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200 años del estreno de La donna del lago (24-10-2019)

No era Gioacchino Rossini un compositor particularmente interesado en el romanticismo, movimiento cada vez más extendido en las artes de su época. Por ello no deja de resultar llamativo que, en 1819, escogiera una obra del escritor escocés Walter Scott, uno de los más importantes escritores románticos. La obra escogida sería “La dama del lago”, traducida al italiano como “La donna del lago”. 

En una época en la que Rossini no estaba teniendo grandes éxitos, fue él mismo quien se sintió atraído por la obra de Scott, pese a los problemas que le supuso al libretista Andrea Leone Tottola adaptar la novela al ámbito teatral. Rossini compuso la ópera para el Teatro San Carlo de Nápoles, contando con Isabella Colbran y los tenores Giovanni David y Andrea Nozzari para cantar los papeles protagonistas. Pero Rossini demuestra todavía sus afinidades con el pasado dando el papel de Malcolm a la mezzo soprano Benedetta Rosmonda Pisaroni. Pero, como importante avance, no hay diálogos recitados, toda la ópera es cantada. 

Terminada la ópera en septiembre, fue estrenada el Nápoles el 24 de octubre de 1819 (hay fuentes que señalan que fue el 24 de septiembre). El resultado del estreno fue dispar, pero alcanzó gran éxito poco después y se representó por toda Europa y en América hasta los años 60 del siglo XIX. Luego durmió en algún cajón, como la mayor parte de la obra rossiniana, hasta que se recuperó en 1958 en Florencia. Desde entonces ha conseguido recuperarse y se representa con una relativa frecuencia. 

Antes de comenzar a repasar “La donna del lago” dejamos, como siempre, un enlace al libreto. 

Sorprendentemente, “La donna del lago” no tiene obertura. Comienza directamente el primer acto.

Estamos en Escocia, durante el reinado de Jacobo V (1512-1542, Rey desde 1513), padre de la famosa Maria Estuardo. Amanece en las riberas del lago Katrine. Los pastores se dirigen a realizar sus labores diarias, mientras un grupo de cazadores se dirigen al bosque. Escuchamos el coro introductorio dirigido por Riccardo Muti:

Una barca se acerca a la costa. En ella va Elena, que canta su amor por Malcolm, esperando su llegada. Escuchamos su cabatina “O matutini albori” cantada por Joyce DiDonato:

Se escucha la corneta de los cazadores mientras Elena desea que su amado esté entre ellos. Nada más llegar a la costa aparece un misterioso personaje, que admira la belleza de la Dama del lago, a la que ha ido a observar. Elena le pregunta quién es, y él, ocultando su verdadera identidad, le dice que es un cazador que se ha perdido, por lo que ella le ofrece llevarlo en su bote al otro lado del lago, a su cabaña. Él se muestra enamorado de Elena. Escuchamos el dúo entre ambos cantado por Katia Ricciarelli y Dalmacio González:

En cuanto ambos se van en la barca llega al lugar un grupo de cazadores que buscan a Uberto, que es el hombre que acaba de marcharse en la barca. Como no lo encuentran se dividen para buscarlo por todas direcciones. Escuchamos el coro de los cazadores dirigido por Tullio Serafin:

Cambiamos de escena: estamos en la casa de Douglas, el padre de Elena. En una escena que no vamos a poder escuchar, los criados Serano y Albina conversan sobre lo que va a suceder esa día. Así nos enteramos que va a llegar Rodrigo, líder de los sublevados contra el Rey Jacobo, al que acusan de invadir los Highlands, y prometido de Elena. 

Llegan entonces Elena y Uberto. Ella le muestra su humilde hogar, pero él se muestra inquieto al ver las armas, que le pueden poner en peligro. Ella le confiesa que es la hija de Douglas, antiguo tutor del Rey Jacobo, pero ahora enemistado con él. Llegan entonces las damas de Elena, y Uberto se entera por ellas que Rodrigo está a punto de llegar. Ella le cuenta que es su prometido, pero que no está enamorada de él, ya que ama a otro. Uberto se muestra ilusionado de  poder ser él el objeto de ese amor, pero sabe que está en peligro y duda si quedarse o marcharse. Elena le pide a Albina que cruce con él el lago para que vuelva junto a sus acompañantes, pero él duda ya que querría permanecer junto a ella. Finalmente se va. Escuchamos el extenso dúo entre Elena y Uberto “Sei già nel tetto mio – Cielo, in qual estasi” cantado por Federica von Stade y Rockwell Blake:

Llega a la ahora vacía sala Malcolm, el enamorado de Elena. Hace mucho que no va a aquel lugar en el que ambos se enamoraron. Ansía verla y recordar su antiguo amor, y afirma preferiri morir si no puede permanecer junto a ella. Escuchamos el aria “Mura felici”, uno de los momentos más conocidos de “La donna del lago”, cantada por Marilyn Horne:

Serano informa que se escucha llegar a Rodrigo. Entran Douglas y Elena. Él le informa que todo estálisto para la boda, que servirá de alianza con los rebeldes escoceses. Ella se muestra reacia, por lo que Malcolm, de incógnito, se da cuenta de que aún le ama, pero su padre se muestra inflexible. Se escuchan las trompetas que anuncian a Rodrigo y Douglas le dice a su hija que sea su amor sea el premio que merece el valiente rebelde. Escuchamos el aria “Taci, lo voglio” cantada por Samuel Ramey:

Douglas sale, y Elena se queda pensando qué hará. Malcolm sale entonces de su escondite y ambos confirman su amor. Él piensa luchar contra los tiranos, y ambos se juran su amor eterno; prefieren morir si no pueden estar juntos. Escuchamos el dúo “Vivere io non potrò” cantado por Daniela Barcellona y Joyce DiDonato:

Cambiamos de escena. Hemos salido de la casa de Douglas, y estamos en una llanura desde la que se ve el lago. Un grupo de guerreros da la bienvenida a su líder, Rodrigo. Escuchamos el coro “Qual rapido torrente”:

Entra Rodrigo alentando a sus hombres, ya que se dispone a derrotar a Jacobo. Entonces busca a Elena, su prometida, ya que el amor le dará más fuerzas para luchar. Escuhamos el aria “Eccomi a voi” cantada por Chris Merritt:

Entre Elena, precedida por un coro que la presenta a Rodrigo, aunque en un momento intenta huir. Rodrigo se muestra feliz de poder casarse con Elena, pero la ve triste, Douglas trata de alejar sus temores mientras amenaza a su hija, que no puede ocultar sus sentimientos. Aparece entonces Malcolm junto a sus hombres y se ofrece para luchar junto a Rodrigo. Elena es incapaz de disimular y su padre la observa furioso. Rodrigo, en cambio, acepta la ayuda de Malcolm, pero cuando se entera que va a casarse con Elena no puede controlarse, y Rodrigo, que se da cuenta de lo que ocurre, se muestra furioso, al igual que Douglas, mientras Malcolm y Elena tratan ahora de disimular sus emociones. Pero aparece entonces Serano diciendo que tropas enemigas están próximas, y Rodrigo, Malcolm y Douglas se disponen a luchar por la patria. Mientras unos bardos cantan su arenga, los guerreros corren a la batalla. Escuchamos el final del acto I de “La donna del lago” con Joyce DiDonato como Elena, Daniela Barcellona como Malcolm, John Osborn como Rodrigo y Simón Orfila como Douglas:

Comenzamos el segundo acto de “La donna del lago”. Uberto está en el monte. Ha caído en el embrujo de la Dama del lago y sólo desea volver a estar junto a ella. Escuchamos el aria “O fiamma soave” cantada por Juan Diego Flórez:

Uberto sólo desea librar a Elena de las desgracias de la guerra que se está luchando en Escocia.

