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Crónica: Orchestre de Paris en la Quincena Musical (20 y 21/08-2019)

La Orchestre de Paris, bajo la batuta de Daniel Harding, ofrecía dos conciertos en esta Quincena Musical, el segundo de ellos fuera de abono, y en ambos pudimos comprobar puntos comunes (la teatralización de las obras interpretadas) y otros discordantes: nada tenía que ver el tamaño de la orquesta para interpretar a Beethoven o a Britten. 

Comenzamos a comentar el primero de los conciertos, del día 20. Dejamos, como siempre, un enlace del programa. 

Ludwig van Beethoven es uno de los protagonistas de la presente edición de la Quincena Musical (y eso que el Año Beethoven será el año que viene, coincidiendo con el 250 aniversario de su nacimiento), y la Orchestre de Paris no era ajena a estos programas comenzando el concierto con una de sus sinfonías más conocidas (y logradas, si se me permite), la sexta, que conocemos como “Pastoral”. 

No es fácil convencer en una obra tan conocida y con tantas referencias discográficas. Y Harding puso empeño en intentarlo, eso sin duda. Pese a un tamaño orquestal muy reducido (unos 50 músicos, con una sección de cuerdas quizá en exceso minimizada) y a un juego de texturas por momentos muy sutil, que podría intentar anteponer los aspectos más clásicos de la obra, la dirección de Harding enfatizaba los aspectos más románticos, con un magnífico uso de rubatos y pausas, y tempos en general moderados, salvo la introducción del segundo movimiento, un tanto apresurada de más. 

Pero algo pasaba en la orquesta, algo que no es fácil de definir pero que impidió que la interpretación fuera memorable. Alguna desafinación en las maderas durante la transición del 4º al 5º movimiento, desequilibrios sonoros, momentos que sonaban raros a los oídos acostumbrados a la obra… podría incluso pensarse en falta de calidad de la orquesta, algo que quedaría desmentido en las siguientes obras. No puedo explicar el por qué, pero la interpretación se quedó un poco en un “quiero y no puedo”. 

Resultados que nada tuvieron que ver con los que obtuvieron en la segunda parte del programa, la sinfonía concertante “Harold en Italia” de Hector Berlioz. He de reconocer que con Berlioz me pasa lo mismo que con Schumann, no consigo entrar en su universo musical. Pero la verdad es que disfruté bastante con la interpretación de esta obra. 

Cuando Daniel Harding entró para dar comienzo a la obra (con una orquesta mucho más nutrida, casi un 50% más grande), el solista de viola, Antoine Tamestit, no entró con él. La Orchestre de Paris comenzó la interpretación y entonces entra el solista, paseando, emulando el viaje de Harold por Italia. Y tocaba mientras recorría el escenario, salía espantado al escuchar la orgía y concluía, junto con otros tres instrumentistas de la sección de cuerda, tocando desde uno de los palcos del Kursaal. Porque la versión tan poco estática que se nos ofreció nos hacía seguir ese viaje de Harold, de alguna forma poder comprender mejor ese programa que Berlioz toma como referencia para escribir la obra. 

Tamestit estuvo en ese sentido impecable tocando mientras paseaba por el escenario, en una obra ingrata y no especialmente lucida (ya se dio cuenta de ello Paganini, quien se la había encargado a Berlioz). Y La Orchestre de Paris lució aquí una cara mucho más eficaz, con momentos realmente magníficos (los bailes del tercer movimiento o la orgía del cuarto, por destacar alguno). El resultado de esta interpretación invitaba al optimismo para el siguiente concierto, la gran prueba de fuego.

Y es que este año la Quincena Musical programaba, fuera de abono, una obra tan compleja como es el War Requiem de Benjamin Britten, acompañada por el Orfeón Donostiarra y su sección juvenil, el Orfeoi Txiki. Dejamos de nuevo un enlace del programa. 

Ya conocemos lo conservador que es el público donostiarra, y Britten no entra dentro de su repertorio. Era por tanto una apuesta tal vez arriesgada, aunque siempre beneficiada por la presencia del tan querido Orfeón (que debutaba la obra, por otro lado). Quizá por ello se explique ver un auditorio casi completamente lleno. La cuestión es si ese público saldría convencido.

El enorme tamaño de la orquesta exigía ocupar el espacio del foso además del escenario, por lo que el director y las primeras filas de músicos se situaban al mismo nivel que la primera fila del público. En este caso sospecho que era de agradecer poder estar sentado mucho más arriba en el auditorio, para poder captar mejor a la orquesta en su conjunto. 

Y de nuevo aquí se teatralizó bastante la obra en la forma de situar a los músicos, con la soprano, que canta el texto tradicional del Requiem junto con el coro, situada en medio de este, mientras que el tenor y el barítono, que cantan un poema de Wilfred Owen, se situaban ante la orquesta, mientras el Orfeoi Txiki cantaba fuera de escena. El resultado dramático fue por momentos escalofriante, dando aún más sentido al concepto tan peculiar de la obra. Sirva como ejemplo ese momento en el que los dos solistas hablan del relato del sacrificio de Isaac pero cambian la historia: el anciano no obedece la voz del ángel, y manda a los niños a morir (a la guerra, se entiende), y en ese momento se escucha al coro infantil cantar su parte del requiem. Como en la mayor parte del repertorio “contemporáneo” (si es que todavía se puede dar este adjetivo a Britten y a una obra que se acerca ya a los 60 años de vida), gana visto en vivo frente a la escucha desde casa. Y gracias a esa teatralización que ofrecieron, pudimos disfrutar aún más de la obra. 

La Orchestre de Paris demostró aquí un gran nivel musical en todas sus secciones, cuerdas, maderas, vientos, percusión, arpa, piano y órgano, y más si tenemos en cuenta que es una partitura sumamente exigente, ecléctica en su estilo, tan difícil de clasificar. Lo mismo cabe decir del Orfeón, que volvió a lucir su atronadora potencia en los momentos más dramáticos y esos pianos de infarto, como en el “amen” final que casi parecían inaudibles. Gran nivel igualmente el del Orfeoi Txiki. Tenemos en Donostia magníficas agrupaciones corales, incluso en las complicadas áreas de las voces blancas, de las que no sí si somos plenamente conscientes. 

