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Crónica: El castillo de Barba Azul en Quincena Musical (24-08-2019)

No, no era “El castillo de Barba Azul” la única obra que se representaba en el concierto del día 24. A fin de cuentas, apenas dura una hora, así que había que completar el programa con otras obras. Pero hay que reconocer que la ópera de Bartók era el gran atractivo de este concierto que ofrecía la Orquesta Sinfónica de Euskadi, con su titular Robert Treviño a la cabeza. 

Antes de comentar el concierto dejamos, como siempre, un enlace del programa. 

Abría el concierto la Suite Vasca, Op. 5, de Pablo Sorozabal. Obra para orquesta y coro, que contaba con la participación de la Coral Andra Mari. Se trata de una obra compuesta por tres canciones: Kattalin, la nana Kun Kun y Sorgin dantza, o danza de brujas. La primera, para coro masculino, la segunda para coro femenino y la tercera para coro mixto. La coral demostró su solvencia en el repertorio vasco, destacando sin duda en la final Sorgin dantza. En el resto, mejor ellas en Kun Kun que ellos en Kattalin, donde las voces agudas sonaban un tanto pálidas. Perjudicados todos ellos, en todo caso, por una orquesta que sonaba idiomática, sí, pero pasada de decibelios también, ocultando en no pocas ocasiones al coro (que tampoco era pequeño). Por cierto, otra ocasión perdida de poder sacar del baúl de los recuerdos la maravillosa “Gernika”, una de las obras maestras del compositor donostiarra que parece que a nadie interese recuperar; habría sido una propina espectacular. 

Siguió la interpretación de la versión orquestada de “Gaspard de la Nuit” de Maurice Ravel. No soy yo muy fan de Ravel, pero hay que reconocer que la Orquesta alcanzó momentos de no poca belleza en la primera de las tres piezas que componen la obra, “Ondine”, de marcada estética impresionista.

Tras el intermedio llegaba el plato fuerte: El castillo de Barba Azul, única obra del compositor húngaro Béla Bartók. Obra temprana, de sonoridad netamente romántica (algo no tan habitual en Bartók) y marcada atmósfera simbolista que recuerda no poco a “Pélleas et Melisande” de Debussy, compartiendo ambas ser de las obras de sonoridad más romántica de sus respectivos compositores. Pero, a diferencia de la obra de Debussy, “El castillo de Barba Azul” es una obra breve, de apenas una hora de duración, y que requiere la participación de sólo dos solistas, Barba Azul y su esposa Judith, sin coro. 

La obra se compone del inicio, la entrada en el castillo del título, y la apertura de las siete puertas de éste. No faltan momentos espectaculares, como la apertura de la quinta puerta, que requirió reforzar los metales, que tocaron desde los accesos al auditorio. El efecto fue escalofriante, pero de nuevo la batuta de Treviño no controló el exceso de volumen de la orquesta, lo que perjudicó a los solistas. 

Los dos solistas de este “El castillo de Barba Azul” eran la mezzo Rinat Shaham y el bajo Mikhail Petrenko. Él ejerció además las funciones de narrador al comienzo de la obra. Su voz recitada no sonaba especialmente oscura, y cantando quizá le faltaba un poco más de cuerpo en una voz que sonaba sin duda muy eslava, pero su interpretación fue muy matizada, ofreciendo un retrato de Barba Azul más bien doliente y temeroso, quizá menos poderoso de lo habitual, pero interesante en todo caso. A su lado, Rinat Shaham lució un timbre opulento y hermoso (aunque eso no le impisidó que la orquesta la tapara por momentos), con un canto tampoco carente de intención y una versión llena de autoridad de su Judith. Ambos solistas hicieron la versión muy disfrutable, al margen de la propia belleza de la partitura (destacar la apertura de la cuarta puerta, que la orquesta interpretó con solvencia). 

Hacía unos años que habíamos perdido en la Quincena Musical la costumbre de programar una segunda ópera, en versión concierto. Esto nos permite alejarnos a un repertorio no siempre tan habitual (no es El castillo de Barba Azul una ópera infrecuente a nivel internacional, pero quizá en España sí lo sea), y por lo menos algunos aficionados agradecemos esta oportunidad. Esperemos que la Quincena recupere esta antigua costumbre y podamos seguir disfrutando de obras no tan frecuentes como las que se programan representadas. De hecho, en mi opinión, este “El castillo de Barba Azul” ha sido, junto con el “War requiem” de Britten, la obra más interesante que se programa en la presente edición de la Quincena Musical. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en Quincena Musical (25, 26-08-2017)


Debutaba, si no me equivoco, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en la Quincena musical con dos conciertos muy distintos entre sí. Pasábamos del universo post-romántico ruso al más absoluto romanticismo italiano de un día para otro de la mano de su joven director, el valenciano Gustavo Gimeno.




