se ha casado con su padre, pero Rodrigo le fortalece en su decisión de conseguir la libertad para Flandes. Escuchamos esta escena y dúo con José Carreras como Don Carlo y Piero Cappuccilli como Rodrigo:

Segunda escena del segundo acto. Nos vamos al exterior del Monasterio de Yuste. Allí esperan las damas de compañía de la Reina y los pajes, ya que no pueden entrar al monasterio. Refugiándose del calor bajo los árboles, la princesa de Éboli les propone cantar una canción:

Acompañada a la mandolina por el paje Tebaldo, la Princesa canta la “Canción del velo”, que cuenta la historia del rey moro Mohamed, que se enamora de una bailarina cubierta por un velo y, creyéndola una cristiana, le promete su amor, ya que se ha cansado de la reina… para descubrir que la bailarina velada es en realidad su esposa. Escuchamos la canción del velo en la voz de Shirley Verrett:

Sale la Reina, visiblemente triste, algo de lo que se da cuenta la princesa de Éboli. Tebaldo le presenta al Marqués de Posa, grande de España, que le entrega una carta supuestamente proveniente de Francia, aunque en realidad es de Carlo; la reina duda en abrirlo, mientras la Princesa de Éboli le hace preguntas a Posa sobre las fiestas de Francia. Cuando la Reina finalmente lee el mensaje de Carlo, que le dice que confíe en su portador, le pide a Posa que hable, y éste le dice que Carlo, que está muy triste, desea hablar con ella. La Reina duda, no se siente con fuerzas de volverlo a ver, pero finalmente acepta, mientras la Princesa de Éboli piensa que el motivo de la tristeza de Carlo es porque está enamorado de ella. Escuchamos la escena con Ettore Bastianini como Posa, Giulietta Simionato como la Princesa de Éboli y Sena Jurinac como Elisabetta:

Tebaldo conduce a Carlo hasta la reina, mientras el resto se aleja, incluyendo las damas de compañía de la reina. Carlos entonces deja de disimular y habla del dolor que le causa su amor por ella. Quiere que interceda por él para que el Rey le envía a Flandes, a lo que ella está dispuesta. Él desespera al ver el poco dolor que ve en ella ante la idea de su partida; ella habla de contención, hasta finalmente confesar su amor por él, lo que hace que un exaltado Carlo termine desmayado. La Reina ve el enorme dolor de su hijastro, que despierta entre delirios, hasta tomarla por los brazos, pero ella se suelta y le dice que entonces tendrá que matar a su padre y, manchado de sangre, casarse con ella, por lo que Carlo huye aterrado. Escuchamos el maravilloso dúo “Io vengo a domandar” con Carlo Bergonzi y Renata Tebaldi:

Sale entonces el Rey, enfurecido al ver que no se cumple su orden de que la Reina siempre debe estar acompañada por una dama de honor, y no duda en enviar al exilio a la Condesa de Arenberg, que es quien debería haber acompañado a la reina, lo que todos consideran una ofensa hacia la reina. La Condesa rompe a llorar, y la Reina le consuela diciéndole que siempre la llevará en su corazón, que le acompañará hasta Francia. Tenemos así el aria “Non pianger, mia compagna”, que le escuchamos a Mirella Freni:

Todos parten, pero el Rey ordena a Posa que se quede, ya que no ha solicitado audiencia ante él, algo que le sorprende, ya que espera que un militar de su nivel le pida alguna recompensa, algo que Posa rechaza. El rey se pregunta por qué un militar como él ha abandonado la guerra; Rodrigo le cuenta toda la triste situación de Flandes, pero Filippo piensa que la única forma de mantener la paz es con sangre, la misma paz que ha conseguido en España. Rodrigo entonces le dice que no es esa la imagen que está dejando en Flandes, donde tiene fama de sanguinario, y le pregunta si es esa la fama que quiere tener. El Rey hace como que no ha oído nada, pero le advierte de que tenga cuidado con el Gran Inquisidor. Filippo necesita poder confiar en alguien, ya que las dudas le corroen: sospecha de la reina y de Carlo, y le pide a Rodrigo que los vigile, y que tendrá acceso ilimitado a la reina, lo que le da esperanzas al marqués. Se despiden con la advertencia de Filippo, de nuevo, de que tenga cuidado con el Gran Inquisidor. Y así termina el segundo acto con este dúo que escuchamos con Nicolai Ghiaurov como Filippo y Piero Cappuccilli como Posa:

Comenzamos el tercer acto, que consta de dos cuadros.