De los solistas, destacar la flexibilidad vocal de Emma Bell, de bello timbre y potencia descomunal, consiguiendo hacerse oír desde el fondo del escenario por encima de orquesta y coro, pero siendo capaz de modular al mismo tiempo, con un legato y una técnica siempre impecable. Voz clara, muy británica, la del tenor Andrew Staples, que supo sacar un gran partido dramático de su texto. Florian Boesch tenía quizá un timbre más oscuro del esperado, pero dramáticamente respondió igualmente de forma impecable, consiguiendo momentos muy emotivos en sus momentos a dúo. 

Los aplausos del público demostraron que la obra había gustado lo suficiente. Desde luego, a nivel musical el concierto tuvo un altísimo nivel, y sólo queda esperar que la Quincena Musical se atreva a programar obras más ajenas al repertorio de siempre, porque al final el público responde. Atrevimiento en repertorio sinfónico pero también en el operístico (si el War requiem ha funcionado, ¿por qué no lo va a hacer alguna de las grandes óperas de Britten?). Sin duda, este War requiem dejó un buen sabor de boca en los aficionados, y gracias a él la Orchestre de Paris convenció como no lo había conseguido con el Beethoven del día anterior (sí con el Berlioz, en todo caso). 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: Mahler Chamber Orchestra en Quincena Musical (01 y 02-08-2019)

Este 2019 la Quincena Musical celebra su edición número 80. Y la encargada de inaugurar tan destacada edición ha sido la Mahler Chamber Orchestra, dirigida por el joven director moravo Jakub Hrusa, emergente figura de la dirección orquestal que era sin duda uno de los principales atractivos de ambos conciertos (porque el programa, a priori, me resultaba bastante poco atractivo en general, pero bueno, como en otros casos, eso es un tema estrictamente personal). 

La Mahler Chamber Orchestra, como ya hemos mencionado, ofreció dos conciertos en el Kursaal, los días 1 y 2 de agosto. Comenzamos por orden con el concierto del día 1, del que dejamos aquí un enlace del programa. 

El concierto se abría con la obertura de “Las Hébridas” de Felix Mendelsson, quizá la pieza que mejor conozco de todas las que formaban el programa, y la que más me gusta. Siempre he pensado que Mendelssohn está muy infravalorado en su labor como compositor orquestal, y esta obertura, una de sus obras más célebres, es buena prueba de ello. La obra requiere (como otras de las interpretadas en ambos programas) una orquesta de mayores dimensiones que la Mahler Chamber Orchestra, con una sección de cuerdas más nutrida, por lo que por momentos se percibían ciertos desequilibrios sonoros entre familias de instrumentos. Hrusa, con su movimiento dinámico y enérgico, enfatizó quizá demasiado apianar en no pocos momentos, en una obra que yo concibo más dramática, más sonora. Por lo demás, su dirección fue siempre enérgica y la orquesta respondió a gran nivel. 

A continuación le llegaba el turno al primer concierto de piano de Chopin. Y para mi sorpresa veo que a la orquesta se añaden dos trompas más y un trombón, y yo pensando ¿para qué se metía Chopin en estos berenjenales cuando sabía perfectamente que lo de orquestar no era lo suyo? ¿Por qué tanta parafernalia? Porque luego la orquesta suena casi como un conjunto carente de entidad propia, un mero acompañante en el que no se notan diferentes texturas sonoras; la orquesta es un cuerpo único. Pero, además, lo de las grandes estructuras tampoco era muy cómodo para el pianista polaco, y eso se nota en este debut en el campo concertístico, en una obra mucho menos lograda que su segundo concierto (por cierto, tercera vez que veo el primero, frente a una única que he podido ver el segundo, una de mis obras favoritas de Chopin).

¿Y por qué digo todo esto? Porque hay que ser un pianista muy, muye expresivo y muy habituado a la interpretación chopiniana para sacar adelante una obra que, de lo contrario, se hace aburrida. Yo tuve que recurrir a las grabaciones de dos chopinianos de pro como Zimerman y Blechacz para conseguir apreciar la obra. Y la presencia de un pianista asiático no parecía indicar que las cosas fueran a ir por esos lugares: habría más exhibición técnica que poesía. 

Pero claro, el joven coreano Seong-Jin Cho ganó el premio Chopin de Varsovia en 2015, por lo que se supone que algo de pianismo chopiniano habrá en su interpretación. El primer movimiento pasó sin pena ni gloria, con lucimiento técnico y una precisión pasmosa, pero sin alma, sin esa poesía que impregna la obra del polaco, y eso pese a un razonablemente buen uso del rubato. Más poesía hubo en el segundo movimiento, aunque siempre sabía a poco. En el tercer movimiento dio la exhibición técnica que esperábamos, siendo lo mejor de un concierto perfectamente acompañado por Hrusa y la orquesta. No deja de sorprender que lo mejor de Cho fuera su propina, un nocturno de Chopin interpretado impecablemente, con toda esa poesía que requiere la obra. Visto lo visto, quizá el problema sea del concierto en sí…

Terminaba el programa de este primer concierto la cuarta sinfonía de Beethoven. Obra de transición entre el clasicismo y el romanticismo, la orquesta de cámara parecía invitar a una visión más clásica, pero la enérgica dirección de Hrusa nos llevó por terrenos mucho más románticos, lo que en mi caso es siempre de agradecer. Ya es perfectamente sabido que Beethoven llevaba al máximo las exigencias interpretativas de los músicos, y aquí la orquesta demostró su enorme valía superando todos los escollos de la partitura, destacando por igual cuerdas, maderas y metales, además del percusionista. Magnífica interpretación, sin duda. 

Pasamos al segundo concierto, el del día dos, dejando de nuevo un enlace al programa. En esta ocasión acompañaba a la Mahler Chamber Orchestra el Orfeón Donostiarra, la Escolanía Easo y la sección de jóvenes cantantes femeninas de las misma formación. 

El programa se abría con el Te Deum de Dvorak, obra que en no pocos momentos nos recuerda a su celebérrima sinfonía del nuevo mundo, con esas sonoridades no sabemos si checas o americanas. La orquesta de nuevo demostró su gran nivel, junto a un Orfeón que se lució como pocas veces antes recordaba: desde el pianísimo más sutil hasta unos atronadores fortísimos. Hay que destacar la rotunda sonoridad de las notas altas de las sopranos y, en especial, de los tenores, que brillaron como no recordaba haberlos escuchado.