El primer concierto, el del día 25, del que dejo aquí el enlace del programa, me resultaba bastante desconocido. Ni Prokofiev, ni mucho menos Shostakovich, son compositores con los que tenga una cierta afinidad, y a Liadov apenas lo conocía de nombre. Así las cosas, la única obra que conocía era “Una noche en el monte pelado” de Modest Mussorgsky, un compositor por el que siento una gran predilección (Boris Godunov es una ópera excepcional, y como compositor instrumental está también entre los grandes)… bueno, eso es lo que pensaba, porque debieron tocar alguna versión de la obra distinta a la que yo conocía. Exceptuando el comienzo, la obra me resultó desconocida. De ella diría que hubo una buena sonoridad de las cuerdas graves, tapadas en exceso por los metales y la percusión, que metieron la quinta en lo que a volumen se refiere (algo por otra parte común al resto del concierto y al del día siguiente).

Seguía el 3º concierto de piano de Sergei Prokofiev. Acompañaba en este caso a la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo el pianista Alexander Gabrylyuk, que se desenvolvió con gran agilidad a lo largo del teclado. Ya he dicho que no conozco la obra y, porlo tanto, no puedo valorar la ejecución, pero a priori el rendimiento de la orquesta me pareció correcto, mientras en Gabrylyuk pudimos ver a un virtuoso al que, probablemente por las características de la obra, nos faltó verle una mayor expresividad. Es decir, me quedé con la duda de si nos hallábamos ante un Zimerman (virtuosismo expresivo) o un Lang Lang (pura pirotecnia sin alma). La propina que decidió darnos ayudó a resolver esta incógnita: una adaptación para piano de la marcha nupcial de “El sueño de una noche de verano” de Felix Mendelssohn que fue pura pirotecnia perfectamente resuelta.

Gustavo Gimeno sacó lo mejor de la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo al comienzo de la segunda parte, con “El lago encantado” de Anatoly Liadov de exquisita ejecución, jugando a la perfección con los evocadores pianísimos que abren y cierran la obra, consiguiendo transmitir una magia que no apareció con Mussorgsky.

Concluía el concierto con la 1ª sinfonía de Dmitri Shostakovich, que compuso antes de cumplir los 20 años. El dominio que demuestra el ruso en la orquestación a tan temprana edad no deja de ser sorprendente, y en ese sentido la orquesta estuvo a la altura. Expresivamente, dada mi nula conexión con la música del ruso, no puedo comentar nada, ya que la obra no me transmitió nada. Problema personal, probablemente.

Como remate, una propina, la “Pavana para una infanta difunta” de Maurice Ravel, de notable resultado.

En el concierto del día siguiente, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo jugaba con la ventaja de colaborar con gente “de la casa”, con ese Orfeón Donostiarra que siempre llena el Kursaal (a diferencia del concierto del día anterior, ese día no se veían butacas libres en todo el auditorio), para interpretar una obra de la magnitud del Requiem de Giuseppe Verdi. Dejo de nuevo un enlace del programa.

Gustavo Gimeno, con gesto de manos ágil, sacó lo mejor de la orquesta en el comienzo, en ese pianísimo que abre la obra, pasándose de decibelios en los momentos más potentes, en especial en esos “Dies Irae” con timbales y bombo a tope. Los músicos en todo caso respondieron con solvencia, salvo un ligero desafine de una de las trompetas situadas en medio del auditorio durante el “Tuba mirum”.

Algo similar cabría achacar al Orfeón Donostiarra: magnífico como siempre en esos pianísimos en los que apenas tiene competencia, en los momentos en forte llegaba a resultar atronador en exceso. En todo caso, encontré a la sección femenina considerablemente mejor que en el pasado Fidelio. El público reacciona con pasión ante los momentos más espectaculares de la obra, cuando es en los más íntimos, los que exigen mayor juego de matices, donde mejor luce el Orfeón su categoría musical. Y hubo muchos momentos en los que la lucieron, sin duda.

Sobre los solistas, en mi opinión sobresalió por encima de sus compañeros la mezzo Daniela Barcellona, convertida ya en una verdadera mezzo verdiana. Fue la única que no necesitó calentar la voz y comenzó ya desde su primera intervención con muy buen nivel. Bello timbre vocal, expresividad en el canto y técnica impecable le permitieron lucirse en sus intervenciones, como el bellísimo “Liber scriptus”. Es siempre un placer tener la ocasión de volver a escucharla.

La soprano, María José Siri, lucía un timbre oscuro en los graves (a veces más oscuro que el de Barcellona), mientras el agudo sonaba peligrosamente en un forte continuo, teniendo serios problemas para apianarlo en los momentos requeridos. Tiene la flexibilidad vocal para hacer frente al nada fácil final “Libera me” que Verdi le reserva, lo que no es poco pedir, pero esa tendencia al canto en forte continuo en la zona aguda no deja de ser preocupante.

Sobre el tenor, Antonio Poli, hay que decir a su favor que se alejó de lucimiento vocal en favor de un canto más expresivo y delicado, tanto en el “Ingemisco” como en el “Hostias”, en los que huyó del canto en forte recurriendo a unas medias voces en la tradición de Bergonzi o Pavarotti, algo que siempre se agradece. El problema es que, a diferencia de ellos, no parece dominar el mixto, recurriendo por tanto a un falsete feo y poco ortodoxo. Por otra parte, cuando cantaba a plena voz, el extremo agudo sonaba extrañamente pálido en una voz con centro razonablemente potente. Probablemente necesite mejorar su técnica de emisión.