El primer cuadro empieza con una escena y un ballet que fueron suprimidos en las versiones italianas.

Es de noche en los jardines de la reina. Desde fuera se oyen voces de una fiesta. La reina se encuentra cansada y quiere retirarse junto al Rey,que está rezando, para lo que le cede a la Princesa de Éboli sus prendas para que el resto piense que es ella, y le entrega una nota a un paje. Escuchamos esta escena con María José Siri como Élisabeth y Daniella Barcelona como la Princesa de Éboli:

En este momento se sitúa el tradicional ballet del tercer acto de toda grand’opera francesa que se precie, titulado “La Peregrina”, que hace referencia a la perla más preciada del tesoro español, y que se usa como metáfora de la reina. Escuchemos el ballet:

En este momento comienza el acto en las versiones italianas. la nota que ha enviado la Princesa de Éboli es para Don Carlo, al que llama a media noche. Éste llega esperando encontrarse con la Reina, y como la Princesa está vestida con las ropas de la reina, la confunde. Le proclama su amor, pero al retirarle la máscara se da cuenta de su error, lo que hace sospechar a la Princesa. Ella le dice que le ama y que puede salvarle de las sospechas del Rey, pero Carlo la rechaza, y entonces ella se da cuenta de la verdad: está enamorado de la reina. Rodrigo entra para intentar calmar la situación diciendo que Carlo delira, pero la Princesa, despechada, jura venganza, aunque eso le suponga enfrentarse al favorito del Rey; ella tiene un poder desconocido para todos, y como Rodrigo se niega a herirla, huye clamando venganza, mientras Rodrigo idea un plan para salvar a Carlo, para lo que le solicita cualquier documento importante que tenga. Tras una duda inicial de entregarle unos documentos comprometedores al favorito del Rey, Carlo finalmente deposita toda su confianza en el marqués. Escuchamos el dúo y posterior trío con Luciano Pavarotti como Carlo, Luciana d’Intino como la Princesa y Paolo Coni como Rodrigo:

Segundo cuadro. Cambiamos de escena, estamos en la Plaza de la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, en Madrid, en la que se va a celebrar un auto de fe. El pueblo celebra el día de fiesta, mientras los frailes hablan de un día de terror en el que morirán los enemigos de dios. Sale la corte, y se abren las puertas de la Basílica, donde se encuentra el Rey. Éste sale de la iglesia afirmando haber jurado exterminar a los enemigos de dios, por lo que el pueblo lo glorifica. Llega entonces Carlo, para sorpresa de todos, acompañado de seis diputados flamencos, que se inclinan ante el Rey y piden piedad para su pueblo. Filippo los acusa de rebeldes, apoyado por los frailes, mientras el pueblo, así como Elisabetta, Rodrigo y Carlo, piden clemencia. Carlo, finalmente, cansado de que su padre le tenga apartado del poder, le pide el control de Brabante y Flandes, cosa que Filippo rechaza con desprecio, por miedo a que Carlo quiera matarlo para hacerse con el trono. Carlo, cada vez más enaltecido, jura ser el defensor de Flandes, desenvainando su espada. Filippo ordena a sus soldados que lo detengan, pero nadie se atreve, hasta que el propio Rodrigo le pide la espada a Carlo, para sorpresa de todos, lo que le hace ganarse del Rey el título de Duque. Comienza entonces el auto de fe en el que los reos son quemados en la hoguera, mientras una voz del cielo les concede la paz del cielo. Escuchamos esta escena con Nicolai Ghiaurov como Filippo, Plácido Domingo como Don Carlo, Mirella Freni como Elisabetta y Louis Quilico como Rodrigo:

Comenzamos el cuarto acto, que consta también de dos cuadros. El primero transcurre en el gabinete del Rey en el alcázar de Madrid. Está amaneciendo. El rey se da cuenta de que Elisabetta no le ha amado nunca, se siente viejo y reflexiona, medio dormido, en su futuro, en su muerte, en la que reposará solo en la cripta del Escorial. Quisiera poder tener el poder que sólo dios tiene de leer los corazones, para saber quiénes son traidores contra él. Tenemos así la gran aria del Rey, “Ella giammai m’amò”, que le escuchamos a Nicolai Ghiaurov:

Llega entonces el Gran Inquisidor, un viejo de 90 años ciego, al que el Rey le ha hecho llamar para saber si éste le apoyará en caso de condenar a su hijo a muerte, algo a lo que el inquisidor le alienta. Una vez decidido Filippo, es ahora el inquisidor quien tiene algo que solicitarle: quiere la cabeza de Rodrigo. Filippo se niega; es la única persona de confianza que ha encontrado. Pero el Inquisidor le acusa de protestante y de estar acabando con el imperio que él ayudó a crear junto al emperador Carlos. El Rey termina accediendo y pidiendo perdón al inquisidor, mientras éste se va. Y si en estos 10 minutos la tesitura del inquisidor es ya de por sí brutal (del Mi1 al Fa3), la última frase de Filippo, “Entonces el trono tendrá que doblegarse siempre ante el altar”, tiene una extensión de dos octavas en una única frase, del Fa1 al Fa3. Escuchamos este brutal dúo con Nicolai Ghiaurov como Filippo y Martti Talvela como el Gran Inquisidor:

Nada más irse el Gran Inquisidor entra corriendo la Reina a los aposentos del Rey. Pide justicia: ha desaparecido su joyero. Pero quien lo tiene es el Rey, y le pide a ella que lo abra. Ante su negativa, lo abre él mismo, y se encuentra con el retrato de Carlo (es el cofre que le regaló en el primer acto, en Fontainebleau), lo que enfurece al Rey. Elisabetta entonces opta por contarle la verdad: estuvo prometida con Carlo, pero ahora es su esposa y le ha sido fiel. El Rey no la cree y la acusa de adúltera, por lo que la Reina se desmaya. Filippo pide entonces ayuda, y acuden Rodrigo y la Princesa de Éboli. Rodrigo le recrimina al Rey no ser capaz de controlar sus emociones, y Filippo ahora se lamenta por lo que ha hecho, sabiendo que la Reina le es fiel. Mientras, la Princesa de Éboli siente remordimientos (en seguida sabremos por qué) y Elisabetta vuelve en sí, desesperada por su sufrimiento:

El Rey y Rodrigo se van, dejando solas a las dos mujeres. La Princesa de Éboli entonces le pide perdón a la Reina: ha sido ella la que le ha entregado el joyero al Rey, presa de los celos por estar enamorada de Carlo. Elisabetta le perdona, pero la Princesa tiene algo más que confesar: ha tenido relaciones con el Rey. Elisabetta ya no puede perdonar eso, y le hace elegir a la Princesa entre el exilio o el convento. Escuchamos este dúo con Sena Jurinac como Elisabetta y Fiorenza Cossotto como la Princesa:

Una vez sola, la Princesa maldice su belleza, y decide ocultar sus pecados en un convento. Pero se acuerda de que Carlo será ejecutado al día siguiente, y decide, para redimirse, salvarlo. Escuchamos la impactante y complicadísima aria “O don fatale” cantada por Grace Bumbry:

Cambiamos de escena para el segundo cuadro. Estamos en la cárcel donde está preso Carlo. Tras un bellísimo pero tremendamente triste preludio orquestal llega Rodrigo a visitar a su amigo. Carlo le agradece la visita, pero se siente morir por culpa de su amor por Elisabetta. Rodrigo entonces le dice que se ha encargado de salvarle, aunque eso supone morir por él (aria “Per me giunto”). Entonces Rodrigo le cuenta lo que ha hecho: los papeles comprometidos con la causa flamenca que le dio Carlo han sido encontrados en su poder, así que ya buscan matarlo por traición, haciendo inocente a Carlo. Carlo quiere contárselo a su padre, pero Posa se niega, ya que Carlo como rey podrá arreglar la situación de Flandes. Entonces se escucha un disparo: es la ejecución de Rodrigo. Moribundo, le dice a Carlo que Elisabetta le espera al día siguiente en Yuste, y que muere feliz por poder servirle a Carlos (aria “O Carlo, ascolta”). Escuchamos esta escena con Cornell McNeil como Rodrigo y Richard Tucker como Carlo:

Aquí las versiones italianas se diferencian. La francesa es mucho más larga. Llega Filippo para liberar a su hijo, pero Carlo le cuenta la verdad, y entonces Filippo canta un aria en la que lamenta la muerte de su único apoyo, que escuchamos en la voz de Orlin Anastasov:

Se escucha entonces una rebelión popular que busca salvar a Carlo; ha sido la Princesa de Éboli quien la ha causado para poder salvar a Carlo (algo que sólo sabemos en la versión francesa), y le ayuda a huir. Cuando el pueblo llega a donde el Rey, aparece el Gran Inquisidor, que con su autoridad hace arrodillarse a todos ante el Rey. Pero Carlo ya está a salvo. Y así termina el cuarto acto.