Junto a ellos, el bajo Adam Plachetka superó con solvencia su difícil parte, mientras la soprano Katerina Knezikova lució un timbre hermosísimo y una emisión impecable, sin excesivos vibratos, con agudos magníficos y capaz tanto del matiz más sutil como de conseguir hacerse oír sobre los fortes de orquesta y coro. Una soprano a la que seguir, desde luego. 

Después le llegó el turno a los Psalmus Hungaricus de Zoltán Kodály, compositor del que, confieso, nunca había escuchado ninguna obra. Se apreciaban ciertos elementos de vanguardia en medio de una atmósfera de carácter nacionalista húngaro. Dificultad añadida para los coros, que tuvieron que cantar pues en húngaro (a diferencia de en la obra de Dvorak, donde el checo que sería de esperar es sustituido por el litúrgico latín). Volvió a brillar el Orfeón, acompañado en este caso por los miembros jóvenes del coro Easo, que no tuvieron mucha ocasión de lucimiento, al cantar casi todo el tiempo junto al coro de adultos.

El tenor Gyula Rab solventó su difícil participación con una emisión un tanto discutible, no bien proyectada, pero con un idiomatismo lógico. 

Cerraba el concierto la segunda sinfonía de Schumann. Ay, Schummann… ¿Qué te he hecho yo para que nos llevemos así de mal? Es que no hay forma, no consigo entrar en el universo sinfónico del alemán. De nuevo, la interpretación orquestal fue de altísimo nivel, con un visible entusiasmo por parte de Hrusa. Los aplausos a la conclusión demostraron la gran satisfacción del público con el cometido de la Mahler Chamber Orchestra… aunque también hicieron acto de presencia los móviles sonando y las toses, las competiciones de toses en especial en el eterno final en pianísimo de la obra de Kodály. La orquesta no ofreció ninguna propina en ambos conciertos, por desgracia.

Comienza así esta 80 edición de la Quincena, con un alto nivel musical por parte de la Mahler Chamber Orchestra y de su director, Jakub Hrusa, que esperamos se mantenga a lo largo de la edición. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: WDR Sinfonieorchester Colonia en Quincena Musical (31-08 y 01-09-2018)


En la Quincena Musical donostiarra hemos recibido ya en varias ocasiones a la WDR Sinfonieorchester Colonia y a su director, Jukka-Pekka Saraste. Y, en todas las ocasiones anteriores, los resultados no habían sido satisfactorios para mi gusto, ya que el finlandés tiende a abusar de unos tempos rápidos en exceso, perdiéndose la línea melódica de las obras que interpreta, hasta llegar a estropearlas del todo. No eran por tanto las expectativas muy altas para estos dos conciertos.




Pero lo peor era en este caso el repertorio escogido, que si cabe me alejaba más de los conciertos, con obras en general que me atraen poco o nada. Aunque esto representaba una ventaja para Saraste, ya que al menos iba a resultar difícil que me enfadara por los resultados, en obras que conozco poco.

El programa del primer concierto lo abría el 1º concierto para piano de Brahms, obra compleja pero, en mi opinión, bastante por debajo del segundo concierto (y del genial concierto para violín). Aquí los tempos fueron más bien rápidos, pero al menos no vertiginosos, siempre más llamativos en el Adagio central que en los movimientos más rápidos. No sé cuánto influyó en los tempos el pianista Igor Levit, que se enfrentaba a una partitura compleja pero no demasiado lucida. Su lectura fue sin duda correcta, pero un tanto falta de magia (magia que sí lució en la propina, desconozco cuál, en la que escuchamos a un pianista sensible y delicado, que quizá no encontraba en el concierto de Brahms un buen vehículo de lucimiento), y Saraste y la WDR Sinfonieorchester Colonia no ayudaron a alcanzar esa magia que se espera de una obra que, si bien no es genial, sí que tiene un notable nivel de calidad.

La segunda parte del concierto la ocupaba la no muy extensa “Consagración de la Primavera” de Igor Stravinsky. No soy yo nada fan del ruso, y mucho menos de esta obra, que me deja siempre absolutamente frío (estamos hablando siempre de criterios absolutamente personales y, por tanto subjetivos; no digo que la obra sea mala, obra de un mal compositor, sólo digo que no me llega). Y ese fue el resultado final: frialdad. Ruido, quizá en exceso, y una lectura superficial de la obra, la misma impresión que me transmite siempre el director finlandés.

Y llegamos ya al segundo concierto que ofrecía la WDR Sinfonieorchester Colonia, en este caso con una única obra: el Requiem de Berlioz. Y se repite el problema anterior: Hector Berlioz es, probablemente, de entre todos los grandes compositores románticos, con el que menos empatizo. Su obra me aburre, y este Requiem, o Gran Misa de Muertos, no es la excepción. Encuentro la obra un absoluto sinsentido, en la que la música no me transmite lo que canta el coro (a diferencia de los Requiems de Mozart o Verdi, por ejemplo), con algunos momentos melódicos de notable belleza, pero sin sentido dramático, y otros de gran aparatosidad (6 timbaleros, 4 platillos…), mucho ruido y, al final, pocas nueces. Además, los tempos apresurados de Saraste rompieron con el dramatismo implícito en la introducción.

La orquesta se distribuyó de forma extraña tanto en el escenario (con las tubas debajo de los umbrales de las puertas) como en el propio auditorio, desde el que tocaban trompetas y trombones, lo que produjo una cierta confusión y algunos momentos más bien borrosos. También el tenor, Maximilian Schmitt, cantó desde algún lugar del auditorio que fui incapaz de localizar. Bueno, para paliar el soporífero hastío que estaba sufriendo, era un entretenimiento intentar encontrarlo, pero si me despistan así en una obra que me gusta, me puedo cabrear mucho. Sinceramente, no encuentro el sentido a estos jueguecitos.

Y, para colmo, tampoco ha sido la vez que mejor he visto al Orfeón Donostiarra, con unas entradas que me parecieron titubeantes y con unos tenores que sonaban pálidos en exceso (puede ser que la obra lo requiera, lo desconozco, sólo comento lo que oí). Destacaba el Orfeón en los fortes, pero no tanto en los pasajes en piano, que siempre han sido una de sus grandes virtudes. Hay que mencionar además que la WDR Sinfonieorchester Colonia tapó en varias ocasiones al coro cuando cantaba en forte, y mira que eso es difícil, porque el Orfeón en los fortes es atronador, como ya sabemos quienes les hemos escuchado en otras ocasiones. No es esto, por tanto, demérito del Orfeón, sino un problema de una orquesta en exceso desatada.