Aparece entonces Elena, que, angustiada, envía a Serano a buscar a su padre, que debería haber vuelto de la batalla. Aparece Uberto, pero Elena tarda en reconocerlo. Él le confiesa su amor, pero ella le dice que ama a Malcolm, aunque su padre le obliga a casarse con Rodrigo. Él le reprocha que ella no se lo hubiera dicho antes de que se enamorara. Uberto decide, con dolor, respetar sus sentimientos, y se dispone a marcharse, pero antes le deja una prenda que podría salvarla: un anillo que, afirma, le dio Jacobo cuando le salvó la vida; si necesita suplicar por la vida de su padre o de su amado, sólo tiene que enseñar el anillo al Rey. Pero antes de que Uberto se marche aparece Rodrigo, quien no reconoce a Uberto. Cuando éste confiesa ser leal al Rey, llama a sus hombres para matarlo. Los gritos de Elena los detiene. Uberto y Rodrigo deciden entonces luchar los dos solos. Escuchamos el dúo de Uberto y Elena y el trío posterior con Rodrigo con Joyce DiDonato, Juan Diego Flórez y John Osborn:

Cambiamos de escena. Malcolm llega a la cueva donde espera que esté Elena, pero sólo encuentra a Albina, por lo que piensa que al final ha accedido a los deseos de su padre. Cuenta que los rebeldes están siendo derrotados por las tropas del Rey, y que Rodrigo se bate en combate con un desconocido. Llega Serano, que cuenta que ha estado con Douglas, que está dispuesto a morir para salvar a su hija, pero al contárselo a Elena ha salido corriendo en dirección al palacio. Creyendo que ha perdido el amor de Elena, Malcolm quiere morir. Llegan entonces unos guerreros fugitivos de las tropas reales; Rodrigo ha muerto y las tropas rebeldes están siendo diezmadas por las del Rey. Malcolm se une entonces a los guerreros fugitivos. Escuchamos el aria Ah, si pera” cantada por Marilyn Horne:

Cambiamos de nuevo de escena. Estamos en el palacio de Stirling, residencia del Rey Jacobo. Allí está el Rey, que no es otro que Uberto. Douglas se presenta ante él para ofrecer su vida a cambio de detener la guerra, y sobre todo, la vida de su hija. Jacobo pide a sus hombres que alejen a Douglas para poder detener su furia. Se anuncia entonces la llegada de una mujer. Jacobo se esconde y pide a los sirvientes que no revelen su verdadera identidad. Elena entonces pide ver al Rey, con la intención de salvar a su padre, a Malcolm y a Rodrigo (no se ha enterado de su muerte todavía). Escuchamos la escena con Rockwell Blake, Giorgio Surjan y June Anderson:

Desde una terraza, Jacobo/Uberto canta una canción en la que lamenta haber visto a Elena y haberse enamorado de ella para luego perderla. Elena se tranquiliza al escuchar su voz, y cuando lo ve, le pide que le conduzca ante el Rey para entregarle el anillo que le dio. Escuchamos la escena con Cesare Valletti y Rosanna Carteri:

Entran en la sala del trono, pero Elena no consigue reconocer al Rey. Entonces se da cuenta de que todos miran a Uberto, y que tiene una pluma que lo diferencia del resto. Cuando Uberto confiesa ser Jacobo, Elena cae a sus pies. Jacobo le concede el perdón a Douglas, quien recupera su antiguo puesto junto al Rey. A Rodrigo no puede perdonarlo porque ha muerto. Entonces afirma que ya ha concedido demasiadas gracias ese día y que tiene que castigar a Malcolm, al que llama en ese momento. Escuchamos la escena con Montserrat Caballé y Franco Bonisolli:

El Rey pide que nadie pida clemencia por Malcolm, ya que su traición no puede ser perdonada. Le dice que tendrá un castigo digno de esa traición, y entonces une las manos de Malcolm y Elena, uniendo a ambos enamorados ante la sorpresa de todos. Elena se muestra incapaz de decir nada, pero por fin aparece feliz tras haber salvado a su padre y haberse unido a Malcolm. Escuchamos el Rondò final de “La donna del lago”, “Tanti affetti”, cantado por Joyce DiDonato:

Y, tras haber repasado “La donna del lago”, terminamos, como siempre, con el Reparto Ideal de la ópera:

Elena: Joyce DiDonato o Federica von Stade.

Uberto/Giacomo: Rockwell Blake o Juan Diego Flórez.

Malcolm: Marilyn Horne o Daniela Barcellona.

Rodrigo: Chris Merritt o Gregory Kunde.

Douglas: Samuel Ramey.

Director de Orquesta: Michelle Mariotti. 

Crónica: Semiramide de Rossini en ABAO-OLBE (19-02-2019)

Fue una grata sorpresa durante la presentación de la presente temporada de ABAO-OLBE enterarme que se iba a representar la poco frecuente “Semiramide” de Rossini, una verdadera obra maestra lastrada por la dificultad canora de sus principales personajes, realmente terroríficos, y por su considerable duración, aquí recortada hasta los 190 minutos de música de los casi 240 de la partitura original. 

Después de los dos considerables fiascos rossinianos previos en ABAO (tanto el Barbero como la Cenerentola salieron bastante mal parados por la pésima acústica del Euskalduna, especialmente inadecuada para las pequeñas voces rossinianas), ABAO apostaba aquí por voces quizá no tan adecuadas al repertorio pero sí desde luego grandes, capaces de hacerse oír sin apenas problemas. Esto, claro está, tiene sus pros y sus contras: el pro, que no hay problemas para escuchar lo que cantan; el contra, que pueden tener problemas para afrontar la tremenda partitura. Y claro, pues pasó un poco ambas cosas, si bien musicalmente la función resultó razonablemente satisfactoria a nivel musical. 

Antes de comentar en detalle la función, dejamos como siempre un  enlace de la producción. 

Por desgracia, tanto la escenografía como el vestuario y la dirección escénica invitaban a cerra los ojos y disfrutar sólo de la música, ignorando lo que ocurría en escena. No entiendo la decisión de situar al coro en el foso de la orquesta; quizá los espectadores de patio de butacas puedan apreciar una diferencia del lugar del que proceden las voces, pero desde luego los que estábamos arriba no notábamos nada. Mientras tanto, un grupo de figurantes-bailarines o lo que fueran aparecían en el escenario en paños menores (si no fuera porque parecían más pañales que gayumbos, habría sido una buena ocasión para aumentar los ingresos haciendo publicidad de Calvin Klein) a los que no encontré el sentido. Una escenografía basada en unas plataformas móviles, con poco atrezzo (los espejos de la habitación de Semiramide, la columna sobre la que se asienta Oroe, cual si fuera un eremita…). La tumba de Nino era un horrendo ataud de cristal que se abría al final del primer acto, de forma bastante sórdida. Los cantantes permanecían estáticos demasiado tiempo. Y las caracterizaciones, horribles, con esa Semiramide todo el rato en un falso top-less, con unas tetas postizas realmente horrendas, y un Arsace que parecía más El Dioni de Camela que un guerrero asirio o babilonio. Habrá a quien le gusten estos trabajos del difunto Ronconi, pero desde luego no es mi caso. En una obra que permite una desbordante fantasía visual, me parece desaprovechar la ocasión de efectuar un trabajo vistoso, luminoso, bello, en vez de algo tan feista. 

La Orquesta Sinfónica de Bilbao respondió con solvencia a las indicaciones de Alessandro Vitiello, destacando la labor de las maderas, muy importante a lo largo de la obra, mientras la percusión llegó a hacerse oír demasiado en determinados momentos. La dirección de Vitiello pecó a menudo de tempos en exceso pausados, tal vez comprensibles en los acompañamientos de los solistas, pero no tanto en una obertura que jugó demasiado con los límites de tempo y sonó carente de chispa y tensión. Acompañando a los solistas fue en general adecuada, aunque hubo algunos momentos puntuales en los que habría sido conveniente moderar algo más el volumen. 

El coro de la ópera de Bilbao, con la comodidad de cantar desde el foso, sin necesidad de moverse por el escenario, cantó con el alto nivel al que nos está acostumbrando en las últimas funciones, aunque con una cierta tendencia al forte en toda la función, lo que quizá hizo más destacable su participación en la gran escena de Assur, donde sí que hubo un juego de matices mucho más interesante. 

De entre los comprimarios, David Sánchez cantó fuera de escena y con amplificación su fantasma del asesinado Rey Nino, y pese a todo la orquesta le tapó en algunos momentos de su breve intervención. Correcto en su breve papel el Mitrane de Josep Fadó. Itziar de Unda supo sacar partido a su pequeño papel de Azema, haciéndose oír en el terrible Euskalduna y cantando con gusto, pero claro, en un papel tan pequeño, supo a poco. 

Mal el Oroe de Richard Wiegold, con esa clásica voz de bajo anglosajón, de dicción italiana discutible y voz poco interesante, con agudos feos y graves apenas audibles. A su voz le falta el cuerpo necesario para dotar de la dignidad que requiere al personaje, y pasó bastante desapercibido. 

José Luis Sola es un grandísimo cantante, y no es ninguna novedad que tengo una gran predilección por él. Pero Idreno no es su papel. Pese a un sorprendentemente buen comienzo en el canto de coloratura, dejó al descubierto en su gran aria del segundo acto “La speranza più soave” que el canto rossiniano no es el que mejor se adapta a su voz (su primer aria, “Ah, dov’è il cimento”, fue directamente eliminada, decisión que no me agrada nada, he de decir). No tiene problemas de registro, luciendo buenos sobreagudos (aunque con ese volumen más reducido que le caracteriza, no entiendo por qué), si bien un incidente estuvo a punto de romper su agudo final del aria, que en los pasajes más melódicos dejó al descubierto el buen gusto del navarro. La cabaletta fue resuelta con corrección, pero sin aprovechar todo el lucimiento vocal que ofrece a un tenor más adecuado al repertorio.

Ya expresé mis dudas respecto a la adecuación vocal de Simón Orfila para el Assur tras el Selim de Oviedo, y en general mis sospechas se cumplieron. La voz del menorquín es grande, de timbre razonablemente bello y homogeneo, sin problemas de registro, gran actor y un magnífico cantante en los terrenos más líricos (de las no pocas veces que le he escuchado en vivo, tanto en Bilbo como en Donostia, Oviedo o Barcelona, me quedo siempre con su Raimondo y su Giorgio, ambos en anteriores temporadas bilbainas, en las que estuvo realmente brillante), pero más “torpe” en el canto de coloratura, fundamental en el terrible Assur. Comenzó así la función con un problema de respiración que le impidió concluir una frase por falta de aire en un pasaje de coloratura. En los dúos con Arsace y Semiramide sacaba a la luz todas sus virtudes en los pasajes más líricos, pero se le notaba menos cómodo en las cabalettas, no consiguiendo siempre cantar todas las notas, pese a ralentizar los tempos. Por eso no deja de ser sorprendente lo que sucedió en su gran escena “Deh, ti ferma”, del segundo acto: el aria no es nada fácil, ya que requiere de un gran dominio de la coloratura además del canto legato, y aquí Orfila se salió, estuvo simplemente espectacular. Me quedé con ganas de pedir un bis, sinceramente. Y la caballetta, no me nos terrible, estuvo igualmente muy bien resuelta. No me explico cómo, pero gracias a esa escena, Orfila salió victorioso y fue ovacionado y braveado como correspondía. Por mi parte, todos los defectos comentados a lo largo de la función desaparecieron tras esa escena inolvidable. 

Daniela Barcellona es la voz más rossiniana del reparto, y lo demostró a lo largo de toda la ópera. Sus coloraturas resultaron impecables, so dominio del canto rossiniano fue más que evidente, el papel de Arsace no parece tener secretos para ella. Fue un verdadero lujo escuchar sus dos arias (su cabaletta “In si barbara sciagura” fue de manual), y no menos lo fueron sus dúos con Semiramide y Assur. Puede que el agudo no resulte especialmente hermoso, pero es un detalle menor al lado de su actuación de ayer, realmente magnífica. Un placer absoluto haber podido disfrutar de un Arsace como el suyo. 

A Silvia Dalla Benetta le tocó el difícil papel de sustituir a la inicialmente prevista Angela Meade, y, si he de decir la verdad, yo creo que hasta salimos ganado, porque la Meade es una magnífica soprano dramática de coloratura, pero no tiene la ligereza vocal que requieren las coloraturas tremendas de Semiramide (puede comprobarse escuchando su interpretación del papel en el MET, donde las coloraturas rossinianas ni las huele). y Dalla Benetta fue aquí una elección más que adecuada. Por no extenderme en exceso, sirva de prueba su aria “Bel raggio lusingiero”, en la que lució absoluto dominio de las coloraturas más rápidas y de los picados, si bien tiende a atacar los agudos con esos horribles portamentos que tan de moda están. Fue una magnífica Semiramide sin ninguna duda, y en este caso todo un acierto de ABAO el haber contado con ella como sustituta de la gran estrella de la función. 

Las dos funciones más largas que he visto en ABAO (Tristan und Isolde y el Don Carlos francés) se hicieron eternas por el bajo nivel musical. Esta Semiramide, sin llegar a la duración de las anteriores, no era una ópera “cortita”, precisamente, y el miedo al aburrimiento está siempre presente. Pues bien, no sólo no se me hizo larga, sino que incluso se me llegó a hacer corta. Creo que es una buena señal. 

Luces y sombras. Lo mejor era ignorar el aspecto visual y centrarse en el auditivo. Y ahí, en general, con los reparos ya expresados, la función fue muy disfrutable. Yo salí encantado, la verdad, que es a fin de cuentas lo que cuenta. Ah, y ojalá que Semiramide vuelva a estar presente en los teatros de todo el mundo al nivel que le corresponde a una ópera de su calidad. 

Crónica: Il turco in Italia en Oviedo (07-10-2018)


Tenía ya ganas de estrenarme en el Teatro Campoamor de Oviedo, que presenta cada año unas temporadas más que interesantes, con títulos infrecuentes en el estado, o incuso con estrenos absolutos, como la reciente “Fuenteovejuna” que me quedé con las ganas de ver. Así que había que aprovechar la ocasión de ver una genial comedia de Rossini, no muy habitual, “Il turco in Italia”, que contaba además con un reparto atractivo.




“Il turco in Italia” es la quinta ópera de Rossini que tengo ocasión de ver en vivo, siendo las 5 comedias. Sin llegar a la absoluta genialidad que es “L’Italiana in Algeri”, la mejor de todas en mi opinión, este turco es una magnífica ópera que bien merece la pena ser vista, y había que aprovechar la ocasión, pese a lo duro del viaje (6 horas y media de bus, y vuelta al día siguiente) y al sablazo al bolsillo que supone.

Como siempre, antes de comentar pormenorizadamente la función, dejamos un enlace de la producción.

La escenografía, bastante compleja, nos traslada a la Italia de los años 50, con su pizzeria, sus casas ruinosas y el tranvía pasando por la calle de atrás, además de sus bicis y motos pasando por delante de la acera principal. Quizá por momentos despistaba un poco, pero resultaba colorida y eficaz. La dirección de Emilio Sagi destacaba la comicidad de la historia, ayudada por el enorme talento interpretativo de los solistas.

Iván López Reynoso dirigió con solvencia a la Orquesta Oviedo Filarmonía, acompañando en general con corrección a los cantantes, con apenas algún momento de excesivo volumen y pequeños desajustes con Corbelli, incapaz de seguir por momentos el ritmo impuesto por el director. De una orquesta que estuvo en general a buen nivel habría que destacar los metales en la obertura, con una trompa maravillosa y una trompeta que, pese a una ligera desafinación, resolvió con solvencia su parte.

El coro de la ópera de Oviedo supero la prueba, aunque “Il turco in Italia” no es una ópera que tenga una participación coral destacable, no olvidemos que los finales no son los más espectaculares de Rossini.

David Astorga, con una voz pequeña pero interesante, fue un correcto Albazar que supo sacar partido a su pequeña aria del segundo acto.

Laura Vila fue igualmente una correcta Zaida, sacando partido a su parte escénica, ya que la vocal no le permite grandes momentos de lucimiento.

David Alegret fue Don Narciso, uno de los 4 protagonistas de “Il turco in Italia”, pero cedió el protagonismo de este cuarto personaje al poeta. Su voz es sin duda la de un contraltino, por timbre y por facilidad para las coloraturas (realmente envidiosa), y se desenvuelve con solvencia en escena. Pero su problema es que el registro agudo no existe, y se nota demasiado en unos agudos problemáticos u omitidos que enturbiaban su interpretación.

Manel Esteve fue un sobresaliente poeta, luciendo sus virtudes habituales: voz de timbre hermoso, canto irreprochable y una capacidad actoral sorprendente. En lo cómico, cómo no, destacar la escena en la que es arrojado por la alcantarilla. En lo vocal, supo sacar partido a un personaje poco interesante, dándole un realce poco menos que inusitado.

Sabina Puértolas interpretaba a la protagonista femenina de “Il turco in Italia”, la insoportable Fiorilla, y como tal fue insoportable, como debe ser. Tiene una gracia escénica fuera de cualquier duda. Vocalmente, sigue existiendo un agudo en exceso vibrado, en especial en su aria de entrada, aunque hay que destacar los picados impecables que dio en esa aria, algo infrecuente a día de hoy. A medida que calentaba la voz, vocalmente también iba mejorando, aunque el agudo siga siendo demasiado vibrado para mi gusto. Su escena final fue realmente sorprendente, luciendo sobreagudo y unas coloraturas terroríficas que resolvió a la perfección. Esta ha sido la vez que mejor la he visto, sin duda.

Simón Orfila se hacía cargo del turco Selim, y como tal fue escénicamente insuperable y vocalmente solvente, más cómodo en los pasajes legatos que en los de coloratura, que ralentizaba para poder resolverlos correctamente. Sabemos de sobra que Orfila es un artistazo que siempre va a darnos buenos momentos, y su Selim fue más que interesante tanto a nivel vocal como actoral.

Para mí, el gran atractivo de estas funciones de “Il turco in Italia” era poder escuchar en vivo a un mito del canto rossiniano como es Alessandro Corbelli. Es de los artistas que mejor dominan el canto sillabato, y el papel de Don Geronio le va como anillo al dedo. En el caso de un veterano como él, el comienzo fue algo preocupante, ya que daba la sensación de que no existiera canto legato… pero esos miedos duraron apenas unos minutos, porque en seguida apareció el Corbelli que conocemos de años atrás, perfecto no sólo en el sillabato sino en el legato, con un agudo todavía solvente y una vis cómica absolutamente envidiable. Los pasajes de sillabato más rápidos fueron ralentizados, pero esto es un mal menor en una interpretación absolutamente memorable, de esas de las que poder presumir en años futuros. Un verdadero privilegio para Oviedo haber contado con él.

Del público, decir que me horrorizó oír pataleos cuando en megafonía se hablaba en asturiano (vergonzoso, por favor), pero respondió con calidez en los aplausos finales. Aplausos sin duda merecidos para una función realmente magnífica. Desde luego dan ganas de repetir en Oviedo.



Crónica: Le nozze di Figaro en Quincena Musical (13-08-2017)


Volvía la ópera escenificada a la Quincena (que no a Donostia) después de que el año pasado nos hubiéramos quedado sin ella. Poca originalidad en la elección: si el año paso de ofreció el “Don Giovanni” de Mozart”, este se representaba otra ópera del salzburgués, “Le nozze di Figaro” (ópera mucho más interesante en mi opinión). En los años que llevo como abonado de la Quincena Musical Donostiarra, creo que Mozart ha sido el compositor del que más óperas se han representado (he visto además Flauta y Rapto). No pensaba yo que el público donostiarra fuera tan adicto a Mozart, pero lo cierto es que el Kursaal se veía lleno a rebosar. De un público, eso sí, ruidoso hasta el horror: desde móviles sonando hasta objetos cayendo y los odiosos envoltorios de caramelos abriéndose lo más lentamente posible para que el ruido se prolongue eternamente, sin contar con la sección de pneumología del hospital, que se hizo notar ayer de una forma notablemente escandalosa.




Antes de nada un comentario: estamos en plena Semana Grande Donostiarra, y ya sabemos que la tradición manda que a las 10:45 hay que estar en algún buen lugar para poder ver el concurso internacional de fuegos artificiales; como mínimo, en la zona del Hotel Londres o en el puerto, y mejor aún en la playa de la Concha. Se anunció que la ópera acababa a las 10:30, aunque según la duración que especificaba en el programa de mano debería haber acabado a las 10:15. Con media hora todavía da tiempo a llegar a un buen sitio; con 15 minutos, como no corras, imposible. Pues bien, ayer salimos a las 10:45. Imposible moverse. Tocaba ver los fuegos desde el mismo Kursaal. No entiendo la obsesión de la Quincena por programar la ópera siempre durante la semana grande y luego andar tan apurados (el público empezaba a levantarse y salir corriendo en cuanto terminaron los últimos acordes).

Vamos ya con lo que importa, la función de ayer (la primera de las dos previstas). Y, antes de nada, dejamos un enlace con la producción.

La escenografía de Dante Ferretti y Francesca Lo Schiavo era sencilla pero efectiva para la poca capacidad que tiene el escenario del Kursaal. El vestuario de Mauricio Galante era adecuado en formas pero no en color, con ese abuso de rosas y rojos que se contagiaba incluso a las pelucas, que deberían ser invariablemente blancas. La dirección escénica de Giorgio Ferrara brilló por su ausencia: ignorancia absoluta de las indicaciones del libreto, sosez, todo parecía funcionar gracias a las dotes artísticas del reparto más que a la dirección, salvo algún momento más afortunadamente resuelto, como la huida de Cherubino saltando del balcón, saltando en este caso del escenario al patio de butacas.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi sonó bien, aunque con algún desajuste en la obertura, donde maderas y metales se hicieron oír demasiado por encima de los chelos. La dirección orquestal de la taiwanesa Yi-Chen Lin pecó de irregular: tras un inicio de obertura brillante, la segunda parte se hizo tan pesada como una marcha de elefantes. Y algo similar ocurrió en el resto de la ópera: momentos afortunados y otros (demasiados) en los que faltaba esa chispa inherente a la genial partitura de Mozart.

La participación del coro Easo fue anecdótica, y eché de menos una mayor cantidad de coristas, ya que el “Amanti costanti” se me quedó bastante pobre. La inclusión de 4 bailarines me pareció un sinsentido que no aportaba nada.

Vamos ya con el reparto.

Correcto el Don Curzio de Gerardo López, recurriendo a tartamudeos y tics cómicos tan frecuentemente asociados al personaje. Rudo vocalmente el Antonio de Fernando Latorre, ajeno al canto mozartino incluso en un papel ya de por sí rudo como este.

Al Don Basilio de Juan Antonio Sanabria le cortaron el aria del 4º acto (algo siempre imperdonable), por lo que es difícil calificarlo. Lo encontré solvente en el trío-cuarteto del primer acto. Muy justita la pareja formada por el Don Bartolo de Valeriano Lanchas y la Marzellina de Marina Rodríguez-Cusí. Él demostró nula capacidad de sillabatto en su aria del primer acto, a parte de tener una dicción italiana bastante incomprensible, y vocalmente no dijo nada. La voz de ella sonaba completamente agotada, y quizá agradeció no cantar su aria del cuarto acto.

Grata sorpresa la Barbarina de Belén Roig: con una presencia fresca y joven, su voz era perfecta para el personaje y cantó con solvencia y gusto sí pequeña aria del cuarto acto, que en este caso afortunadamente no fue cortada.

Desigual el Cherubino de Clara Mouriz: escénicamente era perfecto, dando vida al adolescente hormonado y casi hiperactivo con absoluta credibilidad. Vocalmente la cosa no fue tan bien: el timbre es perfecto para el papel, pero sus dos maravillosas arias no fueron satisfactorias: en el “Non so piú” se le vio incómoda en los agudos, mientras en el “Voi che sapete” un exceso de vibrato perjudicó la línea de canto. Mejor en el resto de sus intervenciones, que son pocas y mucho menos comprometidas, además de lucir sus dotes como actriz en los recitativos.

El papel de Susanna corría a cargo de Katerina Tretyakova. Tardó en calentar la voz, pero una vez lo consiguió demostró su capacidad canora y un timbre bello y fresco. En el aria “Deh vieni, non tardar” abusó de portamentos, pero en general su participación fue notable, en especial en los dos últimos actos.

El Conde de Lucas Meachem no apuntaba maneras al principio, ya que la voz, grande y de bello timbre, no sonaba flexible, pero de nuevo, tras calentar la voz, la cosa mejoró, logrando superar con nota esa prueba de fuego que es el aria “Vedró mentr’io suspiro”, justamente recompensada por los aplausos del público.

Carmela Remigio, que cantaba la parte de la Condesa, comenzó también más bien floja en un “Porgi amor” demasiado vibrado y sin gracia, mejorando a medida que avanzaba la ópera hasta cantar un solvente “Dove sono” y destacar en los números de conjunto.

El mejor de la noche fue sin duda el Figaro de Simón Orfila, mucho mejor que en su reciente Leporello en Bilbao. En la línea de los Figaros con voz de bajo como Siepi o Ramey, fue quien mejor comenzó la función, sin necesidad de calentar la voz. Divertido como actor, abusó un tanto del canto en forte, pero supo matizar en una magnífica “Aprite un po’ quegl’occhi”, de lo mejor de la noche.

En resumen, si la primera mitad de este “Le nozze di Figaro” sobrevivió gracias a la música de Mozart, la segunda remontó el vuelo, con buenos momentos musicales. Prueba superada un poco por los pelos. Mejor que muchas de las últimas óperas que non han ofrecido en la Quincena (salvo la espectacular “Tosca” de hace dos años), pero todavía esperamos más, tanto en nivel como en “riesgo” en el repertorio.



Crónica: Don Giovanni en ABAO-OLBE (21-02-2017)


Don Giovanni es la cuarta y penúltima ópera que nos ofrece esta temporada la ABAO, y en mi opinión es la menos atractiva de las propuestas. Claro que es un problema personal: Don Giovanni me aburre. Así que no es difícil imaginar las pocas ganas que tenía el martes por la tarde de salir de casa sabiendo que tenía por delante 3 horas de ópera (más otra media hora de intermedio) y que llegaría de vuelta a casa a la 1:30 de la mañana.




Y de hecho hubiera tirado la toalla y me habría quedado en casa de no ser por el atractivo del reparto y, en especial, por tener la ocasión de escuchar al gran barítono Simon Keenlyside, que debutaba en la ABAO. Y ese fue de hecho el atractivo de la noche que hizo que el viaje mereciera algo la pena.

Antes de entrar a comentar la función dejo un enlace con la ficha de la representación.

La escenografía de Jonathan Miller para este “Don Giovanni” era sencilla, igual para todas las escenas, con las fachadas de tres casas formando una plaza central, con numerosas puertas y ventanas. Es de agradecer que no se perdiera tiempo en los numerosos cambios de escena que requiere la ópera, aunque alguno, como la escena del cementerio, quedaran un tanto desdibujados. La dirección de actores fue correcta (bien coreografiado el duelo a espada de Don Giovanni y el Comendador al comienzo de la ópera), aunque quizá se abusara demasiado de situar a los cantantes al fondo del escenario, teniendo en cuenta la pésima acústica del Euskalduna.

Keri-Lynn Wilson, en su función de directora de orquesta, resultó en mi opinión excesivamente lenta en la mayoría de pasajes (la obertura se hizo eterna), salvo en un demasiado rápido “Mi tradì quell’alma ingrata”. Por momentos también fue excesivo el volumen que llegaba a tapar a algún solista, en especial en el primer acto, siendo mejores los resultados en el segundo. Buena concertadora, destacó el dramatismo de la partitura, en especial en el final de la ópera (en esta función se suprimió la moraleja añadida para las funciones vienesas, terminando la ópera con la bajada de Don Giovanni al infierno, como en la versión original del estreno en Praga). Contribuyó al buen hacer la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que sonó excelente. Nada que reprochar igualmente al coro, que tampoco tiene intervenciones muy destacadas.

De los 8 solistas, el punto negro fue el Masetto de Giovanni Romeo; escénicamente daba el pego de campesino basto, pero ello no significa que su canto tenga que ser tan tosco, desagradable incluso por momentos.

Gianluca Buratto se hacía cargo de la parte del Comendador. Si bien no llamó especialmente la atención en el comienzo de la ópera, sorprendió en la escena final con una voz rotunda, autoritaria, potente (incluso cuando cantaba desde el fondo del escenario), sin problemas de tesitura. En resumen, todo lo que ha de tener un buen Comendador para hacer una escena final memorable.

Miren Urbieta Vega interpretaba a la campesina Zerlina, y fue, por detrás de Sola, lo mejor de la noche. Magnífica en todas sus intervenciones, cantante con buen gusto, técnica impecable y adecuación estilística que hicieron de su Zerlina una delicia. Difícil decidir si estuvo mejor en el “La ci darem la mano” o en el “Batti, batti, o bel Masetto”, estando brillante en ambas.

Pero ya hemos dicho que lo mejor de la noche fue José Luis Sola, que se hacía cargo de la parte de Don Ottavio. Ya he mostrado en otras ocasiones mi predilección por este tenor, pero es que aquí estuvo especialmente adecuado, en un papel de tesitura central que no le obliga a subir a esos agudos en los que su voz palidece. Dechado de buen gusto (maravillosa su “Dalla sua pace”, con variaciones en la repetición), perfecto como actor, nos regaló el mejor momento de la noche, un impecable “Il mio tesoro intanto”, uno de los momentos más hermosos de la ópera y un bombón para un tenor que sepa aprovechar las posibilidades de lucimiento que ofrece el aria, cosa que Sola hizo.

Davinia Rodróguez se hacía cargo de la parte de Donna Anna. Su voz no terminaba de sonar adecuada para el papel, resultando por momentos su timbre incluso algo estridente (o era una forma de transmitir la histeria del personaje, no lo sé). Se hacía oír perfectamente en los números de conjunto, en especial en el concertante del final del primer acto. Pero si en un momento tiene que brillar una Donna Anna es en su maravillosa aria del segundo acto “Non mi dir”, en la que Rodríguez se lució con unas coloraturas perfectas, picadas, sin portamentos, impecables. Fue un gran momento, sin duda.

Serena Farnocchia sustituía a la anunciada María Bayo como Donna Elvira. Sacó adelante el papel, pero su momento estrella, el aria “Mi tradì quell’alma ingrata” dejó al descubierto una voz con excesivo vibrato que llegaba a resultar algo molesto. Destacó más en otros momentos de la función, como en la escena final.

Simón Orfila se hacía cargo de la parte de Leporello. El bajo menorquín es más un artesano que un artista: nunca memorable, pero garantía segura de buen hacer. Con una magnífica desenvoltura escénica, sólo comparable a la de Keenlyside, vocalmente sacó adelante el papel (con algún agudo no del todo bien emitido, la única pega que se le puede poner a nivel vocal) con absoluta solvencia, aunque no estoy seguro de que sea un papel en el que pueda sacar lo mejor de sí mismo.

El principal atractivo de la noche era el barítono inglés Simon Keenlyside en el papel protagonista. En escena parece casi un tronista, vista la violencia, ordinariez, grosería que demuestra en todo momento (incluso cuando el libreto no lo demanda), lo que nos aleja del refinamiento que nos esperaríamos de un caballero como es, lo que contrasta con la elegancia que sí demuestra su canto. Pese a algún accidente vocal (siendo el más llamativo, que no el único, el que sufrió en esa prueba de fuego que es el “Fin ch’han dal vino”, cuando en medio de la velocidad de las frases, se quedó sin aliento para terminar una de ellas), tiene ya interiorizado el personaje, que maneja a su antojo. La segunda estrofa del “Deh, vieni alla finestra”, cantada casi en un susurro, fue pura magia. No es tampoco el papel en el que me habrá gustado verle, pero no se puede negar que su desempeño fue notable.

En resumen, una buena función con un buen reparto. Que casi me quedara dormido es sin duda un problema personal. Cuestión de gustos… pero estoy seguro de que a quienes sí les guste el Don Giovanni disfrutarían de lo lindo con estas funciones que ha ofrecido la ABAO.



200 años del estreno de La Cenerentola (25-01-2017)


Un día como hoy hace 200 años se estrenaba una de las obras maestras de Gioacchino Rossini, La Cenerentola. Vamos a recordarla contando detalles sobre su composición y contando su argumento.




En 1816, Rossini había estrenado “Il barbiere di Siviglia” en el Teatro Argentina de Roma, y pese al fracaso del día del estreno, ya desde la segunda función la ópera fue un enorme éxito. El Teatro Valle, también en Roma, mantenía una rivalidad con el Teatro Argentina, por lo que deciden contratar a Rossini para que les componga una ópera.

¿Qué tema elegiría Rossini para esta nueva ópera, que habría de ser también una comedia? Tras descartar un libreto de Gaetano Rossi, se elige como trama el cuento de La Cenicienta de Charles Perrault, escribiendo el libreto Jacopo Ferretti. Pero necesidades técnicas (falta de recursos, básicamente) obligan a suprimir cualquier elemento mágico o sobrenatural de la trama, por lo que Ferretti se aleja bastante del cuento original, inspirándose en otros dos libretos de ópera, los de “Cendrillon” de Charles Guillaume Etienne para la ópera de Nicolò Isouard de 1810 y el de “”Agatina, o la virtù premiata” de Francesco Fiorini para la ópera de Stefano Pavesi de 1814. Así, se sustituye al hada madrina por un consejero del príncipe, y la madrastra se convierte en padrastro.

La composición de La Cenerentola es muy rápida, apenas 3 semanas. Es por ello que Rossini se autorrecicla, arreglando pasajes de otras óperas suyas (de los que ya hablaremos llegado el momento) y asignando a su ayudante Luca Agolini la composición de los recitativos, así como de dos arias menores, las de Clorinda (una de las hermanastras) y Alidoro (el consejero).

El estreno tiene lugar finalmente el 25 de enero de 1817 en el Teatro Valle, dirigido por el propio Rossini y con la contralto Geltrude Righetti Giorgi (quien también estrenó el papel de Rossina en el Barbiere) en el papel protagonista. El estreno no fue un gran éxito (aunque sin llegar al escándalo del estreno del Barbiere) pero no tarda mucho en triunfar, estrenándose en pocos años por toda Italia, Europa y América.

Cuando en 1820 La Cenerentola se representa en el Teatro Apollo de Roma, teniendo a un gran bajo en el papel de Alidoro, Rossini decide darle más peso al personaje componiendo él mismo una nueva aria de lucimiento que sustituiría a la que había compuesto Agolini. Este aria será una de las piezas más brillantes del compositor, sin duda.

Tras la caída en el olvido de las óperas de Rossini, desde la segunda mitad del siglo XIX, La Cenerentola fue recuperada especialmente a partir de los años 50, siendo a día de hoy una ópera muy frecuente en el repertorio (la segunda más representada de Rossini tras el Barbiere), muestra de la genialidad de la partitura.

Antes de repasar el argumento de la ópera dejo un enlace con el libreto de la ópera.

La Cenerentola comienza con una genial obertura en la que vamos a escuchar entre otros el tema del concertante del final del primer acto. Pese a todo, la obertura es un préstamo de una ópera anterior de Rossini, “La Gazetta”. La escuchamos dirigida por Alberto Zedda:

Comenzamos el primer acto de La Cenerentola. Estamos en el ruinoso palacio de Don Magnifico, Barón de Montefiascone. Sus dos hijas, Clorinda y Tisbe, se pasan el día presumiendo, creyéndose las mejores jovencitas de la zona. Escuchamos la breve introducción con dos especialistas en los papeles de las hermanastras, Margherita Guglielmi como Clorinda y Laura Zannini como Tisbe:

Mientras tanto, su hermanastra Angelina, La Cenerentola del título, está trabajando como una sirvienta, y canta una canción sobre un rey que, aburrido de estar solo, tuvo que elegir entre tres chicas, eligiendo a la inocencia y la virtud. Sus hermanastras no le dejan cantar, pero son interrumpidos por un mendigo que viene a pedirles una limosna; las hermanas lo desprecian, pero Angelina le da a escondidas un café y un trozo de pan. Lo que ninguna sabe es que el presunto mendigo es en realidad Alidoro, el consejero del príncipe de Salerno, que ha venido a ver cómo son las jóvenes de la casa.

Las hermanas, al ver que Angelina le ha dado algo de comer al mendigo, se disponen a castigarla, pero son interrumpidas por un grupo de caballeros que anuncian que en un momento aparecerá el Príncipe Ramiro buscando a las jóvenes de la casa para invitarlas a una fiesta que va a dar, en la que elegirá a la más bella como esposa. Las dos hermanas, alteradísimas, se preocupan de adornarse, agobiando a Angelina con sus órdenes.

Escuchamos esta escena, desde el monólogo de Angelina “Una volta c’era un Rè”, con Elina Garanca como Angelina:

Angelina despide al mendigo, que le promete que su vida va a cambiar.

Mientras sus hermanas siguen pidiéndole sus ropas y sus joyas. Cuando ella les llama “hermanas” se gana la bronca de ellas por no ser digna de ser considerada familia suya. Mientras, se dan cuenta de que tienen que despertar a su padre para informarle de la llegada del príncipe, y como siempre, se pelean por ver quién es la que va a despertarle. No hace falta: con el ruido Don Magnifico se despierta y sale furioso, abroncando a sus hijas por haberle despertado de un bello sueño que él interpreta como su ascenso social hasta la realeza. Tenemos así la primera de las arias de Don Magnifico, “Miei rampolli femminini”, que escuchamos a Paolo Montarsolo:

 Don Magnifico y las hermanas se retiran cada uno a su habitación, que tienen que prepararse y ponerse guapos para el príncipe.

Aaperece entonces un escudero, que no es tal; en realidad es el Príncipe de Salerno, Ramiro, que ha decidido disfrazarse para poder observar a las jóvenes; la ley le obliga a casarse, cosa que le desespera, porque no asume casarse sin amor, y Alidoro le ha dicho que en esa casa encontrará a una joven buena.

Entra Entonces Angelica canturreando su canción, pero al ver al “escudero” la bandeja que lleva se le cae al suelo. Él le pregunta si acaso es un monstruo,ella distraída le responde que sí (así se liga, sí señor), luego se corrige, y ambos observan la reacción del otro y comienzan a sentir algo raro… nace el amor, vamos.

Pero el “escudero” pregunta por Don Magnifico, y Angelica le dice que él y sus hijas están en sus habitaciones. Ante la pregunta de quién es ella, contesta que su madre era viuda y se casó con el barón. Las hermanastras la reclaman, pero los dos están ya un poco embobados.

Escuchamos la escena cantada por Joyce diDonato y Lawrence Browlee:

Angelina se va, y Ramiro se queda fascinado con la joven, pese a sus humildes ropas. Espera a Don Magnifico, para decirle que el “príncipe” (en realidad su mayordomo, Dandini, disfrazado) llegará en un momento; cuando el barón sale, la impresión de Ramiro no es nada positiva.

Entra el coro de caballeros anunciando la llegada del falso príncipe, que cuenta como ha buscado entre todas las bellezas del reino pero no ha encontrado ninguna digna de él, y las dos petardas hermanas le hacen la pelota, mientras Dandini responde con galantería, pero temiendo en lo que pueda acabar esa farsa. Escuchamos el aria de Dandini “Come un’ape” cantada por Sesto Bruscantini:

El príncipe tiene que casarse porque su padre acaba de morir,  si no se casa quedará desheredado, de ahí la desesperación por encontrar esposa. Dandini se lleva a las dos jóvenes a su carruaje, mientras Angelina vuelve a salir para darle el bastón y el sombrero a su padre. Ramiro, que estaba esperando volver a verla, se da cuenta de que el barón la maltrata.

Angelina le pide a Don Magnifico permiso para ir a la fiesta, pero él se niega y la insulta. Entra Dandini buscando al barón y se encuentra con el panorama de que una de las chicas no puede ir al baile, porque según Don Magnifico es una sierva que no vale nada; incluso Dandini y Ramiro tienen que detenerlo para que no golpee a la joven. Escuchamos esta parte con Jennifer Larmore como Angelina, Rockwell Blake como Ramiro, Alessandro Corbelli como Dandini y Carlos Chausson como Don Magnifico:

Aparece entonces Alidoro, afirmando que en el registro aparecen tres hermanas; la que falta, obviamente, es Angelina, pero Don Magnifico miente diciendo que la tercera murió y amenaza a Angelina para que no abra la boca. Tras unos momentos de incertidumbre, Don Magnifico de nuevo ataca a Angelina, provocando la ira del resto, hasta el punto de que Dandini tiene que agarrar al barón y llevárselo, seguido por Ramiro y Alidoro. Escuchamos el quinteto con Joyce DiDonato como Angelina, Juan Diego Flórez como Ramiro, David Menéndez como Dandini, Bruno de Simone como Don Magnifico y Simón Orfila como Alidoro (ir al minuto 53:27):

Este quinteto es una de las mejores piezas de conjunto que escribió Rossini, sin duda.

Aparece entonces de nuevo el mendigo que le dice que a Angelina que la acompañe al baile del príncipe. Angelina, enfadada, le echa, pensando que se está vengando por haberle dado poco de comer, pero entonces él revela su verdadera identidad: es Alidoro.

Tenemos en este momento el aria que compuso Luca Agolini, “Vasto teatro è il mondo”:

Pero escuchamos ahora el aria que escribió Rossini en 1820, en la que Alidoro le dice a Angelina que en el cielo hay un Dios que ve todo su dolor y que se encarga de que su suerte cambia, y aparece un carro para llevarla al palacio. Escuchamos esta maravillosa aria (de las mejores que compuso Rossini”, “Là del ciel nell’arcano profondo”, cantada por Michele Pertusi:

Cambiamos de escena. Estamos en el palacio. Dandini se deshace de Don Magnifico mandándolo a la bodega para que se emborrache con la excusa de nombrarlo bodeguero, y siguiendo órdenes de Ramiro, intenta conocer a las dos hermanas, que se pelean por sus favores.

Mientras, en las bodegas, Don Magnifico se ha puesto las botas a vino, y los caballeros le nombran bodeguero, por lo que él promulga su primera ley: ejecutar a quien mezcle el vino con agua, nada menos. Escuchamos esta segunda aria de Don Magnifico cantada por Giuseppe Taddei:

De vuelta al palacio, Dandini huye desesperado de las dos hermanas; Ramiro le pregunta cómo son y Dandini le dice que son absolutamente insoportables, lo que desespera a Ramiro, que confía en las palabras de Alidoro de que en esa casa hay una chica que merece la pena. Aparecen entonces las dos hermanas que casi despedazan a Dandini, que les dice que sólo se pueda casar con una, y que la otra se la dará a su amigo, señalando a Ramiro, cosa que ellas rechazan por ser un escudero plebeyo. Escuchamos el dúo “Zitto zitto, piano piano” con el que comienza el finale del primer acto de La Cenerentola con Ramón Vargas y Alessandro Corbelli:

Escuchamos ya de tirón el resto del final. Se escucha llegar a alguien. Alidoro afirma que es una desconocida dama cubierta por un velo. Las hermanas ya se ponen celosas, para alegría de Alidoro (como si no se hubieran delatado ya ante el príncipe justo antes al despreciarlo por plebeyo…). Entra la desconocida, que no es otra que Angelina, vestida con la ropa que le ha cedido Alidoro, y al quitarse el velo todos quedan sorprendidos por distintos motivos. Ramiro cree reconocerla, mientras las hermanas dudan de si es Angelina. Llega Don Magnifico avisando que la cena está lista, pero se queda anonadado al ver a la joven que se parece tanto a Cenerentola. Dandini mete prisa para ir a cenar (para una vez que hace de príncipe piensa aprovecharlo), y todos creen estar soñando y con miedo a despertar. Vamos al vídeo (minuto 1:18:20):

Terminado el primer acto de La Cenerentola, comenzamos el segundo.

Don Magnifico está con sus dos hijas, temiendo que se estén burlando de ellos y sobre todo mosqueado por el parecido de la joven con su criada. Pero confía en que el príncipe caiga rendido ante alguna de sus dos hijas y ya se prepara para su acomodado futuro. Escuchamos la tercera aria de Don Magnifico, “Sia qualunque delle figlie” cantada por Enzo Dara:

Las hermanas vuelven a pelearse y se van. Entonces aparece Ramiro, enamorado de la joven desconocida, que le recuerda ala criada que conoció antes. Se esconde al oír que llega la joven junto a Dandini, y escucha como rechaza al “príncipe” porque está enamorado de su escudero (es decir, de Ramiro,el verdadero príncipe). Ramiro sale de su escondite y le declara su amor, pero ella le dice que primero tiene que ver su fortuna, encontrarla, y para hacerlo le da como prueba uno de los dos brazaletes que lleva (la censura no permitía quitarse un zapato en el teatro, así que otra vez nos cambian el cuento) y sale huyendo. Dandini se da cuenta de que su papel como príncipe ha terminado (aunque le tocará hacer de testigo en la boda). Ramiro vuelve a asumir sus funciones de príncipe, y siguiendo el consejo de Alidoro de hacer lo que le aconseje su corazón, decide librarse de las dos petardas y salir en busca de su amada. Escuchamos así el aria “Sì, ritrovarla io giuro” cantada por Javier Camarena:

Alidoro está preparado para hacer volcar la carroza del príncipe junto a la casa de Don Magnifico para que así pueda encontrar a Angelina.

Mientras, Dandini lamenta su mala suerte de haber bajado de príncipe de nuevo a mayordomo. Pero aparece Don Magnifico, que todavía no sabe nada, impaciente por saber quién de sus dos hijas es la elegida. Dandini le dice que le va a decir algo que le va a sorprender (y Don Magnifico piensa si le va a pedir que se case con él… no tiene remedio, no), pero primero quiere saber cuáles son sus exigencias para que una de sus hijas sea la esposa del príncipe, y el barón comienza su retahíla de estridencias, a las que Dandini contesta que no se las puede conceder porque ni él mismo las tiene, ya que no es un príncipe, sino un mayordomo. Don Magnifico estalla en cólera, pero Dandini lo echa del palacio. Escuchamos el dúo “Un segreto d’inportanza” con Enzo dara como Don Magnifico y Alessando Corbelli como Dandini (minuto 1:55:10):

Cambiamos de escena. Volvemos a estar en el Palacio del Barón. Angelina está cantando de nuevo su canción, pero acaricia su brazalete en espera de que su amado llegue a rescatarla. Aparecen Don Magnifico y sus hijas, enfadadísimos porque se creen burlados por Dandini. Entonces estalla una tempestad, en la que tenemos un pasaje orquestal que escuchamos dirigido por Claudio Abbado:

En medio de la tormenta, Alidoro hace volcar la carroza del príncipe, que va acompañado por Dandini. Se refugian en casa de Don Magnifico, donde él y sus hijas se asombran al saber que el verdadero príncipe es el que creían escudero. Llaman a Angelina para que lleve un sillón al príncipe para que se siente; ella se lo lleva a Dandini, pero le corrigen: el príncipe es Ramiro, quien reconoce el brazalete que lleva ella. Todos se sienten confusos, y tenemos así el magnífico sexteto “Questo e un nodo” (a modo de trabalenguas) que escuchamos con Marilyn Horne como Angelina, Francisco Araiza como Ramiro, Enzo Dara como Dandini y Samuel Ramey como Don Magnifico:

Las hermanas y Don Magnifico entonces empiezan a insultar a Angelina, pero el príncipe ahora sale en su defensa, y la propia Angelina tiene que suplicar el perdón para su familia ante el airado Ramiro, quien ante el desprecio de ellos afirma que se va a casar con Angelina. Don Magnifico afirma que entre sus hijas habrá una opción mejor, pero entonces Ramiro le recuerda que ellas le despreciaron por ser un plebeyo escudero. Ya está todo decidido: Angelina reinará junto a Ramiro. Escuchamos la escena con Cecilia Bartoli, Raúl Giménez, Enzo Dara y Alessandro Corbelli:

Ramiro se lleva a Angelina, seguidos por Dandini y Don Magnifico. Se quedan las dos hermanas y aparece entonces Alidoro, que les recuerda cómo le despreciaron cuando les pidió limosna, y que ahora tendrán que humillarse para conseguir el perdón. Tisbe acepta, pero Clorinda se resiste. Y aquí es donde va la otra aria de Agolini, “Sventurata! Mi credea” para Clorinda (aria que no se suele incluir en las representaciones actuales de La Cenerentola, y no nos perdemos nada, sinceramente):

Llegamos a la última escena de La Cenerentola. Estamos en el palacio de Ramiro. Don Magnifico y sus hijas solicitan el perdón de Angelina, que se lo concede, recuerda su triste pasado y que ya no volverá a estar triste trabajando en la cocina. El rondò final es una reelaboración del de Almaviva en “Il barbiere di Siviglia”. Escuchamos así el final “Nacqui all’affano” cantado por una histriónica Cecilia Bartoli, una máquina de ametrallar notas:

 Terminamos como siempre con un Reparto Ideal de La Cenerentola:

Angelina: Cecilia Bartoli.

Ramiro: Juan Diego Flórez.

Dandini: Sesto Bruscantini.

Don Magnifico: Paolo Montarsolo.

Alidoro: Michele Pertusi.

Crónicas de La Cenerentola:

ABAO-OLBE 22-11-2016.

Opus Lírica 14-05-2017