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Crónica: Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en Quincena Musical (25, 26-08-2017)


Debutaba, si no me equivoco, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en la Quincena musical con dos conciertos muy distintos entre sí. Pasábamos del universo post-romántico ruso al más absoluto romanticismo italiano de un día para otro de la mano de su joven director, el valenciano Gustavo Gimeno.




El primer concierto, el del día 25, del que dejo aquí el enlace del programa, me resultaba bastante desconocido. Ni Prokofiev, ni mucho menos Shostakovich, son compositores con los que tenga una cierta afinidad, y a Liadov apenas lo conocía de nombre. Así las cosas, la única obra que conocía era “Una noche en el monte pelado” de Modest Mussorgsky, un compositor por el que siento una gran predilección (Boris Godunov es una ópera excepcional, y como compositor instrumental está también entre los grandes)… bueno, eso es lo que pensaba, porque debieron tocar alguna versión de la obra distinta a la que yo conocía. Exceptuando el comienzo, la obra me resultó desconocida. De ella diría que hubo una buena sonoridad de las cuerdas graves, tapadas en exceso por los metales y la percusión, que metieron la quinta en lo que a volumen se refiere (algo por otra parte común al resto del concierto y al del día siguiente).

Seguía el 3º concierto de piano de Sergei Prokofiev. Acompañaba en este caso a la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo el pianista Alexander Gabrylyuk, que se desenvolvió con gran agilidad a lo largo del teclado. Ya he dicho que no conozco la obra y, porlo tanto, no puedo valorar la ejecución, pero a priori el rendimiento de la orquesta me pareció correcto, mientras en Gabrylyuk pudimos ver a un virtuoso al que, probablemente por las características de la obra, nos faltó verle una mayor expresividad. Es decir, me quedé con la duda de si nos hallábamos ante un Zimerman (virtuosismo expresivo) o un Lang Lang (pura pirotecnia sin alma). La propina que decidió darnos ayudó a resolver esta incógnita: una adaptación para piano de la marcha nupcial de “El sueño de una noche de verano” de Felix Mendelssohn que fue pura pirotecnia perfectamente resuelta.

Gustavo Gimeno sacó lo mejor de la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo al comienzo de la segunda parte, con “El lago encantado” de Anatoly Liadov de exquisita ejecución, jugando a la perfección con los evocadores pianísimos que abren y cierran la obra, consiguiendo transmitir una magia que no apareció con Mussorgsky.

Concluía el concierto con la 1ª sinfonía de Dmitri Shostakovich, que compuso antes de cumplir los 20 años. El dominio que demuestra el ruso en la orquestación a tan temprana edad no deja de ser sorprendente, y en ese sentido la orquesta estuvo a la altura. Expresivamente, dada mi nula conexión con la música del ruso, no puedo comentar nada, ya que la obra no me transmitió nada. Problema personal, probablemente.

Como remate, una propina, la “Pavana para una infanta difunta” de Maurice Ravel, de notable resultado.

En el concierto del día siguiente, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo jugaba con la ventaja de colaborar con gente “de la casa”, con ese Orfeón Donostiarra que siempre llena el Kursaal (a diferencia del concierto del día anterior, ese día no se veían butacas libres en todo el auditorio), para interpretar una obra de la magnitud del Requiem de Giuseppe Verdi. Dejo de nuevo un enlace del programa.

Gustavo Gimeno, con gesto de manos ágil, sacó lo mejor de la orquesta en el comienzo, en ese pianísimo que abre la obra, pasándose de decibelios en los momentos más potentes, en especial en esos “Dies Irae” con timbales y bombo a tope. Los músicos en todo caso respondieron con solvencia, salvo un ligero desafine de una de las trompetas situadas en medio del auditorio durante el “Tuba mirum”.

Algo similar cabría achacar al Orfeón Donostiarra: magnífico como siempre en esos pianísimos en los que apenas tiene competencia, en los momentos en forte llegaba a resultar atronador en exceso. En todo caso, encontré a la sección femenina considerablemente mejor que en el pasado Fidelio. El público reacciona con pasión ante los momentos más espectaculares de la obra, cuando es en los más íntimos, los que exigen mayor juego de matices, donde mejor luce el Orfeón su categoría musical. Y hubo muchos momentos en los que la lucieron, sin duda.

Sobre los solistas, en mi opinión sobresalió por encima de sus compañeros la mezzo Daniela Barcellona, convertida ya en una verdadera mezzo verdiana. Fue la única que no necesitó calentar la voz y comenzó ya desde su primera intervención con muy buen nivel. Bello timbre vocal, expresividad en el canto y técnica impecable le permitieron lucirse en sus intervenciones, como el bellísimo “Liber scriptus”. Es siempre un placer tener la ocasión de volver a escucharla.

La soprano, María José Siri, lucía un timbre oscuro en los graves (a veces más oscuro que el de Barcellona), mientras el agudo sonaba peligrosamente en un forte continuo, teniendo serios problemas para apianarlo en los momentos requeridos. Tiene la flexibilidad vocal para hacer frente al nada fácil final “Libera me” que Verdi le reserva, lo que no es poco pedir, pero esa tendencia al canto en forte continuo en la zona aguda no deja de ser preocupante.

Sobre el tenor, Antonio Poli, hay que decir a su favor que se alejó de lucimiento vocal en favor de un canto más expresivo y delicado, tanto en el “Ingemisco” como en el “Hostias”, en los que huyó del canto en forte recurriendo a unas medias voces en la tradición de Bergonzi o Pavarotti, algo que siempre se agradece. El problema es que, a diferencia de ellos, no parece dominar el mixto, recurriendo por tanto a un falsete feo y poco ortodoxo. Por otra parte, cuando cantaba a plena voz, el extremo agudo sonaba extrañamente pálido en una voz con centro razonablemente potente. Probablemente necesite mejorar su técnica de emisión.

Y sobre el bajo, Riccardo Zenelatto, agradecer igualmente su canto matizado, expresivo. Sonaba a bajo cantante verdiano en los momentos más intimistas de la partitura, con un nada despreciable “Mors stupebit”, pero se quedaba corto de rotundidad vocal (y probablemente también tímbrica) en los momentos más contundentes de la obra, que los hay.

El público reaccionó con entusiasmo ante una orquesta y coro a piñón fijo en unos fortes atronadores; gusta el ruido, sin duda. Y la cuestión es que los mejores momentos de este Requiem fueron precisamente los más intimistas. En todo caso, y para terminar la crónica, me gustaría volver a ver a la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo en próximas ediciones de la Quincena musical para comprobar mejor su valía musical en repertorios que me permitan apreciarla mejor.