No voy a decir por tanto que haya sido un final decepcionante, ya que me lo esperaba, pero si un final triste, lejos de otros magníficos conciertos finales que hemos disfrutado en años anteriores. Sólo nos queda esperar que el año que viene sea más (no he podido ir a muchos conciertos este año, por desgracia) y, sobre todo, mejor.



Crónica: Budapest Festival Orchestra en Quincena Musical (26/27-08-2018)


Regresaba, otro año más, Ivan Fischer con la Budapest festival Orchestra a la Quincena Musical donostiarra, lo que siempre es una gran noticia tratándose de un director muy interesante y de una magnífica orquesta. La orquesta ofreció dos conciertos consecutivos, que comentaremos en una única crónica.




El primer concierto, el día 26 (enlace del programa) fue sumamente original, ya que, aprovechando las dotes pedagógicas de Fischer, hizo un repaso a la tradición musical popular húngara y su lugar en la música clásica. Fischer presentó a Jenö Lisztes, intérprete de un instrumento tradicional del folclore cíngaro, el címbalo húngaro, que tocó una breve improvisación para que pudiéramos conocer un instrumento por lo demás desconocido aquí, similar a la cítara bávara, para luego dar paso a la Primera Rapsodia Húngara de Liszt, en la que el intérprete improvisó diversas cadencias solistas cual si de un piano se tratara. La interpretación orquestal fue magnífica, dadas las prestaciones musicales que ofrece, en un concierto que ya se avistaba que iba a ser todo menos “ortodoxo”.

Y es que, a continuación, Fischer presentó a József Csócsi Lendval, un tradicional violinista de orquesta folclórica húngara, para que interpretara, como es habitual en este tipo de formaciones populares, la 1ª Danza Húngara de Brahms con sus improvisaciones y variaciones, mientras la orquesta intentaba seguirle. Algo similar sucedió con la siguiente obra, la 3ª Rapsodia Húngara de Franz Liszt, en la que, de pronto, se detuvo la obra en un momento que tiene una melodía tradicional húngara, para que el violinista realizara unas improvisaciones antes de retomar la pieza.

A continuación, el director presentó a József Landval, hijo del anterior y que ha realizado estudios clásicos de conservatorio a parte de lo aprendido de su padre. Considerando que esta combinación era perfecta para los Aires Gitanos de Pablo Sarasate, fue el solista elegido para interpretara dicha pieza con absoluta maestría. La primera parte concluía con padre e hijo interpretando, acompañados de la orquesta, la Danza Húngara nº 11 de Brahms.

Fue sin duda una experiencia sumamente interesante el poder conocer de esta forma la música tradicional húngara, tan cercana a la Budapest Festival Orchestra, y su influencia en el repertorio clásico, una especie de ruptura entre las mal denominadas “música culta” y “música popular”.

La segunda parte del concierto fue mucho más tradicional, con una impecable interpretación de la 1ª sinfonía de Brahms, que he de confesar que es mi favorita del compositor. Con unas cuerdas que sonaban a gloria y unas acertadísimas maderas, Fischer impuso un ritmo razonablemente relajado que culminó con una electrizante coda final simplemente espectacular. El maestro húngaro volvía a regalarnos una gran noche en Donostia.

El siguiente día, la misma Budapest Festival Orchestra ofrecía un segundo concierto, absolutamente tradicional en su concepto (enlace del programa). La primera parte constaba de las Vísperas Solemnes del Confesor, misa de Wolfgang Amadeus Mozart. A una orquesta de dimensiones reducidas se unía un Orfeón Donostiarra tal vez demasiado numeroso para la obra, que en todo caso resolvió con corrección la parte, en especial los ocho solistas que abrían cada sección a capella en unos fragmentos que emulaban al canto gregoriano).

La obra requiere de cuatro solistas, aunque únicamente la soprano tiene un papel de cierta enjundia. Christina Landshamer se hizo cargo de la parte con una voz tímbricamente hermosa pero de limitado volumen, si bien hay que reconocer que superó con solvencia los pasajes de coloratura de su intervención solista.

Del resto de solistas, voz bella pero muy pequeña la de la Mezzo Olivia Vermeulen. La voz del Bajo Konstantin Wolff sonaba basta y falta del legato necesario para su parte. La voz más interesante era la del joven tenor donostiarra Xabier Anduaga, siendo la suya la más audible de todas (cosa poco frecuente en un tenor lírico-ligero) que llenaba por completo el auditorio Kursaal. Sólo queda esperar poder volver a verlo próximamente en algún papel de más enjundia.

En la segunda parte, Fischer regresaba a Mahler, compositor que ya había interpretado en ediciones anteriores en la Quincena (recuerdo una magnífica 3ª hace unos años y una espectacular “Titán” hace ya más años), en este caso con la menos ambiciosa de todas, la 4ª. Los tempos elegidos por el director fueron pausados, relajados, sin romper con ello la tensión de la obra, pero alcanzando momentos de una belleza sublime, en especial en el 3º acto. La Budapest Festival Orchestra volvió a lucirse al completo con esta obra. Christine Landshamer volvió a demostrar un gusto exquisito pero una voz limitada de volumen en su intervención en el movimiento final.

El público del día 27 no estuvo, por desgracia, a la altura: toses sin disimulo, papeles de caramelos, ruidos al abanicarse, aplausos fuera de tiempo (no hablo de al concluir un movimiento, sino incluso cuando la música todavía seguía sonando) y una estampida general al concluir la obra, sin esperar a los saludos. Y, pese a todo, el público habitual aplaudió como es debido a una orquesta y un director de un nivel difícil de encontrar en la Quincena. Sólo nos queda esperar que la Quincena Musical vuelva a contar en lo sucesivo, como ha sucedido hasta ahora, con esta Budapest festival Orchestra y con Ivan Fischer en las próximas ediciones, porque sus conciertos son casi siempre memorables.



