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Crónica: Lau noten opera en Quincena Musical (Ensayo: 24-08-2019)

Vaya por delante que no tenía previsto escribir nada sobre este “Lau noten opera”. A fin de cuentas, no pude conseguir entrada para la función, y lo que vi fue el ensayo de la víspera (gracias por adelantado a Miren y a Arkaitz por avisarme). Y no me parece justo juzgar una representación viendo sólo el ensayo. Pero es que creo que la propuesta fue tan original y el resultado tan bueno que me veo obligado a divulgarlo. 

Proyecto más bien de última hora (no estaba incluido en la programación oficial cuando cogimos los abonos) y representada en un lugar inhabitual, una sala del centro cultural Tabakalera, “Lau noten opera” es la versión traducida al euskera de “Four note opera”, ópera minimalista del compositor Tom Johnson, estrenada en 1972 y que suele representarse traducida al idioma local, en este caso el euskera. Dada la presencia del propio Tom Johnson en el ensayo y en la función, deduzco que la representación no se habrá tomado excesivas libertades, manteniéndose fiel al original. Y digo “deduzco” porque no he conseguido encontrar ninguna grabación completa de la obra, tan solo algunos fragmentos en Youtube. 

Por tanto, vamos a ver si he entendido bien la obra: Lau noten opera, compuesta sobre las 4 notas del título, es una sátira del propio mundo de la ópera (algo tan frecuente en el cine y tan infrecuente todavía en la ópera, donde nos tomamos aun demasiado en serio). Tenemos cuatro solistas, descritos con bastante mala baba: una diva-soprano insoportable, caprichosa y bastante mete-mano, con es manita escapándose siempre al culito del tenor (en vista de las últimas noticias, quizá sería más apropiado que fuera el tenor el “salido”); una mezzo juerguista; un tenor gafe, con ganas de un protagonismo que no tiene, y un barítono aburrido. Aparece por ahí un bajo que no sé qué pinta y que apenas suelta un par de frases. Y Luego el director, que para qué sirve, pues para lo que todos piensan: para nada, para hacer el tonto, mover las manos, echar la bronca a los solistas cuando no le siguen y boicotear a la soprano. Y, entre medias, algunos números musicales que nos describen qué son unas variaciones, el desarrollo del interludio de piano y otros aspectos musicales de la obra. Imprescindible entender el idioma para poder seguir el desarrollo, desde luego. 

Antes de comenzar la crónica dejamos, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

Genial la propuesta escénica de Ekaitz Unai González, con esa especie de cuatro tronos para los solistas, con una dirección de actores absolutamente genial, aprovechando la bis cómica de todos ellos. Magnífica la iluminación, el vestuario, en general todos los elementos escénicos que engloba una producción de ópera. Pocos medios, buenas ideas y resultados excepcionales. Y, pese a ser un ensayo, no hubo ningún corte, ninguna pausa en toda la obra, salvo en los saludos finales (gran idea por cierto proyectar los nombres de quien estaba saludando en ese momento). 

La labor de dirección musical recaía supuestamente en manos de Arkaitz Mendoza, aunque en esta ocasión su labor, como ya hemos comentado, fue nula, ya que no hay orquesta a la que dirigir. Pero lo que se requería de él en esta ocasión era una labor actoral que el director de orquesta demostró tener buenas dotes. Verle jugando con aquel chupachups gigante (mayor que la cabeza de Kojak, que ya es decir) para boicotear a la diva resultaba grotesco y divertido a la vez. Quien sabe si, además de un magnífico director de orquesta, tenemos además a un interesante actor… 

La labor de acompañamiento musical recaía por tanto en el pianista Pedro José Rodríguez, que en general pasó desapercibido en la función salvo en los momentos en los que apuntaba la duración de alguno de los pasajes, involucrándose así brevemente en el desarrollo dramático de la obra. Su labor de acompañamiento fue impecable, y tuvo su pequeño momento de gloria en el interludio para piano, que tampoco presenta grandes dificultades virtuosísticas al tratarse de una obra minimalista. 

