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30 años de la muerte de Pablo Sorozabal (26-12-2018)

El políticamente turbulento siglo XX ha perjudicado la carrera de no pocos compositores que no congeniaban con el régimen del momento. Hoy recordamos a uno de los mejores exponentes de este caso, Pablo Sorozabal.

Pablo Sorozabal nació el 18 de septiembre de 1897 en Donostia, en el ensanche, en una calle perpendicular a la avenida (el edificio original no se conserva, pero en la edificación actual que se encuentra en el mismo solar hay una placa que lo recuerda… cosas que se descubren gracias a jugar al Pokemon go), en el seno de una numerosa y humilde familia vasca. Será de hecho gracias a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País que conseguirá realizar en su ciudad natal estudios de solfeo, piano y violín, trabajando como violinista en cafés, cabarets y, desde 1914, en la orquesta del casino. Tras trasladarse temporalmente a Madrid para formar parte de la Orquesta Filarmónica, obtiene una beca de la diputación gipuzkoana que le permite continuar sus estudios en Alemania, primero en Leipzig y luego en Berlín, estudiando composición y dirección de orquesta. En esta época será un compositor fundamentalmente sinfónico, destacando entre sus obras el capricho español de 1922:

En 1923, todavía en Alemania, compone la Suite Vasca, de la que escuchamos su primer número, “Kathalin”:

Pero, de regreso en España, su carrera musical se centra en el ámbito teatral, al convertirse en uno de los más destacados compositores de zarzuela de los años 30. Su primera obra será “Katiuska”, que se estrena en Barcelona en enero de 1931. Escuchamos a Marcos Redondo, quien participó en el estreno, cantar la romanza “La mujer rusa”:

En 1933 compone un proyecto más ambicioso, una ópera en un acto de carácter costumbrista y ambiente más bien amargo, “Adiós a la Bohemia”, con libreto de Pío Baroja. Pese a ser una de sus obras maestras, no se encuentra entre sus obras más conocidas. Escuchamos a Teresa Berganza cantar “Recuerdas aquella tarde”:

Mucho mayor éxito tendrá en 1934 al estrenar en Madrid una nueva zarzuela, “La del manojo de rosas”, muy del gusto de la época y que contiene números tan memorables como el célebre “Madrileña bonita” o el magnífico dúo “Hace tiempo que vengo al taller”, que escuchamos cantado por Renato Cesari y Pilar Lorengar, y dirigido por el propio Pablo Sorozabal:

Pero será en 1936 cuando estrene, en Barcelona, la que será su zarzuela más celebre (y una de mis favoritas), la maravillosa “La tabernera del puerto“, que contiene joyas como la romanza del tenor “No puede ser”, la del bajo “La luna es blanca, muy blanca”, las dos escenas del barítono, los dúos de soprano y tenor o la bellísima “En un país de fábula” que escuchamos cantada por María Bayo:

Pero, pese al enorme éxito, los problemas comienzan con el estallido de la Guerra Civil. Sorozabal tiene fama de rojo, y no es del agrado del régimen franquista, que dificulta su carrera. En los siguientes años no conseguirá estrenar ningún título nuevo, y cuando lo haga, ya a comienzos de los años 40, será fuera de la capital, o a lo sumo en algún teatro de segunda. En 1942 estrena “Black el payaso”, obra sumamente crítica con la situación política, que disimula con su ambientación centroeuropea, como demuestran las czardas “Guarda la guadaña, segador” que escuchamos cantada por Alfredo Kraus:

Al año siguiente estrena en Madrid “Don Manolito”, que no conseguirá asentarse en el repertorio. Escuchamos cantar la romanza “Qué partido has perdido, chiquilla” cantada por Manuel Ausensi:

En 1945 estrena en Madrid “La eterna canción”, obra ambientada en las terrazas bohemias frecuentadas por músicos de la post-guerra, que no consigue ser entendida por el público pese a la notable calidad musical de la obra, de la que escuchamos el pasodoble, que dirige el propio compositor:

Pero la zarzuela ya no es un género de moda, y pese a que Pablo Sorozabal estrena algún nuevo título, como “Entre Sevilla y Triana”, en 1950, ya no se asientan en el repertorio como las obras de dos o tres décadas atrás. Además, Sorozabal se enfrenta a otros problemas: dado que se le impide dirigir la sinfonía Leningrado de Shostakovich, renuncia a dirigir a la Orquesta Sinfónica de madrid en 1952. Pese a todo, continuará realizando numerosas grabaciones de zarzuela como director de orquesta, tanto títulos propios como de otros grandes compositores del género. Incluso es contratado como compositor de la Banda Sonora de una de las películas más famosas de la historia del cine español, “Marcelino pan y vino” de 1954, que recuerda mucho a sus zarzuelas previas:

En 1958, Pablo Sorozabal estrena su última zarzuela, “Las de Caín”, de la que escuchamos el preludio:

El resto de su vida pasará bastante desapercibido, y apenas compone obras de gran formato. Quizá su proyecto más ambicioso sea la cantata “Gernika”, en euskera, a modo de marcha fúnebre, que compone entre 1966 y 1976, con marcada influencia musical del folclore vasco:

Pese a lo espectacular de la obra, sigue siendo prácticamente desconocida incluso a día de hoy, cuando se supone que ya no debería haber problemas políticos que impidieran su interpretación. 

En 1988, tras estrenar sus variaciones para quinteto de viento por el quinteto que llevará el nombre del compositor, Pablo Sorozabal muere en Madrid a los 91 años, sin conseguir estrenar la que él consideraba su obra maestra, la ópera “Juan José”, que se estrenará finalmente en versión concierto en su ciudad natal el 21 de febrero de 2009 (estreno en el que tuve el privilegio de estar presente), y de forma escenificada en Madrid en 2016. Escuchamos el dúo de Rosa y Paco con Ana María Sánchez y José Luis Sola:

Pablo Sorozabal es un claro ejemplo de compositor perjudicado por un régimen político que trató de silenciarlo con éxito, y que consigue ser recordado gracias a esas pocas zarzuelas que estrenó durante el período republicano, olvidando el resto de su obra, igualmente interesantísimo, al margen de todas esas obras que habría podido componer y no hizo porque la situación se lo impidió. 

160 años del estreno de Simon Boccanegra (12-03-2017)


En 1856, Giuseppe Verdi se encontraba trabajando en varios proyectos: la adaptación de “El Rey Lear” de Shakespeare y las revisiones de dos de sus óperas anteriores, “Stiffelio” (que dará lugar a “Aroldo”) y “La battaglia di Legnano”, cuando el Teatro de La Fenice le propone escribir una nueva ópera para ellos, oferta que Verdi rechaza. Pero pocos meses después el libretista Francesco Maria Piave le recuerda la propuesta y le ofrece un libreto, el de “Simon Boccanegra”.




