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Crónica: El castillo de Barba Azul en Quincena Musical (24-08-2019)

No, no era “El castillo de Barba Azul” la única obra que se representaba en el concierto del día 24. A fin de cuentas, apenas dura una hora, así que había que completar el programa con otras obras. Pero hay que reconocer que la ópera de Bartók era el gran atractivo de este concierto que ofrecía la Orquesta Sinfónica de Euskadi, con su titular Robert Treviño a la cabeza. 

Antes de comentar el concierto dejamos, como siempre, un enlace del programa. 

Abría el concierto la Suite Vasca, Op. 5, de Pablo Sorozabal. Obra para orquesta y coro, que contaba con la participación de la Coral Andra Mari. Se trata de una obra compuesta por tres canciones: Kattalin, la nana Kun Kun y Sorgin dantza, o danza de brujas. La primera, para coro masculino, la segunda para coro femenino y la tercera para coro mixto. La coral demostró su solvencia en el repertorio vasco, destacando sin duda en la final Sorgin dantza. En el resto, mejor ellas en Kun Kun que ellos en Kattalin, donde las voces agudas sonaban un tanto pálidas. Perjudicados todos ellos, en todo caso, por una orquesta que sonaba idiomática, sí, pero pasada de decibelios también, ocultando en no pocas ocasiones al coro (que tampoco era pequeño). Por cierto, otra ocasión perdida de poder sacar del baúl de los recuerdos la maravillosa “Gernika”, una de las obras maestras del compositor donostiarra que parece que a nadie interese recuperar; habría sido una propina espectacular. 

Siguió la interpretación de la versión orquestada de “Gaspard de la Nuit” de Maurice Ravel. No soy yo muy fan de Ravel, pero hay que reconocer que la Orquesta alcanzó momentos de no poca belleza en la primera de las tres piezas que componen la obra, “Ondine”, de marcada estética impresionista.

Tras el intermedio llegaba el plato fuerte: El castillo de Barba Azul, única obra del compositor húngaro Béla Bartók. Obra temprana, de sonoridad netamente romántica (algo no tan habitual en Bartók) y marcada atmósfera simbolista que recuerda no poco a “Pélleas et Melisande” de Debussy, compartiendo ambas ser de las obras de sonoridad más romántica de sus respectivos compositores. Pero, a diferencia de la obra de Debussy, “El castillo de Barba Azul” es una obra breve, de apenas una hora de duración, y que requiere la participación de sólo dos solistas, Barba Azul y su esposa Judith, sin coro. 

La obra se compone del inicio, la entrada en el castillo del título, y la apertura de las siete puertas de éste. No faltan momentos espectaculares, como la apertura de la quinta puerta, que requirió reforzar los metales, que tocaron desde los accesos al auditorio. El efecto fue escalofriante, pero de nuevo la batuta de Treviño no controló el exceso de volumen de la orquesta, lo que perjudicó a los solistas. 

Los dos solistas de este “El castillo de Barba Azul” eran la mezzo Rinat Shaham y el bajo Mikhail Petrenko. Él ejerció además las funciones de narrador al comienzo de la obra. Su voz recitada no sonaba especialmente oscura, y cantando quizá le faltaba un poco más de cuerpo en una voz que sonaba sin duda muy eslava, pero su interpretación fue muy matizada, ofreciendo un retrato de Barba Azul más bien doliente y temeroso, quizá menos poderoso de lo habitual, pero interesante en todo caso. A su lado, Rinat Shaham lució un timbre opulento y hermoso (aunque eso no le impisidó que la orquesta la tapara por momentos), con un canto tampoco carente de intención y una versión llena de autoridad de su Judith. Ambos solistas hicieron la versión muy disfrutable, al margen de la propia belleza de la partitura (destacar la apertura de la cuarta puerta, que la orquesta interpretó con solvencia). 

Hacía unos años que habíamos perdido en la Quincena Musical la costumbre de programar una segunda ópera, en versión concierto. Esto nos permite alejarnos a un repertorio no siempre tan habitual (no es El castillo de Barba Azul una ópera infrecuente a nivel internacional, pero quizá en España sí lo sea), y por lo menos algunos aficionados agradecemos esta oportunidad. Esperemos que la Quincena recupere esta antigua costumbre y podamos seguir disfrutando de obras no tan frecuentes como las que se programan representadas. De hecho, en mi opinión, este “El castillo de Barba Azul” ha sido, junto con el “War requiem” de Britten, la obra más interesante que se programa en la presente edición de la Quincena Musical. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: Katuska de Sasibil en Donostia (28-12-2018)

Hace escasos tres días dedicábamos un post para recordar el 30 aniversario de la muerte del compositor Pablo Sorozabal. Era por lo tanto de esperar que la donostiarra Asiciación Lírica Sasibil aprovechara la conmemoración para recordar a quien, junto con Usandizaga, es el más grande compositor que ha dado la capital gipuzkoana. La elegida para el acontecimiento ha sido la primera obra lírica de Sorozabal, la conocida “Katiuska”. 

El estreno contó con la asistencia del nieto del compositor y con un Victoria Eugenia razonablemente lleno y dispuesto a disfrutar. Y alegra además comprobar que la edad media del público empieza a reducirse ligeramente, demostrando que el género tiene todavía futuro por delante. 

Vamos ya a describir la función en cuestión.

Ya conocemos las escenografías de Sasibil, sencillas, dados los medios. En este caso resultaba más sencilla de resolver al transcurrir los dos actos en el mismo escenario, una posada por la que desfilan fugitivos de la nueva Rusia Soviética y los oficiales que los persiguen. Poco atrezzo era necesario, apenas algunas mesas y sillas y una estufa, y con pocos elementos más se resolvía la función sin dificultad. La dirección escénica de Josean García resaltaba los elementos cómicos y resultó igualmente solvente.

Gran trabajo el de la orquesta, en este caso ampliada por arpa, piano, mandolina y una percusión mayor de la habitual (pandereta…) para describir el ambiente ruso de la obra. Gracias a la dirección de Arkaitz Mendoza consiguió que la tensión no decayera en ningún momento, acompañando con corrección a los cantantes (algún desajuste, en general al comienzo de la obra, achacable a la necesaria falta de ensayos) y destacando en los momentos solistas, el preludio del segundo acto y la repetición orquestal de fox-trot, ambos momentos más que disfrutables. Pese a algún puntual abuso de volumen, en general Mendoza supo controlar a los músicos para no tapar a los solistas (esos gestos al acompañar la primera romanza de la protagonista en sus pianísimos lo decían todo), y sólo nos queda celebrar el gran nivel de la formación, que nos permite augurar nuevas grandes funciones por lo que a ellos respecta. 

Tras un comienzo con algún que otro desajuste, el coro de la asociación rindió igualmente a gran nivel, consiguiendo salir de aquel perpetuo canto en forte al que nos tenían acostumbrados. Van sin duda por buen camino, y esperemos que esta senda continúe a más en próximas funciones. 

Aunque en otras ocasiones lo haya considerado superfluo, en esta ocasión agradecí la participación del ballet de la escuela de música y danza de Donostia, con participaciones tanto en los ritmos eslavos de la canción ucraniana del comienzo del segundo acto como, en especial, del fox-trot. El vestuario, en este segundo caso, resulto especialmente adecuado para trasladarnos a ese París de la belle-epoque. 

Aparecieron por el escenario diversos figurantes que funciones actorales o, a lo sumo, alguna pequeña intervención cantada, que resolvieron con gracia sus partes y sobre los que poco más se puede decir. 

Pasando a los secundarios, especialmente conseguido el acento catalán de David Sentinella como Amadeo Pich, especialmente hilarante. Ángel Walter como Bruno Brunovich demostró igualmente sus grandes dotes cómicas, aunque vocalmente se echó en falta un poco más de volumen (perjudicado probablemente en los Kosakos de Kazan por el bailoteo que se marcaba), algo aplicable al Boni de Juan Carlos Barona, bien cantado en todo caso. María Jesús Gurrutxaga demostró que es una gran actriz cómica que canta más como actriz que como cantante. Alicia Montesaquiu fue una Olga sobrada de voz en todas sus intervenciones. Las escenas de las que se hicieron cargo estos intérpretes, los Kosakos de Kazan, el cuarteto “Rusita, rusa divina” y el fox-trot “A París me voy” fueron todos ellos momentos muy disfrutables. 

Vamos ya con los papeles protagonistas. Grata sorpresa facundo Muñoz como el Príncipe Sergio, con una voz desenvuelta, de timbre hermoso y solvente en el agudo, cuyas intervenciones cantadas se antojaron escasas vistos los resultados. 