El bajo Pedro Llarena apenas tiene, como he dicho, un par de frases en la obra. Aparece en algunos momentos paseándose por la sala, deteniéndose todo en ese momento, por lo que no me queda claro si es un solista o representa a un petulante crítico musical (si ese es el caso, no pienso sentirme identificado). Exigua labor difícil de juzgar. 

Probablemente ha sido la mejor función que le he escuchado nunca a Fernando Latorre. En el programa figura como barítono, aunque que yo recuerde siempre le había escuchado como bajo. Su parte es musicalmente una de las más extensas de la obra (quizá la más extensa), y demostró no tener ningún problema vocal para afrontar su partitura y unas dotes escénicas magníficas. 

Menos suerte tenía Beñat Egiarte, ya que su parte es breve y bastante “penosa”. Es la primera vez que he tenido ocasión de escuchar al tenor, y con esta función me quedo sin saber qué tal canta. Eso sí, los gallos a posta los borda (en su único monólogo tiene que gallear para ridiculizar aún más a los tenores… pobrecitos. Bueno, fama de “buenorro” por lo menos sí que se llevaba, siendo objeto de deseo constante de la soprano, aunque no le hiciera gracia). Algo apurado en los agudos de las variaciones (agudos breves y con saltos constantes, nada fáciles obviamente), destacó en su faceta actoral, sobre todo en ese cuarteto en el que él no canta y al final se suicida a lo Madama Butterfly. En fin, que espero poder escucharle de nuevo en algún papel con más enjundia para comprobar su talento canoro, porque el actoral/cómico está fuera de toda duda. 

Marifé Nogales cantaba de mezzo o por momentos de contralto, en una tesitura más grave de la que le había escuchado hasta la fecha, superándola con solvencia. Escénicamente era la locura personificada; no reírse con ella era absolutamente imposible. 

Miren Urbieta-Vega era la insoportable diva-soprano que hace lo que quiere y que sólo quiere lucirse. Quizá por ello tiene el aria de más lucimiento de la obra, que resolvió con la solvencia que esperábamos de ella, con buen registro agudo y picados. Y.como el resto, genial en la faceta escénica. 

Las risas de los pocos asistentes al ensayo se contagiaron a sus protagonistas.., y oye, encajaba muy bien. El público se divirtió, y los solistas parece que también, que tienen el mismo derecho que el resto a hacerlo. Desconozco el resultado de la función propiamente dicha, pero la falta de entradas demuestra que había interés por la propuesta.

Y, si había interés, sólo me queda volver a reclamar repetir la función de Lau noten opera, y, si fuera posible, hacer funciones escolares, ya que es una obra genial para que los alumnos sepan qué es una ópera de una forma diferente, divertida, con menos naftalina, más libre incluso en lo que a espacios se refiere. Y cuando el trabajo escénico y actoral es tan sumamente genial, es una pena que se pierda tan rápido, con todo el potencial que ofrece. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: La Cenerentola de Opus Lírica en Donostia (10-05-2017)


Con esta “La Cenerentola” de Gioacchino Rossini termina la primera temporada (mini-temporada) de ópera que Opus Lírica ha conseguido programar en Donostia. Pese al mínimo (si acaso existente) apoyo institucional y los obvios quebraderos de cabeza económicos que suponen un proyecto tan ambicioso como montar una temporada de ópera en una ciudad que llevaba  décadas sin tenerla, las 3 óperas que han formado esta primera temporada han resultado del todo dignas, con sus coas buenas y sus coas malas, como siempre, pero que, teniendo en cuenta las posibilidades, han resultado siempre globalmente más que satisfactorias.