Comenzamos el quinto y último acto. Volvemos al claustro de Yuste. Es de noche. Elisabetta reza ante la tumba del emperador: le pide su ayuda para llevar su dolor al cielo, y recuerda su feliz infancia en Francia. Su vida ya no tiene sentido, sólo desea morir. Nos encontramos ante una de las más bellas arias que Verdi compuso para soprano, pese a su considerable longitud, “Tu che le vanità”, a la que sólo una gran soprano capaz de usar todo su juego de matices es capaz de hacer justicia. Se la escuchamos así a Renata Tebaldi:

Y escuchamos ya de seguido todo el final. Llega Carlo, para despedirse antes de partir para Flandes, resuelto a liberar a una tierra que está sufriendo tanto, alentado por Elisabetta. Ambos prometen verse de nuevo arriba, en un mundo mejor: su historia de amor sólo tendrá sentido, como es habitual en Verdi, después de la muerte. Y cuando se están despidiendo, aparece Filippo con la inquisición para detener a Carlo. El Príncipe desenvaina y retrocede hasta la tumba del Emperador, jurando que el cielo le defenderá. Aparece entonces tras la verja de la tumba el fraile al que vimos en el segundo acto, que vuelve a decir que el dolor de la tierra sólo se calmará en el cielo, y se lleva al Príncipe, mientras todos reconocen en el Fraile al difunto Emperador Carlos. Escuchamos esta escena final con Jaume Aragall y Katia Ricciarelli:

Y así termina la más larga y compleja ópera de Verdi.

Y terminamos, como siempre, con un Reparto Ideal:

Don Carlo: Carlo Bergonzi.

Elisabetta: Renata Tebaldi o Mirella Freni.

Filippo II: Nicolai Ghiaurov.

Rodrigo: Piero Cappuccilli.

Princesa de Éoli: Grace Bumbry o Shirley Verrett.

Gran Inquisidor: Martti Talvela.

Fraile: José Van Dam.

Dirección de Orquesta: Georg Solti o Carlo Maria Giulini.

Crónicas:

ABAO-OLBE (27-10-2015) Versión Francesa.



Crónica: Don Carlos en ABAO-OLBE (27-10-2015)


Digámoslo claramente: salir de casa a las 4 de la tarde sabiendo que no volverías casi hasta las 2 y que la ópera que ibas a ver seguramente no iba a ser gran cosa apetecía bien poco… vamos, que pereza absoluta. Y lo peor de todo es que no me equivoqué, no. Este Don Carlos es el primero de los 5 títulos que ABAO-OLBE nos ofrece esta temporada (lo del Requiem de Verdi no cuenta porque no está incluido en el abono) que en principio parece mejor remedio para el insomnio que el diazepan que me tomo cada noche. 5 títulos italianos, uno por cada uno de los grandes: Rossini, Donizetti, Bellini, Verdi y Puccini. Por mucho que hayan escogido la versión original francesa de este Don Carlos, todo es muy italiano. Y mira que a mí la ópera italiana me pierde, pero pides un poquito más de variedad, no ir siempre a ese “Sota, caballo, rey” que, por lo visto, es lo que debe interesar al público (que mira que no estoy yo nada seguro…)




En mi opinión, este proyecto “Tutto Verdi” que está llevando a cabo la ABAO está ya resultando demasiado cansino. Y es que ya hemos visto la gran mayoría de sus grandes óperas y ya sólo nos quedan títulos menores. Vale, lo confieso, tengo ganas del Stiffelio, y no le haré ascos a Masnadieri o a I Lombardi, pero Alzira… pues toíta pa ellos. Y ya como quieran meternos la versión original de La forza del destino, ese soberano ladrillaco que ya vimos hace poco en su versión revisada… pues es que me muero.

