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Crónica: Manon de Massenet en ABAO-OLBE (23-01-2018)


No sé exactamente cuál es mi problema con la historia de Manon Lescaut que escribe el abate Prévost, pero ni la “Manon” de Massenet ni la “Manon Lescaut” de Puccini son óperas que me gusten mucho; de hecho, más bien me aburren, lo que no deja de ser sorprendente tratándose de dos de mis compositores de ópera favoritos. En el caso de Massenet, por ejemplo, pondría muy por delante no sólo la obvia “Werther”, sino otros títulos menos conocidos como “Thais” o “Esclarmonde” (de cuyo dúo final ya intuimos algunas melodías en el dúo de Saint-Sulpice de Manon). En todo caso, hablando de la ópera de Massenet, se trata de una obra muy famosa que todavía no había tenido ocasión de escuchar en vivo, así que iba con bastantes ganas a la función de ABAO.




Antes de comentar la función dejo como siempre un enlace de la producción.

La dirección de escena situó la acción en el Rococó francés, como corresponde. En ese sentido fue especialmente adecuado el vestuario. La escenografía fue efectiva: unos paneles iban tapando la escena, permitiendo un rápido cambio de mobiliario (bastante reducido, por otro lado), que permitió que apenas hubiera pausas técnicas por cambio de escenario, lo que es de agradecer en una ópera que dura dos horas y media. Quizá algo excesiva, en todo caso, la entrada de Manon en un globo en la escena de Cours-la-Reine. La dirección escénica fue en general acertada, aunque no entiendo esa costumbre de poner a los cantantes a actuar sobre el escenario durante los preludios; en mi opinión, despistan demasiado.

Quizá lo mejor de la noche fuera la soberbia dirección orquestal de Alain Guingal, conocedor de la obra a la perfección, que transmitió la ligereza de la música, con un preludio que sonaba más a a Rococó que a finales del siglo XIX. Acompañó perfectamente a los solistas, controlando el volumen para no taparlos, y su estilo fue impecable en todo momento. La Orquesta Sinfónica Verum respondió con absoluta corrección, sin ningún defecto a destacar.

Muy bien igualmente ese coro de la Ópera de Bilbao que tantos disgustos nos ha solido dar en otras ocasiones. Parece que tenemos motivos para ser optimistas, porque “Manon” tiene momentos corales bastante destacables, y fueron superados con solvencia.

Correctos los personajes menores. Insoportables, como deben ser, Ana Nebot, Itziar de Unda y María José Suárez como Poussette, Javotte y Rosette, personajes chirriantes como pocos.

No tengo ninguna predilección por Fernando Latorre, y de hecho se ha llevado alguna mala crítica por mi parte en otras ocasiones, pero las últimas veces que le he oído le he visto mejor a nivel canoro. Ayer fue sin duda un solvente Brétigny, que no es un papel muy complejo, pero su canto y su emisión no resultaron molestos.

Muy bien Francisco Vas como Guillot de Monfortaine, tanto a nivel actoral como vocal, en un  personaje más bien caricaturesco que se adapta muy bien a su estilo interpretativo. Supo sacarle mucho jugo a sus intervenciones, y fue merecidamente premiado por ello en los aplausos finales.

Grata sorpresa el bajo Roberto Tagliavini como Comte Des Grieux. Una buena voz, que no sonaba artificialmente oscurecida, y una correcta técnica le hicieron destacar notablemente en un papel que, por otra parte, tampoco tiene muchas posibilidades de lucimiento. Esperemos verle en papeles de más enjundia en el futuro.

Manel Esteve cantaba la parte de Lescaut. Sigue en mi memoria grabado a fuego aquel Silvio de “Pagliacci” de hace 3 años, en el que estuvo magistral. Aquí, como Lescaut, no tenía las mismas posibilidades de lucimiento, pero se desenvolvió bien en un papel que no estoy seguro que se adapte perfectamente a su vocalidad (Lescaut es un barítono más bien agudo), pero al que dio todas las notas, le dio gracia y buen estilo francés. Muy buena interpretación la suya.