Y sobre el bajo, Riccardo Zenelatto, agradecer igualmente su canto matizado, expresivo. Sonaba a bajo cantante verdiano en los momentos más intimistas de la partitura, con un nada despreciable “Mors stupebit”, pero se quedaba corto de rotundidad vocal (y probablemente también tímbrica) en los momentos más contundentes de la obra, que los hay.

El público reaccionó con entusiasmo ante una orquesta y coro a piñón fijo en unos fortes atronadores; gusta el ruido, sin duda. Y la cuestión es que los mejores momentos de este Requiem fueron precisamente los más intimistas. En todo caso, y para terminar la crónica, me gustaría volver a ver a la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en próximas ediciones de la Quincena musical para comprobar mejor su valía musical en repertorios que me permitan apreciarla mejor.



In Memoriam: Georges Prêtre (04-01-2017)


Su rostro se nos hizo familiar sobre todo a partir de aquel Concierto de Año Nuevo que dirigió en 2008 (y que volvería a dirigir en 2010), batiendo el récord de se el director con más edad en dirigir el concierto (batiendo en la segunda ocasión su propio récord); dejaba la imagen de un abuelo risueño y amable, con una vitalidad que ya quisiéramos quienes tenemos un tercio de su edad. Pero hace pocos días nos dejaba, a los 92, el Director de Orquesta Georges Prêtre.




Georges Prêtre nació el 14 de agosto de 1924 en la localidad de Waziers, al norte de Francia. Descubierta su pasión por la música hacia los 7 años, estudia piano en el conservatorio de Douai, ciudad próxima a su localidad natal, para trasladarse con posterioridad a París, en cuyo conservatorio estudiará trompeta, además de armonía con Maurice Duruflé. También Olivier Messiaen estará entre sus profesores. Descubierta tardía mente su pasión por la dirección de orquesta, será el insigne director francés André Cluytens quien le enseñe en este campo.

Casado brevemente en 1947 con la mezzo-soprano Suzanne Lefort, de quien se divorcia en 1949, se casa por segunda vez con Gina Marny en 1950, con quien tiene dos hijos, Isabelle y Jean-Reynald (la muerte de éste en 2012 afectará seriamente al ya anciano director).

Si bien su carrera comienza en Francia, debutando en Marsella en 1946, buena parte de su carrera va a transcurrir fuera de su país, en Londres, Viena, Milán… convirtiéndose en un prestigioso director de ópera y música sinfónica, destacando por supuesto la música francesa, gracias a su estilo preciso, elegante y ligero. De hecho, será uno de los directores preferidos del compositor Francis Poulenc o de la soprano Maria Callas en la última etapa de su carrera.

De hecho, comenzamos con un recital en el que dirigió a la diva greco-americana en 1962 en Hamburgo. Las cámaras no le enfocan a él, pendientes siempre de la crepuscular diva, que canta aquí, perfectamente acompañada por Prêtre, el aria “Pleurez, mes yeux” de la ópera “Le Cid” de Jules Massenet:

Jules Massenet fue precisamente uno de los compositores operísticos en los que más destacó Georges Prêtre. De hecho, su grabación en estudio de “Werther” en 1969 con Nicolai Gedda y Victoria de los Ángeles es una de las mejores grabaciones de esta ópera, en especial con ese bellísimo dúo del segundo acto, precedido de ese intermezzo orquestal “claro de luna” que bajo la batuta de Prêtre suena más mágico que nunca:

Acompaña también al gran Nicolai Gedda en este aria de “Manon”, “Ah, fuyez, douce image”:

Y le escuchamos también acompañar a Régine Crespin en el aria “Il est doux, il est bon” de “Hérodiade”:

Llegó a dirigir óperas menos conocidas de Massenet, como por ejemplo “Don Quichotte”.

De Charles Gounod le vemos dirigiendo la obertura de “Mireille” en el recital de la Callas en Hamburgo de 1962 que ya mencionamos antes:

Y le tenemos aquí dirigiendo el final de “Faust” junto a Alfredo Kraus, Mirella Freni y Nicolai Ghiaurov:

Pasando a Georges Bizet, ya hemos mencionado que Georges Prêtre fue uno de los directores favoritos de Maria Callas, a quien dirigió en su grabación en estudio de “Carmen” junto a Nicolai Gedda (Callas nunca cantó esta ópera en directo), de la que escuchamos la canción gitana “Les tringles des sistres tintaient” con el breve preludio orquestal previo, que nos permite observar mejor la labor de Prêtre al frente de la orquesta:

Georges Prêtre dirigió también la maravillosa pero menos conocida “Les pêcheurs des perles”, de la que escuchamos aquí el dúo de amor del segundo acto con Alain Vanzo e Ileana Cotrubas:

Y dirigió la todavía menos habitual (una rareza realmente) “La jolie fille de Perth”, de la que escuchamos aquí el aria “Vive l’hiver” cantada por June Anderson:

Georges Prêtre fue asiduo en los estudios de grabación para registrar en estudio óperas poco frecuentes, como la ya mencionada “La jolie fille de Perth”, o como la “Louise” de Gustave Charpentier que grabó con Plácido Domingo e Ileana Cotrubas, a la que escuchamos aquí en la página más famosa de la ópera, la deliciosa aria “Depuis le jour”:

Y si hablamos de óperas infrecuentes, le tenemos dirigiendo en 1983 la “Mignon” de Ambroise Thomas, de la que escuchamos el aria “Connais tu le pays” en la voz de Lucia Valentini Terrani:

Camille Saint-Saëns fue también un director que Georges Prêtre frecuentó mucho (hablaremos más adelante de sus grabaciones de la obra sinfónica de este compositor), siendo frecuente en su repertorio la ópera “Samson et Dalila”, de la que escuchamos a continuación la Bacanal:

 Vamos ahora con Jacques Offembach, del que Georges Prêtre dirigió la ópera “Les contes d’Hoffmann”, de la que escuchamos aquí el trío del tercer acto:

Hector Berlioz fue otro compositor fundamental en la carrera de Georges Prêtre, que dirigió algunas de sus óperas, como “Les Troyens”, de la que escuchamos a Régine Crespin cantar el aria “Chers Tyriens”:

También dirigió “La damnation de Faust” completa, aunque lo que vamos a escuchar es la famosa marcha húngara en un concierto en Viena, para apreciar su estilo fluido y su sonoridad más bien liviana:

Georges Prêtre fue un gran intérprete de la música francesa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, lo que incluye la música de Claude Debussy, del que vamos a escuchar ahora un fragmento de su “Pelléas et Mélisande”:

Georges Prêtre dirigió también la inacabada ópera de Debussy “La chute de la maison Usher”, basada en la obra de Edgar Allan Poe. Escuchamos la obra completa:

Pero, por encima de todo, Georges Prêtre fue un destacado intérprete de la obra de Francis Poulenc, de quien de hecho estrenará en 1959 la ópera “La voix humaine” con la soprano Denise Duval, con la que escuchamos aquí el comienzo de la ópera:

Dejando el repertorio operístico francés para trasladarnos al italiano, comenzamos con Gioacchino Rossini, de quien dirigió la ópera “Moïse et Pharaon”, de la que escuchamos aquí la plegaria que canta Samuel Ramey:

Georges Prêtre dirigió a Maria Callas en muchas de sus últimas funciones, como la “Norma” de Vincenzo Bellini de 1965, de la que escuchamos el dúo “Oh rimembranza” junto a Giulietta Simionato:

De Gaetano Donizetti Georges Prêtre grabó una casi mítica versión de “Lucia di Lammermoor” con Carlo Bergonzi y Anna Moffo, a quien escuchamos en la escena de locura:

De Giuseppe Verdi tenemos esa “La Traviata” con Montserrat Caballé y Carlo Bergonzi, de la que escuchamos el famoso brindis:

Y tenemos también un “Macbeth” en vivo de 1984 del que escuchamos el aria del protagonista, “Pietà, rispeto, amore” cantada por Renato Bruson. El acompañamiento orquestal es impecable:

Y ya de paso vamos a verle dirigir el famoso coro “Va pensiero” de Nabucco en un concierto en Venecia:

Magnífica versión, con un ritmo curiosamente lento para lo que cabría esperar de Prêtre, que suele ser más ligero pero sin perder nunca un ápice del melodismo de las obras que dirigía. Podemos comprobarlo en este Intermezzo de “Cavalleria rusticana” de Pietro Mascagni:

No es especialmente lento (y más si lo comparamos con lo que hizo Maazel en Valencia, por ejemplo), pero su sutil juego de dinámicas, los colores orquestales, le aportan a su interpretación una enorme belleza:

El resultado es simplemente mágico.

De Giacomo Puccini dirigió óperas como “La Boheme” o “Turandot”, pero si por algo es recordado es por la “Tosca” junto a Maria Callas y Carlo Bergonzi de 1965. Ella está vocalmente acabada, pero dramáticamente está mejor que nunca, y el acompañamiento orquestal de Prêtre contribuye al su trabajo, como comprobamos en el “Vissi d’arte”:

Y ya de paso escuchamos el “E luceban le stelle” que canta Bergonzi, que merece la pena:

De Richard Wagner no fue un intérprete frecuente, pero tenemos en concierto algunas de sus piezas orquestales, como estos fragmentos de “Götterdämmerung”. Atención a la exquisita delicadeza del final (minuto 18:20 más o menos):

Y dirigió a Régine Crespin en arias de Wagner y los Wesendonck-Lieder, del que escuchamos mi favorito, el 4º, “Schmerzen”:

También fue un destacado intérprete de óperas de Richard Strauss, del que escuchamos el trío final de “Der Rosenkavalier”:

Y por encima de todo fue un destacado intérprete de la última ópera de Strauss, “Capriccio”, que dirigió en varias ocasiones, escuchando en este caso el Flamand de Gregory Kunde:

Y le tenemos también dirigiendo los 4 últimos lieder con Margaret Price:

Pasamos ahora al trabajo sinfónico de Georges Prêtre. En su repertorio figuraban algunos de los grandes nombres del sinfonismo germano, así como compositores italianos, rusos o escandinavos. Escuchamos primero su Beethoven, más ligero y quizá menos dramático de lo habitual, como podemos apreciar en esta magnífica versión de su 7ª sinfonía:

Y escuchamos ahora una gran versión de la 9ª sinfonía:

Johannes Brahms fue otro compositor frecuente en sus conciertos. Lo comprobamos con esta 1ª sinfonía, de tempos moderados y gran lirismo:

Magnífica es igualmente su versión del “Eine Deutsches Requiem”, con esta versión junto a Soile Isokoski y Albert Dohmen:

Y sus versiones de las danzas húngaras son realmente fantásticas, con sus juegos de matices, sus rubatos y pausas, sus cambios de tempo y dinámica… extrayendo todo el jugo a estas piezas en apariencia sencillas pero que en manos de un gran director, como es el caso, brillan especialmente:

Anton Bruckner, aunque a priori parezca un compositor alejado de la sonoridad de Prêtre, fue también frecuente en su repertorio. Como prueba escuchamos esta 8ª sinfonía:

También dirigió algunas obras de Mahler, siendo sus interpretaciones de nuevo más ligeras y menos dramáticas de lo habitual (aunque con una precisión milimétrica a la hora de controlar las sonoridades y los colores orquestales, siempre de gran riqueza en sus interpretaciones, lo que se percibe más si cabe en un compositor con las dotes de orquestador que tenía Mahler). Quizá por eso las obras que dirigía no eran las más dramáticas del compositor. Escuchamos primero su 1ª sinfonía:

Y vamos ahora con la 5ª, con un bellísimo adiagietto de gran lirismo y un 5º movimiento impecable en los momentos más complicados de la obra:

No sólo fue un gran defensor de la obra operística de Richard Strauss, también lo fue de su obra sinfónica, de la que grabó buena parte. Destacamos por supuesto su versión de la Sinfonía Alpina:

Pero también grabó algunos de sus poemas sinfónicos, como “Así habló Zaratustra”, “Till Eulenspiegel” o esta “Una vida de héroe”:

Tenemos también grabación de una obra de Jean Sibelius, en concreto una magnífica versión de la 5ª sinfonía, sutil y al mismo tiempo dramática:

Georges Prêtre dirigió también obras sinfónicas italianas, como los Pinos de Roma de Ottorino Respighi, de los que escuchamos la 4º y última parte en una interpretación brillante y enérgica:

 Del repertorio ruso le vamos a escuchar dirigir el 3º concierto para piano de Rachmaninov con el pianista Alexis Weissenberg:

Y le escuchamos también “El pájaro de fuego” de Igor Stravinsky:

Pero sin en algo destacó Georges Prêtre como director sinfónico fue en el repertorio francés, del que fue un gran divulgador. Y ahí por supuesto entra la música de Hector Berlioz, del que escuchamos la Sinfonía fantástica:

Y también tenemos a Prêtre dirigiendo el poco frecuente Te Deum, obra de enormes magnitudes sinfónico-corales:

De Georges Bizet tenemos también su versión de las dos suites de “L’arlésienne”, de las que escuchamos el famoso intermezzo de la segunda suite:

De Camille Saint-Saëns, uno de los más infravalorados compositores franceses, Georges Prêtre dirigió varias obras, como este Carnaval de los animales:

La 1ª sinfonía de Saint-Saëns es una obra poco conocida, ligera, sutil, perfecta para el estilo de Prêtre, que nos deja así una versión simplemente referencial:

Y de la mucho más conocida 3ª sinfonía tenemos una gran versión en la que dirige a quien fuera su profesor, Maurice Duruflé, al órgano:

Pasamos a Gabriel Fauré, de quien Georges Prêtre dirigió su bellísimo Requiem:

Vamos a verle ahora dirigir una de las obras más populares de la música francesa, el Bolero de Maurice Ravel, tan sutil Prêtre en el gesto como lo es Ravel con la orquestación:

Otro compositor frecuente en su repertorio fue Claude Debussy, de quien escuchamos su “Prélude à l’apres-midi d’un faune”:

La música impresionista se adapta perfectamente al estilo de Prêtre, como podemos comprobar en otra obra de Debussy, los Nocturnos:

Y ya hemos mencionado que Georges Prêtre fue el director favorito de Francis Poulenc, del que dirigió numerosas obras. Vamos a escuchar aquí su Stabat Mater:

Y también el Concierto para órgano, en el que el organista es de nuevo Duruflé:

Pero para muchos, entre los que me encuentro, Georges Prêtre se hizo una cara conocida gracias a los dos Conciertos de Año Nuevo que dirigió en Viena, en 2008 y 2010. Escuchamos la obertura de “Die Fledermaus” de 2010:

No podía faltar su versión del “Danubio azul”, de nuevo de 2010:

Fueron dos conciertos memorables, gracias al exquisito dominio del rubato que demostró, y que tan bien se aprecia al comienzo del tema principal de este Danubio azul. Y fueron dos conciertos en los que se ganó al público con una energía sorprendente y una simpatía que lo convertían en un personaje entrañable. Imagen que destaca más si cabe en la seguida Marcha Radetzky:

En activo hasta fechas recientes, Georges Prêtre nos dejaba el pasado 4 de enero a los 92 años. Con una carrera en la que se adentró en terrenos poco conocidos, Prêtre es un director al que hacemos bien en recordar, porque la música, y en particular el repertorio francés, le deben mucho.



Crónica: Christoph Eschembach en el Kursaal (14-11-2016)


Tengo que confesar que apenas me sonaba el nombre de Christoph Eschembach, y no creo haberle escuchado nunca. Más o menos me hacía la idea de un director casi mítico, pero es que yo en tema de directores soy muy quisquilloso y si puedo suelo tirar ya a lo que sé que me gusta. Pero cuando el otro día mi amigo Enrique me avisó para ir al Kursaal a verle dirigir una 5ª de Mahler, al final me animé.




El programa constaba obviamente de dos partes, siendo la ya mencionada sinfonía de Mahler la segunda. La primera era el concierto de piano de Ravel, obra que me tienta mucho menos. Lo que más me sorprendió además fue la falta de sentido en el programa: simplemente dos obras sin ninguna conexión que se suceden en el concierto.

Venía Christoph Escchembach con la SWR Orquesta Sinfónica de Stuttgart, lo que ya a priori suena atractivo (las orquestas alemanas suelen tener por lo general un gran nivel). Dejo un enlace del programa antes de comenzar.

Ya he mencionado que el concierto se abría con el Concierto para piano en Sol Mayor de Maurice Ravel, una obra con notoria influencia del jazz pero no carente de ese melodismo tan francés que por momentos recordaba a Debussy. Es una obra que no conocía, y que tampoco llamó mi atención.

La parte solista corrió a cargo del pianista americano Tzimon Barto, que solventó sin aparentes dificultades los pasajes más técnicos y que demostró un absoluto dominio melódico en las partes más líricas de la partitura, como el 2º movimiento, en el que le veía más que cómodo. La orquesta le acompañó sin afectar a su trabajo. Notable interpretación de una obra de interés menor para mí.

Llegamos al que era el plato fuerte de la noche, esa 5ª sinfonía de Mahler, una verdadera obra maestra del género sinfónico de ejecución nada fácil. Era la 4ª vez que la escuchaba en vivo (hasta ahora el récord lo tenían la 6ª de Tchaikovsky y la Titan del mismo Mahler, con 4 veces, así que ya sumamos esta 5ª a la lista de récords), pero es una obra que siempre apetece. Y, por cierto, después de unos últimos conciertos con la sección de metales más bien flojilla, ya tenía ganas de escuchar unos metales en condiciones, esenciales para el buen resultado de esta obra.

Christoph Eschembach nos presentó, para mi sorpresa, una versión muy personal de la obra. Y digo “para mi sorpresa” porque al no conocer al director, me esperaba una interpretación más ortodoxa, más objetiva de la partitura. Pero desde las primeras notas del sólo de trompeta con el que comienza el primer movimiento ya me di cuenta de que no: el ritmo resultaba lentísimo (incluso para alguien como yo acostumbrado a las lentas lecturas de Bernstein). Había momentos con tempos más normales y otros en los que Eschembach se deleitaba en ritmos más pausados. Incluyó además lo que para mí fueron novedosas incorporaciones de crescendos o de pasajes interpretados en pianisimo, que demostraban de nuevo una visión única y personal de la partitura. Los ritmos pausados hicieron que quizá los 3 primeros movimientos se hicieran por momentos demasiado largos (en total la obra duró calculo que unos 10 minutos más de los normal), pero el 4º movimiento fue simplemente delicioso, y en el 5º Eschembach demostró su absoluto control de la orquesta en esa barahúnda de sonidos  y tonalidades instrumentales que a veces pueden llegar a perder, en un movimiento magnífico, digno colofón de la sinfonía.

La ejecución de la orquesta fue en general impecable, con unas cuerdas que sonaron dramáticas, unas magníficas maderas, una impecable percusión y unos metales en general maravillosos: las trompetas (que me resultaron un tanto chirriantes ayer a causa del dolor de cabeza que tenía ya antes de comenzar el concierto) brillaron ya desde el comienzo, así como los trombones y la tuba;no así las trompas: el sólo del comienzo del 5º movimiento tuvo un sonoro desafine, que no fue el único en ese movimiento final. Algo que en todo caso no ensombreció el resultado final de la obra. La sonoridad de la orquesta era abrumadora (recuerdo que en otras ocasiones los platillos me habían impactado mucho más; ayer casi costaba oírlos ante la riqueza sonora de toda la orquesta).