Antonio Torres, como Pedro Stakof, comenzó correcto con su romanza “Calor de nido”, pero a medida que la voz calentaba sus prestaciones mejoraron hasta lucirse en “La mujer rusa” y en el dúo con Katiuska del segundo acto. Voz potente, de agudo poderoso aunque en ocasiones algo opaco, a su “Calor de nido” le faltó quizá una mayor capacidad de apianar, por lo que, como ya hemos mencionado, su participación mejoró en el segundo acto en este sentido. Fue el más aplaudido de la noche, y sin duda su labor resultó notable.

Ana Nebot, en el papel protagonista de Katiuska, tuvo algún tropiezo con los diálogos (no fue la única, también hay que decirlo). Vocalmente, su voz tiene un vibrato un tanto excesivo para mis gusto, que se notó bastante en su primera romanza, “Vivía sola”. En todo caso, no tiene problemas de tesitura y, con la voz más caliente, su romanza del segundo acto “Noche hermosa” fue un momento muy disfrutable de la función, cantada con buen gusto y absoluta solvencia vocal. 

Digno recuerdo esta “Katiuska” para nuestro ilustre paisano Pablo Sorozabal. De nuevo Sasibil nos ha vuelto a regalar una función de zarzuela muy disfrutable y con un nivel musical en absoluto acorde con sus medios económicos. El público cantando los Kosakos de Kazan durante los aplausos demostró que había disfrutado, y seguro que el compositor estaría satisfecho si hubiera podido verlo. 

30 años de la muerte de Pablo Sorozabal (26-12-2018)

El políticamente turbulento siglo XX ha perjudicado la carrera de no pocos compositores que no congeniaban con el régimen del momento. Hoy recordamos a uno de los mejores exponentes de este caso, Pablo Sorozabal.

Pablo Sorozabal nació el 18 de septiembre de 1897 en Donostia, en el ensanche, en una calle perpendicular a la avenida (el edificio original no se conserva, pero en la edificación actual que se encuentra en el mismo solar hay una placa que lo recuerda… cosas que se descubren gracias a jugar al Pokemon go), en el seno de una numerosa y humilde familia vasca. Será de hecho gracias a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País que conseguirá realizar en su ciudad natal estudios de solfeo, piano y violín, trabajando como violinista en cafés, cabarets y, desde 1914, en la orquesta del casino. Tras trasladarse temporalmente a Madrid para formar parte de la Orquesta Filarmónica, obtiene una beca de la diputación gipuzkoana que le permite continuar sus estudios en Alemania, primero en Leipzig y luego en Berlín, estudiando composición y dirección de orquesta. En esta época será un compositor fundamentalmente sinfónico, destacando entre sus obras el capricho español de 1922:

En 1923, todavía en Alemania, compone la Suite Vasca, de la que escuchamos su primer número, “Kathalin”:

Pero, de regreso en España, su carrera musical se centra en el ámbito teatral, al convertirse en uno de los más destacados compositores de zarzuela de los años 30. Su primera obra será “Katiuska”, que se estrena en Barcelona en enero de 1931. Escuchamos a Marcos Redondo, quien participó en el estreno, cantar la romanza “La mujer rusa”:

En 1933 compone un proyecto más ambicioso, una ópera en un acto de carácter costumbrista y ambiente más bien amargo, “Adiós a la Bohemia”, con libreto de Pío Baroja. Pese a ser una de sus obras maestras, no se encuentra entre sus obras más conocidas. Escuchamos a Teresa Berganza cantar “Recuerdas aquella tarde”:

Mucho mayor éxito tendrá en 1934 al estrenar en Madrid una nueva zarzuela, “La del manojo de rosas”, muy del gusto de la época y que contiene números tan memorables como el célebre “Madrileña bonita” o el magnífico dúo “Hace tiempo que vengo al taller”, que escuchamos cantado por Renato Cesari y Pilar Lorengar, y dirigido por el propio Pablo Sorozabal:

Pero será en 1936 cuando estrene, en Barcelona, la que será su zarzuela más celebre (y una de mis favoritas), la maravillosa “La tabernera del puerto“, que contiene joyas como la romanza del tenor “No puede ser”, la del bajo “La luna es blanca, muy blanca”, las dos escenas del barítono, los dúos de soprano y tenor o la bellísima “En un país de fábula” que escuchamos cantada por María Bayo:

Pero, pese al enorme éxito, los problemas comienzan con el estallido de la Guerra Civil. Sorozabal tiene fama de rojo, y no es del agrado del régimen franquista, que dificulta su carrera. En los siguientes años no conseguirá estrenar ningún título nuevo, y cuando lo haga, ya a comienzos de los años 40, será fuera de la capital, o a lo sumo en algún teatro de segunda. En 1942 estrena “Black el payaso”, obra sumamente crítica con la situación política, que disimula con su ambientación centroeuropea, como demuestran las czardas “Guarda la guadaña, segador” que escuchamos cantada por Alfredo Kraus:

Al año siguiente estrena en Madrid “Don Manolito”, que no conseguirá asentarse en el repertorio. Escuchamos cantar la romanza “Qué partido has perdido, chiquilla” cantada por Manuel Ausensi:

En 1945 estrena en Madrid “La eterna canción”, obra ambientada en las terrazas bohemias frecuentadas por músicos de la post-guerra, que no consigue ser entendida por el público pese a la notable calidad musical de la obra, de la que escuchamos el pasodoble, que dirige el propio compositor:

Pero la zarzuela ya no es un género de moda, y pese a que Pablo Sorozabal estrena algún nuevo título, como “Entre Sevilla y Triana”, en 1950, ya no se asientan en el repertorio como las obras de dos o tres décadas atrás. Además, Sorozabal se enfrenta a otros problemas: dado que se le impide dirigir la sinfonía Leningrado de Shostakovich, renuncia a dirigir a la Orquesta Sinfónica de madrid en 1952. Pese a todo, continuará realizando numerosas grabaciones de zarzuela como director de orquesta, tanto títulos propios como de otros grandes compositores del género. Incluso es contratado como compositor de la Banda Sonora de una de las películas más famosas de la historia del cine español, “Marcelino pan y vino” de 1954, que recuerda mucho a sus zarzuelas previas:

En 1958, Pablo Sorozabal estrena su última zarzuela, “Las de Caín”, de la que escuchamos el preludio:

El resto de su vida pasará bastante desapercibido, y apenas compone obras de gran formato. Quizá su proyecto más ambicioso sea la cantata “Gernika”, en euskera, a modo de marcha fúnebre, que compone entre 1966 y 1976, con marcada influencia musical del folclore vasco:

Pese a lo espectacular de la obra, sigue siendo prácticamente desconocida incluso a día de hoy, cuando se supone que ya no debería haber problemas políticos que impidieran su interpretación. 

En 1988, tras estrenar sus variaciones para quinteto de viento por el quinteto que llevará el nombre del compositor, Pablo Sorozabal muere en Madrid a los 91 años, sin conseguir estrenar la que él consideraba su obra maestra, la ópera “Juan José”, que se estrenará finalmente en versión concierto en su ciudad natal el 21 de febrero de 2009 (estreno en el que tuve el privilegio de estar presente), y de forma escenificada en Madrid en 2016. Escuchamos el dúo de Rosa y Paco con Ana María Sánchez y José Luis Sola:

Pablo Sorozabal es un claro ejemplo de compositor perjudicado por un régimen político que trató de silenciarlo con éxito, y que consigue ser recordado gracias a esas pocas zarzuelas que estrenó durante el período republicano, olvidando el resto de su obra, igualmente interesantísimo, al margen de todas esas obras que habría podido componer y no hizo porque la situación se lo impidió. 

Crónica: La tabernera del puerto en Donostia (09-11-2016)


En este 2016 que Donostia ostenta el título de Capital Europea de la Cultura habría sido un delito no haber representado la obra maestra de quien fuera el compositor más ilustre nacido en la localidad gipuzkoana, el gran Pablo Sorozabal (con permiso de Usandizaga). Por eso, cuando este pasado mes de abril se representó La tabernera del puerto en Lasarte (de la que ya escribí una crónica aquí) estaba esperando que me dieran la buena noticia de que, además de la función prevista en Elgoibar para finales de año, se sumara una representación en Donostia. Y por suerte así ha sido. Porque La tabernera del puerto es en mi opinión la obra maestra de Sorozabal, una zarzuela maravillosa en la que no hay número que no me guste.




