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Crónica: Il turco in Italia en Oviedo (07-10-2018)


Tenía ya ganas de estrenarme en el Teatro Campoamor de Oviedo, que presenta cada año unas temporadas más que interesantes, con títulos infrecuentes en el estado, o incuso con estrenos absolutos, como la reciente “Fuenteovejuna” que me quedé con las ganas de ver. Así que había que aprovechar la ocasión de ver una genial comedia de Rossini, no muy habitual, “Il turco in Italia”, que contaba además con un reparto atractivo.




“Il turco in Italia” es la quinta ópera de Rossini que tengo ocasión de ver en vivo, siendo las 5 comedias. Sin llegar a la absoluta genialidad que es “L’Italiana in Algeri”, la mejor de todas en mi opinión, este turco es una magnífica ópera que bien merece la pena ser vista, y había que aprovechar la ocasión, pese a lo duro del viaje (6 horas y media de bus, y vuelta al día siguiente) y al sablazo al bolsillo que supone.

Como siempre, antes de comentar pormenorizadamente la función, dejamos un enlace de la producción.

La escenografía, bastante compleja, nos traslada a la Italia de los años 50, con su pizzeria, sus casas ruinosas y el tranvía pasando por la calle de atrás, además de sus bicis y motos pasando por delante de la acera principal. Quizá por momentos despistaba un poco, pero resultaba colorida y eficaz. La dirección de Emilio Sagi destacaba la comicidad de la historia, ayudada por el enorme talento interpretativo de los solistas.

Iván López Reynoso dirigió con solvencia a la Orquesta Oviedo Filarmonía, acompañando en general con corrección a los cantantes, con apenas algún momento de excesivo volumen y pequeños desajustes con Corbelli, incapaz de seguir por momentos el ritmo impuesto por el director. De una orquesta que estuvo en general a buen nivel habría que destacar los metales en la obertura, con una trompa maravillosa y una trompeta que, pese a una ligera desafinación, resolvió con solvencia su parte.

El coro de la ópera de Oviedo supero la prueba, aunque “Il turco in Italia” no es una ópera que tenga una participación coral destacable, no olvidemos que los finales no son los más espectaculares de Rossini.

David Astorga, con una voz pequeña pero interesante, fue un correcto Albazar que supo sacar partido a su pequeña aria del segundo acto.

Laura Vila fue igualmente una correcta Zaida, sacando partido a su parte escénica, ya que la vocal no le permite grandes momentos de lucimiento.

David Alegret fue Don Narciso, uno de los 4 protagonistas de “Il turco in Italia”, pero cedió el protagonismo de este cuarto personaje al poeta. Su voz es sin duda la de un contraltino, por timbre y por facilidad para las coloraturas (realmente envidiosa), y se desenvuelve con solvencia en escena. Pero su problema es que el registro agudo no existe, y se nota demasiado en unos agudos problemáticos u omitidos que enturbiaban su interpretación.

Manel Esteve fue un sobresaliente poeta, luciendo sus virtudes habituales: voz de timbre hermoso, canto irreprochable y una capacidad actoral sorprendente. En lo cómico, cómo no, destacar la escena en la que es arrojado por la alcantarilla. En lo vocal, supo sacar partido a un personaje poco interesante, dándole un realce poco menos que inusitado.

Sabina Puértolas interpretaba a la protagonista femenina de “Il turco in Italia”, la insoportable Fiorilla, y como tal fue insoportable, como debe ser. Tiene una gracia escénica fuera de cualquier duda. Vocalmente, sigue existiendo un agudo en exceso vibrado, en especial en su aria de entrada, aunque hay que destacar los picados impecables que dio en esa aria, algo infrecuente a día de hoy. A medida que calentaba la voz, vocalmente también iba mejorando, aunque el agudo siga siendo demasiado vibrado para mi gusto. Su escena final fue realmente sorprendente, luciendo sobreagudo y unas coloraturas terroríficas que resolvió a la perfección. Esta ha sido la vez que mejor la he visto, sin duda.

Simón Orfila se hacía cargo del turco Selim, y como tal fue escénicamente insuperable y vocalmente solvente, más cómodo en los pasajes legatos que en los de coloratura, que ralentizaba para poder resolverlos correctamente. Sabemos de sobra que Orfila es un artistazo que siempre va a darnos buenos momentos, y su Selim fue más que interesante tanto a nivel vocal como actoral.

Para mí, el gran atractivo de estas funciones de “Il turco in Italia” era poder escuchar en vivo a un mito del canto rossiniano como es Alessandro Corbelli. Es de los artistas que mejor dominan el canto sillabato, y el papel de Don Geronio le va como anillo al dedo. En el caso de un veterano como él, el comienzo fue algo preocupante, ya que daba la sensación de que no existiera canto legato… pero esos miedos duraron apenas unos minutos, porque en seguida apareció el Corbelli que conocemos de años atrás, perfecto no sólo en el sillabato sino en el legato, con un agudo todavía solvente y una vis cómica absolutamente envidiable. Los pasajes de sillabato más rápidos fueron ralentizados, pero esto es un mal menor en una interpretación absolutamente memorable, de esas de las que poder presumir en años futuros. Un verdadero privilegio para Oviedo haber contado con él.

Del público, decir que me horrorizó oír pataleos cuando en megafonía se hablaba en asturiano (vergonzoso, por favor), pero respondió con calidez en los aplausos finales. Aplausos sin duda merecidos para una función realmente magnífica. Desde luego dan ganas de repetir en Oviedo.



Crónica: L’elisir d’amore en Baluarte (20-09-2018)


La unión entre las principales asociaciones musicales navarras ha permitido comenzar una nueva temporada conjunta que se abría con una ópera “de repertorio”, de esas tan conocidas que te aseguras el éxito de público: “L’elisir d’amore”, de Gaetano Donizetti.




Lo que en principio es una gran noticia se ha saldado con una pequeña decepción, por lo que habrá que esperar a los próximos títulos que ofrezca la capital navarra para ver si el proyecto avanza con buen pie.

Antes de comentar la función, dejo como siempre un enlace de la producción.

Visualmente, la producción era bonita, ambientada en un mundo de minúsculas criaturas en un trigal, con sus enormes espigas y amapolas, junto a la rueda de un tractor. Se podía jugar más con el tipo de criaturas que lo habitaban, podían ser duendes, ratones o mil cosas más. Quizá un vestuario más atractivo y colorido añadiría un mayor juego a la producción, que sin aportar nada a la acción, tampoco molestaba en el desarrollo de ésta. La dirección escénica de Adriano Sinivia potenció la comicidad de la historia, y la bis cómica de los intérpretes contribuyeron al éxito en este sentido.

No es extraño que personas ajenas la mundo de la música clásica pregunten para qué sirve un director de orquesta. Pues bien, la función que comentamos es una buena descripción de los peligros que tiene esta figura. Y es que el desastre de la función cayó sobre los hombros de Matteo Beltrami casi en exclusiva. Con unos tempos aceleradísimos, casi imposibles (la cabaletta de Belcore no se podía cantar, directamente), descoordinando a solistas y coro, abusando del volumen, con una orquesta con problemas para seguirle… lo que podía haber sido una función más que correcta rayó el desastre. No se apreciaba un intento de seguir a los cantantes para que hubiera una coordinación, se limitaba a seguir a su bola sin importar lo que pasara en escena. Una lástima, porque la Orquesta Sinfónica de Navarra no pudo responder.

El mayor perjudicado de la labor del director fue el coro de la AGAO, descoordinado, incapaz de seguir la velocidad de la batuta, y absolutamente ininteligible en el comienzo de la obra.

De los solistas, pequeño elenco de 5 cantantes que requiere “L’elisir d’amore”. correcta y audible la Gianetta de Andrea Jiménez en su breve cometido.

Emmanuel Franco fue un Belcore quizá en exceso caricato en lo escénico, y con una emisión un tanto problemática, si bien la voz podía con las exigencias del papel, como demostró al superar con solvencia las coloraturas de su cabaletta.

Pablo Ruiz fue un interesante Dulcamara. La voz tiene sus problemas en los extremos de la tesitura, pero consigue resolverlos con inteligencia. Escénicamente supo sacarle jugo al papel, y en lo vocal superó con solvencia su aria, si bien su mejor momento fue probablemente la barcarola del segundo acto. Los pasajes sillabatos, por el contrario, apenas resultaron audibles, por un volumen no muy potente y una orquesta que tapaba las voces.

Antonino Siragusa lució la voz más potente de todas, haciéndose oír sin problemas en las escenas de conjunto. Lució vis cómica en sus escenas borracho, y sacó un razonable partido al Nemorino. El momento más famoso de todo “L’elisir d’amore”, su aria “Una furtiva lagrima”, fue cantada con una cierta tendencia al forte, si bien lució unos pianos en mixto de buena factura, aunque tímbricamente su voz no sea la más bella. En su contra, un importante abuso de portamentos, que afean la línea del belcanto.

La navarra Sabina Puértolas se hacía cargo de la protagonista, Adina. Genial en escena (ese dúo con Nemorino jugando con el barril de agua, la lectura de la historia de Tristán y tantos otros momentos remarcables), vocalmente su primer acto no fue brillante, en mi opinión por una emisión no del todo redonda, si bien es cierto que vocalmente la Adina no representa ningún problema para su vocalidad. Cualquier reparo, en todo caso, desapareció en el segundo acto, donde en el dúo con Dulcamara y, en especial, en el “Prendi, per me sei libero” brilló a gran altura, consiguiendo que sus aplausos al finalizar la función fueran merecidos.

Un público que llenaba aproximadamente dos tercios del Baluarte estuvo más bien frío, algo extraño en una ópera tan popular como “L’elisir d’amore”. Esperemos que en el futuro “Otello”, que a priori tiene un pintón, las cosas vayan mejor, porque aquí, con un reparto solvente, sin los problemas de la orquesta el resultado habría sido mucho más satisfactorio.



Crónica: I Capuleti ed I Montecchi en Baluarte (14-01-2017)


Viajar de Donostia a Iruña por esa carretera realmente horrible que es la A-8 en pleno temporal es una cosa de esas que apetece bien poco. Pero tampoco hay muchas oportunidades de poder ver I Capuleti ed I Montecchi en vivo, así que no era una ocasión para dejar que la pereza te venza.




Creo que este I Capuleti ed I Montecchi es el título operístico número 64 que veo en vivo, y en previsión de que pasen muchos años antes de volver a tener ocasión de verlo (ahora sólo falta que me la programen en Bilbo o en Donostia el año que viene y tenga que comerme mis palabras), decidí arriesgarme a coger el coche, viendo que no parecía haber nieve en la carretera (el riesgo de niebla existe hasta en verano, así que eso ya es inevitable), esperando que la función mereciera la pena. Cosa que, en general, resultó ser así.

Se representaba este I Capuleti ed I Montecchi de Vincenzo Bellini en versión concierto. Supongo que la Fundación Baluarte se habrá ahorrado así una considerable cifra económica frente a una obra escenificada, pero las versiones en concierto ni son el ideal operístico (la ópera es teatro a fin de cuentas, y no me esperaría ir al teatro a ver “Romeo y Julieta” y ver a los actores recitando el texto delante del escenario, sin interactuar entre ellos y con la escenografía. Pues lo mismo en la ópera), ni están carentes de ciertos problemas: si la interpretación de los cantantes, pese a la falta de movimiento escénico, en este caso se resolvió razonablemente bien, el problema de tener la orquesta en el escenario en lugar de en el foso, con mayor libertad sonora, sí que afectó al resultado global.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

El director Antonello Allemandi dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra. La orquesta respondió con solvencia, con remarcables solos de trompa o de clarinete, y Allemandi demostró conocer el estilo belcantista, con una obertura muy bien resuelta, y acompañando con corrección los momentos más líricos de la partitura, pero en los más dramáticos, así como en las caballettas, se pasaba de decibelios, tapando a los cantantes, que se veían muy perjudicados por tener a la orquesta tocando a pleno volumen detrás de ellos. Ese fue seguramente el mayor error de la función.

La parte masculina del Orfeón Pamplonés cumplió con solvencia su parte, aunque de nuevo resultó por momentos excesivamente sonoro, no tanto por falta de matices (supieron apianar en el cortejo fúnebre de Julieta) como quizá por un número excesivo de miembros cantando, tapando en exceso a los solistas en las caballettas y escenas de conjunto.

Del pequeño elenco de 5 solistas, lo peor fueron los 2 bajos. Lo de Miguel Ángel Zapater como Lorenzo fue opuesto al belcanto: un canto rudo, sin legato, apurado en la zona alta de la tesitura. El Capellio del brasileño Luiz-Ottavio Faria fue vocalmente imponente, aunque su canto es más estentóreo que belcantista, algo más perdonable en su caso dada la ingratitud de su personaje, que no deja de ser el villano de la ópera.

El trío protagonista lo formaban tres cantantes navarros que demostraron un alto nivel. El tenor José Luis Sola se encargaba de la parte de Tebaldo. Sola es un cantante al que he visto ya en unas cuantas ocasiones (creo que esta es la cuarta ve que le escucho en vivo, a la espera de volver a hacerlo en febrero en el Don Giovanni bilbaino), y siempre me deja un buen sabor de boca. Canta con gusto, domina el estilo belcantista, no tiene problemas de tesitura (pese a que, desconozco el motivo, sus sobreagudos resulten casi inaudibles, aunque no por ello se amedrenta, lanzándose al sobreagudo al final de su caballetta, aunque apenas fue audible) y su fraseo quizá un tanto cortante en su dúo con Romeo del segundo acto tampoco me pareció inadecuado, aunque no sea lo propio del belcanto. Es desde luego Sola un tenor al que sigo teniendo en muy alta estima.

El papel de Giulietta recayó en la soprano Sabina Puértolas, que demostró también un dominio del belcanto, cantando con gusto, apianando, dominando las coloraturas. No arriesgó mucho en el sobreagudo, siendo quizá la zona alta de su tesitura la más problemática, al sonar más opaca. Sus intervenciones solistas resultaron sobresalientes en todo caso, así como sus dúos con Romeo.

En estos I Capuleti ed I Montecchi, Bellini escribe la parte de Romeo para una Mezzo-Soprano, algo que, aunque llamativo, no es extraordinario, si tenemos en cuenta que en esa época los personajes de hombre joven los solían interpretar mujeres, y que Romeo tiene unos 17 años, aunque para la visión actual resulte un tanto extraño. Esta parte fue interpretada por Maite Beaumont, que si bien en su aria de introducción no me llamó especialmente la atención (resultado correcta en todo caso), a medida que avanzaba la ópera fue despegando hasta ser posiblemente la mejor del reparto, brillante en sus dúos con Giulietta y en la escena final. Fue además seguramente la mejor en el aspecto interpretativo, algo que se notaba por ejemplo en la actitud con la que se alejaba del atril cuando concluía sus intervenciones. Fue la gran triunfadora de la noche, y con razón sin duda.

Función de I Capuleti ed I Montecchi con sus luces y sus sombras, aunque aquí las luces consiguieron brillar lo suficiente como para eclipsar las sombras. Una función más que disfrutable que hizo que mereciera la pena el desplazamiento.