Verdi revisó varias de sus óperas, como esa Forza que ya he mencionado, o el Macbeth, o el Boccanegra… en todos los casos, estas revisiones mejoraron notablemente los originales. Pues en el caso del Don Carlo (cuyo argumento e historia repasamos en este post), que es la versión que conocemos, no es simplemente una traducción del original francés. sino una adaptación que, además, supone una notable mejoría. No sólo suprime el ballet y el aria de Felipe ante el cadáver de Posa, también cambia no pocas melodías y reduce algunas escenas (al margen de ese primer acto de Fontainebleau que incluyen algunas versiones italianas). A mí la verdad es que el Don Carlo me encanta, es de hecho una de mis óperas favoritas de Verdi, pero el Don Carlos original está muy por debajo, y la duración resulta excesiva.

Según indicaba el programa de mano, la duración de la ópera y los dos intermedios debería haber sido de 4:30, aunque por megáfono dijeron que la ópera acabaría a las 11:45 (4:45 horas). Yo dije que no salíamos antes de las 12… y acerté. 5 horas. Sirva esto para hacernos una idea de la excesiva duración de la ópera. Dejo antes de nada un enlace de la producción.

Y ahora vayamos desgranando:

La escenografía de Carlo Centolavigna resulta en general efectiva: Unas paredes recubiertas de mapas antiguos en las que se abren puestas y ventanas, permitiendo convertir esta escenografía en cualquiera de los ambientes en los que se desarrolla la acción (salvo en el añadido del 1º acto, en el que unos palos a modo de troncos de árboles eran toda la escenografía): los jardines, el despacho de Felipe II, su alcoba en El Escorial, el claustro de Yuste o la prisión. Destacaba la aparición, tras una puerta en las habitaciones de Felipe II en el Escorial, una copia del grupo escultórico de Pompeo Leoni que daba acceso a la iglesia. Las mayores pegas venían de la escena del auto de fe, con ese enorme crucificado (desnudo, por cierto…) girando y comiéndose medio escenario, y con unas gradas en los laterales y la parte trasera de la escena que resultaron peligrosas (casi se nos esmorra uno de los figurantes que hacía de obispo).

La dirección escénica de Giancarlo del Monaco perjudicó especialmente  al Don Carlo de Giuseppe Gipali, al que situaba demasiado a menudo bastante atrás de la escena, con lo que su mal proyectada voz resultaba muy poco audible. Lo más imperdonable fue la licencia final de hacer que Felipe mate a Carlos. Lo confieso: el cabreo que me pillé me impidió aplaudir al final de la representación. Sí, ya sé que el final de la ópera es infumable, pero lo prefiero a esta aberración histórica. Prefiero ver al abuelo surgir de ultratumba para salvar a su nieto, de verdad.

En cambio, el vestuario me resultó muy acertado.

El ballet me sobraba. Ni es de las músicas más inspiradas de Verdi, ni aporta nada a la acción. Además, el ruido de los bailarines arrastrándose por el suelo resultaba insufrible. ¿No había algún material mejor para el suelo para impedir ese molesto ruido?

La orquesta sinfónica de Bilbao contaba en este caso con la dirección de Massimo Zanetti. La orquesta estuvo lejos de la corrección, y la dirección de Zanetti pecó de excesiva lentitud en no pocos momentos,sobre todo en el dúo final (en un momento en el que ya todos estábamos pensando en llegar a casa de una vez). Y para colmo tapaba a los cantantes en numerosas ocasiones.

El coro tampoco estuvo a la altura. Para empezar, la escena del auto de fe se veía vacía, se esperaban más miembros del coro. Y en concreto los que hacían de inquisidores fueron de juzgado de guardia. Cantaron realmente fatal. Después de unas últimas funciones en las que parecían levantar el vuelo, este Don Carlos les ha devuelto a un nivel tan bajo que es difícilmente admisible.

Y vamos ya con el reparto.

Ya he mencionado que el Don Carlos lo interpretaba Giuseppe Gipali. Ni idea de quién es. Y tampoco tengo mucha intención de arreglarlo: su interpretación vocal fue bastante escasa, muy mal de proyección, salvo en el registro agudo, poco audible en la mayoría de los momentos, eclipsado por el resto del reparto o por la orquesta. Una especie de “quiero y no puedo” que fue la tónica general de la noche.