Crónica: Fidelio en la Quincena Musical (04-08-2017)


El primer concierto de la presente edición de la Quincena musical donostiarra al que he tenido ocasión de acudir ha sido la representación en concierto de la ópera “Fidelio” de Beethoven, ya que problemas de transporte público me impidieron llegara tiempo al concierto del día anterior. Y necesito una explicación: si vamos presumiendo por ahí del éxito de la ópera escenificada en la Quincena en base a que el público no tiene ocasión de verla en otro momento del año (ignorando la enorme labor que está realizando al respecto Opus Lírica, de la que soy un ferviente defensor), ¿por qué nos imitamos a realizar una ópera escenificada realizando otra en versión concierto, cuando décadas atrás, cuando de verdad no había otra alternativa a lo largo del año, la Quincena, que entonces duraba de verdad 15 días, representaba varios títulos escenificados? Sabemos de sobra que el Kursaal no reúne las condiciones necesarias para ópera representada, por amaño de foso y de escenario (pero es que no reúne las condiciones necesarias ni para mear, y sino basta con ver las colas que se forman en los intermedios en los escasos dos baños del recinto), y que tampoco tenemos alternativa (el foso del Victoria Eugenia es considerablemente menor, y me temo que remodelar el Bellas Artes no serviría de nada por sus reducidas dimensiones), pero si se puede representar “Le nozze de Figaro”, como se hará la próxima semana, también se puede “Fidelio”, que tampoco cuenta con una orquesta de grandes dimensiones. Que no estamos hablando de Wagner, vamos.




Y suelto todo este rollo porque, probablemente, el mayor error del “Fidelio” de ayer resultó ser su producción en versión concierto. Sin puesta en escena, sin dirección artística, con unos cantantes que apenas se movían y no interactuaban entre ellos lo más mínimo, una ópera que ya de por sí se hace un tanto “pesada” como esta se terminaba haciendo eterna (pese a durar apenas dos horas, una menos que “Le nozze di Figaro”, que esa sí que se hace corta). Al margen de otros problemas que mencionaré a continuación. Pero, antes de nada, dejo un enlace de la producción.

Ya a priori se consideraba un lujo contar con la orquesta londinense BBC Philharmonic, dirigida por Juanjo Mena. La orquesta en general sonó como cabría esperar de una formación de su categoría, con algún pequeño desafine en los metales en la obertura, pero sin mayores peros. Destacar en especial la sección de cuerdas. Juanjo Mena supo sacar partido de la orquesta, ofreciendo una versión extrovertida, sonora (a veces demasiado incluso), con ciertos rubatos en la obertura que nos anuncian el incipiente romanticismo que ya demuestra una obra per se clásica como este Fidelio. La elección de los tempi fue en general acertada, aunque en algunos momentos quiso meter el turbo; si en los primeros compases de la obertura esto no suponía mayor problema, sí lo fue en el final del aria del tenor, de la que hablaré llegado el momento. Por cierto, teniendo en cuenta la muy buena versión de la Obertura que nos legó, se echó de menos la interpretación, como marca la tradición, de la Obertura Leonora en mitad del segundo acto; habría sido otra oportunidad más para poder disfrutar del buen hacer de la formación británica.

La parte coral corría a cargo de nuestro querido Orfeón Donostiarra. Magnífico el coro de prisioneros del primer acto, con ese magnífico juego de dinámicas al que nos tienen acostumbrados, el coro mixto del final del segundo acto resultó a mis oídos peor resuelto: las voces agudas se hacían notar demasiado sobre unos bajos a los que les faltaba hacerse notar más, y el canto en forte de las voces agudas terminaba resultando un tanto chirriante para mi dolor de cabeza (no ayudaba el estridente flautín que se hacía notar igualmente demasiado en la orquesta). Quizá a ese final le faltó algo más de control y menos exuberancia, aunque si el objetivo perseguido era la espectacularidad sonora, sin duda lo consiguieron. En mi opinión, inadecuado pero efectivo. Dos miembros del Orfeón se hicieron cargo de los pequeños papeles de los dos prisioneros con solvencia.

Del reparto, solvente en su breve cometido el Don Fernando de David Soar.

Los más perjudicados por la versión en concierto fueron el Jaquino de Benjamin Hulett y la Marzelline de Louise Adler, con voces bellas pero más bien pequeñas, a las que la orquesta tapaba sin piedad, al carecer de la protección del foso. Una lástima, porque a Benjamin Hulett se le notó una buena técnica y una bella voz perfecta para el papel (y que nos hace intuir que tiene que ser un muy buen Tamino, por ejemplo), y Louise Adler demostró también unas considerables posibilidades vocales, aunque las coloraturas apenas fueran audibles.

Lo peor de la noche fue el Don Pizarro de Detlef Roth, de voz sin legato, fea, incapaz de seguir la línea belcantista del personaje, cargando las tintas en demostrar que es el malo de la función abusando de frases cortadas y duras que se hacían desagradables. Puede que en Wagner, en papeles más recitados, pueda “colar”, pero aquí quedaba al desnudo su incapacidad vocal para cantar con un mínimo de línea vocal.

Sustituyendo al previsto Bradley Sherrat como Rocco contamos con James Creswell, de resultado francamente notable. Quizá en su voz se pueda echar de menos un timbre más oscuro y una mayor autoridad, pero nos ofrecía en cambio un Rocco muy humano, realmente interesante.

Lo mejor de la noche, en mi opinión, fue el Florestan de Stuart Skelton, pese a no tener una gran participación en la ópera. Superó con nota la prueba de fuego que supone su aria de entrada, al comienzo del segundo acto, con un “Gott” inicial no muy bien atacado pero luego bien desarrollado, con un magnífico crescendo pasando de falsete a registro de pecho y mantenido durante unos segundos que se antojaron interminables. Cantó el aria con estilo, con buen gusto en el fraseo (aunque en la zona más aguda el canto sonara siempre en forte), demostrando tener una voz con muchas posibilidades en el terreno de la ópera dramática alemana. El problema vino al final del aria, a partir del “Un spür’ ich”, una prueba de fuego por sus atroces ascensiones al agudo en un canto ya de por sí muy rápido, cuando Juanjo Mena aceleró el ritmo hasta niveles imposibles de seguir. Si a un ritmo “normal” ya es tremendamente difícil cantar esta parte (y, por ello, triunfo asegurado si el tenor lo resuelve con solvencia), a ese ritmo era directamente imposible de cantar. Skelton hizo lo que pudo, que no es poco, pero el resultado no fue el que cabría esperar. Resolvió con muy buen nivel lo que quedaba de ópera y se llevó una merecida ovación. Con una elección de tempo más adecuada por parte deldirector, el resultado habría sido sin duda mucho más satisfactorio.