Ya hemos dicho que la temporada se cerraba con “La Cenerentola”, ópera de la que este año se cumplía el 200º aniversario de su estreno (por ello le dedicamos este post). Opus Lírica ha cometido el error de programar una ópera que se había programado medio año antes en Bilbao, en la ABAO. Por suerte para ellos, las funciones bilbainas resultaron ser un fracaso, en especial tras la cancelación de Javier Camarena. Y es que Opus Lírica contaba con un as en la manga: pese a no tener cantantes de relumbrón, sino en algunos casos jóvenes promesas del panorama lírico peninsular, las representaciones en un espacio tan íntimo como el Teatro Victoria Eugenia favorecían que las voces llegaran hasta el último rincón del teatro(y, como de costumbre, quien esto escribe estaba arriba del todo), algo que en el enorme espacio del Euskalduna (y con su pésima acústica) no sucedió. ¿Fue musicalmente superior esa Cenerentola a la de Bilbao? No lo sé, la de Bilbao apenas pude oírla, y esta sí. Punto a favor de la capital giputxi; este derby lo hemos ganado.

Antes de entrar en detalles dejo como siempre un enlace a la producción.

La escenografía de Franco Armieri ha sido seguramente la mejor que hemos visto hasta ahora en las producciones de Opus Lírica (bueno, en las 6 de las 7 que he visto, ya que me faltó “Il barbiere di Siviglia”). Cada escenario tenía una escenografía distinta; la casa de Don Magnífico (la más rica en decorados y en colorido), el Palacio del Príncipe Ramiro, la escena final frente a una iglesia y una breve escena sin decorado, sólo con una carroza iluminada con luces led de gran belleza (mismo recurso de luces se utilizó con dos arbolitos en la escena final, acentuando el tono plateado de la escena con el vestuario y las pelucas). Correcta iluminación, bien el vestuario (aunque quizá no encajaba demasiado el vestuario militar decimonónico del coro con las pelucas del siglo XVIII), lo peor eran las barbas de Ramiro y Dandini (¿desde cuándo en esa época se llevaba barba? Cuánto daño está haciendo el hipsterismo en la ópera… ¡me dan un poquito de cera de depilar y verán qué rápido lo arreglo todo!). En todo caso, el que peor parado salía del vestuario era Dandini, convertido en un petimetre más hortera que elegante, frente a un Ramiro con mucho más estilo incluso cuando hace de escudero. La dirección escénica de Paolo Panizza fue en general un acierto (aunque es difícil saber cuánto fue por su labor y cuánto por el talento cómico de los intérpretes), con algunos gags realmente interesantes (del duelo con pistolas entre Dandini y Don Magnifico o la pelea de las hermanastras por el ramo de novia de Angelina, que cumplieron con su función: provocar las carcajadas del público).

Eduardo Portal dirigía la Orquesta Sinfónica de Musikene, el conservatorio superior de música de Donostia. La orquesta respondió con solvencia (y más si tenemos en cuenta que son estudiantes), mejor las cuerdas que los vientos en la obertura, mejorando en general a lo largo de la función, aunque en algún momento el flautín se hizo demasiado presente. La dirección de Eduardo Portal fue un tanto errática: una obertura sin el suficiente brillo, con mejores resultados en la escena orquestal de la tormenta, mucho mejor conseguida. Los tempos elegidos fueron un tanto discutibles, algunos demasiado lentos (el aria de Ramiro) y otros un tanto precipitados, como en el concertante final del primer acto (uno de los momentos más brillantes de La Cenerentola), en el que cantantes y coro se atropellaban cantando. En todo caso, el acompañamiento fue adecuado a nivel de volumen, sin tapar las voces.

El coro Tempus Ensemble (o la sección masculina de éste, ya que La Cenerentola no necesita coro femenino) respondió con corrección, jugando con los matices de volumen que exige la partitura, aunque hubo también algún momento en el que la orquesta iba por un lado y el coro por otro.

Hubo participación de unas bailarinas de la Escuela Municipal de Música y Danza, que ejercieron más de figurantes que de otra cosa, ya que las pocas escenas de baile tampoco decían mucho, salvo quizá el concertante final del primer acto, en el que solistas y coro se unían en un nervioso bailecito escénicamente eficaz.