Al terminar la obra, Christoph Eschembach fue largamente aplaudido. A sus 76 años, el maestro germano-polaco demostró una energía interminable controlando a la orquesta en tan compleja partitura. Y se podrá estar de acuerdo o no con los tempi escogidos (en mi opinión, algunos más acertados que otros, pero estamos hablando de algo totalmente subjetivo), pero desde luego si de algo no se le puede acusar a Christoph Eschembach es de pereza o de falta de originalidad. Pecado muy común en nuestros tiempos. En ese sentido, después de tantas interpretaciones filo-historicistas y políticamente correctas (y de eso la Quincena Musical de este año), Eschembach, a su edad, fue un soplo de aire fresco ante el aburrido panorama interpretativo actual. De ahí que, pese a ocasionales desavenencias con su visión de la obra, sólo valga gritarle “¡Bravo!” por traernos ese ratito de dirección de
orquesta de la vieja escuela, de la que te pone la carne de gallina o te emociona en no pocos momentos.



Resumen de la Quincena musical 2015


Llevo ya unos cuantos años de abonado a la quincena musical, y siendo sincero, la de este año no resultaba especialmente atractiva (al margen de Tosca, obviamente), y más comparándola con la del año pasado. Y bueno, ha habido sorpresas agradables, hay que reconocerlo, pero también decepciones esperadas. Ya antes de nada aviso que sólo he ido al Kursaal (me hubiera gustado ir a ver el recital de Bros del Victoria Eugenia, pero no podía ese día). Así que aquí va mi crónica de los conciertos de la Quincena Musical 2015 a los que acudí.




Mi Quincena empezó el día de la inauguración, 1 de agosto, con el concierto de la Mahler Chamber Orchestra dirigida por Manfred Honeck. Yo soy muy romántico, pero poco clásico, así que no era desde luego un concierto de mi estilo. Fe hecho, con el 1º concierto de piano de Beethoven (que interpretaba el pianista Till Fellner) me quedaba dormido (parece que este año he estado muy cansado, porque no ha sido la única vez). Vamos, que la obra es aburrida con ganas (y mira que a mí el 5º me encanta, pero desde luego el 1º… ). Mejor la Júpiter de Mozart, pero sin duda la parte que más disfruté fue la sinfonía Clásica de Prokofiev, en una interpretación vibrante y llena de vida. Visto el panorama, preferí perderme el concierto del siguiente día con idéntica orquesta y director interpretando obras de Haydn y Mozart.

El siguiente concierto fue la Tosca a la que ya dedicamos una entrada aparte.

Pasamos ya al día 17, con la Filarmónica de San Petersburgo dirigida por Yuri Termikanov. La primera parte del programa estaba dedicada a Ravel, con quien tampoco empatizo, precisamente. De nuevo, me quedaba dormido con el “Ma mère l’oye”. Luego llegó el gran atractivo del concierto, ese grandísimo pianista que es Javier Perianes, para tocar el concierto de piano en Sol Mayor de Ravel. Es la tercera vez que veo a Perianes en vivo, y siempre merece la pena, aunque la obra no me convenza. Pero el segundo movimiento, de gran belleza y lirismo, se ajustaba como un guante al estilo del onuvense, y la verdad es que fue un enorme placer escucharle. A pesar de ello, la verdad, hubiera preferido escucharle en otra cosa (Grieg, Chopin o, por qué no, los conciertos de Mendelssohn, que están tan olvidados).

La segunda parte del concierto le tocó el turno  Elgar (este sí, una predilección personal), en concreto a las Variaciones Enigma. No hay duda de que la de San Petersburgo es una orquesta de gran calidad, que bajo la batuta de Termikanov nos dio una interpretación musical impecable. La pega: la falta de flema, de estilo británico. Las Enigma son una obra 100% victoriana que pide ese estilo tan característico inglés que, por ejemplo, tan bien le daba el referencial Barbirolli. En todo caso fue más que disfrutable. Me imagino que el problema estilístico desaparecería en el concierto del día siguiente, con extractos de Romeo y Julieta y la cantata Alexander Nevsky (con Ekaterina Gubanova nada menos) de Prokofiev, pero problemas de última hora me impidieron poder ir, cosa que me fastidió bastante.

El siguiente concierto fue el Mendi-Mendiyan de Usandizaga al que también le dedicamos una entrada aparte.

El martes 25 venía Alberto Zedda con la orquesta de Cadaqués a dar un concierto rossiniano, cómo no. Yo no podía ir al concierto, así que al recibir un mail avisando que existía la posibilidad de ir al ensayo ese mismo día al mediodía, no dudé en apuntarme… ¡y no me arrepiento en absoluto! Junto al Orfeón donostiarra, interpretaban primero la cantata “La morte di Didone”, con María José Moreno de solista. Al ser un ensayo, la Moreno no cantó a plena voz, pero aún así estuvo espectacular. Y luego el Stabat Mater, otra obra que no conocía (sí, es delito, ya me he dado cuenta), en el que a la Moreno se sumaron Marianna Pizzolato, Celso Albelo y Fernando Latorre, que sustituía a última hora al previsto Nicola Alaimo. ¡Flipé! Primero, por la energía de Zedda, que a sus 87 años dirigío el Stabat Mater sentado, sí, pero dando botes en la silla, y moviendo los brazos con una energía que ya quisiera tener yo con casi un tercio de su edad. Este hombre lleva a Rossini en la sangre, no cabe duda, y ha sido un privilegio poder verlo en vivo aunque sea en un ensayo. Y luego los solistas, todos ellos sobresalientes. Claro, descubrir ese “Cujus animam” con un Albelo exultante (reconozcamos que es un lujazo para Donostia haber podido contar con él) cantándolo a plena voz (menos el ReB sobreagudo del final, que dio en falsete… en el concierto, donde ya lo dio de pecho, aquello debió sonar como un cañonazo, estoy seguro). A la salida aproveché para saludarlo brevemente, y espero poder volver a oírle pronto.

Después llegó lo que yo más temía, los dos conciertos dirigidos por Jukka-Pekka Saraste dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Radio Colonia. Y es que hace pocos años ya vino a la quincena con una 9ª de Beethoven que me cabreó sobremanera. Y es que hacer lo que hizo con el 3º movimiento (quizá el más hermoso de toda la sinfonía, de una belleza melódica poco frecuente en la obra de Beethoven), a toda velocidad, eliminando todo el lirismo y poesía, es para mí imperdonable. Y viendo esa forma de dirigir, que yo defino como “tener pulgas en el culo” por el tema de ir siempre corriendo, como huyendo, pues lo siento, pero no la aguanto.

Y mis temores se confirmaron. El día 26 comenzamos con el concierto de violín de Bartok que interpretó el violinista Kristóf Baráti, sobre el que no voy a hablar por mi desconocimiento de la obra. Pero luego venia el plato fuerte, otra predilección personal, la 7ª sinfonía de Anton Bruckner. El primer movimiento fue aceptable, pero al llegar a la estrella, el 2º, empezaron las prisas, el excesivo volumen de los metales, la ausencia de lirismo pero también del alto grado de dramatismo del movimiento, sustituido por la asepsia y el ruido. Opté por no aplaudir al final (y yo soy de los que salen de los conciertos con las manos rojas). El resto del público sí aplaudió, pero no sirvió de nada, no hubo propina.

Y el día 28 volvía de nuevo Saraste, en un concierto fuera de abono pero de tal atractivo que no se podía faltar: el Requiem alemán de Brahms, cantado además por el Orfeón Donostiarra (uno de mis primeros conciertos como abonado de la quincena fue de hecho este mismo requiem con el Orfeón, del que guardo muy buen recuerdo). Y claro, el Orfeón estaba exultante, pero Saraste… vamos, orquesta y coro iban cada uno a su bola. Escuchar en esa primera parte, “Selig sind, die da Leid tragen”, al orfeón sonando como un susurro frente a una orquesta demasiado ruidosa, para luego en los fortísimos, ver como el coro SE COMÍA a la orquesta… las prisas en la segunda parte, “Denn alles Fleisch, es ist wie Gras”, que es mi favorita, ya arruinaron la obra, por no hablar de la vertiginosa fuga de la tercera parte… lástima, porque coro, solistas y orquesta rindieron a gran nivel, pero si el director va errado,poco se puede hacer.

Con este triste panorama llegamos al concierto de clausura, a la espera de que levantara el nivel (que no será la primera vez que así sucede). Vasily Petrenko dirigía a la Orquesta Filarmónica de Oslo. Las obras a interpretar: concierto de violín de Brahms y 4ª sinfonía de Tchaikovsky (en ambos casos, si la memoria no me falla, es la 4ª vez que las veo en vivo, empatando así con la Titan de Mahler como las obras que más veces he visto en vivo… y no me importaría verlas más veces pero ya mismo, creo que se me entiende). La solista del concierto de violín era Vilde Frang, que lució delicadeza y lirismo en los dos primeros movimientos de una enorme belleza. Pero claro, al llegar al celebérrimo tercer movimiento, pues esas virtudes se convierten en defectos: le faltaba fuerza, volumen, garra. Muchos seguro que no perdonan esto; para mí, en cambo, no me estropearon los bellísimos momentos que disfruté en los 2 primeros movimientos, que son igual de maravillosos aunque sean menos conocidos.

Y ya la orquesta sola, comenzó Tchaikovsky. No sé por qué no termino de empatizar con el primer movimiento de esta sinfonía, así que poco que decir salvo que fue satisfactorio. Pero llegamos al segundo, la prueba de fuego. Y aquí la velocidad fue la adecuada para destacar el delicadísimo lirismo, la belleza melódica del andantino que tantos directores aceleran y echan a perder. Y ya en el 4º movimiento echaron todo lo que quedaba: velocidad de vértigo en un pasaje tan sumamente difícil, perfectamente interpretada, que enfervoreció al público. Y nos regalaron dos propinas: “En la mañana” del “Peer Gynt” de Grieg (confieso que me emocioné)  y una danza húngara de Brahms (me esperaba que siguieran con Grieg con un En la caverna del rey de las montañas, pero bueno…). Pues sí, el concierto de clausura fue del nivel esperado (mis manos hinchadas a la salida eran buena prueba de ello).

En resumen: teniendo en cuenta los conciertos a los que falté, lo mejor ha sido las dos óperas y el concierto de clausura. No incluyo el concierto de Zedda por haber estado sólo en el ensayo.

A ver qué tal viene la del año que viene. Por el momento se oye que viene Ivan Fischer, quien siempre me ha dejado un muy buen sabor de boca, así que a lo espero con ganas.