El papel protagonista de Fidelio-Leonore cayó en voz de Ricarda Merbeth, que lució tablas y dominio del repertorio dramático alemán, algo apurada en las coloraturas de la parte final de su aria del primer acto, con unos agudos que sonaban más bien áfonos o agrios, pero en la tesitura central y grave su voz sigue siendo un verdadero lujo para este papel. Atenta al matiz y al fraseo, creó un personaje pese a la frialdad de la versión en concierto, y al igual que su compañero protagonista, salió triunfante de la función.

En resumen, un reparto en general de muy buen nivel que tuvo que hacer frente como pudo a la desgracia que supone una representación en versión concierto como buenamente pudieron,lo que provocó que las expectativas tan altas que había en esta función de “Fidelio” se quedaran un tanto defraudadas, siempre entro de un nivel de calidad alto.

Y para terminar, otro detalle a tener en cuenta: en verano, con la humedad que había anoche en la capital gipuzkoana, el calor en la zona alta del auditorio invitaba al desmayo. Otro aspecto más en el que el Kursaal demuestra ser un verdadero desastre para cualquiera que sea su propósito.



Crónica: Ein deutsches Requiem en el Kursaal (19-12-2016)


El osético Tugan Sokhiev es uno de los directores de orquesta que más alegrías me han dado de todos los que he podido escuchar en vivo. En mi memoria quedan sus numerosas participaciones en la Quincena Musical Donostiarra (inolvidables sus interpretaciones de Tchaikovsky, por ejemplo), así como aquel maravilloso “Boris Godunov” de Pamplona en el que le acompañaba el orfeón Donostiarra con el que repetía colaboración en esta ocasión para este Ein deutsches Requiem de Johannes Brahms. El concierto tenía por lo tanto dos grandes atractivos, director y coro, que, como era previsible, no decepcionaron.




El concierto venía a ser de alguna forma el cierre a este año de la capitalidad europea de la cultura donostiarra, por lo que contar con la que quizá sea la institución musical más destacable de la capital gipuzkoana, el Orfeón Donostiarra, era poco menos que un imprescindible. La elección del programa podría ser en todo caso discutible: ¿cuál es el motivo de la elección de esta obra? ¿Habría sido más adecuado la elección de alguna obra de un compositor local? ¿Tenía algún significado más “simbólico” la elección de este Ein deutsches Requiem que el pobre programa de mano no explicaba?

Ein deutsches Requiem (un réquiem alemán) de Johannes Brahms es una maravillosa obra para orquesta, coro y solistas (soprano y barítono) dividida en 7 partes, alejada de la típica estructura de los réquiems litúrgicos, mucho más luminosa y esperanzadora en su mensaje, con textos íntegramente extraídos de la Biblia (apócrifos incluidos). La parte coral, en especial, da unas grandes posibilidades de lucimiento a un coro de nivel, y cuando esto se consigue, el resultado será siempre un conciertos absolutamente disfrutable, como fue el caso.

Dejo antes de nada un enlace con el programa del concierto.

Tugan Sokhiev dirigía con mano de hierro a la Orchestre National du Capitole de Toulouse, de la que es el director titular. La orquesta respondía a las indicaciones del director con absoluta fidelidad, alternando momentos de gran lirismo (como la primera parte) con otros más dramáticos, como la segunda parte , el famoso y bellísimo “Denn alles Fleisch”. Destacar la labor de los metales, impecables y que no se hicieron notar tocando con demasiado volumen, además de unas cuerdas, en especial en las secciones más graves, que sonaron maravillosamente ya desde los primeros acordes. Se nota que la coordinación con el director es absoluta, porque la orquesta respondía sin problemas a la personal visión que Sokhiev plasmó de la obra en esta ocasión.

Es la tercera vez que veo al Orfeón Donostiarra cantar Ein deutsches Requiem (vamos, las tres veces que he visto esta obra en vivo ha sido con ellos), y ya sé perfectamente que bordan esta obra, con esos juegos de dinámicas desde los susurros casi inaudibles con los que comienza la obra hasta los pasajes en forte en el que el sonido es simplemente apabullante. Magníficos tanto en la conclusión de la segunda parte como en la fabulosa fuga que cierra la sexta parte, en las que habría que destacar en especial la impecable labor de las voces masculinas, que en esta ocasión se hicieron notar (para bien) como no recordaba haberles oído, siempre más eclipsados por las voces femeninas. Fue un verdadero placer escucharles en esta ocasión.

Ya hemos mencionado que Ein deutsches Requiem requiere dos solistas: un barítono para las partes tercera y sexta, y una soprano para la quinta. Y los solistas elegidos para la ocasión superaron con corrección pero sin brillo sus partes. En el caso del barítono, Garry Magee, comenzó algo flojo, con agudos entubados y una voz que no terminaba de sonar brillante, hasta que calentó la voz y pudimos escuchar a un solvente barítono lírico de buenas maneras, lo suficientemente expresivo, que consiguió salvar su parte. En el caso de la soprano, Claudia Barainsky, tuvo que lidiar con la ingrata parte que tiene en esta obra, breve pero siempre en la zona aguda del registro, que tiene que cantar en piano. Si en las anteriores ocasiones que he escuchado esta obra las sopranos padecían de un insoportable vibrato que afeaba el resultado, en el caso de Barainsky ese vibrato no resultaba tan excesivo y por lo menos su intervención no molestó, que no es poco en esta obra.

El público amenizó la velada con un concierto de toses, como siempre en el momento más oportuno (sí, lo sé, con este tiempo todos estamos con catarro y no siempre se puede evitar toser, pero la discreción…), por no hablar de los móviles que no pararon de sonar durante el concierto. Lamentable.

Fue por tanto un concierto en general de muy alto nivel, un concierto para disfrutar (quizá no tanto para aplaudir a rabiar, no es esta una obra que despierte el aplauso tan fácilmente) que supone un digno cierre a esta capitalidad europea de la cultura con la calidad musical que se espera de una ciudad como Donostia.



Crónica: Te Deum de Berlioz en la Quincena Musical (31-08-2016)


La clausura de la edición de 2016 de la Quincena Musical Donostiarra tenía un reto de más, ya que suponía la clausura de la edición de la capitalidad europea de la cultura, por lo que había que darle un tinte local pero al mismo tiempo espectacular. Por eso se optó por la interpretación del gigantesco Te Deum de Berlioz, que requiere una gran orquesta y coro, para lo que se unieron en el escenario las dos grandes orquestas vascas, la sinfónica de Euskadi y la sinfónica de Bilbao, los Orfeones Donostiarra y Pamplonés y la Escolanía Easo (que, para que pudieran entrar en el más bien reducido escenario del Kursaal, se hizo necesario eliminar varias filas de asientos), al que se sumarían además dos pequeñas obras (pequeñas por duración) de compositores autóctonos. El resultado cumplió con las expectativas que había, desde luego. Dejo, antes de nada, un enlace del programa.