Parece que la ABA tiene gafe con los repartos, ya que esta temporada hemos tenido bastantes cambios sobre los planteles previstos. En este caso, por indisposición de Celso Albelo, se buscó como sustituto a Michael Fabiano, prestigioso tenor que cantó años atrás el Edgardo de “Lucia di Lammermoor” dejando muy buen recuerdo entre el público bilbaino. Sonaba a priori una buena sustitución, pero en la práctica fue una absoluta decepción. Como ya se notaba en aquella Lucia, su registro agudo no es muy amplio, y así, en el “Nous vivrons a Paris” tuvo ya un muy desagradable agudo (mal acompañado por la Lungu, con demasiado vibrato en ese momento). En el segundo acto tiró de falsete para poder cantar las frases en pianísimo, lo que le disimuló los agudos, pero en todo caso dejó a la vista sus carencias técnicas, ya que una cosa es cantar en mixto esos pianísimos, y otra hacerlo en falsete, y en ese “Il y faut encore” fue muy evidente el uso del falsete. U en la escena de Saint-Sulpice ya quedó abiertamente al desnudo: pésimo “Ah, fuyez, douce image”, aria complicada con esos Sib que hay que atacar directamente, tras un silencio, y que en su caso salían pálidos, opacos, sin gracia y forzadísimos. En el dúo que seguía volvió a destrozar los agudos de forma muy evidente, y su canto no fue un dechado de buen gusto y delicadeza, sino más bien rudo, alejado del estilo francés. Sus intervenciones en los dos últimos actos, mucho menos comprometidas, fueron mejor resueltas, pero no aliviaban la mala impresión que había dejado en su gran escena del 3º acto.

El papel protagonista de Manon fue interpretado por la soprano Irina Lungu. Tardó en calentar la voz, no se hizo oír del todo bien en “Je suis encore tout étourdie”, con unos agudos demasiado vibrados en el primer acto, y sacó adelante el segundo acto y la escena de Cours-la-Reine con absoluta solvencia vocal, tanto en coloraturas como en tesitura, lanzándose con valor a los sobreagudos, pero le faltó emoción. Se le notaba interpretativamente fría en ese “Profitons bien de la jeunesse” que algunos tanto sentimos cuando vemos que se nos escapa de las manos. Pero de golpe, con el cambio de escena del tercer acto, al pasar de Cours-la-Reine a Saint-Sulpice, vimos a otra soprano: vocal y dramáticamente se comió a Fabiano, y estuvo absolutamente impecable en el resto de la ópera, incluyendo un dúo final en el que volvió a tener algún problema para hacerse oír al cantar en pianísimo, pero que resultó emotivo y vocalmente sobrada de medios. No deja de sorprender en una soprano de su estilo que estuviera mejor en los pasajes más líricos que en los que requieren de más coloraturas y sobreagudos, teniendo ella ambos de sobra. Confieso que, de una frialdad inicial, terminó conquistándome, tarea nada fácil para una Manon.

En fin, una Manon un tanto agridulce, en especial por la decepción de Fabiano, de quien esperaba mucho más. De no haber sido por él (y es difícil imaginar lo que habría podido el inicialmente previsto Albelo), probablemente las impresiones habrían resultado mucho más positivas, porque hubo muchos momentos que merecieron la pena.



Crónica: La Cenerentola en ABAO-OLBE (22-11-2016)


La cancelación de Javier Camarena ya nos hacía temer lo peor en las funciones de La Cenerentola de Rossini que nos ofrecía ABAO-OLBE como segundo título de la temporada. Y así terminó siendo una función sin sombras, pero también sin luces.




Antes de comenzar con más detalles dejo un enlace de la producción.

La escenografía era fea con ganas, y desaprovechaba el gran tamaño del escenario del Euskalduna, lo que además perjudicaba a los cantantes al hacer que las voces se perdieran por el escenario en lugar de proyectarse hacia el auditorio. Una caja de madera que giraba y se abría, que obligaba a los tramoyistas a entrar y salir constantemente durante la función para abrir o cerrar las distintas secciones de esa caja, ocupaba el centro del escenario, sin trasladarnos ni a la casa de Don Magnifico ni al palacio del príncipe Ramiro. Tampoco ayudaba el vestuario (una parte del coro vestigos como si fueran jugadores de polo… se me escapa el sentido), el escaso atrezzo (la “sedia nobile” que La Cenerentola le tiene que llevar al príncipe no tenía de silla ni respaldo ni posabrazos ni nada, era más bien un puff demasiado bajito) o incluso una iluminación que supo a poco en la escena de la tormenta (he visto mejores reproducciones de rayos en otras ocasiones). En mi opinión, la producción fue un despropósito que afeaba una ópera tan bonita como La Cenerentola.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao estaba dirigida en esta ocasión por Antonello Allemandi, director que por lo visto fue muy asiduo en otros tiempos en la ABAO pero al que no había escuchado nunca (llevaba 8 años sin venir). Su dirección resultó correcta, esforzándose por no tapar a los cantantes (cosa que consiguió a medias) y con algunos momentos más logrados que otros. En la Obertura por ejemplo las maderas sonaron realmente bien, pero a las cuerdas les faltaba la chispa que requiere esta página. Resultado por tanto solvente pero no brillante.

Algo parecido en el caso del coro, exclusivamente masculino en La Cenerentola, que sacó adelante su parte sin pena ni gloria.