Por lo general, al escribir una crónica de una ópera o zarzuela, hay que tener siempre en cuenta la situación en la que se representa, los medios con los que se cuenta, para ser más o menos “piadoso”, para exigir más o menos: no es lo mismo una ópera en Donostia o en Iruña (y no hablemos ya en Irun) que en la ABAO de Bilbo; en Bilbo, con el presupuesto y los medios que tienen, espero mucho más y seré más crítico con aquello que en mi opinión no esté al nivel esperado. De la misma forma que no espero en Bilbo el mismo nivel que esperaría en alguno de los grandes centros operísticos europeos. Pues bien, digo esto antes de comenzar la crónica porque en este caso no esperéis ninguna piedad por mi parte por el hecho de que esta producción de la Asociación Lírica Sasibil sea la que se haya hecho cargo de la representación; no es necesaria, directamente. Si en vez de en Donostia hubiera visto esta representación de La tabernera del puerto en Bilbo no creo que cambiara nada de lo que escribiré a continuación.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

La representación se llevó a cabo en el Teatro Victoria Eugenia, uno de esos coquetos teatritos mucho más recogidos que esa monstruosidad del Kursaal. El escenario y el foso son de menores dimensiones, pero la acústica es mucho mejor, qué duda cabe, lo que benefició a todos los participantes. Y quien esto escribe era quien estaba más arriba de todos los asistentes (las localidades más caras estaban agotadas, pero las más baratas del piso superior apenas estaba ocupadas, y en el tercer piso, detrás mío, había dos filas completas vacías), y no tuve ningún problema para oír a solistas y orquesta.

La escenografía de La tabernera del puerto de ayer fue sencillita, con dos paredes laterales, cada una perteneciente a los dos locales de la acción, la Taberna del puerto y el café El vapor. Perfecta para el primer y el tercer acto, en el segundo hay que echarle un poquito más de imaginación, ya que transcurre en el interior de la taberna, pero el decorado no cambia; sólo se añaden mesas  y sillas. Pero bueno, tampoco molesta. En el dúo del comienzo del 3º se iluminaba únicamente el centro del escenario, dejándose ver la barca en la que navegan los dos protagonistas. Quizá unas telas azules moviéndose con ayuda de algún ventilador habrían dando un puntito más a la escenografía sin complicarse demasiado, pero en todo caso fue una escenografía más que solvente que nos sitúa muy bien en la acción. La dirección escénica de Josean García fue impecable, beneficiándose del talento interpretativo de los solistas.

La orquesta de Sasibil comenzó con un desafino de los metales justo al comienzo de ese preludio de La tabernera del puerto en el que no tarda en incorporarse el coro con ese “Eres blanca y hermosa” (los problemas con los metales se repiten una y otra vez en la mayoría de las orquestas que he escuchado recientemente), pero durante el resto de la función nos ofrecieron una gran interpretación, ayudados sin duda por la labor del director de orquesta Arkaitz Mendoza, un magnífico concertador (confieso que al comienzo del segundo acto estaba más pendiente del foso que del escenario para ver como el maestro Mendoza daba las indicaciones al coro en los acompañamientos a la romanza de Marola; era un placer ver cómo controlaba orquesta y cantantes con un resultado muy superior al de la representación de Lasarte, beneficiado sin duda por haber habido más ensayos que en aquella ocasión) que además nos regaló un par de momentos bellísimos, la introducción al dúo del tercer acto y el intermedio posterior. La orquesta sonó dramática cuando tenía que sonar y los crescendos del final de cada acto, aunque suenen ya a recurso demasiado utilizado, sonaron de maravilla. Los aplausos para orquesta y director fueron sin duda insuficientes. Y hay que apuntarse definitivamente el nombre de Arkaitz Mendoza como alguien a seguir en el futuro, que seguro que nos da unas cuantas alegrías.

El coro de Sasibil no es el sumun de la delicadeza pero resulta cumplidor. En todo caso, como bien pudo notarse en el salve marinero del primer acto, mejor ellas que ellos. Tampoco cuenta La tabernera del puerto con grandes números corales, siendo sus participaciones a menudo más de acompañamiento de los solistas en sus romanzas, y ahí en algunos casos les sobró un poquito de volumen.

Pasamos a los solistas. De entre los comprimarios (que en La tabernera del puerto cantan poco o directamente nada), destacar siempre el Ripalda de Iker Casares, en un papel que le da pocas opciones de lucimiento y que sabe a poco (sólo canta el terceto del segundo acto, y acostumbrado a las grabaciones discográficas, casares canta hasta demasiado bien), pero en el que casi ejerce de robaescenas gracias a una comicidad escénica divertidísima (me temo que en el backstage su comicidad es más terrorífica). Espero poder escucharle algún día en un papel con más enjundia.

La pareja de Chinchorro y Antigua fue un poco desequilibrada. El previsto Chinchorro de Josean García fue sustituido (desconozco los motivos, ya que salió a saludar en su faceta de director de escena) por, si la memoria no me falla, Rafael Álvarez, que encaja con la visión tradicional del personaje, de gran comicidad y un canto un tanto “discutible” que tampoco extraña en un personaje perpetuamente borracho. A su lado, Haizea Muñoz (muy jovencita para el personaje) fue una Antigua escénicamente divertidísima, pero cuando tocaba cantar… pues cantaba demasiado bien. No pongo reparos ni a la visión tradicional de estos personajes ni al hecho de que se prefiera cantarlos bien, pero juntar a uno de cada no encajaba del todo. En todo caso, ambos hicieron reír al público, que es a fin de cuentas para lo que están estos personajes, el contrapunto cómico a la pareja de enamorados sufridores protagonistas de La tabernera del puerto.

El Abel de Klara Mendizabal lució desenvoltura escénica, pero a la hora de cantar le faltaba un poco de volumen. Por lo demás, fue un interesante Abel (mucho mejor que el de la grabación discográfica de Kraus, desde luego), con un timbre que se asociaba sin problemas al del muchacho enamoradizo.

El veterano Carlos London interpretó a Simpson. La voz no es ya todo lo fresca que sería de desear, especialmente en los agudos, pero su timbre oscuro y sus tablas escénicas nos permitieron disfrutar de un buen Simpson que sacó adelante con solvencia su bellísima romanza “La luna es blanca, muy blanca”.

Como Juan de Eguía contamos con el vozarrón de Alberto Arrabal. Su mayor problema es precisamente controlar ese vozarrón de gran volumen. En la pasada Marina me dejó con la sensación de que necesita calentar para poder controlar bien el torrente vocal, pero en La tabernera del puerto empieza ya con la habanera “Bajo otros soles” en la que se requiere un canto más bien delicado, y… pues lo consiguió, sin duda. Magnífico en la habanera (ya como gusto personal, prefiero el agudo final en pianisimo frente al forte en el que lo dio), sin problemas en su romanza del segundo acto (salvo algún agudo no del todo bien emitido en la improvisación final), estuvo de nuevo contenido en el dúo con Marola del final del segundo acto. Escénicamente da el pego a la perfección. Pero la prueba de fuego llega en el tercer acto: en La tabernera del puerto hay un momento clave en el que tienen que emocionarte, porque sino puedes salir totalmente indiferente, y ese es el monólogo de Juan del 3º acto. Y no diré que Arrabal me hiciera llorar… pero casi. Esa forma de decir “Los ojos de Juan de Eguía ya saben lo que es llorar” y todo lo que sigue fue escalofriante. Si no braveé al final del monólogo fue por vergüenza, no por falta de ganas. Magnífico, sin más.

Como Leandro contamos de nuevo con Igor Peral. Ya comenté las veces anteriores que le he escuchado que su emisión me preocupa un poco (he mencionado que suena un poco engolado… no sé si es la definición correcta, más bien es que en la zona central parece que no consigue emitir su voz del todo bien, como si se la comiera un poco), pero la mejoría que he observado esta vez ha sido considerable. El centro suena mejor, más liberado, pero es que el agudo… todavía me pitan los oídos de los pepinazos que soltó en ese magnífico “No puede ser”… ¡Qué squillo, por favor! Y para compensar, el fraseo en la parte central de la romanza en ese “Los ojos que lloran no saben mentir” fue igualmente magnífico. Una magnífica interpretación del Leandro que me hace esperar poder volver a escucharle en algún papel de peso (y no de comprimario, como en alguna otra ocasión), que seguro que bordará.

Tardé un poco en acostumbrarme a la Marola, la tabernera del puerto, de Miren Urbieta-Vega: no es que cantara mal, no es que no tuviera las notas del papel ni que fuera mala actriz, es que su timbre me resultaba un tanto demasiado oscuro para lo que estoy acostumbrado en este papel. Se hizo oír sin problemas sobre el coro femenino en el final del primer acto, mostrando desenvoltura escénica, superó sin dificultades las coloraturas de “En un país de fábula” y destacó en el final del segundo acto. Pero donde ya me convenció del todo, ya acostumbrado al color de su voz, fue en el dúo con Leandro del 3º acto, quizá lo mejor de toda la función. Y es que, pese a no tener esa voz de tiple tan asociada a la zarzuela, al final demostró ser una gran Marola que fue evidente que gustó al público.