Hector Berlioz era un compositor muy dado a la espectacularidad, a juntar grandes masas orquestales y corales en algunas de sus obras. De hecho, para el estreno de este Te Deum contó con un coro infantil de nada menos que 600 integrantes. Es una obra realmente magnífica (y conste que no soy yo muy fan de Berlioz), con algunos momentos memorables, que si se interpreta como es debido es muy disfrutable.

El encargado de dirigir el concierto fue Víctor Pablo Pérez, un director por el que no tengo una especial predilección, pero que en este caso cumplió con solvencia, consiguiendo un magnífico sonido de la fusión de ambas orquestas, especialmente en las cuerdas (las maderas en ocasiones se hicieron oír demasiado), que permitía que se oyeran las voces del coro, que, en definitiva, no se dedicó a dejar sordo al público con un chorro de sonido a máximo volumen, sino que supo extraer los matices de la partitura. Un trabajo más que notable, tanto el suyo como el de ambas orquestas. Quizá, en todo caso, algo lento (sinónimo en este caso de falto de tensión) el ritmo de la introducción del Te Deum y algo rápido el de la última parte, el Judex Crederis.

El joven organista labortano Thomas Ospital consiguió destacar en sus momentos solistas, con un magnífico sonido, especialmente en la introducción del ya mencionado Judex Crederis. Me temo que su labor pasó demasiado desapercibida entre el público.

Bastante flojo, en cambio, el tenor Christian Elsner en su parte solista  del te ergo quaesumus (una parte bellísima, por cierto); la voz sonaba sin brillo, falta de proyección y con un timbre demasiado dramático en una parte que pide una voz más plenamente lírica.

Tanto el orfeón Donostiarra como su homólogo Pamplonés brillaron en sus intervenciones, con esos juegos de dinámicas, con esos momentos poco menos que susurrados (bellísimo el comienzo del Dignare), y apabullantes en los momentos en forte. Sobresalientes, como cabía esperar de dos formaciones de su nivel.

Magníficos también los jóvenes miembros de la Escolanía Easo (y del Araoz Gazte Abesbatza (que, formada por chicas adolescentes, continúa la labor de la escolanía), especialmente remarcables de nuevo en  ese Judex Crederis que fue un momento para guardar en la memoria. Berlioz habría querido más niños en el coro, desde luego, pero pese a ser bastante pocos en comparación con los adultos, y mal situados en el escenario (lo lógico habría sido situarlos en el centro del coro, y no en un lateral), consiguieron hacerse notar.

Se completaba el concierto con dos obras en euskera (ya va siendo hora de situar a nuestra lengua, la única pre-indoeuropea que pervive en Europa, en el lugar musical que le corresponde). La primera fue el “Aita Gurea” del oñatiarra Aita Madina. Fue sin duda la parte menos atractiva del concierto.

Desconozco las versiones que existen de esta obra (yo he escuchado una exclusivamente coral); aquí se escogió poner a un miembro de la escolanía Easo, Javier Sánchez, como solista. La voz sonaba insegura (como para no… si yo llego a estar en el lugar del pobre niño, me meo en el escenario directamente), aunque de timbre realmente bello. El mayor problema es que, al tener que cantar junto con el coro, en muchos momentos no se le oía (como para oírsele sobre dos pedazo de coros…). Muy bien por su parte, que hizo claramente lo que pudo, pero la elección quizá no fuera la más adecuada.

Y el concierto terminaba con esa impresionante obra que es el Gernika de Pablo Sorozabal, en mi opinión el más grande compositor no sólo donostiarra, sino también euskalduna (y si entendemos euskalduna incluyendo Navarra e Iparralde, significa que lo pongo por delante del mismísimo Ravel…). Para la interpretación de esta obra se contó además con la participación de la Euskal Herriko Txistulari Elkartea.

Orquesta, coro y txistularis sonaron maravillosamente, y el resultado en su parte final era para poner la carne de gallina. Destacar de nuevo a los niños de la Escolanía Easo, que en sus breves intervenciones consiguieron hacerse oír, consiguiendo un bellísimo efecto. Y sobresalientes los coros.

Como propina, y ante la plana mayor del PNV (lehendakari, diputado general de Gipuzkoa y alcalde de Donostia incluidos) se interpretó el Agur jaunak, con el público en pie (y más de uno cantando).

Tanto el Te Deum de Berlioz como el Gernika de Sorozabal bien merecerían ser grabados (o publicados en video en youtube, por lo menos), porque fueron unas interpretaciones sobresalientes que dieron un digno colofón a esta edición de la Quincena tan especial. No, no fue en mi opinión el mejor concierto (para eso sigue imbatible la 3ª de Mahler), pero sí un concierto propiamente local que demostrara uno más de los innumerables motivos por los que nuestra querida Donostia merecía ser la Capital Europea de la Cultura 2016.



Crónica: Ivan Fischer en la Quincena musical (20 al 23-08-2016)


Cada vez que el director húngaro Ivan Fischer viene a la Quincena Musical Donostiarra con su Budapest Festival Orchestra ya sabemos que nos vamos a encontrar con unos conciertos de gran nivel. En mi memoria resuena todavía aquella “Titan” de Mahler con la que terminó la Quincena de 2011 y que fue no sólo el mejor concierto de aquella edición, sino uno de los mejores a los que he podido asistir nunca.




De ahí mis ganas de volver a escucharles en los 3 conciertos que nos han ofrecido los días 20, 21 y 23 de agosto, con un repertorio ciertamente variado, entre los que destacaba el del día 21, la 3ª sinfonía de Mahler (que ya escuchamos hace pocos años dirigida por Yannick Nézet-Séguin, otro de esos conciertos de los que conservo un magnífico recuerdo). En esta crónica comentaré mis impresiones sobre los tres conciertos.

El primero, el del día 20, de cuyo programa dejo aquí el enlace, constaba de una primera parte de poco interés para mí, con el Juego de cartas de Igor Stravisnky y el 3º concierto para piano de Béla Bartók, dos compositores con los que empatizo más bien poco. Dos obras que no conocía y sobre las que poco puedo decir, al margen de que se notaba la solvencia tanto de la orquesta como del pianista húngaro Dénes Várjon, el solista del concierto de Bartók, que ofreció como propina una delicada obra de Janacek (agradecer desde aquí a la propia Quincena sus rápidas contestaciones vía twitter sobre cuáles eran las propinas que se han ofrecido en los conciertos).