Tiene delito que lo mejor de una función de La Cenerentola sean las hermanas feas, Clorinda y Tisbe, pero en la función de ayer desde luego así fue. Marta Ubieta como Clorinda y María José Suárez como Tisbe ueron las que más se hicieron oír en las escenas de conjunto, solventaron sin dificultades sus papeles más bien comprimarios, demostraron desparpajo escénico y sus voces se compenetraron a la perfección. Bravo por ellas, desde luego.

El bajo griego Petros Magoulas se hacía cargo del papel de Alidoro. El personaje no le da problemas de tesitura y fue solvente escénicamente en un papel más irónico que cómico. Cantó bien su bellísima aria “Là nel ciel”, pero el problema venía por un timbre excesivamente claro al que le faltaba la rotundidad que requiere la página, una de las más inspiradas de la ópera, por cierto. Correcto de nuevo, pero sin ese plus que le haría brillar.

Paolo Bordogna se hacía cargo de Dandini, el camarero convertido en príncipe disfrazado. Bordogna es un gran cómico, qué duda cabe, y su voz es lo suficientemente potente como para hacerse oír en las escenas de conjunto. Su timbre es quizá demasiado oscuro para Dandini, excepto en unos agudos en los que cambia demasiado el color (en esos momentos su voz recordaba bastante a la del gran Rolando Panerai), pero esos agudos no siempre eran bien emitidos. Por otra parte, el caso de Bordogna me parece un error de concepto: Dandini no es un barítono bufo en la línea de un Taddeo de “L’Italiana in Algeri”, por ejemplo; en mi opinión entra más en la línea de barítonos belcantistas que nos llevarán al Belcore de “L’elissir d’amore” o al Malatesta de “Don Pasquale”, y ahí es donde Bordogna naufraga, recurriendo a truquitos para disimular sus dificultades para mantener un canto legato o para solventar las coloraturas de su aria de entrada, “Come un’ape”. Mejor en este caso en los pasajes más sillabatos, más próximos a su estilo bufo, como en el dúo con Don Magnifico.

El veterano Bruno de Simone se hacía cargo del papel del malvado padrastro de La Cenerentola, Don Magnifico. Su carrera se ha basado en roles de bajo bufo, por lo que su capacidad escénica queda fuera de dudas. La voz, todavía potente, suena ya un tanto ajada, blanquecina, sin rotundidad en unos graves casi desaparecidos. Sacó adelante sus tres arias más por su capacidad escénica que por la vocal, pese al ya mencionado volumen que era de agradecer ayer (excepto en el sillabatto de su tercera aria, apenas audible; qué mal nos tiene acostumbrados Carlos Chausson, la verdad).

Al tenor Uruguayo le tocó la difícil papeleta de sustituir al esperado Javier Camarena como el Príncipe Ramiro. La voz sonaba fresca, sin duda; sin problemas con las coloraturas ni con los agudos. El mayor problema venía de la falta de volumen (o de proyección, no lo sé bien) de su voz, que desaparecía en las escenas de conjunto o cuando la orquesta sonaba un poco más fuerte. Lo más esperado, su escena del II acto “Sì, ritrovarla io giuro” fue cantada con correción pero, de nuevo, sin ese punto más que te hace brillar.

Y terminamos con la protagonista, Angelina, La Cenerentola del título, que corría a cargo de José María lo Monaco. Voz de timbre agradable, pero de volumen muy muy escaso, seguramente la que menos se oyó en toda la noche. Las coloraturas sonaron impecables, no así el registro más agudo (que en su rondò final terminó evitando en algún caso recurriendo a variaciones más graves); incluso en su entrada en palacio al comienzo del concertante final del I acto hubo varias notas que sonaron realmente desagradables. Hay que reconocerle, eso sí, un buen gusto al cantar, al darle un cierto relieve psicológico a su personaje.

La Cenerentola de ayer pasó sin pena ni gloria, pero creo que debería conducirnos a una reflexión: tras la tremenda pifia de “Il barbiere di Siviglia” del final de la pasada temporada (salvado sólo por la presencia del gran Carlos Chausson), en la que tampoco se pudo escuchar bien a los cantantes, ¿es realmente el Euskalduna el mejor local de Bilbao para las representaciones operísticas, en especial para estos títulos en los que a menudo las voces de los intérpretes suelen ser a menudo bastante pequeñas en volumen? El enorme tamaño del auditorio y una acústica realmente mala no ayudan nada, desde luego… desconozco la situación de Bilbao, pero desde luego yo buscaría otras opciones (si las hay) para representaciones de títulos como estos. Estoy seguro de que en un auditorio (o teatro) de menores dimensiones y mejor acústica el resultado de ayer habría sido notablemente mejor.