El libreto de “Simon Boccanegra” se basa en la obra teatral del dramaturgo español Antonio García Gutierrez, autor del que Verdi ya había adaptado “Il Trovatore”. Esta obra teatral se inspiraba a su vez en el Dogo genovés, el primero en ostentar tal título en 1339 (los anteriores gobernadores eran designados como tribunos del pueblo, y no eran cargos vitalicios). Perteneciente al partido plebeyo, se tuvo que enfrentar a las principales familias patricias (o güelfas) de Génova, los Spinola, los Doria, los Grimaldi y los Fieschi (todas ellas aparecerán mencionadas en la ópera), que consiguieron echarle de la ciudad en 1347, aunque regresó en 1357, muriendo en 1362, al parecer envenenado. Gutierrez une su figura a la de su hermano Egidio, que era un pirata.

Convencido de este nuevo proyecto, Verdi abandona los demás (sólo la revisión de Stiffelio saldrá adelante) y compone la ópera que se estrenará en La Fenice de Venecia el 12 de marzo de 1857, siendo más bien un fracaso por una trama en exceso enrevesada, un argumento considerado demasiado triste y una abundancia de declamato, frente a una ausencia de grandes pasajes melódicos.

Años después, el editor de Verdi, Giulio Ricordi, insistirá en que el maestro revise esta obra para poder mejorarla. Verdi lo rechaza numerosas veces, pero en 1879 le presenta al libretista Arrigo Boito, que tiene un esquema para una nueva ópera, “Otello”. Verdi, que llevaba varios años retirado, termina interesándose por el proyecto, pero antes de trabajar en él deciden revisar el libreto de “Simon Boccanegra” para ver la química entre ambos, que resultará ser magnífica.

La revisión suprime la obertura, convierte los 4 actos previos en 3 actos y un prólogo y, entre otros muchos cambios, incorpora la escena del consejo del final del primer acto (lo mejor de la ópera), incluyendo las citas de las cartas de Francesco Petrarca para los Dogos de Génova y Venecia.

La revisión se estrena el 24 de marzo de 1881 en La Scala de Milán, con Victor Maurel como Boccanegra y Francesco Tamagno como Gabriele Adorno. El estreno es un éxito, aunque poco después la ópera caerá del repertorio, siendo recuperada en Alemania primero y en Nueva York después en los años 30, siendo actualmente una ópera afianzada en el repertorio, pero siempre empleándose la revisión de 1881.

Se trata de una ópera oscura, en la que la trama amorosa ocupa un lugar secundario frente a las intrigas políticas y las relaciones paterno-filiales, tan habituales en la obra de Verdi.

Pasamos ya a repasar la ópera, pero antes, como siempre, dejo un enlace al libreto.

El prólogo se sitúa en el momento en el que Boccanegra alcanza el título ducal, en 1339. Estamos en una plaza genovesa, frente al palacio de los Fieschi. El orfebre Paolo Albiani y Pietro, líder del partido popular genovés, discuten sobre a quién entregar el mando de la ciudad. Pietro propone al usurero Lorenzin, pero Paolo le sugiere que mejor opción es el pirata que ha devuelto el esplendor a Génova, y Pietro acepta apoyarlo a cambio de una buena recompensa. Paolo odia al partido patricio (estamos en pleno enfrentamiento entre los güelfos patricios y los gibelinos plebeyos en todo el norte de Italia), y convence a Simon Boccanegra, el pirata al que ha hecho venir de Savona, para que acepte el título de Dogo, ya que así podrá conseguir la mano de su amada María, la hija de Fiesco. Mientras, Pietro consigue el apoyo del pueblo. Escuchamos esta introducción con Piero Cappuccilli como Boccanegra, José Van Dam como Paolo y Giovanni Foiani como Pietro:

Todos se van, y entonces sale de su palacio Jacopo Fiesco, líder patricio, que abandona su palacio al haber muerto su hija, a la que mantenía retenida. Fiesco lamenta la muerte de su hija y pide que interceda ante dios por él en el aria “Il lacerato spirito”, que escuchamos en la voz de Nicolai Ghiaurov:

Aparece entonces Simon, y Fiesco se le enfrenta. Simon busca la paz con el padre de su amada, pero Fiesco se muestra inflexible en su enemistad: la única forma de perdonarlo será que le entregue a la hija que ha tenido con Maria, pero Simon no puede hacerlo: la tenía oculta pero al volver un día en su busca se encuentra con que la mujer que la busca ha muerto y que la niña ha desaparecido. Al no poder Simon satisfacer la demanda de Fiesco, la paz en imposible y Fiesco abandona a Simon. Escuchamos el dúo con Piero Cappuccilli como Boccanegra y Nicolai Ghiaurov como Fiesco:

Simon entra entonces para encontrarse con su amada, pero lo que encuentra es su cuerpo muerto. Fiesco se siente satisfecho por la venganza, pero entonces llegan voces de que Simon ha sido nombrado Dogo, lo que enfurece a Fiesco.

Terminado el prólogo, pasamos al primer acto, que se abre con un pequeño prólogo orquestal al que sucede de inmediato el aria de la soprano, Amelia Grimaldi. Han pasado 25 años desde el prólogo, y estamos en el palacio de los Grimaldi, que mira al mar. Amelia, al ver el mar, recuerda una triste noche de su infancia. Escuchamos el prólogo dirigido por Claudio Abbado y el aria “Come in quest’ora bruna” cantada por Mirella Freni:

Escucha entonces la voz de su amado, Gabriele Adorno, que viene a verla. Ella se muestra preocupada por su actividad política junto a Lorenzin y a Andrea, quien la ha criado como si fuera su padre. Gabriele intenta calmarla, pero Amelia se asusta al ver a un hombre, ya que todos los días aparece. Gabriele piensa que puede ser un rival, y entonces llega el aviso de que el Dogo va a visitar ese palacio, para conseguir la mano de Amelia para su favorito. La única solución es que se casen de inmediato, por lo que Gabriele parte en busca de Andrea. Escuchamos este dúo con Carlo Bergonzi y Antonietta Stella:

Aparece entonces Andrea, y Gabriele le pide la mano de Amelia. Andrea entonces le cuenta que ella tiene un secreto por el que quizá él no la ame: no es de noble familia. La hija de los Grimaldi murió en un convento, y ese mismo día llegó al convento una huérfana, a la que se hizo pasar por Amelia para que el Dogo no se apropiara de los bienes de la familia. Gabriele acepta su mano igualmente, y Andrea bendice la unión. Escuchamos este dúo con José Carreras como Gabriele Adorno y Nicolai Ghiaurov como Andrea Grimaldi:

Ambos parten, y llega el Dogo, Simon Boccanegra, para conseguir la mano de Amelia para su hombre de confianza, Paolo. Habla con Amelia; sus hermanos están en el exilio por negarse a reconocer al Dogo, pero él les perdona. Él le habla entonces de por qué esconde su belleza, sugiriendo el tema del amor, y ella le dice que Paolo busca la riqueza de los Grimaldi, pero entonces le confiesa que ella no es una Grimaldi: es una huérfana acogida por una mujer en Pisa, mujer a la que perdió, y que le había entregado el retrato de su madre. Simon empieza a darse cuenta de lo que pasa: les visitaba un marinero, la mujer se llamaba Giovanna, y el retrato que le enseña Simon es el mismo que tenía ella: Amelia Grimaldi es en realidad la desaparecida Maria Boccanegra, la hija de Simon. Él se lo dice y ambos se abrazan como padre e hija. Escuchamos el dúo con Piero Cappuccilli y Mirella Freni:

Boccanegra se encuentra entonces con Paolo y le niega la mano de la supuesta Amelia antes de irse. Paolo, ofendido por saber que Simon le debe el trono, planea raptarla con la ayuda de Pietro y esconderla en casa de Lorenzin, que tendrá que acceder ya que Paolo conoce sus planes y piensa ayudarle.

Cambiamos de escena, llegamos al mejor momento de la ópera, la escena del consejo. Estamos en la sala del consejo del Palacio Ducal de Génova, donde Simon está sentado en el trono, rodeado por doce consejeros patricios y otros doce plebeyos, entre los que se encuentran Paolo y Pietro. Simón trata de asuntos políticos, como la relación con los Tártaros, que les permiten navegar por el mar negro (hablamos de los Tártaros de Crimea, y Génova tenía colonias en Crimea). Más difícil será conseguir que sus consejeros acepten el mensaje que les envía Francesco Petrarca para que firmen la paz con la rival Venecia, ya que ambos son italianos, cosa que los consejeros no comparten. Pero entonces se escucha un clamor; el pueblo se ha levantado contra Simon liderado por Gabriele Adorno y un Güelfo (no se menciona, pero es Andrea), y llegan a pedir la muerte de Dogo. Mientras, Pietro le pide a Paolo que huya antes de que se sepa la verdad. Simon ordena que se abran las puertas, y el pueblo pasa a alabar a Simon y entrega a Gabriele: ha matado a Lorenzin porque había raptado a Amelia, pero el problema es que un hombre poderoso está detrás del crimen, y Gabriele sospecha de Simon, ya que Lorenzin murió antes de poder decir quién era ese hombre poderoso. Gabriele va a matar a Simon, pero entonces, para sorpresa de todos, aparece Amelia que lo detiene (y pide a Simon que lo salve). El Dogo interroga entonces a Amelia para saber qué ha pasado: fue raptada en la playa por tres hombres y llevada a casa de Lorenzin, de donde pudo huir amenazándole con contarle sus planes al Dogo. Pero sabe que hay alguien detrás, y sin decir su nombre mira a Paolo. Patricios y plebeyos, al no saber de quién se trata, comienzan a enfrentarse. Escuchamos esta escena con Giuseppe Taddei como Simon, Gianfraco Cecchele como Gabriele, Renato Cesari como Paolo y Antonietta Stella como Amelia:

Simon entonces, con su autoridad, increpa a todos por sus venganzas fratricidas, y clama por la paz, al igual que Amelia, mientras Gabriele se calma a ver a Amelia a salvo y Paolo busca vengarse. Escuchamos este estupendo concertante con Piero Cappuccilli cantando esa bellísima que es “Y voy gritando paz, y voy gritando amor”:

Simon detiene por una noche a Adorno hasta que se esclarezca lo sucedido. Entonces llama a Paolo, ya que él sospecha que es quien está detrás de todo, y le obliga a maldecir al villano que ha estado detrás del secuestro. Paolo se ve obligado a maldecirse a sí mismo, lo que le hace entrar en pánico. Escuchamos el final del primer acto con Leo Nucci interpretando a Simon Boccanegra:

Comenzamos el segundo acto de Simon Boccanegra. Estamos en las estancias del Dogo en el Palacio Ducal. Paolo le ordena a Pietro que traiga de la cárcel a Gabriele y a Andrea. Mientras, atemorizado por haberse maldecido a sí mismo, prepara su venganza: vierte un veneno en la copa de Simon, pero trama también un complot contra él. Llegan los prisioneros, y Paolo le ofrece a Andrea, que ya ha sido identificado como Jacopo Fiesco, asesinar a Simon, cosa que el anciano rechaza, lo que le supone volver a la cárcel. Escuchamos esta escena con Ángel Ódena como Paolo:

Paolo hace que Gabriele se quede, convenciéndolo de que Simon ama a Amelia, y además le tiende una trampa dejándole atrapado en las estancias del Dux. Desesperado ante la idea de que Simon le quite a Amelia, igual que acabó con su padre, desea acabar con él, pero al mismo tiempo desea que Amelia permanezca pura. Escuchamos el aria de Gabriele “Sento avvampar nell’anima”, que escuchamos cantada por Carlo Bergonzi:

En ese momento llega Amelia, que confiesa que ama a Simon pero de una forma que él no puede imaginar, pero no quiere revelarle todavía el secreto, lo que le desespera más a Gabriele, que está convencido para matar a Simon. Escuchamos este dúo con Zinka Milanov y Richard Tucker:

Como llega Simon, Amelia esconde a Gabriele en el balcón. El Dogo se da cuenta de que a su hija le pasa algo; está enamorada, pero al confesar que su enamorado es Adorno Simon estalla en furia, ya que es su enemigo, que conspira junto con los güelfos, y no puede perdonarlo. Aunque si se arrepiente le perdonará, nueva muestra de su piedad. Pide que le deje sólo, y lamenta su suerte, mientras bebe de la copa de su habitación. Escuchamos esta escena con Piero Cappuccilli y Mirella Freni:

Cuando Simon se duerme, entra Adorno con la intención de matarlo, pero entonces se interpone Amelia. Simon despierta, y preso de la furia le dice que ya se ha vengado por la muerte de su padre al haberle robado a su hija. Adorno, al escuchar que Amelia es la hija de Simon, se arrepiente de sus celos. Amelia solicita la piedad de su padre, que duda si debe salvarle. Se escucha entonces la revuelta de los güelfos, pero Adorno se niega a luchar contra Simon, que le envía como emisario e paz. Si esto no sirve, luchará a su lado, y Amelia será su premio. Escuchamos el final del segundo acto con Piero Cappuccilli, Jaume Aragall y Ann Tomowa-Sintow:

Comenzamos el tercer acto de Simon Boccanegra. Estamos en el palacio ducal. Se escuchan gritos de alabanza al Dogo. Fiesco es liberado de la prisión, pero lamenta la derrota de los güelfos. Entonces se encuentra con Paolo, que es conducido al patíbulo por haber conspirado contra Simon, pero le dice que ha envenenado al Dogo, lo que merece el desprecio de Fiesco. Paolo se horroriza al oír las campanas de boda de Adorno con aquella a la que quiso raptar, lo que hace que Fiesco se entere de quién fue el culpable. Una vez sólo, lamenta que Simon acabe así, ya que no es la venganza que él tenía planeada. Llega Simon, agonizante, y entonces se le aparece Fiesco, al que por fin reconoce Simon, deseoso de venganza, pero Simon le dice que llegaron a un acuerdo de paz: si le daba a su hija, harían las paces. Pues ahora ha encontrado a su hija en Amelia Grimaldi, y Fiesco llora por descubrirlo tan tarde. Entonces le cuenta a Simon que ha sido envenenado, pero éste le dice que no le diga nada a Amelia, porque quiere bendecirla una última vez. Escuchamos este dúo con Piero Cappuccilli y Nicolai Ghiaurov:

Llegan Anelia y Adorno, sorprendidos de ver a Fiesco junto a Simon; éste les cuenta que Fiesco es el abuelo de Amelia, lo que alegra a la joven. Pero la alegría no puede durar: Simon está muriendo. Bendice a la pareja y da sus últimas instrucciones: Adorno debe de ser su sucesor, y Fiesco el encargado de que se cumpla su palabra. Simon muere, y Fiesco anuncia al pueblo que Adorno es el nuevo Dogo. Cuando estos reclaman a Boccanegra, él les dice que ha muerto y que rueguen por él, terminando así la ópera. Escuchamos el final con Piero Cappuccilli, Jaume Aragall, Anna Tomowa-Sintow y Paul Plishka:

Terminamos como siempre con un Reparto ideal:

Simon Boccanegra: Piero Cappuccilli.

Amelia Grimaldi/Maria Boccanegra: Mirella Freni o Victoria de los Ángeles.

Gabriele Adorno: Carlo Bergonzi.

Jacopo Fiesco/Andrea Grimaldi: Nicolai Ghiaurov.

Paolo Albiani: José Van Dam o Leonard Warren.

Director de Orquesta: Claudio Abbado.



20 años sin Pilar Lorengar (02-06-2016)


En 1991, un grupo de importantes cantantes de ópera españoles fueron galardonados con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes: Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Montserrat Caballé, Teresa Berganza y Pilar Lorengar. Todos ellos nombres sobradamente conocidos por el público… salvo quizá el de Pilar Lorengar, que siendo una de las mejores cantantes femeninas de la península, ha visto como su nombre permanecía un poco en la oscuridad, en buena medida por haber desarrollado la mayor parte de su carrera en Alemania. Así que hoy, que se cumplen 20 años de su prematura muerte (tenía 68 años cuando el cáncer se la llevó) vamos a repasar algunas de las (muchas) joyas que nos dejó.




Pilar Lorenza García (inteligentemente fusionó ese segundo nombre y apellido en su nombre artístico, Pilar Lorengar) nació en Zaragoza el 16 de enero de 1928. Desde muy pequeña participó en un programa de radio, y se mudó a Barcelona para recibir clases de canto, que continuaría en Madrid y en Berlín. En 1949 entra a formar parte del Coro del teatro de la Zarzuela, y debuta en 1950 en Orán, Argelia, con el papel de Maruxa. Sigue cantando Zarzuela, pero su primera intervención relevante fue en 1952, cuando cantó en Barcelona las partes solistas para soprano de la 9ª sinfonía de Beethoven y del Requiem Alemán de Brahms. Vamos a escucharle en una versión posterior (1963) de la 9ª de Beethoven:

Pilar Lorengar fue una referencial intérprete de zarzuela, especialmente en sus primeros años de carrera, en los que además participa en algunas imprescindibles grabaciones del género, como ese “La del manojo de rosas” que protagoniza junto a Renato Cesari bajo la dirección del propio compositor, Pablo Sorozábal, del que aquí escuchamos el magnífico dúo “Hace tiempo que vengo al taller”:

Otra de esas grabaciones míticas de zarzuela será “El caserío” de Jesús Guridi, dirigido por Ataulfo Argenta, junto a Carlos Munguía y Manuel Ausensi. Escuchamos el dúo junto a este último:

Pero no abandonó del todo la zarzuela, como podemos comprobar en esta grabación más tardía de la famosa romanza “De España vengo” de “El niño judío” de Pablo Luna:

Y de esa misma grabación de 1985 escuchamos el dúo de “El dúo de la Africana” junto a Plácido Domingo:

Su debut internacional se produce en 1955 en el Festival de Aix-en-Provence con el Cherubino de “Le nozze di Figaro”, del que escuchamos el aria “Non so più”:

Tras debutar en Londres o en Buenos Aires, en 1958 firma un contrato con la Deutsche Oper Berlin, con la que cantará durante unos 30 años, hasta su retirada. Poco dada a viajar, y más al casarse con Jurgen Schaff, desarrolla gran parte de su carrera en Berlín, donde Mozart será uno de los principales puntales de su repertorio. De hecho, será con la Illia de “Idomeneo” con la que debute, en 1961, en el Festival de Salzburgo.

Pero fue sobre todo con las heroínas de la trilogía dapontiana, así como con la Pamina, con las que triunfará y que serán los pilares de su repertorio. La escuchamos primero en el bellísimo “Dove sono” de “Le nozze di Figaro”:

La escuchamos ahora como Fiordiligi en “Così fan tutte”:

Del “Don Giovanni” la escuchamos primero como Donna Elvira en el “Mi tradì quell’alma ingrata”:

Y terminamos escuchando su maravillosa Pamina de “Die Zauberflöte“,  con el aria “Ach, Ich fühl’s”, de la grabación en estudio que dirigió Georg Solti:

Su debut en Londres, en 1955, fue con “La Traviata” de Verdi, papel que cantó en nuevas ocasiones, y del que escuchamos su aria del último acto, con la lectura de la carta incluida:

De Verdi fueron algunos de los papeles más “pesados” que cantó Pilar Lorengar en su carrera, propia de una soprano lírica pura. Aunque rechazó cantar “Aida” o “Un ballo in maschera”, sí que cantó la Alice de “Falstaff” o la Desdemona de “Otello“, de la que aquí escuchamos el dúo “Dio ti giocondi, o sposo” junto al Otello de Plácido Domingo:

Disfrutemos además de su maravillosa Elisabetta del “Don Carlo“, de la que aquí escuchamos su magnífica aria “Tu che le vanità”:

Y la escuchamos también como la soprano solista del Requiem verdiano en ese “Libera me, Domine” final:

Siendo como ya hemos dicho una soprano lírica pura, se sentía cómoda en no pocos roles del verismo. Comenzamos viendo su “In quelle trine morbide” de la “Manon Lescaut” de Puccini:

A continuación la escuchamos en el aria de Nedda del ·Pagliacci” de Leoncavallo:

La escuchamos también en “La Boheme” de Puccini, en el “Sì, mi chiamano Mimí”:

Otro papel emblemático fue su “Madama Butterfly”, que aquí canta en alemán acompañada del Pinkerton del gran Fritz Wunderlich; magia pura ese dúo final del 1º acto:

Y otro papel en el que sobresalió fue como la “Suor Angelica” de la que aquí, en vez de escuchar el aria, escuchamos toda la escena final, de un nivel interpretativo y vocal que muy pocas sopranos pueden igualar:

Llegó a cantar incluso un papel tan pesado como el de “Tosca”, del que escuchamos aquí el aria “Vissi d’arte”:

De las grabaciones en estudio de arias sueltas cabe destacar esta versión, una de las mejores que se han grabado por cierto, del bellísimo “Sogno di Doretta” de “La Rondine“:

Y la escuchamos también cantando el aria “Ebben, ne andrò lontana” de “La Wally” de Catalani:

Cantó también papeles líricos de ópera francesa, como la Marguerite del “Faust” de Gounod, de la que escuchamos el trío final junto a Nicolai Gedda y Cesare Siepi:

También cantó la Micaela de “Carmen” de Bizet, de la que escuchamos el aria “Je dis que rien ne m’épouvante”:

Podríamos escucharla en otros papeles, como la “Manon” de Massenet, pero prefiero ponerla en un aria por la que tengo una predilección especial, aunque no cantara la ópera completa, el “Depuis le jour” de la “Louise” de Charpentier:

Y claro, pasando tantos años en Alemania, cantó no pocos roles de ópera alemana. Comenzaremos por su Agathe de “Der Freischütz” de Weber:

Cantó óperas como “Mathis der Maler” de Hindemith, de la que no hay fragmentos en Youtube pero que podéis escuchar en Spotify, así como arias de opereta vienesa, aunque si hay un aria que recordar es la canción de Marietta de “Die tote Stadt” de Korngold, una de las mejores versiones de esta bellísima canción:

Y también cantó Wagner, primero la Elsa de “Die Meistersinger von Nürnberg” y luego la Elsa de “Lohengrin”:

Y escuchamos también su magnífica grabación del aria de Elisabeth de “Tannhäuser”:

Hizo también incursiones en el repertorio eslavo, como con “La novia vendida” de Smetana, que cantó en alemán. Cantó también óperas como “Eugen Onegin” o “Jenufa”, pero merece la pena recordar su magnífica grabación del aria de la luna de la “Rusalka” de Dvorak, de nuevo una de las mejores grabaciones de ese aria:

Su repertorio fue todavía mayor, con óperas barrocas y clásicas, como la “Medée” de Cherubini o la Euridice de Gluck, además de numerosas canciones españolas. Extrañamente rechazaba cantar óperas de Richard Strauss, por desgracia.

En 1987 tuvo uno de sus últimos grandes éxitos en Berlín, cantando “Les huguenots” de Meyerbeer. Vamos a escucharla cantando la ópera en alemán, en concreto el dúo del final del 4º acto junto al Raoul de Richard Leech:

Se retiró poco después.

Soprano poco mediática, es mucho menos recordada de lo que debiera por su voz y talento dramático, siendo una de las grandes sopranos de su época, pero tristemente olvidada en su país natal. Como ya hemos mencionado, un cáncer se la llevó a los 68 años, un 2 de junio de 1996, en Berlín. Esperemos con este post ayudar un poquito a recuperar su legado. Y por si no es suficiente, pues invitar a todos a la exposición que la Asociación Aragonesa de la Ópera “Miguel Fleta”, con el apoyo del gobierno de Aragón, va a llevar a cabo en Zaragoza, su ciudad natal, del 29 de septiembre al 11 de diciembre. Todo esfuerzo por recuperar su memoria es bienvenido.



La tabernera del puerto cumple 80 años (06-04-2016)


No puedo olvidar la primera vez que fui a ver en vivo una zarzuela. Fue La tabernera del puerto de mi paisano Sorozabal en el donostiarra Teatro Victoria Eugenia. Sólo conocía el “No puede ser”, de escuchárselo a Plácido Domingo, y la verdad es que la obra me sorprendió gratamente. Al margen de lo que me gustó la romanza de la soprano (“En un país de fábula”), no puedo olvidar ese momento del dúo de Marola y Leandro (lo cantaba Albert Montserrat si la memoria no me falla; me temo que por aquella época todavía no tenía la costumbre de guardar los programas de mano), cuando, en el “Marola, no comprendes, te quiero con toda el alma”, al llegar al agudo, el sonido empezó a crecer, y crecer… y yo, arriba del todo del teatro, pensé que me iba a quedar sordo de lo que creció el volumen de la voz del tenor. Salí encantado, y desde entonces, La tabernera del puerto es una de mis zarzuelas favoritas.




Y hoy hablamos de ella porque fue el 6 de abril de 1936, hoy hace 80 años, cuando se estrenó esta obra maestra de Pablo Sorozabal en el Teatro Tivoli de Barcelona. Con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernáncez-Shaw, La tabernera del puerto fue desde el comienzo un gran éxito, y desde entonces se han convertido en una de las zarzuelas más populares del repertorio, lo que no es difícil de entender en vista de las grandes páginas que tiene. Así que vamos a darle un repasito.

La acción, que se sitúa en los años 30, tiene lugar en la ficticia ciudad portuaria de Cantabreda (que tranquilamente podría ser un puerto marinero vasco, de Pasaia a Bermeo). Mientras los marineros cantan el coro “Eres blanca y hermosa”, llega el marinero marsellés Verdier, que lleva años sin aparecer por la ciudad, y como de costumbre, va a tomarse un café al “Café del vapor”. Su propietario, Ripalda, está un tanto malhumorado; le explica a Verdier que ahora hay una taberna nueva en el puerto, y que le está quitando clientela porque hay una tabernera que atrae a los hombres. Y por ahí parece un muchacho, Abel (cantando por una soprano para transmitir mejor la juventud del personaje) cantando precisamente una canción para la tabernera, “Ay que me muero por unos ojos”. Y de paso, escuchamos la Salve marinera que los marinos le cantan a la virgen del Carmen. Escuchamos esa introducción:

La tabernera, Marola, llegó hace pocos meses acompañada de Juan de Eguía, de quien todos sospechan que es su marido.

Chinchorro, un viejo patrón que bebe demasiado, está enfadado porque por culpa de Leandro, un marinero a su servicio, no ha podido salir a faenar, ya que el joven está enamorado de la tabernera, y allí se ha quedado.

Mientras aparece Simpson, un viejo marinero inglés, que tiene problemas en reconocer a Verdier. Simpson preferiría no volver a encontrárselo, ya que huye de su pasado criminal. Pero aparece Juan de Eguía, y los tres recuerdan su pasado en la bellísima habanera “Qué días aquellos de la juventud”, que escuchamos con Renato Cesari como Juan:

Mientras los tres entran el el café a hablar de sus negocios, Ripalda, para vengarse de la tabernera, emborracha a Antigua, la mujer de Chinchorro, y le dice que su marido está en la taberna, lo que pone celosa a la mujer, que saca de la oreja a su marido, y así tenemos este dúo cómico, que parece una de esas “escenas de matrimonio” de las que mejor no acordarnos. Atención a los piropos que se sueltan ambos…

Después de que los dos borrachos se vayan, Juan de Eguía vuelve a la taberna. Necesita la ayuda de Marola para llevar a cabo un negocio del que no le quiere contar nada, pero necesita a alguien que no levante sospecha, y el ideal es Leandro, por el que Marola siente algo. Ni Verdier ni Simpson están de acuerdo con esto, y tampoco Marola, pero ante las órdenes de Juan tiene que aceptar. Llega Leandro y todos le dejan solo con Marola. Él le declara su amor, pero ella intenta contenerse, ya que sabe el peligro que corre; y así tenemos ese bellísimo dúo que el el “Marinero, vete a la mar”, que escuchamos aquí a Mariola Cantarero e Ismael Jordi, dos cantantes de lujo para esta zarzuela:

Cuando Leandro se va, el que se declara a Marola es Abel, pero a ella le hace gracia esta declaración.

Llegan todas las mujeres del puerto dispuestas a atacar a Marola, acusándole de emborrachar y ensimismar a sus maridos; ella se defiende y les dice que tendrían que cuidarse más y tratarlos de otra forma, pero ellas no entran en razón, y al aparecer Juan de Eguía, repiten las acusaciones, por lo que Juan trata con violencia a Marola entre los aplausos de las mujeres y la rabia de Abel. Y así terminamos este primer acto de La tabernera del puerto:

Comenzamos el segundo acto. Estamos en el interior de la taberna, llena de marineros; algunos de ellos cantan. Simpson le pide a Marola que cante, y Juan insiste en que lo haga, así que Marola canta esa bellísima romanza que es “En un país de fábula”, que escuchamos aquí en la gran interpretación de María Bayo:

Juan de Eguía también se anima a cantar, aunque la temática de su canción es un tanto más “discutible” en este “La mujer de los quince a los veinte” que escuchamos a Renato Cesari:

La policía vigila la taberna, pero Juan de Eguía se siente tranquilo. Mientras, aparece a Abel contando lo que Juan maltrató a Marola, y muchos se van a buscar a Leandro para pedirle cuentas a Juan. Algunos marineros se quedan, y para ellos Simpson canta uno de los mejores momentos de toda La tabernera del puerto, la romanza “La luna es blanca, muy blanca”, que escuchamos a Victor de Narké:

Los marineros que quedan se van al escuchar el pitido de su barco. Aparece Leandro, y Simpson, a solas con él, decide ponerle sobre aviso: Leandro no sabe nada, pero lo que Marola le va a pedir que haga es traer un bulto de cocaína que está escondido en una cueva de la costa, sólo accesible en barco; se necesita a alguien que no levante sospechas y que tenga algún motivo para callas (como amar a Marola) para traerlo a puerto. Leandro, una vez se queda solo, no puede creerse que el amor de Marola no sea cierto y que le esté utilizando para tan sucios planes: estamos en la romanza más famosa de La tabernera del puerto, el “No puede ser”, que escuchamos al mejor Leandro imaginable, Alfredo Kraus:

Entra Marola, y cuando Leandro le pregunta si no tiene nada que decirle, ella le dice que no, ya que no quiere que sea cómplice de Juan. Le vuelve a declarar su amor y se abrazan. Los ve Antigua, a quien la escena le agrada, ya que así Chinchorro no corre peligro. Pero ella le cuenta a Leandro cómo Juan maltrató a Marola, y ahora Leandro insiste en saber cómo ella acabó con Juan. Marola le cuenta cómo se crió en un puerto lejano con su madre, pobremente, aunque un marinero aparecía de vez en cuando y cariñosamente le besaba y le daba dinero. Cuando su madre murió, él se la llevó de puerto en puerto hasta acabar en Cantabreda. Juan de Eguía no es su esposo, como piensan todos (Leandro incluido), sino su padre. Leandro, feliz, ahora está dispuesto a recoger la cocaína para arrojarla al mar, pero Marola quiere acompañarlo, y ambos se citan.

Mientras aparecen Abel y Ripalda, que se pelean por Marola en este trío cómico:

Marola se queda de nuevo sola, y aparece Juan. Marola sabe que los marineros le buscan para desafiarle por lo que le ha hecho a Marola, pero él se ríe, no les teme. Le pregunta si ya le ha dicho a Leandro lo que debe hacer; ella le oculta su plan e intenta que Juan no insista, pero éste le cuenta que busca a alguien que pueda cuidar de ella cuándo él ya no esté. Ella dice que ama a Leandro, y entonces se da cuenta de que ese es el motivo por el que insistió Juan en que le buscara.

Mientras, aparecen los marineros, que cuentan a Leandro lo que Juan le hizo a Marola. Desafían a Juan, pero este dice que es de cobardes todos contra él; se queda sólo Leandro, y sabiendo que Juan es su padre, éste le promete que le dará la mano de su hija si trae el fardo de cocaína esa misma noche. Con esta escena termina el segundo acto de La tabernera del puerto:

El tercer acto consta de dos cuadros. El primero tiene lugar en el mar: Leandro y Marola van a cumplir el encargo que les permitirá casarse, pero son sorprendidos por una tormenta:

Entre los dos cuadros tenemos un intermedio orquestal, tomado del dúo cómico de Antigua y Chinchorro, para rebajar la tensión:

Cuadro segundo: volvemos al puerto. Todos están tristes por la desaparición de Marola, a la que Abel vuelve a dedicar la misma canción que escuchamos al principio de la zarzuela:

Todos piensan que Marola y Leandro han desaparecido durante la tormenta cuando intentaban huir de Juan de Eguía, pero éste aparece llorando, confesando ser el padre de Marola y ser el culpable de la desgracia, en esta bella romanza que canta de nuevo Renato Cesari:

Pero Simpson aparece diciendo que Marola y Leandro están vivos y cuenta el plan de Juan. Todos le ven como el culpable, y cuando la pareja llega detenida, Juan confiesa su culpa y es detenido, mientras Marola y Leandro, ya libres, por fin pueden vivir su amor. Y así termina La tabernera del puerto.

Y ahora, como  siempre…

Reparto ideal:

Leandro: Alfredo Kraus.

Marola: María Bayo.

Juan de Eguía: Renato Cesari.

Simpson: Victor de Narke.

Dirección de Orquesta: Pablo Sorozabal.

Crónicas:

Lasarte, 2016 (Sasibil)

Donostia, 2016 (Sasibil)


La Boheme 120 años después de su estreno (01-02-2016)


Giuseppe Verdi llevaba ya medio siglo dominando el mundo de la ópera italiana, pero superados ya los 80 años, nadie esperaba que fuera a componer ninguna ópera más después de aquel magistral “Falstaff” de 1893. Se imponía buscarle un sustituto, ver quién de todos aquellos jóvenes de la llamada Giovane Scuola sería quien ocuparía el puesto del anciano maestro. Y quizá los asistentes a aquel estreno de “La Boheme” de uno de esos compositores, Giacomo Puccini, el 1 de febrero de 1896 en el Teatro Regio de Turín no se esperaban que aquella velada fuera decisiva a este respecto. Y más cuando la ópera que se estrenó no triunfó, por lo menos de crítica, pese a contar con la dirección nada menos que de Arturo Toscanini.




Pero en pocos meses la ópera se había estrenado ya en los principales teatros de Italia (en marzo se estrenará ya en la Scala milanesa nada menos) y el éxito sería ya imparable. Puccini pasaría a ser la máxima figura operística italiana durante los próximos 20 años y “La Boheme” una de las óperas favoritas del público (mi favorita, de hecho).

El genial libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica (autores también de los libretos de los éxitos posteriores del compositor, Tosca y Madama Butterfly) adaptaron de forma casi milagrosa esa colección de episodios inconexos que forman las Scènes de la vie de bohème de Henry Murger. También otro compositor del momento, Ruggero Leoncavallo (el de Pagliacci) estaba trabajando en una ópera sobre el mismo tema, pero su adaptación es totalmente distinta.

Lo primero, enlace al texto y traducción.

Comenzamos a repasar el argumento de “La Boheme”. Primer acto. Estamos en una pobre buhardilla del barrio latino de París que comparten 4 amigos bohemios: el pintor Marcello, el poeta Rodolfo, el filósofo Colline y el músico Schaunard. Estamos en plena nochebuena y hace un frío que te mueres. Rodolfo y Marcello están trabajando, pero se congelan, así que Rodolfo decide quemar la obra teatral que está escribiendo, lo que supone un ligero alivio para ambos y para Colline, que acaba de llegar… pero dura poco. Lo justo para que aparezca Schaunard con leña, provisiones y dinero que ha conseguido ganar cumpliendo el encargo de un lord inglés: conseguir que su loro se muera.

Todos se disponen a comer hasta que Schaunard les echa la bronca: en nochebuena hay que cenar fuera de casa. Y cuando se van a ir… ¡llega el propietario de la casa, Benoît, reclamando el alquiler. Entre los 4 consiguen engañarle y librarse de pagar. Ahora sí, campo libre para irse… pero Rodolfo tiene que quedarse para terminar un artículo. Los demás deciden esperarlo en la calle. Escuchamos toda la escena introductoria con Jaume Aragall como Rodolfo y Giorgio Zancanaro como Marcello:

Pero entonces aparece la vecina pidiendo luz, pero al momento se desmalla y Rodolfo tiene que hacerse cargo de ella (y aprovecha para comprobar que está de buen ver la niña…). La chica, tras recuperarse, se va a ir, pero se da cuenta que ha perdido las llaves, su luz se apaga (o la apaga ella a posta, quién sabe), y en ese momento la de Rodolfo también se apaga (aquí ni quién sabe ni porras, el apagón es claramente intencionado), y hala, a buscar la llave a oscuras… Rodolfo es un artista y no tarda en encontrarla, pero miente y dice que no… y lo que encentra es otra cosa:

Lo que encuentra Rodolfo es la helada mano de la chica, y le dedica esa maravillosa aria que es el “Che gelida manina”, rematada por un Do de pecho que habría que cantar más o menos así:

Tengo predilección por la versión de Nicolai Gedda, la verdad.

Otras veces se baja el aria medio tono, como hace aquí Pavarotti, junto a la Freni, su amiga de infancia. Parece que ella esté sufriendo a la espera de que Pavarotti resuelva bien el agudo… y su cara de alivio al lograrlo es todo un poema:

Es un aria preciosa y uno de los pasajes más célebres de “La Boheme”. Aquí Rodolfo se presenta como un poeta soñador. Pero necesitamos la respuesta, sabemos quién es él, pero ¿ella?

Descubrimos que la vecinita se llama Mimì y que es una costurera sin un duro. Poco importa, Rodolfo ya está coladito por ella (y ella por él). No hace falta que sean millonarios para quererse…

Puccini le regala al personaje unas melodías de una belleza indescriptible. Así que vamos a poner otra versión imprescindible más, con la gran soprano catalana Victoria de los Ángeles:

Venga, ¡si no se os pone la carne de gallina con ese “El primer beso de abril es mío” es que no tenéis corazón!

Los amigos de Rodolfo se impacientan en la calle, y Mimì decide acompañarlos. Y así, con este bellísimo dúo de amor “O soave fanciulla” terminamos el primer acto, cantado por Jussi Björling y Renata Tebaldi:

Comienza el segundo acto de “La Boheme”. Estamos en el barrio latino de París, donde los 4 amigos y Mimì hacen sus compras entre la multitud, antes de ir a cenar al Café Momus. Pero allí aparece alguien: Musetta, una antigua amante de Marcello que prefería buscarse a un amante con más dinero… y ahí va, acompañada por el rico Alcindoro. Pero al ver a su viejo amor algo dentro de ella se mueve y… comienza a cantar un pícaro vals que pone de los nervios al ricachón. De nuevo, uno de los momentos más famosos de “La Boheme”, el vals de Musetta “Quando me n’vo”. Musetta consigue librarse del viejo para arrojarse en brazos de Marcello, y encima de regalito le dejan la cena de los 5, a quienes ya no les queda dinero para pagar. Escuchamos el 2 acto completo con Carlo Bergonzi como Rodolfo, Renata Tebaldi como Mimì, Ettore Bastianini como Marcello, Gianna D’Angelo como Musetta, Cesare Siepi como Colline, Renato Cesari como Schaunard y Fernando Corena como Alcindoro:

Hasta aquí La bohème ha sido una comedia costumbrista, pero ya en el tercer acto comienza el drama, un drama que nos dejará destrozados al final…

Tercer acto de “La Boheme”: estamos en pleno invierno. Rodolfo y Mimì se han ido a vivir por su cuenta, igual que Marcello y Musetta. Pero entre Rodolfo y Mimì hay problemas, y Mimì va a buscar a Marcello para pedirle ayuda: los celos de Rodolfo hacen imposible la relación. De hecho, Rodolfo acaba de huir de casa y está en el bar donde trabaja Marcello. Éste le dice a Mimì, que está evidentemente cada vez más enferma, que se vaya a casa y que él hablará con Rodolfo. Pero Mimì se esconde para oír la conversación. Escuchamos el dúo con Mirella Freni y Rolando Panerai:

Cuando Rodolfo sale, afirma que quiere separarse de Mimì, porque hay un vizconde con el que Mimì le pone celoso, pero al final Marcello consigue sacarle la verdad: Rodolfo se tortura porque Mimì está cada vez más enferma, y siendo pobre como es, siente que, al hacerla vivir con él en esas míseras condiciones, la está matando. Mimì estalla en sollozos y ambos se dan cuenta de que estaba escuchando la conversación:

Pero entonces se oye desde el interior la risa de Musetta, y el que se pone celoso es Marcello.

Mimì se despide de Rodolfo dándole instrucciones de lo que debe hacer con sus cosas. Y aquí Puccini vuelve a regalarle una bellísima aria, “Donde lieta uscì”, al que la voz de Tebaldi le hace merecida justicia:

Y el acto termina con el cuarteto “Dunque è prorio finita”, en el que Rodolfo y Mimì deciden permanecer juntos hasta primavera, cuando el sol les haga compañía, mientras Marcello y Musetta se pelean. Escuchamos el cuarteto final del tercer acto con Carlo Bergonzi, Renata Tebaldi, Ettore Bastianini y Gianna D’Angelo:

Atención sobre todo a la magia que consigue el enorme Carlo Bergonzi en ese “Ch’io, da vero poeta, rimavo con carezze!”, con ese pianísimo en “carezze”…

Y nos vamos al cuarto y último acto de “La Boheme”. Estamos en la misma buhardilla del primer acto: los cuatro amigos vuelven e vivir juntos. Rodolfo y Marcello intentan trabajar, pero pensar en sus respectivas amadas se lo impide. Escuchamos el dúo con Luciano Pavarotti y Rolando Panerai:

Tras el dúo aparecen Colline y Schaunard, pero esta vez, a diferencia del primer acto, no les sonríe la suerte, y apenas tienen un arenque para comer. Aún así, nada les quita el humor y se montan sus juegos y sus películas, hasta…

Hasta que aparece Musetta en la puerta avisando que Mimì viene detrás, muy enferma. Días atrás oyó que Mimì había abandonado al vizconde y que se estaba muriendo, y salió a buscarla por las calles; acaba de encontrarla, y ella sólo piensa en volver a ver a Rodolfo, quien desespera al oír la noticia. Ella está congelada, pero en la casa no hay nada que puedan darle, así que Marcello se va a buscar a un médico y Musetta va a empeñar unos pendientes para comprar el manguito que pide Mimì para calentar sus manos.

Colline tiene un bonito momento solista en el que se despide de su vieja zamarra, que también va a empeñar para conseguir algún dinero. Escuchamos su breve aria cantada por Giorgio Tozzi:

Entonces aconseja a Schaunard que les deje solos a Rodolfo y Mimì.

Y entonces Mimì, que fingía dormir, se yergue para poder hablar con Rodolfo en uno de los dúos de amor más bellos que se han escrito nunca, ese maravilloso “Sono andati”:

Este dúo, y en concreto esta versión con Tebaldi y Bergonzi, es una de las cosas más bellas que he escuchado nunca, y me resulta simplemente imposible no emocionarme cada vez que lo oigo. Desde aquella vez, a punto de cumplir 15 años, que teníamos que interpretar en playback un trozo de una ópera en clase de música y yo elegí “La Boheme” (cuando apenas sabía lo que era una ópera) y la profesora me prestó esta grabación, este dúo permanece esculpido en mis tímpanos.

La tos de Mimì hace volver a Schaunar, y no tardan en llegar Marcello y Musetta con el manguito, pero ya de poco sirve. Sin que Rodolfo se dé cuenta, Mimì muere. Con la llegada de Colline, que pregunta cómo está, Rodolfo se da cuenta del nerviosismo de sus amigos y se da cuenta de lo que ha ocurrido. Y así termina esta “La Boheme”, con Rodolfo gritando el nombre de su amada muerta. Y escuchamos el final con Roberto Alagna y Angela Gheorghiu:

Espero que tuvierais kleenex a mano…

Y espero que os haya gustado La bohème. Ya os digo que a mí me encanta, por algo es mi ópera favorita…

Bueno, a partir de ahora, cuando hablemos del aniversario del estreno de alguna ópera, quiero terminar diciendo quienes son en mi opinión los intérpretes referenciales en los principales papeles, así que allá vamos con un Reparto Ideal:

Rodolfo: Carlo Bergonzi. O Luciano Pavarotti (en vivo, no en el estudio con Karajan). Björling, Di Stefano, Gianni Raimondi o Alagna también tienen su atractivo.

Mimì: Renata Tebaldi, Mirella Freni o Victoria de los Ángeles.

Marcello: Rolando Panerai.

Musetta: Gianna D’Angelo o Anna Moffo.

Colline: Giorgio Tozzi.

Schaunard: Renato Cesari.

Benoît-Alcindoro: Italo Tajo.

Dirección de orquesta: por esta vez, y sin que sirva de precedente… “¡francamente, querid@s, me importa un bledo!”