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Crónica: I Masnadieri en ABAO-OLBE (24-10-2017)


Se abría la nueva temporada de ABAO-OLBE con un título poco frecuente de Verdi, “I Masnadieri” (de la que hace meses se cumplían 170 años de su estreno, que comentamos en este post), un título dramáticamente mediocre (culpa de Schiller, autor de la obra en la que se basa) pero musicalmente más que disfrutable que se agradecía poder disfrutar en esta recta final del proyecto “Tutto Verdi”. Y, tristemente, la función resultó aburrida por un único motivo.




Antes de repasar la función de “I Masnadieri” dejo aquí un enlace de la producción.

La escenografía fue sencilla y no especialmente atractiva, pero sin duda eficaz. El vestuario nos situaba en el siglo XIX, un siglo después del momento en el que transcurre la acción, pero sólo quienes somos demasiado aficionados a la historia le vamos a dar una mínima importancia a este detalle. Y la dirección escénica fue igualmente eficaz, aunque a mí me sobrara el suicidio de Francesco.

Los comprimarios cumplieron su labor. Justito el Rolla de Alberto Núñez en su breve cometido. Mayor partido supo sacarle Petros Magoulas en el no menos breve Moser, al que supo darle la autoridad y rotundidad que requiere el papel. Y, pese a una voz que sonaba pequeña, supo hacerse notar como Arminio Juan Antonio Sanabria.

Mika Kares fue un verdadero lujo como Massimiliano. La voz no es a priori la más adecuada para el papel: la voz de Kares es la de un bajo profundo más propio de repertorios germanos o eslavos, mientras que el papel requiere una voz de bajo cantante. Pero la inteligencia y la solvencia vocal del finlandés le permitió sacar adelante el papel de manera magistral. Supo lucir un canto legato impecable en su racconto, y la mayor pega que le podemos poner a su intervención es que, dada su brevedad, supo a poco.

Otro lujo fue contar de nuevo (tras 4 años de ausencia) de Vladimir Stoyanov. Su voz sonó verdiana en todo momento, con un centro amplio y un canto legato de gran musicalidad. Es cierto que el agudo se muestra problemático, y que su timbre es quizá un poco claro para interpretar al malo malísimo de I Masnadieri, pero pese a todo su intervención fue magnífica, y sólo nos queda esperar volver a verlo próximamente (lo mismo es aplicable a Mika Kares).

La pareja protagonista de estas funciones de I Masnadieri ha bailado demasiado, y finalmente el papel de Amalia lo interpretó la soprano Marta Torbidoni. La voz mostraba un centro agradable, sonaba más lírica que dramática (que es lo que exige el papel, a diferencia de otros personajes verdianos de la misma época) y se defendía sin problemas con las complejas coloraturas del papel. Por desgracia, su registro agudo suena problemático, opaco y a menudo estridente.

Aquiles Machado no pasa por su mejor momento vocal, sin duda, pero en todo caso está mejor que hace 10 años. Y como Carlo, líder de los bandidos, tuvo la inteligencia de no abusar de fraseos agresivos y de forzar la voz, ya que el papel es de un tenor lírico puro. Pese a que su registro agudos suena problemático, su centro sonó magnífico y nos regaló algunos momentos memorables, como su aria del acto II.

El coro estuvo igualmente solvente, destacando en el tercer acto. También respondió con solvencia la Orquesta sinfónica de Bilbao.

¿Cuál fue, entonces, el problema? La dirección de Miguel Ángel Gómez Martínez, caprichosa en unos tempos que, en pocos momentos, sonaban en exceso precipitadas, mientras que por lo general sonaron pesadamente lentos, ajenos a la chispa que impregna estas óperas “di galere” de Verdi. A parte de no controlar bien a una orquesta que tapó en exceso el bellísimo solo de chelo de la obertura, hizo que la ópera se hiciera pesada incluso para esos cuatro frikis a los que nos gusta esta ópera. De hecho, el ritornello de la caballetta del tenor sonaba más a un vals de Strauss que a Verdi. Su gran error terminó haciendo la ópera aburrida, y eso es imperdonable.

Una lástima este grave error que lastra una función que, por lo demás, habría sido realmente lograda. En todo caso, no vamos a tener muchas opciones de escuchar “I Masnadieri” de nuevo en muchos años, y no puedo evitar agradecer haber visto esta ópera que se convierte en la nº 70 que he visto en vivo.



Crónica: La Cenerentola en ABAO-OLBE (22-11-2016)


La cancelación de Javier Camarena ya nos hacía temer lo peor en las funciones de La Cenerentola de Rossini que nos ofrecía ABAO-OLBE como segundo título de la temporada. Y así terminó siendo una función sin sombras, pero también sin luces.




Antes de comenzar con más detalles dejo un enlace de la producción.

La escenografía era fea con ganas, y desaprovechaba el gran tamaño del escenario del Euskalduna, lo que además perjudicaba a los cantantes al hacer que las voces se perdieran por el escenario en lugar de proyectarse hacia el auditorio. Una caja de madera que giraba y se abría, que obligaba a los tramoyistas a entrar y salir constantemente durante la función para abrir o cerrar las distintas secciones de esa caja, ocupaba el centro del escenario, sin trasladarnos ni a la casa de Don Magnifico ni al palacio del príncipe Ramiro. Tampoco ayudaba el vestuario (una parte del coro vestigos como si fueran jugadores de polo… se me escapa el sentido), el escaso atrezzo (la “sedia nobile” que La Cenerentola le tiene que llevar al príncipe no tenía de silla ni respaldo ni posabrazos ni nada, era más bien un puff demasiado bajito) o incluso una iluminación que supo a poco en la escena de la tormenta (he visto mejores reproducciones de rayos en otras ocasiones). En mi opinión, la producción fue un despropósito que afeaba una ópera tan bonita como La Cenerentola.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao estaba dirigida en esta ocasión por Antonello Allemandi, director que por lo visto fue muy asiduo en otros tiempos en la ABAO pero al que no había escuchado nunca (llevaba 8 años sin venir). Su dirección resultó correcta, esforzándose por no tapar a los cantantes (cosa que consiguió a medias) y con algunos momentos más logrados que otros. En la Obertura por ejemplo las maderas sonaron realmente bien, pero a las cuerdas les faltaba la chispa que requiere esta página. Resultado por tanto solvente pero no brillante.

Algo parecido en el caso del coro, exclusivamente masculino en La Cenerentola, que sacó adelante su parte sin pena ni gloria.

Tiene delito que lo mejor de una función de La Cenerentola sean las hermanas feas, Clorinda y Tisbe, pero en la función de ayer desde luego así fue. Marta Ubieta como Clorinda y María José Suárez como Tisbe ueron las que más se hicieron oír en las escenas de conjunto, solventaron sin dificultades sus papeles más bien comprimarios, demostraron desparpajo escénico y sus voces se compenetraron a la perfección. Bravo por ellas, desde luego.

El bajo griego Petros Magoulas se hacía cargo del papel de Alidoro. El personaje no le da problemas de tesitura y fue solvente escénicamente en un papel más irónico que cómico. Cantó bien su bellísima aria “Là nel ciel”, pero el problema venía por un timbre excesivamente claro al que le faltaba la rotundidad que requiere la página, una de las más inspiradas de la ópera, por cierto. Correcto de nuevo, pero sin ese plus que le haría brillar.

Paolo Bordogna se hacía cargo de Dandini, el camarero convertido en príncipe disfrazado. Bordogna es un gran cómico, qué duda cabe, y su voz es lo suficientemente potente como para hacerse oír en las escenas de conjunto. Su timbre es quizá demasiado oscuro para Dandini, excepto en unos agudos en los que cambia demasiado el color (en esos momentos su voz recordaba bastante a la del gran Rolando Panerai), pero esos agudos no siempre eran bien emitidos. Por otra parte, el caso de Bordogna me parece un error de concepto: Dandini no es un barítono bufo en la línea de un Taddeo de “L’Italiana in Algeri”, por ejemplo; en mi opinión entra más en la línea de barítonos belcantistas que nos llevarán al Belcore de “L’elissir d’amore” o al Malatesta de “Don Pasquale”, y ahí es donde Bordogna naufraga, recurriendo a truquitos para disimular sus dificultades para mantener un canto legato o para solventar las coloraturas de su aria de entrada, “Come un’ape”. Mejor en este caso en los pasajes más sillabatos, más próximos a su estilo bufo, como en el dúo con Don Magnifico.

El veterano Bruno de Simone se hacía cargo del papel del malvado padrastro de La Cenerentola, Don Magnifico. Su carrera se ha basado en roles de bajo bufo, por lo que su capacidad escénica queda fuera de dudas. La voz, todavía potente, suena ya un tanto ajada, blanquecina, sin rotundidad en unos graves casi desaparecidos. Sacó adelante sus tres arias más por su capacidad escénica que por la vocal, pese al ya mencionado volumen que era de agradecer ayer (excepto en el sillabatto de su tercera aria, apenas audible; qué mal nos tiene acostumbrados Carlos Chausson, la verdad).

Al tenor Uruguayo le tocó la difícil papeleta de sustituir al esperado Javier Camarena como el Príncipe Ramiro. La voz sonaba fresca, sin duda; sin problemas con las coloraturas ni con los agudos. El mayor problema venía de la falta de volumen (o de proyección, no lo sé bien) de su voz, que desaparecía en las escenas de conjunto o cuando la orquesta sonaba un poco más fuerte. Lo más esperado, su escena del II acto “Sì, ritrovarla io giuro” fue cantada con correción pero, de nuevo, sin ese punto más que te hace brillar.

Y terminamos con la protagonista, Angelina, La Cenerentola del título, que corría a cargo de José María lo Monaco. Voz de timbre agradable, pero de volumen muy muy escaso, seguramente la que menos se oyó en toda la noche. Las coloraturas sonaron impecables, no así el registro más agudo (que en su rondò final terminó evitando en algún caso recurriendo a variaciones más graves); incluso en su entrada en palacio al comienzo del concertante final del I acto hubo varias notas que sonaron realmente desagradables. Hay que reconocerle, eso sí, un buen gusto al cantar, al darle un cierto relieve psicológico a su personaje.

La Cenerentola de ayer pasó sin pena ni gloria, pero creo que debería conducirnos a una reflexión: tras la tremenda pifia de “Il barbiere di Siviglia” del final de la pasada temporada (salvado sólo por la presencia del gran Carlos Chausson), en la que tampoco se pudo escuchar bien a los cantantes, ¿es realmente el Euskalduna el mejor local de Bilbao para las representaciones operísticas, en especial para estos títulos en los que a menudo las voces de los intérpretes suelen ser a menudo bastante pequeñas en volumen? El enorme tamaño del auditorio y una acústica realmente mala no ayudan nada, desde luego… desconozco la situación de Bilbao, pero desde luego yo buscaría otras opciones (si las hay) para representaciones de títulos como estos. Estoy seguro de que en un auditorio (o teatro) de menores dimensiones y mejor acústica el resultado de ayer habría sido notablemente mejor.