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Crónica: Salome en ABAO-OLBE (20-02-2018)


En todos los años que llevo como socio de la ABAO (desde 2009, si la memoria no me falla), esta Salome es la tercera ópera en alemán que tengo ocasión de ver (tras Tristan und Isolde y Die Tote Stadt), y la primera ópera de Richard Strauss que consigo ver en vivo. Así que, al margen de que la ópera en cuestión pueda gustarme más o menos, tenía muchas ganas de ver esta Salome, sin duda.




Y hay que decir que por momentos me parecía ser parte de una minoría, al coger el bus que la ABAO nos proporciona para ir a Bilbao desde Donostia y ver que venía notablemente más vacío que en otras ocasiones. Parece que en cuanto salimos de Verdi al público deja de interesarle la ópera… lo que nos lleva a temporadas aburridísimas con los títulos italianos de siempre, y algún francés que se cuela entre medias. ¿De verdad somos aficionados a la ópera? ¿Seguro? Porque a Salomé se le pueden poner pegas, vale, pero es una ópera corta y tampoco es tan difícil de escuchar; de hecho, cuenta con algunos momentos melódicos simplemente sublimes.

Vamos ya con la crónica, pero antes dejamos el enlace de la producción.

La escenografía, sin ser gran cosa, era eficaz, con ese círculo que dividía la escena en dos partes; la sala de banquetes y el exterior del palacio, donde está encerrado Jokanaan en una prisión igualmente esférica. El vestuario es atemporal y juega con múltiples matices de los que cada cual puede sacar sus conclusiones. La dirección escénica fue razonablemente correcta, situando a menudo a los solistas en la corbata del escenario (lo que se agradece en el Euskalduna), aunque hubo dos momentos que me chirriaron bastante. El primero, la famosa danza de los siete velos, donde apenas hubo danza, que se quiso sustituir con unas proyecciones que no decían nada. Finalizar dicha danza con la violación de Herodes a Salome no es a priori descabellado, pero sí que es cierto que en la escena siguiente, cuando Salome exige la cabeza de Jokanaan a su padrastro, su insistencia suena más a venganza contra Herodes que a su irrefrenable deseo de besar al profeta. Y el otro momento fue la escena final: Salome en la celda de Jokanaan, completamente alejada de la cabeza a la que se supone que está besando. No sé si se quiso jugar con la metáfora de que si Jokanaan está encerrado por su obsesión religiosa, Salomé los está de igual manera por su obsesión pasional. Pero sin beso, sin Salome contemplando la cabeza de Jokanaan, la escena pierde todo el sentido. Al margen de esa costumbre que personalmente odio de comenzar con alguna escena antes del inicio de la música, en este caso ver lo que sucede durante el banquete de Herodes; siempre me sobra.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao respondió soprendentemente bien a la nada fácil partitura Straussiana, sin desajustes ni desafines. El director, Erik Nielsen, fue un buen concertador, que se esforzó por no tapar a los solistas, pero le faltó fuerza, chispa, violencia incluso. La orquesta sonaba demasiado plana, no aportaba nada, en especial en la conclusión de la danza ya mencionada, en la que el ritmo excesivamente lento jugo en su contra más si cabe.

Salome es una ópera que no exige la participación de coro. Hubo numerosos figurantes que a menudo distraían demasiado de la acción principal. El número de solistas es igualmente numeroso. Solventes los dos soldados de José Manuel Díaz y Mikel Zabala. Correctos pero poco audibles los dos nazarenos de Alberto Arrabal y Alberto Nuñez (me sorprende en el caso de Arrabal, dueño de una voz potente al que he he escuchado sin problemas en ocasiones pasadas, pero que ayer, quizá en un intento de matizar su canto, sonó demasiado bajo). Sin pegas los 5 judíos de Josep Fadó, Miguel Borrallo, Igor Peral, Jordi Casanova i Barberá y Michael Borth, vocalmente bien empastados, perfectamente audibles y escénicamente insoportables, deduzco que por la visión que de ellos quería dar la dirección escénica: los insoportables judíos con sus insoportables discusiones teológicas… Con problemas para hacerse oír (y quizá por ello, sensiblemente forzada) Monica MInarelli como el Paje de Herodias.