Esperaba mucho del Felipe II de Orlin Anastassov… y la decepción fue mayúscula. En sus primeras apariciones su voz sonó rotunda, pero su fraseo demasiado agresivo, demasiado cortante. Así que al llegar a su gran aria del acto 4º esperabas un fraseo más cuidado, más redondo… y comienza las primeras frases intentando matizar, pero la voz se le rompía. Parecía como si tuviera alguna flema o algo así (medio teatro estábamos resfriados, y muchos se esforzaron por demostrarlo constantemente con sus toses… así que tampoco sería de extrañar que Orlin también pudiera estar algo enfermo). Y así, o fraseaba sin cuidado, o la voz se le rompía. Se le notó más cómodo en su dúo con el gran inquisidor, pero luego, en el cuarteto… al llegar a un “agudo” la nota no salió. Calada brutal, notoria para cualquiera que incluso no conociera la ópera. La cosa ya pintaba fea. Y así, vuelve a aparecer tras la muerte del marqués de Posa, canta con corrección su aria ante el cadáver de este, pero en la escena del motín llegamos a otro agudo… ¡y la vuelve a cagar! No me explico como alguien con su prestigio (y su vozarrón) pudo estar tan flojo. Creo que él mismo fue consciente, ya que en los saludos finales el suyo fue muy breve.

Élisabeth de Valois la interpretaba la soprano María José Siri. Cantaba con gusto y una bella voz, resultando solvente en su aria del 2º acto o en los dúos… pero en su gran escena del 5º acto (mi favorita) se echó en falta una voz con más cuerpo. Siempre he defendido que la Élisabeth es una soprano lírica pura, en la línea de Desdemona, lejos de las spinto verdianas como la Amelia del Ballo, la Leonora de Forza o Aida. Lírica sí, pero con una voz con mucho más cuerpo que la de Siri para poder superar los pasajes más dramáticos. Nos regaló bellos momentos, porque canta con gusto, sabe matizar y apianar, pero la asepsia general no ayudaban mucho para regalarnos una Élisabeth memorable.

Parece que para hacer un buen Gran Inquisidor haya que ser finlandés. Y Mika Kares no estuvo al nivel de su paisano Talvela, obviamente, pero sorprendió en su breve pero complicadísima participación, con una voz potente y un domino de toda la tesitura, desde los potentes graves hasta los peliagudos agudos. Sus participaciones se encontraron entre los momentos más disfrutables de la noche.

La gran Daniela Barcellona fue la encargada de interpretar a la princesa de Eboli. Todavía recuerdo la primera vez que la vi en una Italiana in Algeri, y ahora verla en un repertorio mucho más dramático no deja de sorprender. Estuvo espléndida en la canción del velo, que supo a poco (ayudada por las coloraturas que tan bien domina) y en el terceto del jardín. Y su “O don fatal” fue más que digno, potentes sus graves, correctos aunque mejorables sus agudos… ¡pero Zanetti se esforzó por taparle! Seguramente tengamos que esperar un poco para que la voz de la italiana vaya engordando en volumen y potencia para que se encuentre más cómoda en una parte tan peliaguda como esta Eboli que interpretó con el alto nivel que era de esperar en su caso. Y habría sido la gran triunfadora de la noche, de no ser…

De no ser por un tal Juan Jesús Rodríguez, que interpretó al Marqués de Posa. Ya pudimos disfrutar de su talento canoro en el Yago del pasado Otello. Aquí el Posa sabía a poco, ya que su voz es mucho más grande y dramática y tenía que controlar su voz para sonar al barítono lírico que es Posa. Sus dos monólogos en la escena de la cárcel fueron muy aplaudidos (sobre todo el segundo, aunque a mí me gustó más el primero, donde además nos regaló unos trinos breves pero bien ejecutados) y en los saludos finales fue el más aplaudido y braveado, más que merecidamente. Fue un lujo en toda regla.

De los comprimarios destacaron Ana Nebot como Thibault y la rotunda voz de Ugo Rabec como Monje/espectro de Carlos V, aunque no cantara desde el escenario, por desgracia.

En resumen, una noche larga, pesada, con demasiados “quiero y no puedo” y sólo unos pocos puntos luminosos que no son desde luego el preludio ideal a una gran temporada. Veremos lo que nos dan de sí los demás títulos, pero miedo me da… llamadme pesimista si queréis, pero cuando acabe la temporada ya hablaremos y veremos si tengo razón o no.