Comenzaba la crónica hablando del distinto criterio que tengo a la hora de escribir una crónica en función de los medios. Pues bien, la función de ayer de La tabernera del puerto no tendría los mejores medios imaginables, pero su nivel estuvo desde luego muy por encima de lo que a priori se esperaría, sin desmerecer de un teatro de más prestigio que nuestro Victoria Eugenia. Una función para disfrutar como un enano y perfecta para recordar a nuestro paisano Sorozabal en un año tan especial, cosa que debemos agradecer a Sasibil. Ahora no estaría mal terminar el año con algo de Usandizaga, para rematar…



Crónica: Te Deum de Berlioz en la Quincena Musical (31-08-2016)


La clausura de la edición de 2016 de la Quincena Musical Donostiarra tenía un reto de más, ya que suponía la clausura de la edición de la capitalidad europea de la cultura, por lo que había que darle un tinte local pero al mismo tiempo espectacular. Por eso se optó por la interpretación del gigantesco Te Deum de Berlioz, que requiere una gran orquesta y coro, para lo que se unieron en el escenario las dos grandes orquestas vascas, la sinfónica de Euskadi y la sinfónica de Bilbao, los Orfeones Donostiarra y Pamplonés y la Escolanía Easo (que, para que pudieran entrar en el más bien reducido escenario del Kursaal, se hizo necesario eliminar varias filas de asientos), al que se sumarían además dos pequeñas obras (pequeñas por duración) de compositores autóctonos. El resultado cumplió con las expectativas que había, desde luego. Dejo, antes de nada, un enlace del programa.




Hector Berlioz era un compositor muy dado a la espectacularidad, a juntar grandes masas orquestales y corales en algunas de sus obras. De hecho, para el estreno de este Te Deum contó con un coro infantil de nada menos que 600 integrantes. Es una obra realmente magnífica (y conste que no soy yo muy fan de Berlioz), con algunos momentos memorables, que si se interpreta como es debido es muy disfrutable.

El encargado de dirigir el concierto fue Víctor Pablo Pérez, un director por el que no tengo una especial predilección, pero que en este caso cumplió con solvencia, consiguiendo un magnífico sonido de la fusión de ambas orquestas, especialmente en las cuerdas (las maderas en ocasiones se hicieron oír demasiado), que permitía que se oyeran las voces del coro, que, en definitiva, no se dedicó a dejar sordo al público con un chorro de sonido a máximo volumen, sino que supo extraer los matices de la partitura. Un trabajo más que notable, tanto el suyo como el de ambas orquestas. Quizá, en todo caso, algo lento (sinónimo en este caso de falto de tensión) el ritmo de la introducción del Te Deum y algo rápido el de la última parte, el Judex Crederis.

El joven organista labortano Thomas Ospital consiguió destacar en sus momentos solistas, con un magnífico sonido, especialmente en la introducción del ya mencionado Judex Crederis. Me temo que su labor pasó demasiado desapercibida entre el público.

Bastante flojo, en cambio, el tenor Christian Elsner en su parte solista  del te ergo quaesumus (una parte bellísima, por cierto); la voz sonaba sin brillo, falta de proyección y con un timbre demasiado dramático en una parte que pide una voz más plenamente lírica.

Tanto el orfeón Donostiarra como su homólogo Pamplonés brillaron en sus intervenciones, con esos juegos de dinámicas, con esos momentos poco menos que susurrados (bellísimo el comienzo del Dignare), y apabullantes en los momentos en forte. Sobresalientes, como cabía esperar de dos formaciones de su nivel.

Magníficos también los jóvenes miembros de la Escolanía Easo (y del Araoz Gazte Abesbatza (que, formada por chicas adolescentes, continúa la labor de la escolanía), especialmente remarcables de nuevo en  ese Judex Crederis que fue un momento para guardar en la memoria. Berlioz habría querido más niños en el coro, desde luego, pero pese a ser bastante pocos en comparación con los adultos, y mal situados en el escenario (lo lógico habría sido situarlos en el centro del coro, y no en un lateral), consiguieron hacerse notar.

Se completaba el concierto con dos obras en euskera (ya va siendo hora de situar a nuestra lengua, la única pre-indoeuropea que pervive en Europa, en el lugar musical que le corresponde). La primera fue el “Aita Gurea” del oñatiarra Aita Madina. Fue sin duda la parte menos atractiva del concierto.

Desconozco las versiones que existen de esta obra (yo he escuchado una exclusivamente coral); aquí se escogió poner a un miembro de la escolanía Easo, Javier Sánchez, como solista. La voz sonaba insegura (como para no… si yo llego a estar en el lugar del pobre niño, me meo en el escenario directamente), aunque de timbre realmente bello. El mayor problema es que, al tener que cantar junto con el coro, en muchos momentos no se le oía (como para oírsele sobre dos pedazo de coros…). Muy bien por su parte, que hizo claramente lo que pudo, pero la elección quizá no fuera la más adecuada.

Y el concierto terminaba con esa impresionante obra que es el Gernika de Pablo Sorozabal, en mi opinión el más grande compositor no sólo donostiarra, sino también euskalduna (y si entendemos euskalduna incluyendo Navarra e Iparralde, significa que lo pongo por delante del mismísimo Ravel…). Para la interpretación de esta obra se contó además con la participación de la Euskal Herriko Txistulari Elkartea.

Orquesta, coro y txistularis sonaron maravillosamente, y el resultado en su parte final era para poner la carne de gallina. Destacar de nuevo a los niños de la Escolanía Easo, que en sus breves intervenciones consiguieron hacerse oír, consiguiendo un bellísimo efecto. Y sobresalientes los coros.

Como propina, y ante la plana mayor del PNV (lehendakari, diputado general de Gipuzkoa y alcalde de Donostia incluidos) se interpretó el Agur jaunak, con el público en pie (y más de uno cantando).

Tanto el Te Deum de Berlioz como el Gernika de Sorozabal bien merecerían ser grabados (o publicados en video en youtube, por lo menos), porque fueron unas interpretaciones sobresalientes que dieron un digno colofón a esta edición de la Quincena tan especial. No, no fue en mi opinión el mejor concierto (para eso sigue imbatible la 3ª de Mahler), pero sí un concierto propiamente local que demostrara uno más de los innumerables motivos por los que nuestra querida Donostia merecía ser la Capital Europea de la Cultura 2016.



20 años sin Pilar Lorengar (02-06-2016)


En 1991, un grupo de importantes cantantes de ópera españoles fueron galardonados con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes: Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Montserrat Caballé, Teresa Berganza y Pilar Lorengar. Todos ellos nombres sobradamente conocidos por el público… salvo quizá el de Pilar Lorengar, que siendo una de las mejores cantantes femeninas de la península, ha visto como su nombre permanecía un poco en la oscuridad, en buena medida por haber desarrollado la mayor parte de su carrera en Alemania. Así que hoy, que se cumplen 20 años de su prematura muerte (tenía 68 años cuando el cáncer se la llevó) vamos a repasar algunas de las (muchas) joyas que nos dejó.




Pilar Lorenza García (inteligentemente fusionó ese segundo nombre y apellido en su nombre artístico, Pilar Lorengar) nació en Zaragoza el 16 de enero de 1928. Desde muy pequeña participó en un programa de radio, y se mudó a Barcelona para recibir clases de canto, que continuaría en Madrid y en Berlín. En 1949 entra a formar parte del Coro del teatro de la Zarzuela, y debuta en 1950 en Orán, Argelia, con el papel de Maruxa. Sigue cantando Zarzuela, pero su primera intervención relevante fue en 1952, cuando cantó en Barcelona las partes solistas para soprano de la 9ª sinfonía de Beethoven y del Requiem Alemán de Brahms. Vamos a escucharle en una versión posterior (1963) de la 9ª de Beethoven:

Pilar Lorengar fue una referencial intérprete de zarzuela, especialmente en sus primeros años de carrera, en los que además participa en algunas imprescindibles grabaciones del género, como ese “La del manojo de rosas” que protagoniza junto a Renato Cesari bajo la dirección del propio compositor, Pablo Sorozábal, del que aquí escuchamos el magnífico dúo “Hace tiempo que vengo al taller”:

Otra de esas grabaciones míticas de zarzuela será “El caserío” de Jesús Guridi, dirigido por Ataulfo Argenta, junto a Carlos Munguía y Manuel Ausensi. Escuchamos el dúo junto a este último:

Pero no abandonó del todo la zarzuela, como podemos comprobar en esta grabación más tardía de la famosa romanza “De España vengo” de “El niño judío” de Pablo Luna:

Y de esa misma grabación de 1985 escuchamos el dúo de “El dúo de la Africana” junto a Plácido Domingo:

Su debut internacional se produce en 1955 en el Festival de Aix-en-Provence con el Cherubino de “Le nozze di Figaro”, del que escuchamos el aria “Non so più”:

Tras debutar en Londres o en Buenos Aires, en 1958 firma un contrato con la Deutsche Oper Berlin, con la que cantará durante unos 30 años, hasta su retirada. Poco dada a viajar, y más al casarse con Jurgen Schaff, desarrolla gran parte de su carrera en Berlín, donde Mozart será uno de los principales puntales de su repertorio. De hecho, será con la Illia de “Idomeneo” con la que debute, en 1961, en el Festival de Salzburgo.

Pero fue sobre todo con las heroínas de la trilogía dapontiana, así como con la Pamina, con las que triunfará y que serán los pilares de su repertorio. La escuchamos primero en el bellísimo “Dove sono” de “Le nozze di Figaro”:

La escuchamos ahora como Fiordiligi en “Così fan tutte”:

Del “Don Giovanni” la escuchamos primero como Donna Elvira en el “Mi tradì quell’alma ingrata”:

Y terminamos escuchando su maravillosa Pamina de “Die Zauberflöte“,  con el aria “Ach, Ich fühl’s”, de la grabación en estudio que dirigió Georg Solti:

Su debut en Londres, en 1955, fue con “La Traviata” de Verdi, papel que cantó en nuevas ocasiones, y del que escuchamos su aria del último acto, con la lectura de la carta incluida:

De Verdi fueron algunos de los papeles más “pesados” que cantó Pilar Lorengar en su carrera, propia de una soprano lírica pura. Aunque rechazó cantar “Aida” o “Un ballo in maschera”, sí que cantó la Alice de “Falstaff” o la Desdemona de “Otello“, de la que aquí escuchamos el dúo “Dio ti giocondi, o sposo” junto al Otello de Plácido Domingo:

Disfrutemos además de su maravillosa Elisabetta del “Don Carlo“, de la que aquí escuchamos su magnífica aria “Tu che le vanità”:

Y la escuchamos también como la soprano solista del Requiem verdiano en ese “Libera me, Domine” final:

Siendo como ya hemos dicho una soprano lírica pura, se sentía cómoda en no pocos roles del verismo. Comenzamos viendo su “In quelle trine morbide” de la “Manon Lescaut” de Puccini:

A continuación la escuchamos en el aria de Nedda del ·Pagliacci” de Leoncavallo:

La escuchamos también en “La Boheme” de Puccini, en el “Sì, mi chiamano Mimí”:

Otro papel emblemático fue su “Madama Butterfly”, que aquí canta en alemán acompañada del Pinkerton del gran Fritz Wunderlich; magia pura ese dúo final del 1º acto:

Y otro papel en el que sobresalió fue como la “Suor Angelica” de la que aquí, en vez de escuchar el aria, escuchamos toda la escena final, de un nivel interpretativo y vocal que muy pocas sopranos pueden igualar:

Llegó a cantar incluso un papel tan pesado como el de “Tosca”, del que escuchamos aquí el aria “Vissi d’arte”:

De las grabaciones en estudio de arias sueltas cabe destacar esta versión, una de las mejores que se han grabado por cierto, del bellísimo “Sogno di Doretta” de “La Rondine“:

Y la escuchamos también cantando el aria “Ebben, ne andrò lontana” de “La Wally” de Catalani:

Cantó también papeles líricos de ópera francesa, como la Marguerite del “Faust” de Gounod, de la que escuchamos el trío final junto a Nicolai Gedda y Cesare Siepi:

También cantó la Micaela de “Carmen” de Bizet, de la que escuchamos el aria “Je dis que rien ne m’épouvante”:

Podríamos escucharla en otros papeles, como la “Manon” de Massenet, pero prefiero ponerla en un aria por la que tengo una predilección especial, aunque no cantara la ópera completa, el “Depuis le jour” de la “Louise” de Charpentier:

Y claro, pasando tantos años en Alemania, cantó no pocos roles de ópera alemana. Comenzaremos por su Agathe de “Der Freischütz” de Weber:

Cantó óperas como “Mathis der Maler” de Hindemith, de la que no hay fragmentos en Youtube pero que podéis escuchar en Spotify, así como arias de opereta vienesa, aunque si hay un aria que recordar es la canción de Marietta de “Die tote Stadt” de Korngold, una de las mejores versiones de esta bellísima canción:

Y también cantó Wagner, primero la Elsa de “Die Meistersinger von Nürnberg” y luego la Elsa de “Lohengrin”:

Y escuchamos también su magnífica grabación del aria de Elisabeth de “Tannhäuser”:

Hizo también incursiones en el repertorio eslavo, como con “La novia vendida” de Smetana, que cantó en alemán. Cantó también óperas como “Eugen Onegin” o “Jenufa”, pero merece la pena recordar su magnífica grabación del aria de la luna de la “Rusalka” de Dvorak, de nuevo una de las mejores grabaciones de ese aria:

Su repertorio fue todavía mayor, con óperas barrocas y clásicas, como la “Medée” de Cherubini o la Euridice de Gluck, además de numerosas canciones españolas. Extrañamente rechazaba cantar óperas de Richard Strauss, por desgracia.

En 1987 tuvo uno de sus últimos grandes éxitos en Berlín, cantando “Les huguenots” de Meyerbeer. Vamos a escucharla cantando la ópera en alemán, en concreto el dúo del final del 4º acto junto al Raoul de Richard Leech:

Se retiró poco después.

Soprano poco mediática, es mucho menos recordada de lo que debiera por su voz y talento dramático, siendo una de las grandes sopranos de su época, pero tristemente olvidada en su país natal. Como ya hemos mencionado, un cáncer se la llevó a los 68 años, un 2 de junio de 1996, en Berlín. Esperemos con este post ayudar un poquito a recuperar su legado. Y por si no es suficiente, pues invitar a todos a la exposición que la Asociación Aragonesa de la Ópera “Miguel Fleta”, con el apoyo del gobierno de Aragón, va a llevar a cabo en Zaragoza, su ciudad natal, del 29 de septiembre al 11 de diciembre. Todo esfuerzo por recuperar su memoria es bienvenido.



Crónica: La tabernera del puerto de Sasibil en Lasarte (09-04-2016)


La Asociación Lírica “Sasibil” es una asociación donostiarra cuyo fin es promover la zarzuela tanto en la propia Donostia como en otros lugares en los que han hecho representaciones de zarzuela. Hasta la fecha, yo había estado sólo en una representación hecha por Sasibil, una “Luisa Fernanda” en el Teatro Victoria Eugenia de la capital gipuzkoana. Teniendo en cuenta los medios y el nivel de la agrupación, la recuerdo como una experiencia satisfactoria (recuerdo que me emocioné con el “Subir, subir y luego caer” de Andeka Gorrotxategi; aunque sólo fuera por eso, ya merecía la pena haber ido). Por eso tenía tantas ganas de poder disfrutar de La tabernera del puerto (la segunda vez que vería en vivo esta zarzuela), aunque en un lugar tan extraño como la Manuel Lekuona Kultur-etxea (casa de cultura en euskera) de Lasarte-Oria, localidad de 18.000 habitantes vecina de Donostia. Los precios de las entradas eran razonables y tampoco me pillaba lejos, así que no me lo iba a perder.




La primera sorpresa: claro, no hay foso para la orquesta, así que ésta se situaba justo delante de la primera fila en el espacio que quedaba hasta el escenario. Obviamente, ahí no entraba una orquesta sinfónica. Y como el anfiteatro no está inclinado, pues aunque estuvieras en las filas de atrás, estabas a la misma altura que la orquesta y el director. Y sí, el director tapaba un poquito la vista del escenario, por momentos, sobre todo para los que estábamos en las localidades más centradas. Pero bueno, males menores.

El lugar no permite escenografías complicadas, pero las resolvieron bien: en los laterales del escenario, la taberna por un lado y el Café del vapor por el otro; en medio, una plaza con unas escaleras detrás y el dibujo de unos mástiles de fondo. Perfecta para el primer acto y para el segundo cuadro del tercero. En el segundo acto se llena la plaza de mesas y bueno, como apaño vale para que parezca la taberna. Lo complicado era el primer cuadro del tercer acto, que transcurre en el mar; pues bien, se abrió el telón solamente hasta la mitad, dejando ver el lugar que ocupa la plaza, con una txalupa en primer plano y sin iluminar el fondo. Con la tormenta, los intérpretes agitaban barca y mástil, y ya tenemos tormenta. Un tanto rudimentario, vale, pero bien resuelto, y más en vista de las obvias limitaciones técnicas y de espacio. Con un poco de imaginación se puede conseguir sacar adelante cualquier reto, desde luego. No queda más que felicitar a la asociación por la eficacia de la escenografía en un escenario a priori nada propicio.

La orquesta propia de Sasibil, modestita en su tamaño, fue dirigida por Arkaitz Mendoza. ¡Bravo por él! Sonó maravillosamente (salvando algún desafine de una trompeta, me parece), consiguió no tapar a los cantantes (y era difícil conseguirlo en un lugar así) y consiguió unos crescendos al final de los actos escalofriantes. Los desajustes con los cantantes parece que se debieron a la imposibilidad de realizar ensayos, y tampoco fueron muy serios. Y es que en los pasajes orquestales sonaron tan bien…

El coro, también propio de Sasibil, cumplió con solvencia (se ve que están acostumbrados al repertorio), aunque la sección masculina me pareció un pelín escasa de miembros; unos pocos marineros más no habrían sobrado. Muy bien no sólo en las escenas corales, sino también en los acompañamientos de los solistas a boca cerrada (en el “En un país de fábula” y en el “La luna es blanca, muy blanca”).

Y vamos ya con los solistas. Antes de nada, decir que, al no haber programa de mano, tendría problemas para saber quiénes fueron los intérpretes (se dijo en voz alta sus nombres antes de la función, pero como para ponerse a apuntarlos…), de no ser porque el tenor Igor Peral ha puesto el reparto (aunque falten los comprimarios) en el Facebook. Así que gracias a él puedo hacer la crónica.

La pareja cómica de Chinchorro y Antigua la interpretaban Josean García y Ana Miranda. Él es el fundador de Sasibil, y se le notaba muy cómodo en su parte, tanto en lo actoral como cantando. Ana Miranda era también una cómica genial, aunque en la parte vocal fuera un poco desajustada de ritmo. Pero claro, en estos personajes no importa tanto cómo cantan sino su vis cómica, su talento como actores, y además son dos borrachos, que como si tienen una voz cazallera, no pasa nada. Sacaron las carcajadas del público, que es lo que tienen que hacer.

ENORME Iker Casares como Ripalda. Y digo enorme porque es un papelito de nada, pero es que él lo hizo destacar. Perfecto como actor, cantó además perfectamente el trío cómico del segundo acto. En serio, muy bien.

Izaskun Kintana se hizo cargo de la parte del muchacho Abel. Su pequeña estatura ayudaba a colar como chavalín (aunque una gorra no le habría venido mal). De nuevo, muy bien como actriz y como cantante. Uno de los momentos más cómicos de la noche lo protagonizaron ella e Iker Casares cuando, al final del trío cómico, van a darle un besito en la mejilla a Marola, cada uno por un lado, y ella hace la cobra y terminan dándose un pico… es lo que tiene la zarzuela, que gags de esos ayudan mucho a sacar adelante la función.

Simpson, un personaje que siempre funciona muy bien, lo cantó Jesús Lumbreras. Leo por ahí que es barítono; por tesitura Simpson tampoco es tan grave como para darle problemas, es más un tema de timbre: el de Simpson tiene que ser un timbre oscuro. Y el de Lumbreras ayer lo fue. Sacó adelante sin problemas su maravillosa romanza “La luna es blanca, muy blanca” y sus participaciones en la habanera del primer acto. Y además, su personaje es el hilo conductor de la zarzuela, y lo sacó adelante con talento interpretativo.

Siguiendo el orden en el que salieron a saludar (que no es el orden que yo seguiría, pero bueno), pasamos a Leandro, que lo interpretaba Igor Peral. Su nombre me sonaba, pero no sabía de qué… acabo de enterarme que fue el Gastone de La Traviata donostiarra de la que escribí crónica hace dos meses. Entonces dije que “me sonaba engolado, pero bien resuelto”. Pero claro, no es lo mismo el Gastone verdiano, cortito, muy central, que este Leandro, con muchos más graves y agudos. Al margen de que escénicamente quedaba perfecto como Leandro, sus primeras frases cantadas (en el dúo con Marola… “Todos lo saben, es imposible disimular) mis impresiones fueron similares: canta bien, pero suena algo engolado. Los graves no parecen ser su mejor baza (y las primeras frases del dúo del 3º acto son peliagudas por esa zona), pero en cuanto sube al agudo, parece que la voz se libera y suena mucho mejor. Su “No puede ser” fue muy aplaudido (claro que si subo yo a cantarlo estando afónico también me aplauden… ese público que va sólo a la zarzuela al final aplaude los pasajes que conoce, al margen de que hayan estado bien o mal cantados). Merecidamente, he de decir. No lo voy a comparar con el de Javier Camarena que escuché dos días antes (no tiene sentido); se enfrentó con valentía a los agudos y en la parte central de la romanza se esforzó por matizar, por apianar. No voy a decir que me emocionara; eso ya lo había hecho (junto a Marola, los dos) en el dúo del primer acto, que desde el “Marinero, vete a la mar” fue quizá lo mejor de toda la noche. Ahí ambos estuvieron perfectos, y las voces empastaban muy bien. Y con lo que me gusta a mí ese dúo, pues disfruté como un enano. Es además un tío muy majete, por cierto.

El papelón de Juan de Eguía lo cantó Alberto Arrabal. Vozarrón, simplemente. Incluso se sacó algunos agudos de la chistera tanto en la habanera como en su romanza del segundo acto. La faceta extrovertida, fanfarrona, le pegaba muy bien tanto a su interpretación como a su canto (por momentos se diría que el papel le iba pequeño). Incluso matizar un poquito más en la habanera no habría quedado mal. En la romanza del segundo acto se le vio comodísimo, y muy bien también en el final del segundo acto. Pero, curiosamente, lo mejor fue su romanza del tercer acto, donde tuvo que contenerse más pero que resultó muy emotiva: en esa romanza hay que emocionar (que nuestros ojos, igual que los de Juan de Eguía, sepan lo que es llorar), y él lo hizo.

Y termino con Marola, cantada por Ruth Terán. Ya desde el dúo del primer acto dije: su “En un país de fábula” va a ser fabuloso. Y lo fue. Sin problemas de tesitura, con el volumen suficiente para hacerse oír (aunque en los dúos con Leandro tenía que esforzarse más por hacerse oír, sin conseguirlo siempre), físicamente perfecta (ya sabemos que el físico en la ópera y zarzuela no debería importar, pero es que una Marola fea o entradita en años como que no pega ni con cola), con una voz bellísima y muy buen gusto… Lástima que su romanza no fuera demasiado aplaudida (será que no es tan conocida como las otras…). Ella redondeó un cuarteto protagonista, en mi opinión, impecable. Demasiado lujo desde luego para un lugar como Lasarte: en Viena, o hasta en Madrid, podríamos pedir más; aquí nos esperaríamos mucho menos, algo casi mediocre para llenar el cupo, y no fue así ni de lejos.

Un buen tirón de orejas para el público, por cierto, Al margen de las toses, los móviles y demás cosas habituales, hubo encima tarareos y, peor aún, cotorreos; por un momento, creo que en el tercer acto, parecía que estuviéramos en un bar de los “murmullos” que se oían; hasta en el cine hay más silencio. tenía detrás mío a dos hombres que estaban todo el rato silenciando a unas abuelas ultra-ruidosas al lado suyo, y cuando comienza la orquesta con el preludio del tercer acto (que mira que es bonita), le hacen callar a una, y ella protesta: “Pero si todavía no ha empezado”. ¡Estuve a punto de girarme y comérmela! Y los aplausos antes de tiempo, sobre todo en la romanza de Juan del tercer acto, que él todavía no había terminado su último “Piedad” y ya todo el mundo aplaudiendo… lo que nos va a costar educar al público… a mí lo que me va a costar es una úlcera, al paso que vamos.

Esta La tabernera del puerto se va a representar en algún pueblo gipuzkoano más a finales de año, pero espero algo más: siendo este 2016 Donostia la capital europea de la cultura, siendo Sorozabal, junto con Usandizaga, su más notable compositor, siendo esta Tabernera, en mi opinión, su obra maestra, y en un año en el que acabamos de celebrar el 80 aniversario de su estreno, sería de cajón que se represente también en la capital gipuzkoana. No desaprovechemos la ocasión, por favor.



Crónica: Javier Camarena en el Kursaal (06-04-2016)


Había bastante expectación ante el recital que Javier Camarena daba en Donostia (y pocos días después en Burgos), siendo como es una de las grandes figuras de la ópera hoy día. Era una cita que no había opción de perderse, aunque a priori he de confesar que tampoco me atraía demasiado.




Empezamos a oír hablar de Javier Camarena tras haber visado en el Metropolitan el aria de Ramiro en La Cenerentola:

Y se saca un Re sobreagudo de la manga. Ninguna pega, a mí me encanta que se inventen sobreagudos. Lo que pasa es que ya estamos un poco “saturados” de buenos (y de muy buenos) tenores lírico-ligeros, frente a una grave carencia de tenores spinto, que apenas tenemos unos pocos de buen nivel. Quizá por eso no le había prestado mucha atención a Camarena, por esa pereza de “otro contraltino más”, cuando yo lo que quiero es un tenor que me pueda cantar a un buen nivel Giocondas, Turandots o Trovatores.

Pero aún así fui al recital esperando disfrutar de algún buen sobreagudo. De ahí mi sorpresa al ver el repertorio en el programa de mano. A parte de reservar la segunda parte a canciones de distinto tipo (ninguna objeción, no soy un purista en estos temas), la primera parte, dedicada a arias de ópera, me pareció poco “pirotécnica”. Lucia di Lammermoor y Roberto Devereux, cuando quizá me esperara más una Sonnambula o una Anna Bolena…

Empieza el concierto. Y, para calentar (eso dijo él poco después) comienza con… ¡El “Tombe degli avi miei – Fra poco a me ricovero” de la Lucia di Lammermoor! Una página facilita, vamos… (modo irónico “on”). Primera sorpresa: en un auditorio de las dimensiones (y la acústica mejorable) del Kursaal, su voz se oía grande incluso en la parte de arriba del auditorio, donde estaba yo (y donde he tenido problemas para escuchar a Juan Diego Flórez o a Cecilia Bartoli). La voz corría bien por el auditorio, y además se percibía una muy correcta línea de canto, un buen legato y un magnífico uso de reguladores, apianando en no pocos momentos en una interpretación muy sentida. Sorpresa, la verdad, porque no me esperaba yo que el Edgardo fuera un papel que le podía quedar tan bien a Camarena,

Sigue con el “È serbato questo aciaro – L’amo tanto” de “I Capuleti ed i Montecchi” de Vincenzo Bellini, algo a priori más acorde con su voz. Resuelve bien el aria y aún mejor la caballetta, donde pese a alguna pequeña equivocación con la letra, la remató con un sobreagudo (¿un Reb puede ser?) impecable como un cañonazo. Y siguió con el aria que le lanzó a la fama, el “Sì, ritrovarla io giuro” de La Cenerentola de Rossini, donde lució habilidad en las coloraturas y volvió a sacarse del bolsillo el Re sobreagudo magnífico.

La siguiente aria también me sorprendió. Fue el “Ed ancor la tremenda porta – Come uno spirto angelico” que, de nuevo, cantó con buen legato y mucho gusto, apianando a placer. El programa de mano no indicaba que se incluyera la caballeta “Bagnato il sen di lagrime”; me hubiera cabreado mucho que no se incluyera. Magnífica interpretación, de nuevo, aunque aquí sin insertar agudos, luciendo un registro grave tan brillante como el agudo.

Y remata la sección dedicada a la ópera con el “Ah mes amis – Pour mon âme”, la famosa aria de los 9 Do de pecho de “La fille du regiment de Gaetano Donizetti, rematada con el último de los does con un cañonazo de voz. Y yo mientras con las ganas de hacerle los coros (igual que en el aria de La Cenerentola). El público ya se había animado a aplaudir (e incluso a bravear) desde el aria de La Cenerentola, y la primera parte terminó con un prolongado aplauso.

Comienza la segunda parte con canciones italianas. La primera, una canción que me encanta, “Rondine al nido” de Vincenzo de Crescenzo, cantada con mucho gusto (es una canción que da mucho juego expresivo); el único pero, que no rematara el aria con ese “Sei fugita e non torni più” en pianísimo. Por lo demás, muy disfrutable. Sigue con dos arias de salón de Francesco Paolo Tosti, “Ideale”, canta de forma muy sentida, y “L’ultima canzone”, donde pudo lucir mejor su voz y, aquí sí, rematarla en pianísimo. Y terminan las canciones italianas con la famosa “Musica proibita” de Stanislao Gastaldon, rematada con una potencia de voz increíble que ya me estaba poniendo la carne de gallina.

Desde el principio se percibió el carácter extrovertido de Javier Camarena, haciendo comentarios al público o moviéndose al ritmo del piano que le acompañaba. Así que antes de cantar la siguiente pieza, el “No puede ser ” de La tabernera del puerto de Sorozabal, aprovechó para recordarnos que Sorozabal es nuestro paisano (y porque casi nadie sabía que ese día era el 80 aniversario del estreno de la zarzuela, que fue un involuntario homenaje más), y ya se metió al público en el bolsillo, que braveó al finalizar la romanza; como para no, por cierto: fue una interpretación simplemente espectacular. Desde un enfoque muy lírico, alejado del dramatismo de Domingo o de su paisano Villazón, cantada con gusto y técnica perfecta y sólo sacando la vena más dramática y extrovertida en las frases finales, rematadas por unos agudos potentes y perfectamente colocados.

Sigue el recital con la canción argentina “La rosa y el sauce” de Carlos Guastavino, que no conocía. Una canción muy triste que cantó recogiendo la voz en una interpretación introvertida y matizada.

Siguió con una canción de su país, México, que tampoco conocía, “Despedida” de María Grever. No voy a decir nada de la canción, mejor os pongo una interpretación suya:

Una canción bellísima, interpretada con delicadeza, gusto, apianando más que en el vídeo, rematada con un buen agudo… todo un descubrimiento, vamos (tengo que aprendérmela para cantarla).

Y termina el recital con el “Granada” de Agustín Lara, perfecto, con ornamentaciones añadidas de gran virtuosismo. Magnífico remate al concierto.

Acompañaba a Javier Camarena el pianista Ángel Rodríguez. A su acompañamiento del aria de la Lucia le faltó en mi opinión más dramatismo, me gustó mucho más en la introducción de la escena del Devereux. Y por lo demás acompañó perfectamente al tenor; se nota que hay una gran sintonía entre ambos, porque no hubo desajustes entre elloss ni siquiera cuando Camarena alargaba ciertas notas. Muy bien por él también.

Se supone que el recital ha terminado. El Kursaal aplaude largamente a un Camarena que se queda parado con la cabeza agachada ante el público durante algunos minutos, para luego irse. Pensábamos que no habría vises, y el público empieza a irse… cuando Camarena vuelve a salir, y tras más aplausos y bravos, nos da dos propinas. La primera, el “Bésame mucho” (no es de mis boleros favoritos… si llega a cantar, por ejemplo, “El reloj”, creo que ya hiperventilo), y luego la ranchera “Sigo siendo el rey”, en la que el público le hicimos los coros (ya sabéis, eso de “rodar y rodar”) que algo me dice que encantó a todos (había quien quería seguir cantando la canción… que ese estribillo nos encanta a todos, reconozcámoslo). Quizá haya quien se sintiera decepcionado de ir a ver a Camarena esperando escucharle cantar más ópera, pero terminar con esa ranchera (que a mí me encanta) fue todo un acierto.

Por lo demás, la simpatía de Javier Camarena es envidiable. Se hizo esperar para el grupito que le esperábamos a la salida, pero mereció la pena, porque no negó firmas ni fotos a nadie (ya lo habéis comprobado), con una alegría difícil de entender para alguien que debe de estar cansado después del recital y siendo ya las 10:45 de la noche. Confieso que me dejó con muy buen sabor de boca, con ganas de volver a verle (en una ópera completa a ser posible… a ver si aparece por Bilbao). Una noche inolvidable, y un lujazo para Donostia. Así que no queda sino darle las gracias a Javier Camarena por la gran noche que nos regaló. 


La tabernera del puerto cumple 80 años (06-04-2016)


No puedo olvidar la primera vez que fui a ver en vivo una zarzuela. Fue La tabernera del puerto de mi paisano Sorozabal en el donostiarra Teatro Victoria Eugenia. Sólo conocía el “No puede ser”, de escuchárselo a Plácido Domingo, y la verdad es que la obra me sorprendió gratamente. Al margen de lo que me gustó la romanza de la soprano (“En un país de fábula”), no puedo olvidar ese momento del dúo de Marola y Leandro (lo cantaba Albert Montserrat si la memoria no me falla; me temo que por aquella época todavía no tenía la costumbre de guardar los programas de mano), cuando, en el “Marola, no comprendes, te quiero con toda el alma”, al llegar al agudo, el sonido empezó a crecer, y crecer… y yo, arriba del todo del teatro, pensé que me iba a quedar sordo de lo que creció el volumen de la voz del tenor. Salí encantado, y desde entonces, La tabernera del puerto es una de mis zarzuelas favoritas.




Y hoy hablamos de ella porque fue el 6 de abril de 1936, hoy hace 80 años, cuando se estrenó esta obra maestra de Pablo Sorozabal en el Teatro Tivoli de Barcelona. Con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernáncez-Shaw, La tabernera del puerto fue desde el comienzo un gran éxito, y desde entonces se han convertido en una de las zarzuelas más populares del repertorio, lo que no es difícil de entender en vista de las grandes páginas que tiene. Así que vamos a darle un repasito.

La acción, que se sitúa en los años 30, tiene lugar en la ficticia ciudad portuaria de Cantabreda (que tranquilamente podría ser un puerto marinero vasco, de Pasaia a Bermeo). Mientras los marineros cantan el coro “Eres blanca y hermosa”, llega el marinero marsellés Verdier, que lleva años sin aparecer por la ciudad, y como de costumbre, va a tomarse un café al “Café del vapor”. Su propietario, Ripalda, está un tanto malhumorado; le explica a Verdier que ahora hay una taberna nueva en el puerto, y que le está quitando clientela porque hay una tabernera que atrae a los hombres. Y por ahí parece un muchacho, Abel (cantando por una soprano para transmitir mejor la juventud del personaje) cantando precisamente una canción para la tabernera, “Ay que me muero por unos ojos”. Y de paso, escuchamos la Salve marinera que los marinos le cantan a la virgen del Carmen. Escuchamos esa introducción:

La tabernera, Marola, llegó hace pocos meses acompañada de Juan de Eguía, de quien todos sospechan que es su marido.

Chinchorro, un viejo patrón que bebe demasiado, está enfadado porque por culpa de Leandro, un marinero a su servicio, no ha podido salir a faenar, ya que el joven está enamorado de la tabernera, y allí se ha quedado.

Mientras aparece Simpson, un viejo marinero inglés, que tiene problemas en reconocer a Verdier. Simpson preferiría no volver a encontrárselo, ya que huye de su pasado criminal. Pero aparece Juan de Eguía, y los tres recuerdan su pasado en la bellísima habanera “Qué días aquellos de la juventud”, que escuchamos con Renato Cesari como Juan:

Mientras los tres entran el el café a hablar de sus negocios, Ripalda, para vengarse de la tabernera, emborracha a Antigua, la mujer de Chinchorro, y le dice que su marido está en la taberna, lo que pone celosa a la mujer, que saca de la oreja a su marido, y así tenemos este dúo cómico, que parece una de esas “escenas de matrimonio” de las que mejor no acordarnos. Atención a los piropos que se sueltan ambos…

Después de que los dos borrachos se vayan, Juan de Eguía vuelve a la taberna. Necesita la ayuda de Marola para llevar a cabo un negocio del que no le quiere contar nada, pero necesita a alguien que no levante sospecha, y el ideal es Leandro, por el que Marola siente algo. Ni Verdier ni Simpson están de acuerdo con esto, y tampoco Marola, pero ante las órdenes de Juan tiene que aceptar. Llega Leandro y todos le dejan solo con Marola. Él le declara su amor, pero ella intenta contenerse, ya que sabe el peligro que corre; y así tenemos ese bellísimo dúo que el el “Marinero, vete a la mar”, que escuchamos aquí a Mariola Cantarero e Ismael Jordi, dos cantantes de lujo para esta zarzuela:

Cuando Leandro se va, el que se declara a Marola es Abel, pero a ella le hace gracia esta declaración.

Llegan todas las mujeres del puerto dispuestas a atacar a Marola, acusándole de emborrachar y ensimismar a sus maridos; ella se defiende y les dice que tendrían que cuidarse más y tratarlos de otra forma, pero ellas no entran en razón, y al aparecer Juan de Eguía, repiten las acusaciones, por lo que Juan trata con violencia a Marola entre los aplausos de las mujeres y la rabia de Abel. Y así terminamos este primer acto de La tabernera del puerto:

Comenzamos el segundo acto. Estamos en el interior de la taberna, llena de marineros; algunos de ellos cantan. Simpson le pide a Marola que cante, y Juan insiste en que lo haga, así que Marola canta esa bellísima romanza que es “En un país de fábula”, que escuchamos aquí en la gran interpretación de María Bayo:

Juan de Eguía también se anima a cantar, aunque la temática de su canción es un tanto más “discutible” en este “La mujer de los quince a los veinte” que escuchamos a Renato Cesari:

La policía vigila la taberna, pero Juan de Eguía se siente tranquilo. Mientras, aparece a Abel contando lo que Juan maltrató a Marola, y muchos se van a buscar a Leandro para pedirle cuentas a Juan. Algunos marineros se quedan, y para ellos Simpson canta uno de los mejores momentos de toda La tabernera del puerto, la romanza “La luna es blanca, muy blanca”, que escuchamos a Victor de Narké:

Los marineros que quedan se van al escuchar el pitido de su barco. Aparece Leandro, y Simpson, a solas con él, decide ponerle sobre aviso: Leandro no sabe nada, pero lo que Marola le va a pedir que haga es traer un bulto de cocaína que está escondido en una cueva de la costa, sólo accesible en barco; se necesita a alguien que no levante sospechas y que tenga algún motivo para callas (como amar a Marola) para traerlo a puerto. Leandro, una vez se queda solo, no puede creerse que el amor de Marola no sea cierto y que le esté utilizando para tan sucios planes: estamos en la romanza más famosa de La tabernera del puerto, el “No puede ser”, que escuchamos al mejor Leandro imaginable, Alfredo Kraus:

Entra Marola, y cuando Leandro le pregunta si no tiene nada que decirle, ella le dice que no, ya que no quiere que sea cómplice de Juan. Le vuelve a declarar su amor y se abrazan. Los ve Antigua, a quien la escena le agrada, ya que así Chinchorro no corre peligro. Pero ella le cuenta a Leandro cómo Juan maltrató a Marola, y ahora Leandro insiste en saber cómo ella acabó con Juan. Marola le cuenta cómo se crió en un puerto lejano con su madre, pobremente, aunque un marinero aparecía de vez en cuando y cariñosamente le besaba y le daba dinero. Cuando su madre murió, él se la llevó de puerto en puerto hasta acabar en Cantabreda. Juan de Eguía no es su esposo, como piensan todos (Leandro incluido), sino su padre. Leandro, feliz, ahora está dispuesto a recoger la cocaína para arrojarla al mar, pero Marola quiere acompañarlo, y ambos se citan.

Mientras aparecen Abel y Ripalda, que se pelean por Marola en este trío cómico:

Marola se queda de nuevo sola, y aparece Juan. Marola sabe que los marineros le buscan para desafiarle por lo que le ha hecho a Marola, pero él se ríe, no les teme. Le pregunta si ya le ha dicho a Leandro lo que debe hacer; ella le oculta su plan e intenta que Juan no insista, pero éste le cuenta que busca a alguien que pueda cuidar de ella cuándo él ya no esté. Ella dice que ama a Leandro, y entonces se da cuenta de que ese es el motivo por el que insistió Juan en que le buscara.

Mientras, aparecen los marineros, que cuentan a Leandro lo que Juan le hizo a Marola. Desafían a Juan, pero este dice que es de cobardes todos contra él; se queda sólo Leandro, y sabiendo que Juan es su padre, éste le promete que le dará la mano de su hija si trae el fardo de cocaína esa misma noche. Con esta escena termina el segundo acto de La tabernera del puerto:

El tercer acto consta de dos cuadros. El primero tiene lugar en el mar: Leandro y Marola van a cumplir el encargo que les permitirá casarse, pero son sorprendidos por una tormenta:

Entre los dos cuadros tenemos un intermedio orquestal, tomado del dúo cómico de Antigua y Chinchorro, para rebajar la tensión:

Cuadro segundo: volvemos al puerto. Todos están tristes por la desaparición de Marola, a la que Abel vuelve a dedicar la misma canción que escuchamos al principio de la zarzuela:

Todos piensan que Marola y Leandro han desaparecido durante la tormenta cuando intentaban huir de Juan de Eguía, pero éste aparece llorando, confesando ser el padre de Marola y ser el culpable de la desgracia, en esta bella romanza que canta de nuevo Renato Cesari:

Pero Simpson aparece diciendo que Marola y Leandro están vivos y cuenta el plan de Juan. Todos le ven como el culpable, y cuando la pareja llega detenida, Juan confiesa su culpa y es detenido, mientras Marola y Leandro, ya libres, por fin pueden vivir su amor. Y así termina La tabernera del puerto.

Y ahora, como  siempre…

Reparto ideal:

Leandro: Alfredo Kraus.

Marola: María Bayo.

Juan de Eguía: Renato Cesari.

Simpson: Victor de Narke.

Dirección de Orquesta: Pablo Sorozabal.

Crónicas:

Lasarte, 2016 (Sasibil)

Donostia, 2016 (Sasibil)