Lo mejor del reparto, quien siempre estuvo perfecto en todas sus intervenciones, fue Mikeldi Atxalandabaso como Narraboth. Voz fresca, de timbre hermoso, consiguió hacerse oír incluso cuando cantaba desde detrás de la celda de Jokanaan. Sólo lamentar la brevedad de su rol (que, por otra parte, es de lo mejor de toda la ópera).

Completamente ajada la voz de Ildikó Komlósi, que tuvo que tirar de tablas para sacar adelante el papel por la incapacidad de mantener la línea de canto. Su Herodias resultó excesivamente caricaturizada.

Bien el Herodes de Daniel Brenna, con una voz poderosa, que se hacía oír incluso desde el centro del escenario en casi todas sus intervenciones. Escénicamente logró un Herodes absolutamente psicótico, miedoso, cobarde ante cualquier detalle que considere un mal augurio.

Solvente en general Egils Silins como Jokanaan. Sus intervenciones desde la celda, situada por momentos en el fondo del escenario, consiguieron hacerse oír. A su voz, eso sí, le falta una mayor autoridad para el papel, siendo especialmente débil su registro grave.

La gran triunfadora de la noche fue Jennifer Holloway en el rol protagonista de Salome. Escénicamente impecable, asume el personaje hasta simbiotizarse con él; le ves y ves a Salomé. Vocalmente el rol es terrorífico: algunos graves terribles y demasiados agudos. Holloway no tuvo ningún problema en toda la tesitura, destacando en especial unos agudos que, no demasiado vibrados (cosa poco frecuente) sonaron razonablemente limpios, como puñaladas de cristal. Yo le encontré un pero (por desgracia, un pero demasiado grave en mi opinión personal): en esos “Yo he besado tu boca” finales, a la voz le faltó cuerpo, le faltó potencia, volumen,

En resumen, una Salomé un tanto agridulce: correcta en general, con algunos muy buenos momentos frente a algún otro que daba una sensación de gatillazo (el final de a danza de los siete velos y el final, desgraciadamente mis momentos favoritos de la ópera). Puede que haya quienes piensen que soy mucho más exigente con Bilbao que con otros teatros de la zona. No lo negaré: el presupuesto y los medios que maneja la ABAO no los tienen ni de lejos otros teatros y asociaciones de ópera de la zona, por lo que el nivel de exigencia es superior, como es lógico. Pero la ABAO cuenta con un handicap que me temo que le afecta en todas sus producciones; y ese handicap se llama Palacio Euskalduna. El auditorio es una bilbainada en el peor sentido que se asocia al término (que me perdonen los bilbainos): es una monstruosidad (calculo que será casi el doble que el Kursaal donostiarra, que ya de por sí no tiene la mejor acústica imaginable). De acuerdo, con ese aforo la recaudación puede ser muy generosa (si se consigue llenar), pero la acústica es nefasta, muchas voces simplemente desaparecen. Pero no sólo es eso: la orquesta suena apagada, incluso ayer, cuando cuenta con un gran número de intérpretes. El volumen que llega a mi localidad, en la parte de atrás de uno de los palcos laterales, es en exceso débil, muy inferior al volumen al que yo suelo escuchar ópera en casa (y con la ventaja de que en los palcos el sonido ya se ha mezclado lo suficiente como para que las voces se escuchen mejor que en el anfiteatro, donde a menudo la orquesta las oculta). Y claro, cuando voy a ver ópera en vivo, busco que la propia vibración de la música me emocione, que pueda sentirla. Y en el Euskalduna esto resulta absolutamente imposible. En resumen, ya pueden traer a Gregory Kunde o resucitar a Lauritz Melchior, con esos problemas de acústica va a ser muy difícil ofrecer un resultado realmente satisfactorio con la misma ficha artística que en un recinto más pequeño y con mejor acústica dejaría una sensación muchísimo más redonda.