Vamos con los solistas, y comenzamos con las hermanastras, Haizea Muñoz como Clorinda y Lucía Gómez como Tisbe. Bien interpretativamente en dos papeles que dan bastante juego cómico, vocalmente se complementaron a la perfección y se hicieron oír. Mención especial para Haizea Muñoz, que es la soprano de la ópera y por tanto la que tiene la ingrata labor de dar las notas más agudas en las escenas de conjunto que, si no se oyen, deja esos conjuntos demasiado pobres; si hoz oír sin problemas y dio las notas más agudas sin mucho problema.

Quizá el punto más negativo de la noche fuera el Alidoro de Alberto Zanetti. Demasiado joven para el papel (algo que se nota escénicamente, no hablemos ya vocalmente), respondía bien en las escenas de conjunto (quinteto del primer acto, o su entrada en el concertante final del primer acto), con gracia e ironía, aunque a su voz le falte una mayor rotundidad. Pero el problema vino con el aria “La nel ciel”, mi parte favorita de toda La Cenerentola. La diferencia de color entre los diferentes registros era muy evidente, y si bien la zona centro-grave tenía calidad, los agudos sonaban a menudo entubados, pálidos, cuando no directamente desafinados, salvo que la partitura rossiniana le permitiera prepararlos muy bien, algo que sucede poco en una partitura tan llena de saltos. Es cierto que el aria es demasiado compleja para un personaje secundario como es Alidoro y que pocas veces se ha cantado como es debido, pero no por ello deja de ser una pena que no pudiéramos disfrutar de una mejor versión de esta maravilla.

Don Magnifico, el padrastro desagradable de La Cenerentola, lo cantaba el bajo Salvatore Salvaggio. Escénicamente irreprochable, con una comicidad innata, vocalmente resolvía el papel con solvencia, sin problemas de tesitura, aunque quizá sí de peso vocal, de autoridad, con frases que sonaban demasiado suaves, en especial al final de su tercer aria (tal vez a causa de cierta asfixia tras el sillabatto a toda velocidad). Correcto en el sillabatto, quizá su mayor defecto fuera un canto poco elegante, algo tosco… aunque claro, Don Magnifico no es el sumun del refinamiento.

Borja Quiza supo a poco con su Dandini. Cantó el “Come un ape”, difícil aria en la que no recurrió a recursos cómicos para disimular incapacidades de cantar en legato como hacen tantos barítonos bufos. Él no es un barítono bufo, y eso se notó en las pocas frases en las que podía lucir su legato, en un personaje con una escritura tan llena de saltos, picados y sillabatos. Hizo alguna trampilla para evitar los momentos de coloratura más peliagudos del aria, pero resolvió el papel con corrección y con mucha gracia escénica. Fue de los que mejor supo aprovechar los recitativos.

Jorge Franco fue para mí una sorpresa como Don Ramiro; recordaba su participación en el pasado “Don Pasquale” que abrió esta temporada de Opus Lírica, en el que me dejó bastante mal sabor, y esta vez en cambio los resultados han sido mucho mejores, con una voz mejor proyectada, que se hacía oír incluso en las escenas de conjunto, y una considerable capacidad en las coloraturas. Muy bien en su dúo con Angelina del primer acto, peor le fueron las cosas en su aria “Si, ritrovarla io giuro”, con esos agudos sin preparar, saltados (es una página realmente difícil del cano rossiniano), que en su caso sonaron opacos, sin brillo, siendo el agudo final apenas audible. Pero al margen de los agudos, su rendimiento fue solvente, y sin duda muy superior al del Don Pasquale mencionado.

Debutaba con Angelina, La Cenerentola del título, la mezzo gipuzkoana Marifé Nogales, más asidua a papeles de comprimaria (como en la pasada Carmen). En su caso también lo peor fueron los agudos, no por poco audibles, sino por sonar un tanto apurados, frente a un centro-grave de gran belleza tímbrica, ya que es la suya una voz muy cálida. Sin problemas con las coloraturas, superó las escalas descendentes de su rondò final “Non più mesta”, sin improvisaciones en la repetición que le permitieron lucir mayores facultades vocales (ya le exigía bastante cantar lo que estaba escrito), pero tampoco haciendo trampa con improvisaciones más sencillas que le ayudaran a esquivar las dificultades de la partitura. Salió impecable de semejante prueba de fuego, y esperemos poder volver a disfrutar pronto de su voz.

Pues eso, con esta La Cenerentola termina la primera temporada de Opus Lírica, y ahora estamos a la espera de lo que nos traerá la siguiente. Por ahora, si se mantiene más o menos la calidad musical que hemos estado teniendo, podemos darnos por satisfechos. Ya tendremos tiempo de pedir más conforme pase el tiempo; ahora nos toca ser justos dadas las circunstancias, y demasiado bien sale todo para lo que cabría esperar. Y yo, mientras, orgulloso de ver estos incipientes pasos para poder volver a tener lo que alguien nos quitó durante el franquismo y nadie más ha querido recuperar hasta ahora: una temporada de ópera de calidad, estable y con repertorio razonablemente amplio. Poco a poco lo recuperaremos, estoy seguro.



Crónica: Carmen de Opus Lirica en Donostia (10-02-2017)


Carmen de Bizet. Una de las óperas que más odio. Y esta iba a ser la tercera vez que la vería en vivo (las tres en Donostia, curiosamente). Iba camino del coche para ir a la función (empezando a las 8, era obvio que no iba a poder volver en bus a casa), medio dormido, preguntándome “¿Quién me manda a mí ir a una ópera que no me gusta a quedarme dormido?”. Bueno, el sentido de obligación de apoyar a Opus Lirica en ese intento por tener una temporada de ópera estable en Donostia es un motivo de mucho peso, sin duda. Pero la sorpresa fue que disfruté como un enano de la función.




¿Cuál es mi problema con Carmen? Todo el mundo se extraña de que no me guste; es de hecho una de las pocas óperas de repertorio que puedo decir que no me gustan (junto con Don Giovanni, La forza del destino, la Manon de Massenet y la Manon Lescaut de Puccini… acabo de ganarme enemigos a patadas por mi sinceridad). Y es que yo, cuando voy a la ópera (lo mismo me vale para el cine), necesito una de estas dos cosas: o que me divierta (caso del pasado Don Pasquale) o que me emocione (caso de La Traviata). Pues bien, se supone que Carmen divertida no es. Y para que una ópera me emocione, necesito empatizar con los protagonistas, y en este caso eso me resulta imposible: por hablar finamente, ella me parece una fresca y él un idiota. No puedo empatizar con ellos.

Y no, desde luego ayer no me emocioné. Pero curiosamente me divertí, y mucho. A parte de disfrutar de algunos de los grandes momentos que ofrece la partitura.

Comienzo ya la crónica de la función, dejando antes de nada un enlace del equipo de la función.

La producción de Ekaitz Unai González Urretxu era sencilla (hay que tener en cuenta que el escenario del Kursaal no ofrece apenas posibilidades de escenografía, dadas sus reducidas dimensiones), una especie de andamios de palés de distintos tamaños que se giraban para emular los distintos escenarios. Quizá los momentos mejor resueltos en ese sentido fueron los dos últimos actos. En todo caso, este recurso escénico recuerda demasiado al del pasado “Rigoletto”… En cuanto a la dirección de actores quizá me sobró que Don José tirara tantas veces al suelo a Carmen en el dúo final, así como las tres puñaladas que le dio (yo es que me imagino sólo una…), pero en general la dirección de escena fue correcta.

Magnífica la labor de la Orquesta Opus Lirica dirigida por Andrea Albertin, al que cabría achacarle quizá una excesiva lentitud en la chanson bohemienne a la que le faltó un poco de chispa. Lo compensó un bellísimo preludio del tercer acto casi mágico. A destacar así mismo la introducción de las trompas al aria de Micaela. Cosa extraña, los metales no sonaron desafinados en ningún momento. De agradecer también que la orquesta no tapara a los solistas, ya que pudimos escuchar a todos ellos sin problemas incluso desde la parte superior del Kursaal, donde yo me encontraba.