La segunda parte, mucho más interesante para mí, era la 8ª sinfonía de Antonin Dvorak (de quien, por cierto, este año se cumple el 175 aniversario de su nacimiento), obra que el propio Ivan Fischer ya había interpretado anteriormente en la Quincena. Su complicidad con el compositor checo es obvia, la interpretación fue sobresaliente, con esos rubatos que tanto caracterizan su forma de dirigir, así como el cuidado de dinámicas y matices (inolvidable el solo de chelos en pianísimo que casi parecía un susurro). De propina, hizo cantar a las mujeres del coro un Moravian duet del mismo Dvorak que resultó realmente hermoso (y qué bien cantaban, por cierto).

Del segundo concierto, el día 21, dejo aquí el enlace del programa, compuesto exclusivamente por la 3ª sinfonía de Gustav Mahler, la más larga de todas las que compuso. No había hueco para otras obras ni para una propina, es una obra agotadora para director y músicos.

Acompañaba a la Budapest Festival Oschestra la sección femenina del Orfeón Donostiarra y los niños del Orfeoi Txiki para el 5º movimiento, así como la contralto Gerhild Romberger para los movimientos 4º y 5º. Apariciones en ambos casos episódicas, si mucha enjundia (aunque Romberger resolvió perfectamente su cometido con una voz que sonaba muy apropiada para el cometido). No estamos ante la 2ª sinfonía, con un requerimiento coral mucho mayor, y tratándose del Orfeón sabía a poco, pero eso va implícito en la obra.

Realmente, en la 3ª sinfonía destacan por encima del resto el primero y el último de los 6 movimientos de los que consta la obra (y que ocupan más o menos la mitad de la obra). El primer movimiento está lleno de contrastes, de juegos tímbricos, de una gran dificultad, pero Ivan Fischer no perdió el control en ningún momento. Quizá el mayor defecto fue, con un espacio en el escenario un tanto reducido, situar a la percusión en primera fila, a la izquierda del director, tras los primeros violines, por lo que en ciertos momentos la caja se hizo oír demasiado. Pecado menor en una interpretación que cortaba el aliento.

Y sobre el último movimiento… de una belleza sublime, interpretado con una enorme expresividad por un Ivan Fischer que lo expresa todo con sus movimientos, sólo puedo decir que salí conmocionado, emocionado, casi a punto de llorar. Es, se supone, lo que debe conseguir la obra de Mahler, pero sólo si está bien interpretada, y en esta ocasión lo estuvo al nivel de los más grandes directores. Mis temblorosas piernas tuvieron problemas para bajar las escaleras del Kursaal a la salida… pero hubiera repetido si hubiera habido la oportunidad de hacerlo, porque es una experiencia única. Probablemente el mejor concierto de esta edición de la Quincena.

El tercer concierto, del día 23, fue más accidentado. Dejo aquí el enlace ya corregido del programa, que no es el original. Una enfermedad del bajo Neal Davies no sólo provocó su sustitución por José Antonio López, sino también un cambio en el programa, que debía comenzar con el aria de concierto para bajo “Per questa bella mano” KV612, con un contrabajo obligatto que se quedó sin poder lucirse… o no tanto. Y es que el aria fue sustituida por la obertura de “La flauta mágica”, muy bien interpretada, a un ritmo razonable (no tan lento como Klemperer, por supuesto, pero tampoco a esas velocidades de vértigo que tanto gustan a los historicistas) y en la que, de pronto, se escuchó un sólo de contrabajo que para nada aparece en la partitura, y que debió ser una especie de compensación al solista (desconozco si lo que tocó pertenece al aria omitida, que por otra parte no conozco).

Escuchamos después el bellísimo Concierto para clarinete, interpretado por Ákos Ács, miembro de la propia Budapest Festival Orchestra con brillantez. Para mi gusto, el famoso 2º movimiento fue un pelín rápido de ritmo, pero es puro subjetivismo.

El repaso a este último año de Mozart (hace 225 años precisamente), la segunda parte del concierto era ni más ni menos que el Requiem, una de las obras más brillantes del de Salzburgo. El Collegium Vocale Gent fue el coro elegido para la ocasión, con sus 12 hombres y 12 mujeres repartidos entre el resto de músicos de la orquesta (con una distribución también un tanto extraña). En el comienzo parecía una decisión no muy acertada, ya que en el requiem la orquesta tapó por momentos al coro, pero poco después se demostró el acierto: el coro jugaba sin problemas con las dinámicas, y se les oía a la perfección desde los pianísimos hasta los fortes más potentes, integrándose además como un único elemento con la orquesta, consiguiendo una mejor fusión del sonido. Si hay que destacar un momento, me quedaría con el final del Kyrie.

Los solistas fueron la soprano Lucy Crowe, la mezzo Barbara Kozelj, el tenor Jeremy Ovenden y el ya mencionado bajo José Antonio López, que rompía el estilo mozartino de los otros tres solistas (de los que habría que destacar la labor de la soprano). Así, el “Tuba mirum” no sonó como nos esperábamos (pese al espectacular solo de trombón, realmente maravilloso); mejoró durante el resto de la obra, pero no conseguía sonar mozartino. Seguramente esa enfermedad de Neal Davies trastocó los planes de Ivan Fischer, aunque el resultado fue más que satisfactorio (ya es cuestión de gustos elegir el Mozart o el Mahler… yo me emociono mucho más con Mahler, pero a quien le pase al contrario seguro que también acabó igual de satisfecho que yo).

Desde que soy abonado de la Quincena Musical Donostiarra (y ya hace unos cuantos años… desde 2008 o 2009, no lo sé seguro), pocos directores me habían hecho disfrutar tanto como Ivan Fischer; solo Tugan Sokhiev y Nézet-Séguim, muy por encima de directores mucho más prestigiosos como Barenboim o Gergiev. Esta nueva visita de Ivan Fischer a la Quincena ha sido un lujazo difícil de describir, y sólo me queda esperar que vuelva muchas veces más, porque sus conciertos son seguro de disfrute absoluto. En la 3ª de Mahler se pudo sentir como pocas veces la magia de la música.