Crónica: Mendi-Mendiyan en la Quincena musical 2015 (22-08-2015)


El nombre de José María Usandizaga es sobradamente conocido en Donostia. De hecho, el instituto en el que estudié bachiller tiene su nombre (que en aquella época tenía fama de ser el mejor instituto público de Gipuzkoa… y creo que ahora también), aunque siempre me horrorizó que sobre el pedestal en el que estaba una placa con su nombre, en vez de un busto suya tenían puesta una planta… vamos, que en conclusión Usandizaga es más conocido de nombre que otra cosa. Ya sabemos que su carrera musical fue breve (a ver, vivió 28 años, no es que su carrera fuera breve, ¡es que su vida fue breve!), pero aún así nos dejó un buen número de obras musicalmente bien interesantes. “Las Golondrinas” ha sobrevivido razonablemente bien al paso de los años. Pero su primera ópera, este “Mendi-Mendiyan”, no ha corrido la misma suerte.




Compuesta por encargo de la sociedad coral de Bilbao y estrenada en 1910, contemporánea de la “Mirentxu” de Jesús Guridi, fue representada al año siguiente en Donostia… y olvidada hasta hace pocos años que se repuso en Bilbao. Este año, centenario de la muerte del compositor más importante de Donostia junto con Pablo Sorozabal, la quincena ha decidido programarla, por desgracia en versión concierto.

“Mendi-Mendiyan” se ambienta en el macizo Aitzgorri (el título significa algo así como “En lo alto de la montaña”), entre pastores de ovejas. Andrea vive junto a su hermano pequeño Txiqui y a su abuelo Juan Cruz cuidando los rebaños ante el previsible ataque de lobos (¿todavía había lobos en Gipuzkoa en 1910? Hoy desde luego no queda ni rastro de ellos). Está enamorada de Joshe Mari, pero el hijo de papá Gaizto, cuyo padre se está apropiando de la mayoría de las tierras de los campesinos, está enamorado de ella, y no duda en matar de un hachazo a Joshe Mari cuando este le confiesa que se van a casar. Un detallito: no deja de llamar la atención el maniqueísmo de la ópera vasca: si en el Gernika de Escudero el malo se llama Gogor (duro, en euskera), aquí el villano se llama directamente Gaizto (malo en euskera).

Dejamos antes de nada un enlace con el programa de la función.

La orquesta sinfónica de Euskadi estuvo acertada en todo momento bajo la excelente dirección de Antoni Ros-Marbà. Sobresaliente el trabajo del coro Easo en el 3º acto (como curiosidad, durante la procesión fúnebre de Usandizaga, una coral cantó el Ave María de este acto). Y muy buen trabajo también de los solistas, aunque mi desconocimiento previo de la obra me impide entrar en valoraciones más concretas. Destacaría en todo caso el aria de Andrea del I acto y la de Joshe Mari del 3º, ambas de muy bella factura y muy bien interpretadas por Arantza Ezenarro y Miguel Borrallo. Una de tantas óperas a reivindicar y a recuperar sobre los escenarios.

Lo cual abre un debate: parece que, por el hecho de que sea en euskera, sólo se pueda representar en Euskadi. Entonces, si quiero ver “Rusalka”, ¿me tengo que ir a Praga? O si quiero ver “Halka” ¿tengo que ir a Varsovia? ¿Por qué no se puede ver este “Mendi-mendiyan “en, por ejemplo, París, ciudad donde estudió Usandizaga? ¿Por qué nuestro repertorio es tan reducido? Universalicemos el arte y recuperemos las grandes obras que duermen en algún cajón esperando ser recuperadas y valoradas como es debido. En este caso, ¡Usandizaga se lo merece!

Bueno, un último detalle: aprovechando que este año se celebra el centenario de la muerte de Usandizaga (ya hablaremos más en profundidad de él llegado el momento), he aprovechado para visitar la tumba del compositor (después de una importante búsqueda), en el cementerio donostiarra. Y ahí va la foto que me hice en la tumba: