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Crónica: La serva padrona de Opus Lirica en Donostia (09-11-2019)

La asociación donostiarra Opus Lirica comienza un nuevo proyecto, el de representar óperas “de cámara” en el Teatro Victoria Eugenia, en el seno de su temporada operística en la capital gipuzkoana. Y lo hacía eligiendo una operita breve pero de notable atractivo: el intermezzo cómico “La serva padrona” de Giovanni Battista Pergolesi.

Pergolesi tenía 23 años (y le quedaban sólo e años de vida) cuando estrenó en 1733 este intermezzo en el seno de la ópera “Il prigionier superbo”, obra hoy día prácticamente olvidada. El intermezzo, por contra, goza de gran popularidad, y es curioso como siendo unos 80 años anterior, suena tan cercano a las grandes comedias de Rossini. Es de hecho una obra que tuvo gran importancia en el desarrollo de la ópera bufa posterior. Este es de por sí un argumento que ya debería servir para atraer al público, más teniendo en cuenta que es una obra breve, de apenas 45 o 50 minutos de duración, y con magníficos momentos musicales. 

La elección de este título por parte de Opus Lirica parece ser también un acierto, ya que es una obra que requiere pocos intérpretes: apenas una pequeña orquesta, dos solistas y un papel mudo. Es por tanto de esperar que los gastos no hayan sido ni mucho menos comparables con los que trae montar una ópera de mayor envergadura. 

Antes de comentar la función (la segunda de las dos funciones que se ofrecían) dejamos como siempre un enlace de la ficha técnica. 

Escénicamente bastaban unos pocos elementos de atrezzo para meternos en acción: una cama y una bañera que desaparecían a medida que avanzaba la acción y unos muebles antiguos que nos trasladaban perfectamente a una vivienda burguesa del siglo XVIII, al igual que lo hacía el vestuario, si bien faltaban las típicas pelucas que tampoco eché de menos. La dirección escénica, que corría a cargo de Pablo Ramos y Carlos Crooke, resultó correcta, enfatizando acertadamente los elementos cómicos, siendo la parte final la más efectiva. Más discutible quizá la introducción, con un Uberto que dice que tiene prisa justo después de hacerse el remolón cuando lo van a despertar, o que lleva tres horas esperando que Serpina le lleve el chocolate cuando acaba de meterse en la bañera. Por cierto, un Uberto vago hasta la náusea, que no puede ni ponerse él mismo las zapatillas, todo el rato con el pobre Vespone ahí agachado para servirle… Tampoco sé si era necesario el uso de tres figurantes femeninas. 

La parte instrumental corrió a cargo de Camerata Oiasso Orkestra. Una decena de cuerdas y un clavicordio dirigidos por Francisco J. Ríos-López. No es ninguna novedad que yo de música barroca entiendo lo mismo que de física cuántica (es decir, nada), así que no puedo comentar gran cosa sobre la ejecución, más allá de un aparentemente correcto acompañamiento. En todo caso, mencionar que pese al pequeño número de ejecutantes, el sonido resultó más que suficiente en la introducción instrumental, que sonó más que correcta. 

La serva padrona, en la que no hay coro, requiere de tres solistas, de los cuales uno es mudo. Éste, el papel de Vespone, fue interpretado por Carlos Crooke, que por cierto no fue del todo mudo. En él los innumerables gags cómicos (que a fin de cuentas para eso está el personaje, para ser el tontaina de turno) resultaban absolutamente naturales, gracias a su genial vis cómica. 

Carlos Lozano sacó partido a nivel interpretativo a su Uberto, cómico y serio al mismo tiempo. Su interpretación de los recitativos fue meritoria. Vocalmente el resultado no fue tan satisfactorio: la voz no sonaba bien emitida, el grave era casi inexistente y el agudo, problemático y por momentos, poco audible. Sus dos primeras arias, “Aspettare e non venire” y “Sempre in contrasti” no resultaron así satisfactorias, si bien el resultado fue mejorando a medida que avanzaba la ópera. 

Ana Sagastizabal fue una magnífica Serpina tanto a nivel vocal como escénico. Una Serpina descarada, como debe ser, con una voz de potencia más que suficiente, sin problemas de tesitura, bien emitida, en estilo… una delicia de interpretación, en suma. 

La asistencia fue mejor de lo que me esperaba, aunque tampoco es que fuera gran cosa, pero sospecho que sí fue mejor que en la primera función. Y sorprendía ver un público más joven de lo habitual. Esta función de “La serva padrona” creo que ha resultado satisfactoria y sólo cabe esperar que Opus Lirica vaya consiguiendo la financiación necesaria para poder continuar con proyectos como este en el futuro, que es lo que deseamos para nuestra ciudad. 

Crónica: “Luisa Fernanda” por Sasibil (13-09-2019)

Comienza en septiembre la nueva temporada operística y zarzuelística, y en mi caso lo hacía con una musicalmente muy interesante función de “Luisa Fernanda”, probablemente la zarzuela más representada en la actualidad (en competencia con “Doña Francisquita”), gracias a la Asociación Lírica Sasibil, con la alta calidad musical que les caracteriza, pese al mínimo presupuesto. 

Antes de comentar la función dejamos, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

La escenografía es la tradicional en Sasibil, paneles de cartón piedra en los laterales y pocos elementos de atrezzo, propios de una entidad con tan pocos medios económicos, pero siempre resulta eficaz. La dirección escénica de Koldo Torres fue más que correcta, siguiendo con literalidad las indicaciones del libreto. 

La orquesta de Sasibil sonó a buen nivel bajo la batuta de Arkaitz Mendoza. Sus momentos solistas fueron destacables, en especial los crescendos y el espectacular final. Se notaba en todo caso un cierto desequilibrio entre secciones, con una sección de cuerdas demasiado pequeña, pero de sonoridad muy cálida, destacando la labor del concertino. De la labor como acompañante de Aekaitz Mendoza poco puedo decir, ya que mi localidad estaba justo sobre el foso orquestal, por lo que la oía demasiado, y no sé si tapó a los cantantes o no desde otras localidades más centradas. 

El coro de la asociación tuvo un demasiado notable lapsus al acelerarse demasiado en el “Cerandero”, aunque por lo demás sacó adelante la función con corrección, aunque más miembros para cantar la famosa mazurca no habrían sobrado. 

“Luisa Fernanda” es una zarzuela que requiere un importante equipo de comprimarios, tanto cantantes como actores. Entre ellos, destacar el matizado saboyano de Iker Casares, que se esforzó por apianar los agudos (como debe ser, por otro lado). Destacada labor interpretativa la de Ekaitz González de Urretxu como Luís Nogales, superando con corrección sus pocas frases cantadas. Destacado intérprete igualmente Ángel Walter como Don Florito, y lleno de comicidad y con un canto correcto (tan infrecuente entre los cantantes cómicos de zarzuela) el Anibal de Rafael Álvarez de Luna. Igualmente solvente en la parte vocal e interpretativa la Mariana de Amelia Font. 

Vamos ya con los 4 solistas principales de “Luisa Fernanda”. Y comenzamos con la Duquesa Carolina de Haizea Muñoz. Escénicamente daba el pego perfectamente en el papel, con esas miradas y esos gestos que tan bien transmitían la personalidad de su poco agradable personaje. Vocalmente no comenzó bien la cosa, calando de forma bastante notable los agudos de su dúo con Javier “Caballero del alto plumero”. Mejoró sis duda su participación en la escena de la subasta y, sobre todo, en su dúo con Vidal del segundo acto. 

Manuel de Diego fue un vocalmente solvente Javier, objeto del amor de Luisa Fernanda. Timbre bello, corrección en el agudo, quizá algo falto de volumen, fue un buen Javier al que se le podría pedir algo más de emoción, en especial en el dúo “final” con Luisa, uno de los pasajes más emocionantes de la zarzuela. 

El papel bombón de Vidal recayó en Alberto Arrabal. Ya hemos mencionado en otras ocasiones que es un intérprete que tiene a mejorar notablemente a medida que avanza la obra, pero en esta ocasión hay que decir que ya comenzó a buen nivel en su dúo con Luisa Fernanda, con un canto matizado, aunque intentó lucir voz (torrente vocal el que tiene arriba), si bien su agudo suena un tanto nasal. Ya en el segundo acto cantó un magnífico “Por el amor de una mujer que adoro”, con agudos apianados en mixto. Magnífica su canción de los vareadores, nos regaló el mejor momento de la noche, esa frase final “Sin mi morena no sirvo ya p’a nada” absolutamente emocionante. 

Y terminamos con la protagonista, la Luisa Fernanda de Miren Urbieta-Vega. Vocalmente tenía potencia para comerse a todo el reparto, como hizo en más de una ocasión, y tampoco mostró problemas de tesitura. El mayor problema es que el de Luisa es un papel sumamente ingrato, con muy pocos momentos de lucimiento. Y los pocos que tuvo los aprovechó, desde luego, en especial su escena defendiendo al capturado Javier. Desbordante de emoción fue sin duda su dúo “final” con Javier, “Cállate, corazón”, donde un pequeño accidente vocal no lastró una interpretación que debería haber sido grabada para pasar a la posteridad. 

Lo peor de la función fue, para variar, el público, ese público que cotorreaba o tarareaba durante los pasajes instrumentales, ese público que empezaba a aplaudir en cuanto comenzaba a caer el telón, sin importar que la orquesta, o incluso los solistas, no hubiera terminado. Así, imposible disfrutar de ese maravilloso final orquestal. 

Sasibil cumple 20 años y no sabemos qué novedades nos van a presentar. Sólo nos queda desear que sigan manteniendo el alto nivel musical que consiguen contra viento y marea. Y a las instituciones, esas que siempre miran para otro lado, recordar que es un lujo contar con tanta calidad, pero que la zarzuela no puede sobrevivir sin el apoyo público que nadie quiere dar. 

Crédito fotográfico: AiVídeo

Crónica: Katuska de Sasibil en Donostia (28-12-2018)

Hace escasos tres días dedicábamos un post para recordar el 30 aniversario de la muerte del compositor Pablo Sorozabal. Era por lo tanto de esperar que la donostiarra Asiciación Lírica Sasibil aprovechara la conmemoración para recordar a quien, junto con Usandizaga, es el más grande compositor que ha dado la capital gipuzkoana. La elegida para el acontecimiento ha sido la primera obra lírica de Sorozabal, la conocida “Katiuska”. 

El estreno contó con la asistencia del nieto del compositor y con un Victoria Eugenia razonablemente lleno y dispuesto a disfrutar. Y alegra además comprobar que la edad media del público empieza a reducirse ligeramente, demostrando que el género tiene todavía futuro por delante. 

Vamos ya a describir la función en cuestión.

Ya conocemos las escenografías de Sasibil, sencillas, dados los medios. En este caso resultaba más sencilla de resolver al transcurrir los dos actos en el mismo escenario, una posada por la que desfilan fugitivos de la nueva Rusia Soviética y los oficiales que los persiguen. Poco atrezzo era necesario, apenas algunas mesas y sillas y una estufa, y con pocos elementos más se resolvía la función sin dificultad. La dirección escénica de Josean García resaltaba los elementos cómicos y resultó igualmente solvente.

Gran trabajo el de la orquesta, en este caso ampliada por arpa, piano, mandolina y una percusión mayor de la habitual (pandereta…) para describir el ambiente ruso de la obra. Gracias a la dirección de Arkaitz Mendoza consiguió que la tensión no decayera en ningún momento, acompañando con corrección a los cantantes (algún desajuste, en general al comienzo de la obra, achacable a la necesaria falta de ensayos) y destacando en los momentos solistas, el preludio del segundo acto y la repetición orquestal de fox-trot, ambos momentos más que disfrutables. Pese a algún puntual abuso de volumen, en general Mendoza supo controlar a los músicos para no tapar a los solistas (esos gestos al acompañar la primera romanza de la protagonista en sus pianísimos lo decían todo), y sólo nos queda celebrar el gran nivel de la formación, que nos permite augurar nuevas grandes funciones por lo que a ellos respecta. 

Tras un comienzo con algún que otro desajuste, el coro de la asociación rindió igualmente a gran nivel, consiguiendo salir de aquel perpetuo canto en forte al que nos tenían acostumbrados. Van sin duda por buen camino, y esperemos que esta senda continúe a más en próximas funciones. 

Aunque en otras ocasiones lo haya considerado superfluo, en esta ocasión agradecí la participación del ballet de la escuela de música y danza de Donostia, con participaciones tanto en los ritmos eslavos de la canción ucraniana del comienzo del segundo acto como, en especial, del fox-trot. El vestuario, en este segundo caso, resulto especialmente adecuado para trasladarnos a ese París de la belle-epoque. 

Aparecieron por el escenario diversos figurantes que funciones actorales o, a lo sumo, alguna pequeña intervención cantada, que resolvieron con gracia sus partes y sobre los que poco más se puede decir. 

Pasando a los secundarios, especialmente conseguido el acento catalán de David Sentinella como Amadeo Pich, especialmente hilarante. Ángel Walter como Bruno Brunovich demostró igualmente sus grandes dotes cómicas, aunque vocalmente se echó en falta un poco más de volumen (perjudicado probablemente en los Kosakos de Kazan por el bailoteo que se marcaba), algo aplicable al Boni de Juan Carlos Barona, bien cantado en todo caso. María Jesús Gurrutxaga demostró que es una gran actriz cómica que canta más como actriz que como cantante. Alicia Montesaquiu fue una Olga sobrada de voz en todas sus intervenciones. Las escenas de las que se hicieron cargo estos intérpretes, los Kosakos de Kazan, el cuarteto “Rusita, rusa divina” y el fox-trot “A París me voy” fueron todos ellos momentos muy disfrutables. 

Vamos ya con los papeles protagonistas. Grata sorpresa facundo Muñoz como el Príncipe Sergio, con una voz desenvuelta, de timbre hermoso y solvente en el agudo, cuyas intervenciones cantadas se antojaron escasas vistos los resultados. 

Antonio Torres, como Pedro Stakof, comenzó correcto con su romanza “Calor de nido”, pero a medida que la voz calentaba sus prestaciones mejoraron hasta lucirse en “La mujer rusa” y en el dúo con Katiuska del segundo acto. Voz potente, de agudo poderoso aunque en ocasiones algo opaco, a su “Calor de nido” le faltó quizá una mayor capacidad de apianar, por lo que, como ya hemos mencionado, su participación mejoró en el segundo acto en este sentido. Fue el más aplaudido de la noche, y sin duda su labor resultó notable.

Ana Nebot, en el papel protagonista de Katiuska, tuvo algún tropiezo con los diálogos (no fue la única, también hay que decirlo). Vocalmente, su voz tiene un vibrato un tanto excesivo para mis gusto, que se notó bastante en su primera romanza, “Vivía sola”. En todo caso, no tiene problemas de tesitura y, con la voz más caliente, su romanza del segundo acto “Noche hermosa” fue un momento muy disfrutable de la función, cantada con buen gusto y absoluta solvencia vocal. 

Digno recuerdo esta “Katiuska” para nuestro ilustre paisano Pablo Sorozabal. De nuevo Sasibil nos ha vuelto a regalar una función de zarzuela muy disfrutable y con un nivel musical en absoluto acorde con sus medios económicos. El público cantando los Kosakos de Kazan durante los aplausos demostró que había disfrutado, y seguro que el compositor estaría satisfecho si hubiera podido verlo. 

Crónica: Los Gavilanes de Sasibil (15-09-2018)


Con sólo dos días de diferencia, la donostiarra Asociación Lírica Sasibil ofrecía un segundo título zarzuelístico tras “El Caserío“, en este caso el no menos famoso “Los gavilanes”, de Jacinto Guerrero. Los resultados no alcanzaron el mismo nivel de calidad, pero seguimos encontrándonos ante un espectáculo que bien mereció la pena.




Antes de comentar la función, dejamos como siempre un enlace de la producción.

La puesta en escena de “Los Gavilanes” fue muy similar a la de “El Caserío”; no hay ni presupuesto ni capacidad técnica ni, en este caso, tiempo, para poder pedir más. Un escenario sencillo, realista, que quizá no aporte novedades pero que, desde luego, tampoco molesta al desarrollo dramático de la obra, lo que siempre se agradece. La dirección escénica, en manos de Josean García, enfatiza los aspectos cómicos de una obra que no lo es tanto, con momentos realmente logrados en este sentido.

La Orquesta de Sasibil, de nuevo bajo la batuta de Arkaitz Mendoza, volvió a brillar. Algún pequeño desajuste puntual no afectó al buen resultado orquestal, pese al poco tiempo disponible para ensayar la obra. Los momentos instrumentales de la partitura volvieron a brillar con luz propia, mientras durante el resto de la función, Mendoza demostró su habilidad concertadora. Y si bien en este caso hubo momentos en los que la orquesta tapó a algún solista, me temo que no fue problema de la orquesta.

Grata sorpresa la que me dio el Coro de Sasibil. Si en mi anterior crónica mencionaba su tendencia al canto permanente en forte, aquí matizaron mucho más, con momentos en piano casi siempre resueltos de forma más que correcta. Si en el equipo estable de Sasibil la parte que más miedo me daba era el coro a la hora de asumir proyectos más ambiciosos con solvencia, en esta ocasión me han demostrado que podrían estar a la altura sin problemas.

El numeroso elenco de cantantes secundarios y actores fue, como era de esperar, correcto, destacando siempre la faceta actoral de los mismos, pero sin notables problemas canoros. DEstacar, por encima de todos, la magistral labor cómica de Rafael Álvarez de Luna como el Alcalde Clarivan y de Ángel Walter como el Sargento de Gendarmes Triquet, que en sus intervenciones cómicas hicieron estallar las carcajadas del público gracias a sus tablas escénicas. Nos regalaron algunos de los mejores momentos de la noche, en especial en los discursos previos al descubrimiento de la placa en homenaje a Juan.

Fue, por desgracia, el cuarteto vocal el que más bajó el nivel con respecto al Caserío previo.

Elisa di Pietro, como la joven Rosaura, lució una voz de timbre hermoso y se defendía bien en la faceta de actriz, pero a su voz le falta la potencia necesaria para hacerse oír en todo momento. En este sentido, mejor su “No hay por qué gemir” del primer acto que sus intervenciones en el acto III, donde sería de desear una voz de mayor volumen para los momentos más dramáticos.

Javier Agulló, como Gustavo, lució una voz de tenor fresca, brillante, de agudo fácil, pero con momentos de afinación preocupante. Como desconozco si esto puede deberse a algún problema puntual o no, prefiero no hacer más valoraciones al respecto.

Alberto Arrabal lució su enorme torrente vocal en el papel de Juan, el “gavilán” que da título a la obra. Enfatizó la parte más agresiva del personaje, y brilló en los actos II y III. Quizá el problema vino en el primer acto, cuando, con la voz todavía sin calentar, se enfrenta a la página más famosa de “Los gavilanes”, la romanza “Mi aldea”, en la que supo lucir voz (magnífico el agudo final), pero a la que le faltó un poco más de sutileza interpretativa. Ya he observado en ocasiones anteriores que Arrabal necesita calentar la voz para dar lo mejor de sí, y por ello el Juan de “Los Gavilanes” le pone las cosas muy difíciles, si bien su canto fue siempre solvente.

Amparo Navarro corría con el papel de Adriana, el antiguo amor de Juan y Madre de Rosaura. La voz es más que interesante con un magnífico centro, si bien los extremos son más problemáticos: un grave apenas audible y un agudo tirante. Correcta en el “Amigos, siempre amigos”, tuvo su mejor momento en el tercer acto, donde su desgarrador dramatismo disimulaba los puntuales problemas vocales, y en todo caso fue probablemente la triunfadora de la noche.

El público, numeroso pero sin llegar a llenar el teatro, como fue el caso de “El Caserío”, se comportó en esta ocasión mejor (apenas hubo tarareos, nos ahorramos móviles sonando y gente respondiendo a las llamadas…), rió y disfrutó. Y, como aspecto destacable, en un público que en su mayoría peina canas (si es que peina algo), se veían más jóvenes de lo habitual en la zarzuela. Algo que sin duda invita al optimismo: podemos estar ante una nueva generación de melómanos, de aficionados a la zarzuela, y posiblemente también a la ópera, a los que habrá que buscar la forma de fidelizar, ya que son el público del futuro. Quizá los enormes esfuerzos de la Asociación Lírica Sasibil empiecen a dar más fruto del que imaginábamos…



Crónica: El Caserío de Sasibil (13-09-2018)


No hay duda de que “El Caserío”, la más famosa de las zarzuelas del alavés Jesús Guridi, es una de las favoritas del público donostiarra, por lo que era una apuesta segura para la Asociación Lírica “Sasibil” incluirla entre los dos títulos que representa en esta semana especial de zarzuela en la capital gipuzkoana. Pocas veces he visto el Teatro Victoria Eugenia tan lleno de público como ayer, si acaso alguna vez anterior.




Ahora la cuestión era que musicalmente los resultados estuvieran a la altura de la acogida del público. Es sabido que, en un título que por sí sólo va a atraer a un público dispuesto a disfrutar, se puede bajar el nivel musical sin que suponga un fracaso de público. Es decir, estos casos son los ideales para “bajar la guardia”. Pues bien, este no fue ni de lejos el caso de estas funciones de “El Caserío”, que han gozado de un nivel musical de enorme nivel.

Antes de comentar la función, dejo como siempre un enlace de la producción.

Ya conocemos como son las producciones de Sasibil: paneles laterales y de fondo (en esta ocasión incluso con una proyección en el tercer acto para simular la lluvia) y algunos elementos de atrezzo. Escenografía tradicional y simple, pero hay que recordar que el escenario del Victoria Eugenia no da para más, y resulta siempre efectiva.

La dirección escénica de Josean García fue, como siempre, hilarante. Ya sabemos que el fundador de Sasibil domina el mundo de la zarzuela, y sabe sacar toda la chispa cómica que suelen tener estas obras, y más en una tan cercana, con el juego de estereotipos vascos, el uso de palabras en euskera y similares. La colaboración de solistas y actores a este respecto fue fundamental, y en este sentido todo fue sobre ruedas. Los varios actores (Ana Miranda como Eustasia, Ekaitz González de Urretxu como Manu, Miguel Ángel Jiménez como Don Leoncio e Iñaki Álvarez como el Secretario) estuvieron magníficos en su labor, siempre cómica. Habría que destacar igualmente de forma positiva la labor de los 8 bailarines de la Eskola Dantza Taldea en sus bailes vascos del segundo acto.

La orquesta de Sasibil brilló a muy alto nivel bajo la dirección de un Arkaitz Mendoza en estado de gracia, dirigiendo con gestos enérgicos que denotaban su entusiasmo ante la partitura que tenía por delante. Y consiguió lo que se requiere en estos casos: pasar desapercibido durante los momentos vocales, acompañando con precisión a los solistas sin taparlos, pero brillando en los momentos orquestales. A este respecto, subrayar el magnífico preludio del segundo acto, realmente brillante, con una orquesta respondiendo a un nivel que me sorprendió (para bien, obviamente). No hubo errores, ni desequilibrios tímbricos, pese al más bien reducido número de músicos en el foso, que tampoco da para más.

El coro de Sasibil estuvo correcto, aunque con una marcada tendencia a cantar siempre en forte. Les falta una mayor sutileza, aunque superaron todas su participaciones sin errores llamativos. Es en todo caso, el aspecto en el que Sasibil más tendría que trabajar para igualar el nivel del coro con el del resto de participantes del espectáculo.

Vamos ya con los 5 solistas.

Klara Mendizabal fue una hilarante Inocencia, genial como actriz, y perfecta en su única intervención cantada en su dúo con Txomin del 3º acto. Demostró que un papel cómico no está reñido con un buen canto, como ha sido tan habitual en la zarzuela.

Lo mismo se puede decir del Chomin de Iker Casares, todo un animal escénico, que además resuelve con absoluta solvencia todas sus intervenciones cantadas, sin recurrir a bufonadas para disimular técnicas mediocres, ya que no tiene nada que disimular.

Uno ve a Igor Peral y lo asocia automáticamente con José Miguel, el Txikito de Arrigorri. Igualmente gran actor, su voz pide papeles de mayor enjundia. Su sensibilidad en su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” contrasta con el arrojo en el duelo de bertsolaris o en la escena final, con agudos potentes y bien proyectados, aunque quizá su mejor momento fuera el dúo del primer acto con Ana Mari, donde ambos estuvieron realmente brillantes (se me ponía la carne de gallina por momentos escuchándolo).

Ya sabemos que Miren Urbieta-Vega es una cantante de muy alto nivel, y no encuentra en Ana Mari momentos para lucirse como ella puede. Su romanza “En la cumbre del monte” fue correcta, desde luego, pero en exceso breve. Supo sacar partido, eso sí, de sus dúos con José Miguel en el primer acto, y con Santi en el segundo, espléndida en ambos. Como actriz se le vio más incómoda, con algún atropello en los recitados. Pero es una voz a tener en cuenta, y un lujo su presencia en este “El caserío”.

Por último, Gerardo Bullón fue un Santi al que sólo cabría reprochar que es demasiado joven para el papel, y escénicamente se nota. Es igualmente un magnífico actor, aunque su papel no da tanto juego cómico como otros, pero si por algo destaca es por una voz noble, potente, de timbre bello y en general sin problemas de tesitura, excepto en algún agudo algo problemático. Magnífico en su romanza “Sasibil, mi caserío”, no fue menos su ya citado dúo con Ana Mari y una magnífica escena final.

No queda otra que felicitar a Sasibil por su éxito. No por su éxito de público (evidente) o por su éxito económico (que eso lo desconozco), sino por su éxito artístico, al regalarnos una función de zarzuela de muy alto nivel, con cantantes, sospecho, infrautilizados. Yo, que siempre tiraré a la ópera (aunque la zarzuela me encante igualmente), veo el equipo de esta producción perfecto para una representación de “L’amico Fritz” de Mascagni que seguiría teniendo el mismo alto nivel que es el que uno espera que debería tener nuestra ciudad.



Crónica: Orphée et Eurydice de Opus Lirica en Donostia (03-06-2018)


Mis prioridades musicales pasan siempre por el romanticismo o sus herederos. Es decir, en el ámbito de la música instrumental, mis intereses comienzan con Beethoven (y, sobre todo, con Schubert); en el de la ópera, con Rossini. Apenas hago excepción con algunas obras de Mozart, y, en este caso, cuanto más tardías, mejor (es decir, La Flauta mágica, el Concierto de clarinete y el Requiem ocuparían los primeros puestos). Por ello, el “Orphée et Eurydice” de Gluck que nos ha presentado este fin de semana la Asociación donostiarra Opus Lirica se sale de mis intereses musicales, al haber sido estrenada, en su versión original italiana, en 1762, y en su adaptación francesa en 1774.




Sirva esto para destacar mi desconocimiento de la obra en general y del estilo de la ópera de este periodo. Sí, por supuesto, como intento hacer siempre, me preparé y escuché varias versiones antes de ir a verla en vivo, pero en general escuché grabaciones de la versión italiana, con contratenores en el papel protagonista. De ahí que todo lo que comente en esta crónica deba ser tomado con precaución, ya que en estos repertorios me encuentro considerablemente perdido.

Antes de nada, dejamos, como siempre, un enlace a la ficha técnica de la producción.

Marta Eguillor se hacía cargo tanto de la dirección escénica como de la escenografía. No había ningún elemento que nos llevara a la antigüedad clásica en la que transcurre la acción, y sí algún elemento fuera de contexto, anacrónico, como un elemento tan cristiano como la cruz de flores que señala la tumba de Eurydice. Bien resuleta me pareció la escena de la entrada de Orphée en los infiernos, pero no comprendí el sentido de la escenografía de los campos eliseos. La dirección escénica y el vestuario parecían llevarnos a elementos sadomasoquistas (con la lira de Orphée convertida en un tatuaje a sablazos en su espalda), máscaras de cuero, cadenas, Orphée siendo paseado como un perro… Rompedora y original, sin duda, pero en mi limitada visión, no le encontré sentido. Y mucho menos a esa orgía final que, más que el triunfo del amor, señalaba más al triunfo de la licenciosidad (por decirlo de manera fina). Como no es mi fuerte, me abstendré de comentar nada referente a la coreografía.

La Orquesta Opus Lirica respondió a buen nivel a las exigencias de la partitura. La dirección de Lara Diloy fue correcta, destacando la lograda obertura (sigo sin entender la necesidad de aprovecharla para poner proyecciones o representar algo de la acción; quizá soy demasiado idealista, pero quiero pensar que cualquier persona con un mínimo nivel conoce la historia de Orfeo y Euridice, pilar básico de la cultura clásica, pero es que la proyección tampoco me contaba nada de esa historia). Por lo demás, la orquesta no tapó a los cantantes y, en general, los acompañó de forma satisfactoria.

El Coro ADAO respondió a un nivel satisfactorio, del que cabría destacar su participación en el primer acto, que me pareció estilísticamente muy adecuada al periodo. Es cierto que tiene que mejorar, pero las primeras veces que los escuchamos no podríamos imaginarnos que llegarían al nivel actual, así que en principio tendremos que ser positivos de cara al futuro.

“Orphée et Eurydice” requiere de sólo 3 solistas, siendo además dos de ellos bastante episódicos. En el breve papel de amor destacó la soprano Alicia Amo, que, si bien con una voz un tanto vibrada, lució buen gusto y solvencia vocal para superar el papel.

Ainhoa Garmendia fue una Eurydice más que notable. Tras unas frases iniciales mejorables en los ataques al agudo, calentó la voz y nos regaló una Eurydice matizada, doliente, de exquisito fraseo y ese uso tan suyo de esos pianísimos casi mágicos que le permitieron destacar en un papel que tampoco ofrece mucho juego. Su presencia en los repartos es siempre garantía de buen hacer, y nos lo ha vuelto a demostrar en este papel que al final sabe a poco.

Como Orphée, Matteo Mezzaro llevaba el peso de toda la función, y ahí radica el principal problema, ya que su voz de tenor lírico no es la propia de un haute-contre que requiere el papel. En el aria “L’espoir renaît dans mon âme” se le vio incómodo con las difíciles coloraturas, que solventó como buenamente pudo. El registro agudo se veía siempre apurado, al límite, incómodo. Su canto pecó en exceso de monótono, siempre en forte, hasta que en el tercer acto intentó matizar algo más, consiguiéndolo a veces con éxito (alguna frase rematada en mixto, como la previa a la famosa aria “J’ai perdu mon Eurydice”) y otras con menos éxito (algún falsete mal resuelto). En su favor, decir que su línea de canto fue impecable, ausente de cualquier vestigio de fraseo veristoide. Destacar, en el caso de los tres solistas, la dificultad añadida de tener que cantar en posturas incómodas que imponía la dirección escénica.

En fin, organizar en una temporada apenas recién nacida como la donostiarra un “Orphée et Eurydice” es un riesgo importante. En lo artístico, el riesgo se superó con corrección. En lo económico ya no tengo ni idea. Pero vamos a lo de siempre, si los supuestos operófilos de la ciudad sólo saben ir a la ópera a ver los mismos 10 títulos de siempre, peor para ellos, ellos se lo pierden (y quien esto dice no es muy dado a este repertorio, como ya he mencionado). Y también es responsabilidad de los gestores culturales el educar a ese público para que consiga ampliar su estrechez de miras.



Crónica: “Bohemios” en Donostia (09-09-2017)


Como cada año, la Asociación Lírica “Sasibil” abre la temporada con una representación de zarzuela en el teatro Victoria Eugenia. En este caso tocaba “Bohemios”, de Amadeu Vives. No suelen ser las elecciones de Sasibil zarzuelas poco conocidas, pero para quienes tenemos todavía mucho trabajo por delante en este repertorio, no sirve para descubrir joyas como esta obra.




Antes de nada, una reflexión: cada año suelen darse más de mil representaciones de operetas vienesas como “La viuda alegre” de Léhar o “El murciélago” de Strauss. Ellos saben cuidar su patrimonio, mientras aquí seguimos menospreciando la zarzuela, género a menudo considerado menor (incluso por los propios compositores en algunos casos) pero que esconde páginas realmente inspiradas que merecerían una mucho mayor difusión, tanto entre nuestras fronteras como en el exterior. A todo esto, no estaría de más que las funciones de Sasibil aparecieran en Operabase, la página web imprescindible para estadísticas, para poder dejar el pabellón zarzuelero algo más alto dentro de su exigüidad.

Vamos ya con la crónica de la función. Y, como siempre, antes de empezar dejamos un enlace del programa.

La escenografía de “Bohemios”, dividida en tres escenas, fue sencilla pero cuidada: muy bien resuelta la primera escena con sus dos partes diferenciadas, la habitación de Roberto y la escalera. Sencilla la segunda escena en la calle y más barroca la tercera, con la orquesta tocando en escena. La dirección escénica corría a cargo de Iosu Yeregui, a quien estamos más acostumbrados a ver cantando como bajo. Al margen de la comicidad lograda por los actores, habría que destacar en este sentido la aparición de actores en la platea del teatro en el intermedio entre la primera y la segunda escena, que resultó eficaz para animar al público.

Arkaitz Mendoza dirigía la Orquesta de Sasibil, de modestas dimensiones, con su precisión habitual, siempre atento a los cantantes (algo que se pudo ver mejor que nunca en esa tercera escena en la que dirigía en el propio escenario, haciendo sus pinitos como actor; ya sólo nos falta que cante…), marcándole las entradas. Idéntica precisión se percibía con los miembros de la orquesta, que respondieron con buen nivel, en especial en los pasajes operísticos que se insertaron en la acción; a destacar la introducción de la Barcarola de “Les contes d’Hoffmann” de Offenbach o el impecable solo de clarinete dela introducción del “E lucevan le stelle” de “Tosca” de Puccini, pese al ritmo lento en exceso elegido. Era también en esos momentos operísticos en los que más se notaba el desequilibrio orquestal, con obras que exigen más efectivos en el foso. En todo caso, visto lo visto, apetece ver a Mendoza dirigir algo de más enjundia… una “Tosca” completa, por ejemplo.

El Coro de Sasibil no tuvo su mejor noche. Ellas estuvieron correctas, pero a ellos se les notó incómodos en la zona aguda en el coro de la segunda escena. Muy bien, en cambio, el Bohemio de Eneko San Sebastián en la misma escena.

Buen trabajo actoral el de Koldo Torres como Marcelo y,sobre todo, el de Ángel Walter como Girard, uno de los que más carcajadas provocó en el público.

Los breves papeles de Juana y Pelagia fueron interpretados por Klara Mendizabal y Paula Iragorri, un tanto histriónicas en algún momento. Su falta de entidad vocal fue compensada con la incorporación de la citada Barcarola de Offenbach, muy bien resuelta por Mendizabal en la zona aguda, mientras en el caso de Iragorri se echó de menos algo más de seducción al comienzo, algo más de cuerpo vocal, mejorando notablemente a medida que avanzaba la canción.

Algo similar le ocurrió a Consuelo Garrés como Pelagia, un papel vocalmente minúsculo, al que se le añadió el aria “O mio babbino caro” del “Gianni Schicchi” Pucciniano, que cantó sin problemas de voz, pero sin apianar en los agudos, que es lo que le da la gracia a una página tan conocida.

Magnífico interpretativamente el Víctor de Iker Casares, con una comicidad que aparentemente le sale natural. Vocalmente resolvió con solvencia su participación en la introducción de la obra, haciéndose oír incluso cuando cantaba junto a Roberto (con e torrente de voz que tenía su intérprete). No tan bien resuelta su participación en la segunda escena, en la que no se le escuchó del todo bien.

David Baños se hacía cargo del papel de Roberto. Con problemas en las partes habladas, en las que se atascó en demasiadas ocasiones, supo lucirse vocalmente, con una voz potente, de agudo fácil aunque algo forzado en su emisión, algo que se notó en especial en ese “E lucevan le stelle” que se le añadió. Mejor en mi opinión en las partes zarzueleras (en especial en el final) que en la ópera.

Lo mejor de la noche fue en mi opinión la Cosette de Elisa de Pietro, de voz bella y coloratura fácil y perfectamente audible, destacando en especial en su bellísima romanza “La niña de los ojos azules”, en la que sólo le faltó arriesgar algo más en el agudo.

El público, de edad notablemente más avanzada que el que suele acudir a la ópera (asignatura pendiente de la zarzuela, sin duda, el tema de la edad media del público), disfrutó, se rió y dio rienda suelta a su dudosa educación entrando tarde, hablando y hasta cantando en medio de la función. Simplemente desesperante, casi me arruinan una noche zarzuelera más que digna, que me dejó un muy buen sabor de boca. Claro que con una obra tan bella como “Bohemios” no es difícil.



Crónica: La Cenerentola de Opus Lírica en Donostia (10-05-2017)


Con esta “La Cenerentola” de Gioacchino Rossini termina la primera temporada (mini-temporada) de ópera que Opus Lírica ha conseguido programar en Donostia. Pese al mínimo (si acaso existente) apoyo institucional y los obvios quebraderos de cabeza económicos que suponen un proyecto tan ambicioso como montar una temporada de ópera en una ciudad que llevaba  décadas sin tenerla, las 3 óperas que han formado esta primera temporada han resultado del todo dignas, con sus coas buenas y sus coas malas, como siempre, pero que, teniendo en cuenta las posibilidades, han resultado siempre globalmente más que satisfactorias.




Ya hemos dicho que la temporada se cerraba con “La Cenerentola”, ópera de la que este año se cumplía el 200º aniversario de su estreno (por ello le dedicamos este post). Opus Lírica ha cometido el error de programar una ópera que se había programado medio año antes en Bilbao, en la ABAO. Por suerte para ellos, las funciones bilbainas resultaron ser un fracaso, en especial tras la cancelación de Javier Camarena. Y es que Opus Lírica contaba con un as en la manga: pese a no tener cantantes de relumbrón, sino en algunos casos jóvenes promesas del panorama lírico peninsular, las representaciones en un espacio tan íntimo como el Teatro Victoria Eugenia favorecían que las voces llegaran hasta el último rincón del teatro(y, como de costumbre, quien esto escribe estaba arriba del todo), algo que en el enorme espacio del Euskalduna (y con su pésima acústica) no sucedió. ¿Fue musicalmente superior esa Cenerentola a la de Bilbao? No lo sé, la de Bilbao apenas pude oírla, y esta sí. Punto a favor de la capital giputxi; este derby lo hemos ganado.

Antes de entrar en detalles dejo como siempre un enlace a la producción.

La escenografía de Franco Armieri ha sido seguramente la mejor que hemos visto hasta ahora en las producciones de Opus Lírica (bueno, en las 6 de las 7 que he visto, ya que me faltó “Il barbiere di Siviglia”). Cada escenario tenía una escenografía distinta; la casa de Don Magnífico (la más rica en decorados y en colorido), el Palacio del Príncipe Ramiro, la escena final frente a una iglesia y una breve escena sin decorado, sólo con una carroza iluminada con luces led de gran belleza (mismo recurso de luces se utilizó con dos arbolitos en la escena final, acentuando el tono plateado de la escena con el vestuario y las pelucas). Correcta iluminación, bien el vestuario (aunque quizá no encajaba demasiado el vestuario militar decimonónico del coro con las pelucas del siglo XVIII), lo peor eran las barbas de Ramiro y Dandini (¿desde cuándo en esa época se llevaba barba? Cuánto daño está haciendo el hipsterismo en la ópera… ¡me dan un poquito de cera de depilar y verán qué rápido lo arreglo todo!). En todo caso, el que peor parado salía del vestuario era Dandini, convertido en un petimetre más hortera que elegante, frente a un Ramiro con mucho más estilo incluso cuando hace de escudero. La dirección escénica de Paolo Panizza fue en general un acierto (aunque es difícil saber cuánto fue por su labor y cuánto por el talento cómico de los intérpretes), con algunos gags realmente interesantes (del duelo con pistolas entre Dandini y Don Magnifico o la pelea de las hermanastras por el ramo de novia de Angelina, que cumplieron con su función: provocar las carcajadas del público).

Eduardo Portal dirigía la Orquesta Sinfónica de Musikene, el conservatorio superior de música de Donostia. La orquesta respondió con solvencia (y más si tenemos en cuenta que son estudiantes), mejor las cuerdas que los vientos en la obertura, mejorando en general a lo largo de la función, aunque en algún momento el flautín se hizo demasiado presente. La dirección de Eduardo Portal fue un tanto errática: una obertura sin el suficiente brillo, con mejores resultados en la escena orquestal de la tormenta, mucho mejor conseguida. Los tempos elegidos fueron un tanto discutibles, algunos demasiado lentos (el aria de Ramiro) y otros un tanto precipitados, como en el concertante final del primer acto (uno de los momentos más brillantes de La Cenerentola), en el que cantantes y coro se atropellaban cantando. En todo caso, el acompañamiento fue adecuado a nivel de volumen, sin tapar las voces.

El coro Tempus Ensemble (o la sección masculina de éste, ya que La Cenerentola no necesita coro femenino) respondió con corrección, jugando con los matices de volumen que exige la partitura, aunque hubo también algún momento en el que la orquesta iba por un lado y el coro por otro.

Hubo participación de unas bailarinas de la Escuela Municipal de Música y Danza, que ejercieron más de figurantes que de otra cosa, ya que las pocas escenas de baile tampoco decían mucho, salvo quizá el concertante final del primer acto, en el que solistas y coro se unían en un nervioso bailecito escénicamente eficaz.

Vamos con los solistas, y comenzamos con las hermanastras, Haizea Muñoz como Clorinda y Lucía Gómez como Tisbe. Bien interpretativamente en dos papeles que dan bastante juego cómico, vocalmente se complementaron a la perfección y se hicieron oír. Mención especial para Haizea Muñoz, que es la soprano de la ópera y por tanto la que tiene la ingrata labor de dar las notas más agudas en las escenas de conjunto que, si no se oyen, deja esos conjuntos demasiado pobres; si hoz oír sin problemas y dio las notas más agudas sin mucho problema.

Quizá el punto más negativo de la noche fuera el Alidoro de Alberto Zanetti. Demasiado joven para el papel (algo que se nota escénicamente, no hablemos ya vocalmente), respondía bien en las escenas de conjunto (quinteto del primer acto, o su entrada en el concertante final del primer acto), con gracia e ironía, aunque a su voz le falte una mayor rotundidad. Pero el problema vino con el aria “La nel ciel”, mi parte favorita de toda La Cenerentola. La diferencia de color entre los diferentes registros era muy evidente, y si bien la zona centro-grave tenía calidad, los agudos sonaban a menudo entubados, pálidos, cuando no directamente desafinados, salvo que la partitura rossiniana le permitiera prepararlos muy bien, algo que sucede poco en una partitura tan llena de saltos. Es cierto que el aria es demasiado compleja para un personaje secundario como es Alidoro y que pocas veces se ha cantado como es debido, pero no por ello deja de ser una pena que no pudiéramos disfrutar de una mejor versión de esta maravilla.

Don Magnifico, el padrastro desagradable de La Cenerentola, lo cantaba el bajo Salvatore Salvaggio. Escénicamente irreprochable, con una comicidad innata, vocalmente resolvía el papel con solvencia, sin problemas de tesitura, aunque quizá sí de peso vocal, de autoridad, con frases que sonaban demasiado suaves, en especial al final de su tercer aria (tal vez a causa de cierta asfixia tras el sillabatto a toda velocidad). Correcto en el sillabatto, quizá su mayor defecto fuera un canto poco elegante, algo tosco… aunque claro, Don Magnifico no es el sumun del refinamiento.

Borja Quiza supo a poco con su Dandini. Cantó el “Come un ape”, difícil aria en la que no recurrió a recursos cómicos para disimular incapacidades de cantar en legato como hacen tantos barítonos bufos. Él no es un barítono bufo, y eso se notó en las pocas frases en las que podía lucir su legato, en un personaje con una escritura tan llena de saltos, picados y sillabatos. Hizo alguna trampilla para evitar los momentos de coloratura más peliagudos del aria, pero resolvió el papel con corrección y con mucha gracia escénica. Fue de los que mejor supo aprovechar los recitativos.

Jorge Franco fue para mí una sorpresa como Don Ramiro; recordaba su participación en el pasado “Don Pasquale” que abrió esta temporada de Opus Lírica, en el que me dejó bastante mal sabor, y esta vez en cambio los resultados han sido mucho mejores, con una voz mejor proyectada, que se hacía oír incluso en las escenas de conjunto, y una considerable capacidad en las coloraturas. Muy bien en su dúo con Angelina del primer acto, peor le fueron las cosas en su aria “Si, ritrovarla io giuro”, con esos agudos sin preparar, saltados (es una página realmente difícil del cano rossiniano), que en su caso sonaron opacos, sin brillo, siendo el agudo final apenas audible. Pero al margen de los agudos, su rendimiento fue solvente, y sin duda muy superior al del Don Pasquale mencionado.

Debutaba con Angelina, La Cenerentola del título, la mezzo gipuzkoana Marifé Nogales, más asidua a papeles de comprimaria (como en la pasada Carmen). En su caso también lo peor fueron los agudos, no por poco audibles, sino por sonar un tanto apurados, frente a un centro-grave de gran belleza tímbrica, ya que es la suya una voz muy cálida. Sin problemas con las coloraturas, superó las escalas descendentes de su rondò final “Non più mesta”, sin improvisaciones en la repetición que le permitieron lucir mayores facultades vocales (ya le exigía bastante cantar lo que estaba escrito), pero tampoco haciendo trampa con improvisaciones más sencillas que le ayudaran a esquivar las dificultades de la partitura. Salió impecable de semejante prueba de fuego, y esperemos poder volver a disfrutar pronto de su voz.

Pues eso, con esta La Cenerentola termina la primera temporada de Opus Lírica, y ahora estamos a la espera de lo que nos traerá la siguiente. Por ahora, si se mantiene más o menos la calidad musical que hemos estado teniendo, podemos darnos por satisfechos. Ya tendremos tiempo de pedir más conforme pase el tiempo; ahora nos toca ser justos dadas las circunstancias, y demasiado bien sale todo para lo que cabría esperar. Y yo, mientras, orgulloso de ver estos incipientes pasos para poder volver a tener lo que alguien nos quitó durante el franquismo y nadie más ha querido recuperar hasta ahora: una temporada de ópera de calidad, estable y con repertorio razonablemente amplio. Poco a poco lo recuperaremos, estoy seguro.



Crónica: El dúo de La africana en Donostia (11-03-2017)


Tenemos en Donostia la suerte de contar con la Asociación Lírica Sasibil, que programa varias zarzuelas al año, manteniendo así de actualidad un género ignorado por el gran público y cada vez más afectado por un público de considerable edad. La zarzuela requiere un esfuerzo por actualizarse, por atraer nuevos públicos, y creo que la función de ayer de “El dúo de la Africana” cumplió con estas necesidades.




El dúo de La africana es una zarzuela de Manuel Fernández Caballero con un único acto, al que aquí, para alargar la duración, se le insertaron 5 arias de ópera y zarzuela cantadas por cada uno de los personajes principales, para aumentar así el reducido número de escenas musicales. Se dividió así la acción en una especie de dos actos. Dado que el argumento transcurre durante los ensayos y la representación de una ópera (La Africana de Giacomo Meyerbeer, a la que hace referencia el título con ese “El dúo de La Africana”, refiriéndose al dúo del cuarto acto de esta ópera), la inserción de estas arias no estaba en general fuera de lugar.

La dirección de escena ayudó a acercar la obra a nuevos públicos, tanto al actualizar ciertos elementos de la trama (la entrada de Pérez hablando por el móvil, ciertos pequeños guiños en los diálogos) y en especial al incluir a figurantes entre el público, que se peleaban durante la “función”, contribuyendo a meter al público más en la acción de este “teatro dentro del teatro”. Tanto la escenografía como la dirección escénica eran obra de Josean García, fundador de la asociación, que conoce bien el oficio y sabe conseguir el resultado requerido, que en este caso no era otro que hacer llorar de la risa al público (que era el objetivo de “El dúo de La africana” desde el principio).

La orquesta de Sasibil, dirigida por Arkaitz Mendoza, resultó como siempre correcta en la ejecución, destacando en especial las maderas durante la introducción. Las diferencias estilísticas que suponían la inclusión de arias de las más diversas óperas (de Mozart a Verdi) no supusieron un problema, que sonó en todo momento como debería en cada una de esas arias, destacando el bellísimo acompañamiento del aria “O Isis und Osiris”. Hay que destacar también que la orquesta no tapó a los cantantes, excepto en algún momento de la famosa Jota. Y no hay que olvidar la intervención como “actor” de Arkaitz Mendoza al principio de la obra, en un momento cómico muy conseguido. Hay ganas de poder escuchar a Arkaitz Mendoza en repertorios que le permitan un mayor lucimiento, desde luego, porque mis expectativas son altas.

El coro de Sasibil estuvo correcto, mejor por parte de ellas que de ellos, aunque hubo un muy notable desajuste con la orquesta en la escena inicial. Hubo también un “ballet” de 6 miembros cuya función era hacer si cabe más grotesca la “representación” de La Africana.

Vamos ya con los personajes de “El dúo de La Africana”. Dos de ellos no tenían intervenciones cantadas. De ellos, divertidísima María Jesús Gurrutxaga como Doña Serafina, la madre del tenor, siendo el inspector de José Ángel Otegui correcto pero sin tanta opción de lucimiento.

Iker Casares como el regidor Pérez supo a poco. Es un cómico nato, que resultaba hilarante en su histeria inicial hablada (gallos incluidos, y eso que no está en la adolescencia… ) y que en sus escasas intervenciones cantadas canta infinitamente mejor que los cantantes que han participado en las grabaciones discográficas de esta obra interpretando al mismo personaje.

El bajo lo interpretaba Iosu Yeregui. Y anda que no me cuesta hablar de Iosu, que siempre tengo que estar dejándole a caer de un burro, como si tuviera algo contra él… ayer se supone que no cantaba, por lo que en principio las pegas habituales no tendrían lugar en este caso. Su primera aparición como actor me resultó algo histriónica (cosa de gustos personales, llevo mal el histrionismo), estando mejor en apariciones posteriores, como cuando, queriendo abrazar a Amina, acaba cogiendo a Doña Serafina. La imitación del “Trololó” al salir de escena resultó convincente. Pero, aunque su papel no sea cantado, cantó. Y cantó una de las 5 arias incluidas en el espectáculo. Confieso que se me puso cara de tonto cuando escuché los primeros acordes de “O Isis und Osiris” de “Die Zauberflöte”, un aria que me encanta y en la que no perdono errores. Y pasó lo de siempre: mala emisión, con agudos imposibles, al margen de una voz a la que le falta el cuerpo que requiere Sarastro. Pero esta vez por lo menos hubo una grata sorpresa: mal el registro centra y agudo, pero el grave fue más que correcto, en un papel muy exigente en esa parte de la tesitura. Sonó a bajo, desde luego. Espero que de alguna forma consiga mejorar la emisión de la voz y que la próxima vez mis críticas hacia él puedan ser más positivas.

El papel de Amina, la hija del empresario Querubini, lo interpretó Elisa di Prieto. Un papel que en principio tampoco canta, en el que pudo lucir buenas dotes cómicas. Pero se le añadió un aria, del “Ah, non giunge”, de La Sonnambula de Bellini, en la que lució voz, estilo, habilidad en la coloratura, buenos agudos… mejorables las notas picadas y algún portamento, pero fue un momento magnífico, posiblemente el mejor de la noche vocalmente hablando. Sería interesante poder escucharle una Sonnambula completa para confirmar su capacidad, porque el suyo parece un nombre a seguir.

Andrés del Pino interpretó al empresario Querubini. Y como en el resto de los personajes, lo peor fue la incorporación del aria de ópera correspondiente, y en todos los casos el problema era el registro agudo (cantó un “Largo al Factotum” de “Il barbiere di Siviglia” interesante pero con problemas arriba). Su intervención en la parte estrictamente zarzuelística fue mejor, tanto en las partes cantadas, menos exigentes de tesitura, como en los diálogos, en ese pseudo-italiano, que resultaron hilarantes.

El tenor Giuseppini fue interpretado por Javier Agulló, que como aria incorporada cantó una buena “La donna è mobile” excepto por la emisión de algún agudo. Escénicamente tuvo la gracia necesaria, y se le veía cómodo en la jota con la soprano, que fue lo mejor de la parte estrictamente zarzuelística. Otra voz interesante que con alguna mejora en la emisión del agudo podrá darnos unas cuantas alegrías.

Y por último, la soprano protagonista, al Antonelli, fue interpretada por Milagros Martín, que lució un buen acento andaluz. Interpretó una romanza de zarzuela que desconocía, en la que, de nuevo, el mayor problema fueron los agudos, en exceso estridentes. Si excluimos este añadido, su participación fue igual de correcta que la del resto del reparto: interpretación cómica y voz suficiente para hacerse cargo de las partes canoras de la partitura, destacando también en la jota junto al tenor.

El público no lució educación, como ya viene siendo habitual en la zarzuela: una cosa es reírse, y otra ponerse a hablar en medio de la función o a tararear “La donna è mobile” cuando empieza a sonar. Daban ganas de tirarse de los pelos.

Ya he dicho antes que el objetivo de “El dúo de La Africana” es que el público termine llorando de la risa. En mi caso, a lagrimones. Objetivo cumplido. Dos horas de risas aseguradas a las que sumar  algunos momentos musicales muy logrados. Esperando ya la próxima zarzuela que nos represente Sasibil.



Crónica: La tabernera del puerto en Donostia (09-11-2016)


En este 2016 que Donostia ostenta el título de Capital Europea de la Cultura habría sido un delito no haber representado la obra maestra de quien fuera el compositor más ilustre nacido en la localidad gipuzkoana, el gran Pablo Sorozabal (con permiso de Usandizaga). Por eso, cuando este pasado mes de abril se representó La tabernera del puerto en Lasarte (de la que ya escribí una crónica aquí) estaba esperando que me dieran la buena noticia de que, además de la función prevista en Elgoibar para finales de año, se sumara una representación en Donostia. Y por suerte así ha sido. Porque La tabernera del puerto es en mi opinión la obra maestra de Sorozabal, una zarzuela maravillosa en la que no hay número que no me guste.




Por lo general, al escribir una crónica de una ópera o zarzuela, hay que tener siempre en cuenta la situación en la que se representa, los medios con los que se cuenta, para ser más o menos “piadoso”, para exigir más o menos: no es lo mismo una ópera en Donostia o en Iruña (y no hablemos ya en Irun) que en la ABAO de Bilbo; en Bilbo, con el presupuesto y los medios que tienen, espero mucho más y seré más crítico con aquello que en mi opinión no esté al nivel esperado. De la misma forma que no espero en Bilbo el mismo nivel que esperaría en alguno de los grandes centros operísticos europeos. Pues bien, digo esto antes de comenzar la crónica porque en este caso no esperéis ninguna piedad por mi parte por el hecho de que esta producción de la Asociación Lírica Sasibil sea la que se haya hecho cargo de la representación; no es necesaria, directamente. Si en vez de en Donostia hubiera visto esta representación de La tabernera del puerto en Bilbo no creo que cambiara nada de lo que escribiré a continuación.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

La representación se llevó a cabo en el Teatro Victoria Eugenia, uno de esos coquetos teatritos mucho más recogidos que esa monstruosidad del Kursaal. El escenario y el foso son de menores dimensiones, pero la acústica es mucho mejor, qué duda cabe, lo que benefició a todos los participantes. Y quien esto escribe era quien estaba más arriba de todos los asistentes (las localidades más caras estaban agotadas, pero las más baratas del piso superior apenas estaba ocupadas, y en el tercer piso, detrás mío, había dos filas completas vacías), y no tuve ningún problema para oír a solistas y orquesta.

La escenografía de La tabernera del puerto de ayer fue sencillita, con dos paredes laterales, cada una perteneciente a los dos locales de la acción, la Taberna del puerto y el café El vapor. Perfecta para el primer y el tercer acto, en el segundo hay que echarle un poquito más de imaginación, ya que transcurre en el interior de la taberna, pero el decorado no cambia; sólo se añaden mesas  y sillas. Pero bueno, tampoco molesta. En el dúo del comienzo del 3º se iluminaba únicamente el centro del escenario, dejándose ver la barca en la que navegan los dos protagonistas. Quizá unas telas azules moviéndose con ayuda de algún ventilador habrían dando un puntito más a la escenografía sin complicarse demasiado, pero en todo caso fue una escenografía más que solvente que nos sitúa muy bien en la acción. La dirección escénica de Josean García fue impecable, beneficiándose del talento interpretativo de los solistas.

La orquesta de Sasibil comenzó con un desafino de los metales justo al comienzo de ese preludio de La tabernera del puerto en el que no tarda en incorporarse el coro con ese “Eres blanca y hermosa” (los problemas con los metales se repiten una y otra vez en la mayoría de las orquestas que he escuchado recientemente), pero durante el resto de la función nos ofrecieron una gran interpretación, ayudados sin duda por la labor del director de orquesta Arkaitz Mendoza, un magnífico concertador (confieso que al comienzo del segundo acto estaba más pendiente del foso que del escenario para ver como el maestro Mendoza daba las indicaciones al coro en los acompañamientos a la romanza de Marola; era un placer ver cómo controlaba orquesta y cantantes con un resultado muy superior al de la representación de Lasarte, beneficiado sin duda por haber habido más ensayos que en aquella ocasión) que además nos regaló un par de momentos bellísimos, la introducción al dúo del tercer acto y el intermedio posterior. La orquesta sonó dramática cuando tenía que sonar y los crescendos del final de cada acto, aunque suenen ya a recurso demasiado utilizado, sonaron de maravilla. Los aplausos para orquesta y director fueron sin duda insuficientes. Y hay que apuntarse definitivamente el nombre de Arkaitz Mendoza como alguien a seguir en el futuro, que seguro que nos da unas cuantas alegrías.

El coro de Sasibil no es el sumun de la delicadeza pero resulta cumplidor. En todo caso, como bien pudo notarse en el salve marinero del primer acto, mejor ellas que ellos. Tampoco cuenta La tabernera del puerto con grandes números corales, siendo sus participaciones a menudo más de acompañamiento de los solistas en sus romanzas, y ahí en algunos casos les sobró un poquito de volumen.

Pasamos a los solistas. De entre los comprimarios (que en La tabernera del puerto cantan poco o directamente nada), destacar siempre el Ripalda de Iker Casares, en un papel que le da pocas opciones de lucimiento y que sabe a poco (sólo canta el terceto del segundo acto, y acostumbrado a las grabaciones discográficas, casares canta hasta demasiado bien), pero en el que casi ejerce de robaescenas gracias a una comicidad escénica divertidísima (me temo que en el backstage su comicidad es más terrorífica). Espero poder escucharle algún día en un papel con más enjundia.

La pareja de Chinchorro y Antigua fue un poco desequilibrada. El previsto Chinchorro de Josean García fue sustituido (desconozco los motivos, ya que salió a saludar en su faceta de director de escena) por, si la memoria no me falla, Rafael Álvarez, que encaja con la visión tradicional del personaje, de gran comicidad y un canto un tanto “discutible” que tampoco extraña en un personaje perpetuamente borracho. A su lado, Haizea Muñoz (muy jovencita para el personaje) fue una Antigua escénicamente divertidísima, pero cuando tocaba cantar… pues cantaba demasiado bien. No pongo reparos ni a la visión tradicional de estos personajes ni al hecho de que se prefiera cantarlos bien, pero juntar a uno de cada no encajaba del todo. En todo caso, ambos hicieron reír al público, que es a fin de cuentas para lo que están estos personajes, el contrapunto cómico a la pareja de enamorados sufridores protagonistas de La tabernera del puerto.

El Abel de Klara Mendizabal lució desenvoltura escénica, pero a la hora de cantar le faltaba un poco de volumen. Por lo demás, fue un interesante Abel (mucho mejor que el de la grabación discográfica de Kraus, desde luego), con un timbre que se asociaba sin problemas al del muchacho enamoradizo.

El veterano Carlos London interpretó a Simpson. La voz no es ya todo lo fresca que sería de desear, especialmente en los agudos, pero su timbre oscuro y sus tablas escénicas nos permitieron disfrutar de un buen Simpson que sacó adelante con solvencia su bellísima romanza “La luna es blanca, muy blanca”.

Como Juan de Eguía contamos con el vozarrón de Alberto Arrabal. Su mayor problema es precisamente controlar ese vozarrón de gran volumen. En la pasada Marina me dejó con la sensación de que necesita calentar para poder controlar bien el torrente vocal, pero en La tabernera del puerto empieza ya con la habanera “Bajo otros soles” en la que se requiere un canto más bien delicado, y… pues lo consiguió, sin duda. Magnífico en la habanera (ya como gusto personal, prefiero el agudo final en pianisimo frente al forte en el que lo dio), sin problemas en su romanza del segundo acto (salvo algún agudo no del todo bien emitido en la improvisación final), estuvo de nuevo contenido en el dúo con Marola del final del segundo acto. Escénicamente da el pego a la perfección. Pero la prueba de fuego llega en el tercer acto: en La tabernera del puerto hay un momento clave en el que tienen que emocionarte, porque sino puedes salir totalmente indiferente, y ese es el monólogo de Juan del 3º acto. Y no diré que Arrabal me hiciera llorar… pero casi. Esa forma de decir “Los ojos de Juan de Eguía ya saben lo que es llorar” y todo lo que sigue fue escalofriante. Si no braveé al final del monólogo fue por vergüenza, no por falta de ganas. Magnífico, sin más.

Como Leandro contamos de nuevo con Igor Peral. Ya comenté las veces anteriores que le he escuchado que su emisión me preocupa un poco (he mencionado que suena un poco engolado… no sé si es la definición correcta, más bien es que en la zona central parece que no consigue emitir su voz del todo bien, como si se la comiera un poco), pero la mejoría que he observado esta vez ha sido considerable. El centro suena mejor, más liberado, pero es que el agudo… todavía me pitan los oídos de los pepinazos que soltó en ese magnífico “No puede ser”… ¡Qué squillo, por favor! Y para compensar, el fraseo en la parte central de la romanza en ese “Los ojos que lloran no saben mentir” fue igualmente magnífico. Una magnífica interpretación del Leandro que me hace esperar poder volver a escucharle en algún papel de peso (y no de comprimario, como en alguna otra ocasión), que seguro que bordará.

Tardé un poco en acostumbrarme a la Marola, la tabernera del puerto, de Miren Urbieta-Vega: no es que cantara mal, no es que no tuviera las notas del papel ni que fuera mala actriz, es que su timbre me resultaba un tanto demasiado oscuro para lo que estoy acostumbrado en este papel. Se hizo oír sin problemas sobre el coro femenino en el final del primer acto, mostrando desenvoltura escénica, superó sin dificultades las coloraturas de “En un país de fábula” y destacó en el final del segundo acto. Pero donde ya me convenció del todo, ya acostumbrado al color de su voz, fue en el dúo con Leandro del 3º acto, quizá lo mejor de toda la función. Y es que, pese a no tener esa voz de tiple tan asociada a la zarzuela, al final demostró ser una gran Marola que fue evidente que gustó al público.

Comenzaba la crónica hablando del distinto criterio que tengo a la hora de escribir una crónica en función de los medios. Pues bien, la función de ayer de La tabernera del puerto no tendría los mejores medios imaginables, pero su nivel estuvo desde luego muy por encima de lo que a priori se esperaría, sin desmerecer de un teatro de más prestigio que nuestro Victoria Eugenia. Una función para disfrutar como un enano y perfecta para recordar a nuestro paisano Sorozabal en un año tan especial, cosa que debemos agradecer a Sasibil. Ahora no estaría mal terminar el año con algo de Usandizaga, para rematar…



Crónica: Don Pasquale de Opus Lirica en Donostia (09-10-2016)


Opus Lirica prosigue con su encomiable labor de conseguir una temporada de Ópera estable en Donostia, y así este año ya se anuncia una breve temporada (la primera de, esperemos, muchas por delante) con 3 títulos más o menos “de repertorio”, modestos en los medios pero que pueden dar buenos resultados. Y así ha comenzado esta mini-temporada con un “Don Pasquale” (cuyo argumento comentamos en este post) muy apetitoso, con el atractivo principal de contar con Carlos Chausson como protagonista.




El exitazo de la anterior producción de “La Traviata” (crónica aquí) no ocultaba que se trataba de un éxito puntual, más debido al tirón del título que a un público fiel de considerables dimensiones en la capital gipuzkoana, que ya ha olvidado la época en la que grandes cantantes venían a cantar aquí. Por ello, se ha preferido representar la ópera en el Teatro Victoria Eugenia, de capacidad considerablemente inferior al Auditorio Kursaal, pero que tiene un foso y un escenario suficientes para representar “Don Pasquale”. Y aún así, pese a una asistencia razonablemente buena, se veían demasiados huecos (especialmente arriba, en las localidades más baratas, que estaba casi desierto); nada que ver con los llenos del Kursaal con “La Traviata”. Queda mucho trabajo por hacer, me temo.

Vamos ya a lo que nos interesa, el resultado de la representación. Porque es aquí donde radica el éxito de la producción, y lo que nos ayuda a ver si merece la pena seguir adelante con el proyecto o no. ¿Tuvimos una función de nivel suficiente? ¿Una función a la que el aficionado a la ópera, que se mueva en los teatros del entorno más o menos cercano (100-200 km a la redonda) le merezca la pena ir?

Dejo primero un enlace de la producción.

La escenografía fue modesta pero efectiva. Unos paneles móviles permitían cambiar la ambientación desde la sala de estar de Don Pasquale a su dormitorio o su jardín. Pocos elementos, que no requieren de una gran capacidad escénica, que funcionaron perfectamente en todos los momentos de la función. 4 o 5 muebles completaban la ambientación. Sencillez de medios para un resultado más que correcto.

Sobre la dirección de escena, que corría a cargo de Pierre-Emmanuel Rousseau (al igual que la escenografía y el vestuario), funcionó igualmente bien en la faceta cómica, ayudada por el talento escénico de los intérpretes, que conseguían sacar las carcajadas del público (que es lo que uno espera de “Don Pasquale”, a fin de cuentas). Pero… algo no me gustó: no es por puritanismo, pero ver a Malatesta y Norina metiéndose mano… si lo hacen Norina y Ernesto no pasa nada, pero con Malatesta no, por favor. Que es amigo de Ernesto, y quiero pensar que amigo de verdad. Y ya el remate, cuando al final de la ópera Norina se va con el mayordomo… no sé si es que nos la quiso pintar como ninfómana, pero desde luego yo no conseguí entrar en ese juego de coqueteos varios de la protagonista. Igual en esto soy algo purista, puede ser…

La orquesta Opus Lirica, dirigida por Andrea Albertin, funcionó con solvencia a lo largo de toda la función, con una obertura lo suficientemente vibrante, sin pasarse de velocidad y con el rubato adecuado. Durante el resto de la función acompañó a los cantantes, sin taparles en prácticamente ningún momento, lo que siempre es de agradecer. Destacar por otro lado el bellísimo solo de trompeta del comienzo del 2º acto, interpretado sin fallos ni desafines. Un pequeño pero: la guitarra de la serenata “Com’è gentile”, que no logré ver en el foso, se oía demasiado poco.

El coro Tempus Ensamble, dirigido por Jagoba Fadrique, no tiene mucha oportunidad de lucimiento en esta ópera. Es de reducidas dimensiones y habría que verle en obras con más peso para comprobar si la sensación que me dio de abusar demasiado del canto en forte es real o no.

Y Jagoba Fadrique no sólo dirigía el coro, además hizo la función de figurante y cantó (es un decir) el único comprimario de la ópera, el Notario. Digo lo de que es un decir que cantó porque apenas tiene dos frases y nadie se entera si las canta o las recita. Tendremos ocasión de escucharle en papeles con más posibilidades de lucimiento para poder entrar en la calidad de su canto, porque en este “Don Pasquale” no se puede decir nada de él, ni para bien ni para mal.

De los 4 protagonistas, el punto negro, el más flojo, fue el Ernesto del tenor Jorge Franco. El timbre de su voz es blancuzco, pálido, más o menos lo que cabría esperar en un contraltino, pero el problema es una emisión complicada, una incapacidad de proyectar la voz, de dejar que fluya desde su boca, que hacía que su volumen fuera escaso; intentaba paliarlo en los momentos que se requiere una mayor robustez vocal con un fraseo más, digamos, agresivo, cosa que tampoco le va al personaje. Y es una lástima, porque tiene la voz para el papel, y remató la cabaletta (sin repetición, eso sí, algo para mí imperdonable) con un Re sobreagudo que no es una tontería. Pero tiene que mejorar la emisión y proyección de su voz.

Gratísima sorpresa (bueno, no tan sorpresa, ya pude verle en el ensayo del miércoles para comprobarlo) el Malatesta de Joan Martín-Royo. Empezó cantando el “Bella siccome un angelo”. Parece que esto no quiere decir nada, pero no nos engañemos; este aria es una prueba de fuego. En casi cualquier aria para barítono se puede recurrir a trucos veristoides o efectismos que emocionen al público y que disimulen una técnica de canto mediocre, pero aquí nada de eso funciona: o cantas bien el aria, o la has pifiado. Y él la cantó con solvencia y una bella voz, y siempre teniendo en cuenta que la canta justo al principio de la ópera, todavía sin calentar la voz. Supo hacerse presente a lo largo de toda la representación con su canto y con su vis cómica que competía con la del mismísimo Carlos Chausson. Magnífico el dúo del 3º con éste, demostrando capacidad para el canto sillabatto; se notó que es un digno alumno del gran Chausson. Sólo esperar que vuelva por aquí en más ocasiones (y creo que mis deseos se harán realidad…)

Ainhoa Garmendia, el alma de Opus Lirica, está en el difícil momento de cambio de registro: la lírico-ligera de antaño ha pasado a ser una lírica pura, como ya nos demostró en “La Traviata”. Quizá por eso no brilló tanto como en aquella ocasión. Y no porque cantara mal, que no lo hizo, sino porque no pudo lucir tanto una de sus mayores virtudes, ese buen gusto a la hora de matizar y de apianar que tan bien lució con su Violetta. Quizá el momento en el que menos brilló fue precisamente en su aria de entrada, “Son anch’io”, uno de los pasajes más ligeros. Y no, de nuevo, no es que la cantara mal (si hay que poner algún pero, quizá un par de agudos atacados demasiado en forte que estéticamente no quedan muy bien a tanto volumen, y que es lo que me hace verla más como lírica pura que como lírico-ligera), simplemente no pudo lucirse tanto. Se lució más en otros momentos, donde sus dotes como actriz brillaron, con su gran capacidad cómica y su entrega. Y magnífica su intervención final, por cierto. Cantó, sacó adelante el papel con buen nivel y ahora nos queda esperar que con su Micaela de “Carmen” vuelva a emocionarnos como con su Violetta.

Y terminamos con el protagonista, con el Don Pasquale del gran Carlos Chausson. Ya tuve ocasión de escucharle el papel el año pasado en Pamplona (crónica aquí). y no hay mucho más que añadir. Voz de gran volumen, artista absoluto sobre las tablas tanto en su faceta canora, dominando todos los recovecos del canto bufo, como en la actoral, con una comicidad hilarante y una energía que nos hace si cabe lamentar más su cercana retirada. Escuchar (y ver) a Chausson es un lujo de esos que no podemos perdernos, que hay que aprovechar mientras podamos, y tenerlo en Donostia es casi un sueño.

Un par de detallitos más: comenté al hilo de “La Traviata” que Opus Lirica tenía algunas cosas que mejorar. Pues bien, los subtítulos de la ópera en esta ocasión han funcionado mucho mejor, y conseguir programas de mano no ha sido tan difícil como en aquella ocasión (aunque no estaba sobre cada asiento… la Quincena Musical me tiene muy mal acostumbrado, lo reconozco). Vamos mejorando, y con el rodaje se irá mejorando más todavía. Sólo un detalle que me mosquea: durante el ensayo del miércoles al que asistí (sólo se podía durante el I acto, pero bueno), al terminar el primer cuadro y caer el telón, una silla quedaba fuera del telón y un operario tenía que salir a retirarla; pues bien, no sé que ha pasado pero no se ha arreglado el problema y en la función ha vuelto a pasar lo mismo. Y ahora queda otra cosa que arreglar: los altos precios. Ya sé que de financiación no andarán nada bien, pero que las entradas más baratas cuesten 45 euros para alguien sin curro como yo pues tampoco es lo más atractivo imaginable…

Así que a la pregunta que hacía al comienzo de si lo que Opus Lirica nos ha ofrecido merece el desplazamiento (que en mi caso no es necesario, vivo a 20 minutos en bus), mi respuesta es: a este Don Pasquale, sin duda, sí. Y es que, en mi opinión, Opus Lirica tiene que intentar ser atractiva para esos aficionados a la ópera de fuera de Donostia, del resto de Euskadi, Navarra y Francia, y pienso que quizá arriesgando un poquito con títulos poco frecuentes podrían conseguir buenos éxitos a este respecto. Pero claro, mientras falte un público donostiarra fiel, es normal que estas cosas den miedo y que se tire al “sota, caballo y rey” de siempre. Y si tenemos en cuenta que le público donostiarra todavía tiene bastante que aprender… (hubo momentos en los que allí arriba, en el 3º piso, me sentí en el zoo, en la pajarera, rodeado de loritos que no callan durante toda la función… mi esfuerzo me costó contenerme, la verdad). Pero bueno, vamos a ver qué tal funcionan estos primeros pasos. Yo por ahora soy optimista.



Festival de Cine de San Sebastián 2016


Este Festival de Cine de San Sebastián 2016 ha sido la primera edición en la que he aprovechado a ver unas cuantas películas. Es cierto que la primera vez que fui a ver una película al Zinemaldia fue en la edición pasada (y por pura coincidencia vi la que fue la película ganadora, “Sparrows”, que, por cierto, no me gustó), pero esta ha sido la primera vez que he ido a ver más de una película.




No creo decir nada nuevo al afirmar que yo siempre tiro al cine anglosajón (americano o británico), y quizá de ahí viene mi desapego a la última trayectoria del festival, que hasta cierto punto ha perdido glamour por la falta de estrellas internacionales que acudían a la ciudad. Este año han acudido muchas (aunque no he tenido ocasión de ver casi a ninguna, por desgracia), en parte por el atractivo de los dos Premios Donostia (para Ethan Hawke y para Sigourney Weaver) y también por algunos estrenos más que interesantes, pero, curiosamente, fuera de concurso; sin posibilidad por tanto de llevarse la Concha de Oro, que finalmente ha recaído sobre una película china (I am not Madame Bovary). Dejo un enlace de la página oficial del Festival.

Fiel a mis hábitos cinematográficos, las 5 películas que he visto de este Festival de Cine de San Sebastián 2016 han sido todas ellas anglosajonas (o casi). Y comencé con las dos películas que se proyectaron con motivo del Premio Donostia para Ethan Hawke: Los siete magníficos y Born to be blue.

Comencé el sábado 17 por la noche viendo Los siete magníficos en el Victoria Eugenia. Se trata obviamente de un remake del mítico western de John Sturges de 1960. Y lo que esperas de un remake es que aporte algo al “original” (que tampoco es original, como bien es sabido, sino una adaptación de “Los siete samurais” de Akira Kurosawa), y más si se trata de una película tan mítica como esta. Y sí, aporta algo: mucha más violencia, innecesaria en demasiados casos. Un villano con mucho menos carisma que el original Eli Wallach (y mira que en general Peter Sarsgaard es un actor que me gusta) y unos magníficos con muy poco gancho; interpretativamente sólo se pueden tener en cuenta (y sin grandes logros tampoco) los trabajos de Denzel Washington y de Ethan Hawke, y tal vez de Vincent D’Onofrio. Chris Pratt luce chulería e incapacidad interpretativa en un trabajo peor que otros que le he visto. Y sobre el resto de los magníficos, con esa obsesión por la diversidad racial, quedan totalmente desdibujados. Sintiéndolo mucho, yo me quedo con Yul Brynner, Horst Buchholz e incluso mi poco admirado Steve McQueen.

Al día siguiente, a las 12 de la mañana (poco tiempo para dormir para los que no vivimos en Donostia) fui a los Cines Príncipe para ver la, creo, única proyección de “Born to be blue”, película de 2015 que todavía no ha sido estrenada en España. Se trata del biopic del trompetista de jazz Chet Baker. La película se hace un tanto dura (no deja de girar en torno a la adicción a las drogas del músico), pero un magistral Ethan Hawke levanta con su interpretación el film, que interesará sobre todo a los fans del jazz o a quienes quieran disfrutar de una buena interpretación del protagonista, que seguro que tiene muchos fans (yo entre ellos), y que al parecer se ha gando más con su simpatía a su paso por Donostia.

Volví al Festival de Cine de San Sebastián 2016 el miércoles 21 para ver “Un monstruo viene a verme”, el nuevo film de Juan Antonio Bayona, y que se presentaba con motivo del Premio Donostia para Sigourney Weaver, que por otro lado tampoco tiene un papel muy extenso. Yo vi la película en el Victoria Eugenia a las 11 de la noche, y lo primero que he de decir es que es imprescindible ver la película en versión original, ya que se sostiene en buena parte gracias al trabajo vocal de un Liam Neeson simplemente brutal. Otro consejo: para verla conviene tener un paquete de kleenex cerca; es una película de fantasía, sí, pero no para niños. Resulta dura en más de un momento, aunque enormemente emotiva. El trabajo del joven protagonista, Lewis MacDougall, es flipante, y es una película que merece mucho la pena ser vista. De hecho, ya tengo ganas de volver a verla…

Al día siguiente fui por única vez en esta edición al Kursaal a ver “Snowden”, de Oliver Stone, a las 10 de la noche. La película está en la línea de los grandes films políticos del director, recordando bastante a la magistral “JFK”. Aunque un poco liosa con tanto flashback, la historia que cuenta resulta enormemente interesante por su actualidad (y porque sospecho que Edward Snowden es considerado un héroe por muchos, les duela a los americanos lo que les duela), y cuenta con un magnífico trabajo de Joseph Gordon-Levitt, que lejos de hacer una mera copia (o peor aún, una caricatura) de Snowden, hace su propia interpretación del personaje; ves a Snowden pero al mismo tiempo sigues viendo a Joseph. Un buen plantel de secundarios (Tom Wilkinson, Rhys Ifans, Melissa Leo… incluso un bastante contenido y menos insoportable de lo habitual Nicolas Cage) compensaban la sosería de la protagonista, Shailene Woodley. Stone, Gordon-Levitt y Woodley acudieron a saludar y se llevaron una larga ovación (yo salí con las manos rojas de aplaudir), así que me parece que la película gustó bastante. De nuevo, muy recomendable y para repetir.

Y mi asistencia al Festival de Cine de San Sebastián 2016 terminó el viernes, de nuevo a las 11 en el Victoria Eugenia, para ver “American Pastoral”, el debut como director de Ewan McGregor, que además trabaja como protagonista. Y aquí confieso que me quedé bastante flojo. Conste que soy fan de Ewan, que, salvo en algún momento más flojo, tiene una buena interpretación, igual que Dakota Fanning y la imprescindible voz como narrador de David Strathairn. Más decepcionante Jennifer Connelly, que siempre me parece que sólo sabe lloriquear. Pero el mayor problema me temo que venía de una historia con la que no conseguí empatizar. Me dejó un sabor bastante amargo, y la verdad es que no era la forma en la que más me apetecía.

Termina este Festival de Cine de San Sebastián 2016, y no me quedaron fuerzas para ir a la clausura. En todo caso, satisfecho por haber podido ver algunos estrenos (en especial “Un monstruo viene a verme” y “Snowden”) y con ganas de ver lo que nos trae la próxima edición, que esperemos que consiga superar en éxito a ésta, ya de por sí más que interesante.

 



Crónica: “Marina” de Arrieta en Donostia (07-09-2016)


En este 2016 en el que Donostia es Capital Europea de la Cultura, la asociación local de zarzuela, la Asociación Lírica Sasibil, ha organizado dos programas en una misma semana, tarea nada fácil para una organización como ésta: dejando la zarzuela “La alegría de la huerta” para el fin de semana, se embarcaron también en la representación de la versión operística de “Marina” de Emilio Arrieta los días 6 y 7 de septiembre en el Teatro Victoria Eugenia. Yo fui a la segunda función.




Confieso que no conocía Marina, y estuve escuchándola unos días antes para prepararme. Y no, no es una obra maestra del género, pero eso no quita que tenga momentos de gran inspiración, además de permitir el lucimiento de sus intérpretes, en especial el papel protagonista de Marina, una soprano de coloratura de factura más bien belcantista (aunque la ópera fuera estrenada en fechas tan tardías como 1871).

Antes de nada dejo un enlace del programa de la función.

No es el Victoria Eugenia un teatro muy apropiado para representaciones operísticas, por las reducidas dimensiones tanto de escenario como de foso orquestal. Así, la puesta en escena fue muy sencilla, con palés de madera apilados formando torres, consiguiendo de una forma un tanto sui generis el ambiente costero en el que transcurre la acción.

Sobre la orquesta, la propia de la asociación, dirigida por Arkaitz Mendoza, sonó en el preludio un tanto falta de chispa, causada en mi opinión por una sección de cuerdas demasiado reducida (desconozco si es por el tamaño de la propia orquesta o el del foso que no permitía un plantel más amplio), pero en el resto de la función cumplió su labor con acierto. Arkitz Mendoza se dedicó a acompañar a los cantantes, sin taparles en ningún momento, lo que es de agradecer, al margen de que, a diferencia de La tabernera del puerto de hace unos meses, aquí se notaba que había habido más ensayos y por tanto la coordinación fue perfecta en todo momento.

Sobre el coro, también el propio de la asociación, decir que tiende a cantar demasiado en forte, pero cumplió con su papel con corrección, salvo en algún desajuste al comienzo del “La novia no parece”.

Del reparto, nada que decir sobre los pocos comprimarios, salvo quizá destacar el buen hacer del Capitán Alberto de Eneko San Sebastián.

Y vamos ya con el cuarteto protagonista. El más flojo fue el Pascual de Iosu Yeregui; sinceramente, no sé cuál es su problema, si es que no imposta bien la voz, o si es que intentaba oscurecer artificialmente su timbre para sonar a verdadero bajo (que no sonaba como tal). Por lo demás, hay que decir que no tuvo problemas con la tesitura en ningún momento, al margen de que se debería mejorar la emisión de ciertas notas.

Como Roque, Alberto Arrabal paseó su enorme voz y su gran talento interpretativo por el escenario. En el primer acto fue donde estuvo más flojo, con algunos agudos emitidos de forma algo tosca. Una vez la voz calentó, sus prestaciones subieron de nivel en el segundo y, sobre todo, el tercer acto, con una magnífica intervención en el Brindis y un bellísimo “Dichoso aquel que tiene”, con la dificulad que le supone recoger su enorme voz para cantar en piano, y que en mi opinión fue uno de los mejores momentos de la noche. Lo cierto es que yo veo en Roque a un barítono más lírico, y en ese sentido a Arrabal el papel se le quedaba pequeño.

El Jorge de Quintín Bueno fue también de menos a más, aunque en su caso los problemas fueron notorios durante toda la función. Y es que ya desde su entrada, con el “Costas las de Levante”, pudimos comprobar que su voz es apenas audible en el registro central, mejorando notablemente en una zona aguda emitida limpiamente y de considerable volumen. Cuanto más aguda fuera la parte que cantaba, mejor sonaba, hasta el punto de rematar con un sobreagudo (¿un Re bemol podría ser?) el segundo acto.

Y terminamos con la protagonista, la Marina de Ximena Agurto, voz de soprano más bien ligera, sin problemas para las páginas de coloratura que tiene su papel. Canta con gusto y sin problemas de tesitura, siendo mejores sus agudos en pianísimo (bellísimo el del final del “Pensar en él”) que en forte, que sonaban un poco demasiado vibrados. Pero en general la suya fue una interpretación de muy buen nivel.

Lo cierto es que, en mi opinión, pudimos disfrutar de una buena función, con momentos muy disfrutables y un trío protagonista que en general cumplió con creces lo que les pedían sus personajes. Pese al poco aforo (el tercer piso del teatro estaba prácticamente vacío), diría que la unción fue un éxito a la hora de recuperar el patrimonio zarzuelero (y en este caso también operístico español) que tanto necesita de la labor de asociaciones como esta para recuperar el lugar que le corresponde. Esperemos que la próxima tenga más éxito de audiencia para poder seguir.