Sorpresa también la labor del coro Tempus Ensemble. En el pasado Don Pasquale me pareció solvente para una ópera en la que apenas tiene participación, pero Carmen es otra cosa: aquí el coro tiene mucha más participación, y no fácil precisamente. Cumplió más que satisfactoriamente, consiguiendo incluso interesantes pianísimos. Y maravillosa la participación de los niños de la Escolanía del Coro Easo, muy bien en el primer acto y fantásticos en el 4º; Ese comienzo del último acto, con el coro infantil y el de adultos rindiendo al máximo, fue uno de los mejores momentos de la noche, si no el mejor; yo no podía parar de moverme en mi butaca.

Correcto (aunque intrascendente) el ballet de la Escuela Municipal de Música y Danza de San Sebastián durante la Chanson Bohemienne.

Vamos ya con el reparto.

El Morales de Iosu Yeregui sería lo mejor que le he visto hasta ahora al bajo donostiarra, si no fuera porque masacró los agudos con una emisión imposible. Mejor cantado, aunque con una voz sin mayor interés, el Zuñiga de José Antonio García.

Sorprendía ver a Jagoba Fadrique, que en La Traviata había interpretado un papel de bajo como es el Doctor, cantar una parte de barítono más bien agudo como Dancaire. Y hubo alguna frase en el tercer acto que no salió del todo bien, quizá demasiado aguda para su tesitura. Pero su intervención en el magnífico quinteto del segundo acto fue más que correcta. Lo mismo se puede decir del Remendado de Gillen Munguia (recuerdo todavía que en aquella primera ópera de Opus Lirica, “L’elissir d’amore”, nos sentamos juntos, y ahora le veo en el escenario…), que sabía a poco en un papel tan breve. El citado quinteto salió redondo, y no se puede pedir más de estos personajes.

Un acierto la Frasquita de Helena Orcoyen y la Mercedes de Marifé Nogales, ambas perfectamente compenetradas, con voces que combinaban a la perfección, gracia escénica y buen canto. Magníficas ambas.

El Escamillo de Enrico Marrucci fue razonablemente solvente, dadas las dificultades del papel. En el aria del toreador se le notaba incómodo en la zona más grave del registro, pero es que es un aria muy difícil precisamente por la amplitud de registro que le acerca al de bajo. Mejorable el ataque al agudo del estribillo (“Qu’un oeil noir te reGARde), pero en todo caso el aria fue solvente, y su labor mejoró en el final del tercer acto.

Poco se puede decir de Ainhoa Garmendia, muy querida ya por el público. Aquí se hacía cargo del papel algo ñoño de Micaela, perfecta escénicamente y sin ningún problema vocal, apianando a su gusto y regalándonos unas bonita versión del aria del tercer acto.

Quizá el mayor punto negro de la función fuera el Don José de Eduardo Sandoval, con una versión verista del personaje, que recordaba más a Corelli que al estilista Gedda. Un canto casi siempre en forte (lo que perjudicó a la Garmendia al final del dúo del primer acto, donde a ella no se le oía el pianísimo final porque él se la comía) que hizo que el aria de la flor resultara más bien aburrida, falta de matices. Para colmo, el agudo sonaba opaco, sin fuerza, sin squillo, a diferencia del resto del registro. Mejoró como era de esperar en el tercer acto, donde sus frases al final del acto se adecuaban más a su visión del personaje.

Y lujazo poder contar con la Carmen de María José Montiel, famosa intérprete del rol que domina a la perfección. Baste con escuchar su “l’amour” al final de la canción del toreador para ver su coquetería y sus artes de seducción. Vocalmente impecable (salvo algún agudo algo tirante… alguno, que no todos, por cierto), era la viva personificación de Carmen. Simplemente magnífica. no hace falta decir más.

El Kursaal estaba lleno hasta los topes (y alegraba ver una media de edad considerablemente inferior a lo habitual; mucha gente joven e incluso niños) y respondió con entusiasmo en los aplausos. Al éxito artístico se sumaba por tanto el éxito de público. No servirá para mejorar la situación financiera de Opus Lirica, pero sí para demostrar (tanto a la propia compañía como a las instituciones que deberían aumentar su financiación) que la ópera tiene futuro en Donostia.

Si he de elegir lo mejor de la noche, me quedo con dos momentos: el ya mencionado coro del comienzo del cuarto acto y el final del segundo acto en el que, ahí sí, me emocioné.

Aunque sigo pidiendo a Opus Lirica más riesgo en la elección de los títulos a representar, esta Carmen ha sido todo un acierto. Sólo un aviso: después del elevado nivel artístico que nos están ofreciendo, el día que la pifien (y lo harán, no hay teatro que no lo haga), el tortazo va a ser mayúsculo. Pero mientras tanto, que nos quiten lo bailado… y ya han conseguido que yo disfrute con una Carmen, lo que a priori parecía imposible.



Crónica: Manon Lescaut en ABAO-OLBE (23-02-2016)


Manon Lescaut. O, como la llamo yo, Manon “ladrillazo” Lescaut. No me preguntéis por qué, pero es una ópera que no me llega, que me aburre… curiosamente, me pasa lo mismo con la Manon de Massenet: hay óperas menos conocidas de Massenet (Thais, Esclarmonde…) que me encanta, pero la Manon se me resiste. Pues lo mismo en el caso de esta Manon Lescaut pucciniana: con lo que me gustan a mí todas las óperas posteriores (y repito, todas, incluidas La Rondine, las 3 de Il Trittico y La fanciulla del West), con ésta no puedo. Quizá sea un problema de incapacidad de empatizar con la protagonista (algo similar a lo que me pasa con Don Giovanni o con Carmen).




La cuestión es que ayer tocaba verla. Después de haberme perdido la anterior producción de la ABAO, La Sonnambula, por una inoportuna gripe, no podía faltar a esta cita. Y más cuando había no pocos alicientes para verla, director de orquesta y pareja protagonista básicamente. Y lo cierto fue que, en rasgos generales, disfrutamos de una gran representación de un truño enorme.

Dejo primero el enlace de la producción.

La escenografía no ayudaba mucho: un enorme círculo en el centro, abierto por todos lados, que perjudicaba a los cantantes, cuya voz, en vez de salir dirigida únicamente hacia el patio de butacas, salía por los cuatro costados del escenario, dificultando la audición de más de un cantante (el más perjudicado fue seguramente el Edmondo de Manuel de Diego), y que escénicamente tampoco aportaba gran cosa. La dirección de actores fue correcta, beneficiada seguramente por el gran talento interpretativo de los intérpretes.

Los comprimarios en general cumplieron con solvencia, sabiendo a muy poco el músico de Marifé Nogales. Mal, en cambio (como era de esperar, por otra parte, para quienes ya le hemos escuchado en otras ocasiones) el Geronte di Ravoir de Stefano Palatchi, de voz fea y ajada y técnica mejorable.

Gratísima sorpresa el Lescaut de Manuel Lanza. Es un tío que me cae super simpático (pude hablar brevemente con él a la salida del Werther bilbaino del pasado año y no me pude llevar mejor impresión de él), pero la voz en los últimos años parece que no respondía ya tan bien como una década atrás… pues bien, vale que el Lescaut no es un papelón con grandes dificultades, pero es que Lanza consiguió hacer una muy muy muy buena representación y sacarle el máximo partido, vocal e interpretativo, a un papel con tan poco que ofrecer. Espero poder volver a verle en un papel más interesante pero al mismo nivel que este Lescaut.

Como Renato des Grieux debutaba en el papel el gran Gregory Kunde, pocas semanas después de lesionarse en Valencia con el Samson et Dalila. La incorporación de nuevos roles del norteamericano en los últimos años está siendo meteórica (el año pasado mismo debutó el Pagliacci y la Cavalleria rusticana en Bilbao, regalándonos un muy buen Turiddu y un espectacular Canio), y no siempre puede rendir al mismo nivel, claro. Ayer, escuchando su primer acto, daba la sensación de que se hubiera equivocado queriendo cantar el Des Grieux: el “Donna non vidi mai” fue justito, y el “Tra voi, belle, brune e bionde” fue más bien flojo (si habláramos de cualquier otro tenor, no diríamos lo mismo, pero es que Kunde nos tiene muy mal acostumbrados…). Pero en el segundo acto la cosa ya empezó a cambiar con el dúo con Manon “Tu, tu, amore, tu”, donde la compenetración entre ambos protagonistas fue perfecta, y con un “Ah, Manon, mi tradisce” que sonó de maravilla. Y ya en el tercer acto, con ese “Pazzo son”, soltando agudos potentes como cañozanos y perfectos, volvimos a ver al Kunde de otras ocasiones, impecable, metido en el papel y con una voz que sonaba a Des Grieux. En el IV acto, en los dúos con Manon, estuvo ya para quitarse el sombrero. A la vista de los aplausos y braveos, finales, diría que fue el gran triunfador de la noche. Lo cierto es que está siendo un lujazo poder disfrutar con una cierta frecuencia de su presencia en Bilbao. Y que venga más, que venga. Yo feliz.

Y la Manon Lescaut la cantaba una soprano por la que, creo que ya es sabido, tengo una predilección especial: mi paisana Ainhoa Arteta. Como actriz estuvo perfecta (desde la coquetería juvenil del I acto hasta la desesperación final del IV acto), y vocalmente se recreó a placer en un inolvidable “In quelle trine morbide”, lo dio todo en los dúos con Des Grieux y se dejó la piel y la garganta en el “Sola, perduta, abandonata”. Ya sé que me vais a acusar de falta de objetividad con ella, así que si hay que ponerle algún pero, diría que el vibrato es un pelín excesivo. Minucias comparado con sus numerosas virtudes que ayer desplegó sin reservas. Por cierto, la 8ª vez que la escucho en vivo, y sigo sin haber podido saludarla nunca…

El Coro de la´ópera de Bilbao tuvo algún desbarajuste rítmico en el primer acto, pero en general en las últimas funciones está sonando con una calidad que nunca le había visto desde que soy abonado (hará unos 5 o 6 años). Ayer estuvieron muy bien.

No soy yo fan de la Orquesta sinfónica de Euskadi, pero ayer tenían a su favor un pedazo director llamado Pedro Halffter, que con Puccini se mueve como pez en el agua. Guardo un gratísimo recuerdo de aquella Fanciulla del West sevillana de 2008, y esta vez la impresión ha sido todavía mejor. Basta con ver este vídeo de los ensayos para darse cuenta de la sonoridad absolutamente pucciniana que extrae de la orquesta:

No sólo en este breve preludio orquestal del “Sola, perduta, abandonata”. El intermezzo fue simplemente mágico. Es una de esas piezas en las que ya vemos lo que será el Puccini posterior, uno de los momentos en los que ya nos encontramos con la plena madurez artística del compositor de Lucca que luego compondrá óperas que tanto nos gustan, como “La Boheme”, “Tosca”, “Madama Butterfly” o “Turandot”. Un intermezzo flojo habría supuesto un desastre, para la función, pero el que escuchamos fue quizá lo mejor de la noche.

En resumen, pese al aburrimiento que genera el título, hubo ayer 4 nombres propios (Halffter, Arteta, Kunde y Lanza) que hicieron que merecieran la pena las 3 horas y cuarto que duró la representación (incluidos dos pausas de media hora cada una) y llegar a casa, molido, pasada la una de la madrugada. No, Manon Lescaut va a seguir sin gustarme, pero anoche pude disfrutar de algunos momentos mágicos que no se olvidarán fácilmente.