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130 años del estreno de Edgar de Puccini (21-04-2019)

“Edgar” es la menos conocida y representada de las óperas de Giacomo Puccini. Los cambios en el argumento, en buena medida debidos a los cambios estilísticos imperantes en la ópera italiana de la última década del siglo XIX, hicieron que resulte una obra bastante fallida, aunque no por ello carente de interés, en la que ya se anticipan ciertos elementos que veremos en las grandes obras de Puccini.

Puccini había alcanzado un gran éxito con su primera ópera, “Le villi”, estrenada en 1884. Por ello, el editor Giulio Ricordi encarga una nueva ópera al compositor. El tema elegido es la obra “La coupe et les lèvres” de Alfred de Musset (autor citado posteriormente en otra ópera de Puccini, “La Rondine“), adaptado en un libreto de Ferdinando Fontana. Retrasándose la composición 4 actos, la obra se estrena en la Scala de Milán el 21 de abril de 1889, dirigida por Franco Faccio, obteniendo un pequeño éxito.

Insatisfecho con el trabajo realizado, Puccini realiza recortes en la partitura, habiendo tres versiones posteriores de la obra, estrenadas en 1891, 1892 y 1905. La versión que conocemos actualmente suprime completamente el acto IV, incluyendo de forma abrupta el asesinato de Fidelia por parte de Tigrana en el tercero. El paso de una ópera de grandes ambiciones a una ópera verista de duración más breve (apenas hora y media) sólo consigue perjudicar al drama, que pierde así su sentido.

Y, pese a todo, siempre resulta conveniente escuchar la obra. Por ese motivo vamos a repasar el argumento, dejando antes, como siempre, un enlace con el libreto (pero siguiendo la versión en tres actos, que es la más “popular”, si es que alguna de las versiones lo es). 

Nos encontramos en una aldea de Flandes en el año 1302. Amanece, y las campanas de la iglesia repican. Edgar duerme en la taberna, cerca de su casa. Un grupo de campesinos se saluda antes de ir al campo a trabajar. Aparece la inocente Fidelia, enamorada de Edgar, que va a despertarlo, para comprobar que está todavía agotado. Él le responde que no puede estar siempre feliz como ella, pero Fidelia afirma que no puede estar feliz si le ve así. Escuchamos el comienzo de la ópera con Veriano Luchetti como Edgar y Mietta Sighele como Fidelia:

Fidelia le entrega un ramo de almendro en flor a Edgar como saludo de buenos días antes de marcharse, pese a que él le pide que se quede y sale corriendo tras ella. Escuchamos entonces de nuevo a los campesinos cantar. Escuchamos esta escena con el mismo reparto que la anterior:

Aparece entonces la gitana Tigrana, con su instrumento a cuestas, y sigue los pasos de Edgar para luego disimular al reaparecer éste. Con aire burlón, le dice a Edgar que ha estropeado una tierna escena de amor. Suena el órgano en la iglesia y muchos aldeanos acuden a ella. Tigrana entonces se burla del amor de Edgar hacia Fidelia, un amor platónico, frente al más carnal que ella le ofrece. Pese a que Edgar le pide que se calle, ella sigue burlándose de él, acusándolo de mojigato. Escuchamos el dúo con Plácido Domingo y Marianne Cornetti:

En ese momento aparece Frank, enamorado de Tigrana, que se interpone entre ambos. Está celoso porque ella falló a su cita la noche anterior, pero sólo recibe burlas hacia su amor por parte de la gitana. En ese momento sabemos que Tigrana fue abandonada y fue criada por la familia de Frank. Escuchamos el dúo con Marianne Cornetti y Juan Pons:

Tigrana deja solo a un desesperado Frank, que solloza. Muchas veces ha intentado huir de su amor por Tigrana, algo que sabe que sólo le va a traer vergüenza, pero es incapaz de olvidarla, porque está perdidamente enamorado de ella. Escuchamos el aria “Questo amor, vergogna mia” magníficamente cantada por Vicente Sardinero:

Frank se va mientras un nuevo grupo de campesinos llega a la iglesia, y no pudiendo entrar por falta de sitio, rezan en el exterior:

Sale Tigrana, aliviada de no encontrar a Frank, y se pone provocativamente a cantar una canción que provoca la furia de los campesinos, que le ordenan callar, y ante su actitud cada vez más desafiante, la intentan echar entre insultos. Pero ella desprecia tanto su furia como su perdón, y pretende seguir cantando su canción sólo para fastidiar a los demás. Escuchamos la escena con Marianne Cornetti:

Viéndose atacada, Tigrana llama a la vecina casa de Edgar, que abre de inmediato. Él la defiende, incluso desenvainando su puñal por si lo necesita para protegerla. Harto de la mojogatería de la aldea, Edgar decide huir de allí, y para ello incendia su casa heredada. Nadie es capaz de apagar el incendio, y Edgar se dispone a huir junto a Tigrana para entregarse a los placeres de la carne cuando son detenidos por Frank. Escuchamos la escena con Veriano Luchetti:

Frank no está dispuesto a dejar que Tigrana huya con Edgar, por lo que ambos deciden batirse a navajazos. Pero entonces salen de la iglesia Gualtiero y Fidelia, padre y hermana de Frank. Gualtiero les detiene. Edgar se aplaca con las palabras del anciano, no así Frank, incapaz de razonar. Fidelia se alegra de que la pelea se haya detenino, mientras Tigrana se burla de ellos. Escuchamos la escena con Plácido Domingo, Juan Pons, Marianne Cornetti y Rafal Siwek:

Edgar se prepara para marcharse, pero Frank no se lo permite. Al final comienza una pelea en la que Tigrana anima a Edgar a matar a Frank, aunque éste sólo le hiere. Edgar y Tigrana huyen mientras Gualtiero consigue detener a Frank, y todos maldicen a los fugitivos. Escuchamos el final del primer acto con el mismo reparto que antes:

Comenzamos el segundo acto. Estamos en el exterior de un suntuoso palacio en el que se celebra una orgía. Todos se divierten en la fiesta, pero Edgar sale, desilusionado, al ver que su nueva vida de placeres no le satisface, y recuerda el dulce amor de Fidelia. Escuchamos el aria “Orgia, chimera dall’occhio vitreo” cantada por Carlo Bergonzi (con un acompañamiento orquestal que ya nos avanza posteriores desarrollos puccinianos e, incluso de la “Francesca da Rimini” de Zandonai): 

Sale Tigrana, quien observa que Edgar está sombrío, y le acusa de no amarla. Ella entonces le dice que le ha dado un amor lujurioso, y que sin ella no es nada, ya que quemó su casa; ella es lo único que le queda. Escuchamos el dúo con Marienne Cornetti y Plácido Domingo:

Ella le ofrece el olvido en sus labios, pero él se da cuenta de lo venenosa que es. Él desespera al ver que no puede huir de ella. Escuchamos el final del dúo con el mismo reparto que el vídeo anterior:

Se escucha un desfile militar a lo lejos. Edgar en ese momento se da cuenta de que unirse a los soldados es una buena forma de huir de Tigrana, e invita a los soldados a tomar una copa de vino para poder hablar con el capitán. Seguimos escuchando al mismo reparto:

Pero la sorpresa es que quien entra es Frank, desesperado al volver a encontrarse con ellos. Edgar le pide perdón por haberle herido, pero Frank afirma que, gracias a esa herida, se libró de la atadura de un malvado amor. Tigrana se siente ofendida al escucharle. Edgar le pide marcharse con él; Tigrana le dice a Frank que, si un día la amó, no le deje irse, pero él la desprecia y se ofrece a llevar a Edgar. Ella le pide que se quede, que le necesita, pero al no conseguirlo y ver que Edgar se va con los soldados, afirma que o será suyo, o se vengará. Escuchamos el final del segundo acto acto con Plácido Domingo, Juan Pons y Marianne Cornetti:

Comenzamos el tercer y último acto. Ha habido una batalla con muchas bajas, entre ellas Edgar. Se prepara su funeral en una fortaleza. Unos niños cantan el requiem mientras se acercan diversos personajes: Frank, Fidelia, Gualtiero y un desconocido monje: 

Una desconsolada Fidelia llora ante su único amor, y le pide que, en el cielo, la espere. Escuchamos el aria “Addio, mio dolce amor” cantada por Renata Scotto:

Frank se dispone a dar el discurso fúnebre elogiando a Edgar, pero el desconocido monje recuerda su pasado. Todos le obligan a callar. Frank prosigue con su discurso elogioso, pero el monje insiste en recordar sus faltas, y al final consigue que se dispongan a escucharlo. El monje dice que un moribundo Edgar le pidió que contara sus faltas como ejemplo a los demás, y pide que se acerque quien, de los presentes, sea de su aldea. Escuchamos a Luca Salsi como Frank y a Marco Berti como el monje:

El monje pide entonces que confirmen si quemó su casa, echando a todos con insultos, que hirió a Frank y huyo con la lujuriosa Tigrana. Todos lo confirman, y entonces concluyen que no era un héroe, sino un impío. El monje cuenta entonces su orgías y lanza una velada acusación de asesinato, por lo que todos los presentes ahora quieren echar su cadáver a los cuervos. Entonces Fidelia los detiene. Escuchamos la escena con el mismo reparto que la anterior:

Fidelia entonces comienza a defender a Edgar, ya que ver cómo le insultan es un dolor aún mayor que el que sintió cuando él la abandonó. Confiesa que lo conoció y que, aunque se equivocó en sus decisiones, tenía un buen corazón, y que sus errores están expiados por su muerte y su valor. Ahora quiere enterrarlo en su pueblo y esperar a reunirse con él, despertando la piedad de todos los presentes. Escuchamos el aria “Nel villagio d’Edgar” cantada por Renata Scotto:

Frank despide a los presentes, mientras Fidelia consigue un instante más ante el féretro antes de irse con su padre. Frank se junta entonces con el monje, que no es otro de que Edgar, que obviamente no ha muerto. Entra entonces Tigrana, que quiere rezar ante el cuerpo de su amado. Con el funeral terminado, nadie verá su dolor. Edgar se asombra al verla rezar, algo que nunca había hecho, y sospecha que es otro engaño. Él y Frank se disponen a desenmascararla, mientras ella hace más teatro. Escuchamos la escena con Veriano Luchetti como Edgar, Renzo Scorsoni como Frank y Biancamaria Casoni como Tigrana:

Edgar, disfrazado de monje, se acerca a Tigrana y, con galanería, le pide que se levante, pero ella sigue arrodillada. Frank le dice que querría ser el muerto a quien rezara tan ardientemente. Cada uno le enseña un collar, y al final hacen sucumbir a Tigrana. Entonces, Frank y Edgar hacen sonar las trompetas para que todos acudan. Escuchamos la escena con Carlo Bergonzi, Vicente Sardinero y Gwendolyn Killebrew:

Edgar, todavía como monje, presenta ante los soldados a Tigrana como la amante de Edgar. Entonces le pregunta si Edhar quería traicionar la patria a cambio de dinero, y soborna a Tigrana con el collar si dice que sí. Escuchamos la escena con Plácido Domingo y Marianne Cornetti:

Tigrana entonces dice que es verdad. Los soldados, enfurecidos, se disponen a arrojar el cuerpo de Edgar a las aves, pero descubren que la armadura está vacía. Edgar entonces revela su identidad y ataca a Tigrana, que busca defensa entre los soldados. Todos la rechazan. Edgar se abraza a Fidelia, como su forma de redención, pero Tigrana se acerca silenciosamente y apuñala a Fidelia. Tigrana es detenida, pero Fidelia ha muerte, cumpliéndose su venganza. Escuchamos el final con el mismo reparto que el vídeo anterior:

Un final precipitado que no es el original y que hace que la obra decaiga, sin duda. Terminamos, en todo caso, con un Reparto Ideal complicado por la poca discografía existente:

Edgar: Carlo Bergonzi. 

Fidelia: Renata Scotto. 

Tigrana: Marianne Cornetti. 

Frank: Vicente Sardinero. 

Dirección de Orquesta: Alberto Veronesi. 

175 años del estreno de I Lombardi (11-02-2018)


Giuseppe Verdi acababa de ver lanzada su carrera tras el exitoso estreno de “Nabucco“, por lo que necesitaba un nuevo libreto sobre el que trabajar, libreto que será encargado de nuevo a Temistocle Solera. El resultado final será “I Lombardi alla prima crociata” (“Los Lombardos en la primera cruzada”), aunque para abreviar la conocemos como “I Lombardi”.




Solera toma como base el poema heroico del mismo título de Tommasso Grossi, escrito en 1826, con clara intención patriótica y en un intento de emular (y recuperar) el estilo de la “Gerusalemme liberata” de Tasso. Pese a todo, Solera, por miedo a la censura austriaca que en ese momento imperaba en Milán, suprime a los personajes históricos de la obra, centrándose así en la trama de una familia ficticia, además de evitar incluir cualquier referencia a la unión de los italianos en la primera cruzada.

La ópera se estrena finalmente el 11 de febrero de 1843 en la Scala de Milán, con gran éxito de público, aunque no tanto de crítica, y mantiene una cierta popularidad, aunque menos permanente en el tiempo que la de Nabucco. Verdi utilizará gran parte de esta ópera reelaborada para, 4 años después, en 1847,componer la Grand’Opera “Jérusalem”, aunque ninguna de las dos tendrá un éxito perdurable. De hecho, “I Lombardi” es una de las pocas óperas de Verdi que siguen esperando su definitiva recuperación.

Antes de repasar el argumento dejamos como siempre un enlace al libreto.

En las óperas tempranas de Verdi, cada acto recibe un título. En este caso, el primer acto se titula “La venganza”.

La ópera comienza con una obertura, a la que sigue un coro. Y necesitamos ponernos en antecedentes: los dos hijos de Lord Folco, Arvino y Pagano, están enamorados de la misma mujer, Viclinda. pero ella se casa con Arvino, por lo que su hermano decide asesinarlo. Fracasado en su intento fratricida, es desterrado. Ahora, 18 años después, regresa a Milán en busca de perdón. El pueblo de Milán espera que ese perdón le sea concedido, aunque no se fían de Pagano y su fiera mirada. Escuchamos la obertura y el coro dirigidos por Lamberto Gardelli:

Ambos hermanos se reconcilian, pero Pagano se siente ultrajado y busca venganza. Mientras, los milaneses eligen a Arvino como líder en la cruzada, prometiendo su hermano Pagano acompañarlo. Escuchamos el quinteto “T’assale un tremito” con Ruggero Raimondi como Pagano, Ezio di Cesare como Arvino, Fiorella Prandini como Viclinda, Katia Ricciarelli como Giselda y Giorgio Surjan como Pirro:

Pero todo es una farsa; Pagano busca venganza, y con la ayuda de Pirro y otros hombres planea asesinar a su hermano. Escuchamos el aria “Sciagurata! hai tu creduto” cantada por Samuel Ramey:

Cambiamos de escena. Es de noche en el palacio de Folco. Viclinda sospecha que Pagano busca vengarse, y Arvino sospecha que están en peligro. Por eso Viclinda promete que a Dios que, si salva a su marido, ella y su hija Giselda irán a orar a Jerusalén. Giselda canta entonces una plegaria, “Salve Maria!” que escuchamos cantada por Renata Scotto:

Mientras, Pirro y sus hombres han prendido fuego al palacio. Pagano, después de asesinar a su hermano,  rapta a Viclinda, pero en respuesta a sus gritos aparece Arvino, y entonces Pagano se da cuenta de que a quien ha apuñalado no ha sido a su hermano, sino a su padre. Todos se horrorizan de lo sucedido, incluso Pagano, que intenta suicidarse, pero los guardias se lo impiden. En su lugar todos le maldicen y le vuelven a desterrar. Escuchamos el final del primer acto:

Comenzamos el segundo acto, titulado “El hombre de la caverna”. Han pasado algunos años desde el primer acto.Estamos en Antioquía, en el palacio de Acciano. Todos temen la llegada de los cruzados. Mientras, el hijo de Acciano, Oronte, está enamorado de Giselda (la hija de Arvino, secuestrada tiempo atrás), que vive en el harén del palacio. Oronte quiere consolarla, y le confiesa a su madre Sofía, cristiana, que él también tiene intención de hacerse cristiano. Escuchamos el aria “La mia letizia infondere” y la cabaletta “Come poteva un angelo” cantada por Luciano Pavarotti:

Y ahora escuchamos el aria y la cabaletta en una versión diferente de la habitual (desconozco su origen) cantada por Carlo Bergonzi:

Cambiamos de escena. Estamos en una montaña con una cueva en la que habita en solitario un eremita, ansioso por ver algún día llegar los estandartes cruzados que le permitan unirse a ellos en la lucha contra los musulmanes para así redimir su alma de su enorme pecado. Llega entonces un musulmán: es Pirro, que después de ayudar a Pagano se convirtió al Islam por miedo pero busca redención. Él es el guardián de las murallas de Antioquía. Promete abrir las puertas esa noche para los cruzados que ya se encuentran en el lugar. Entre ellos está Arvino, que busca a su hija secuestrada y busca la ayuda del eremita que tanta fama tiene en la región; éste le promete que la verá esa misma noche. Todos parten para aplastar a los musulmanes. Escuchamos toda la escena con Ruggero Raimondi como el Eremita, Giorgio Surjan como Pirro y Ezio di Cesare como Arvino:

Regresamos al palacio de Acciano, al harén, las mujeres intentan animar a la siempre triste Giselda, el amor de Oronte:

Giselda se siente desgraciada, pensando que el cielo la castiga por su amor impuro. Llega entonces Sofía diciendo que han sido traicionados y que su esposo y su hijo han caído. Llegan los invasores, liderados por el Eremita y Arvino. Giselda reconoce a su padre, que corre a abrazarla, pero ella le rechaza al ver sus manos manchadas de sangre, pensando que ha matado a su amado Oronte. Piensa que no es deseo de Dios que se vierta tanta sangre. Arvino, desesperado, se dispone a matarla, algo que ella desea para así reunirse con su amado, pero todos le detienen pensando que ha perdido la razón. Escuchamos la escena con Ghena Dimitrova como Giselda:

Comenzamos el tercer acto, titulado “La conversión”. Estamos frente a Jerusalén. Un coro, entre el que se encuentran diversos peregrinos, cantan a la ciudad santa en la que vivió Jesús:

Todos se van, y aparece Giselda, que ha huido de la tienda de su padre; necesita respirar al aire libre, y añora su perdido amor. Pero entonces aparece Oronte, vestido de Lombardo; no había muerto, sólo fue herido y huyó, pero lleva tiempo buscando a su amada. Ella le propone huir con él; Oronte le avisa de que vive fugitivo en bosques y desiertos, pero ella está dispuesta a renunciar a todo por él, y ambos deciden huir juntos, y más cuando se escucha un coro de cruzados, que puede poner en peligro a Oronte. Escuchamos el dúo con Katia Ricciarelli y Veriano Luchetti:

Cambiamos de escenario, estamos en la tienda de Arvino. Éste se encuentra sólo, después de que todos le hayan abandonado, incluida su hija, de la que ahora reniega. Unos hombres le avisan de que se ha visto a Pagano cerca del campamento, y Arvino jura matarlo si lo encuentra. Escuchamos el aria “Sì! De ciel che non punisce”, cantada por Ezio di Cesare:

Volvemos a cambiar de escena. Estamos junto al Jordán, en una cueva a la que Giselda lleva a un malherido Oronte. Aparece el Eremita, espantado por un amor impuro entre una cristiana y un musulmán, y le ofrece la salvación a Oronte si se convierte al cristianismo. Oronte acepta, ya que deseaba hacerlo con anterioridad; su amor ahora ya no es delito a ojos de Dios, y el eremita les ofrece una mejor vida tras la muerte si en la tierra han sido tan infelices, y Oronte muere. Escuchamos el trío “Qual voluttà trascorrere” con Ferruccio Furlanetto, June Anderson y un Carlo Bergonzi que contaba con 71 años, nada menos (y aún así cómo canta…):

Comenzamos el cuarto y último acto, titulado “El Santo Sepulcro”. Por lo general se suprime una primera escena, en la que el Eremita conduce a Giselda junto a su padre Arvino y le cuenta a éste la verdad para que le perdone.

En la siguiente escena, Giselda está sola y tiene una visión en la que se le anuncia que Oronte ya está entre los ángeles. Entonces se le aparece el propio Oronte para confirmarle que está en el cielo gracias a ella y le avisa de que los cruzados deben correr al estanque de Siloé en busca de agua. Giselda se da cuenta de que no fue un sueño y se dispone a avisar a los cruzados de que sigan las instrucciones que ha recibido de Oronte. Escuchamos esta escena con Renata Scotto y Luciano Pavarotti:

Cambiamos de escena. Ahora estamos en el campamento Lombardo, junto a la tumba de Raquel. Aquí los cruzados recuerdan su tierra natal, frente al desierto en el que se encuentran, padeciendo sed, en un coro que busca imitar el éxito del “Va, pensiero” de “Nabucco”. Entonces se escuchan unas voces que les avisan de que se dirijan a Siloé:

Arvino llama a los Lombardos a saciar su sed, para a continuación dirigirse a tomar la ciudad.

Cambiamos de escena. Volvemos a la tienda de Arvino. Jerusalén ha sido tomada, pero el Eremita, valientemente el primero en atacar la ciudad, está gravemente herido. Arvino y Giselda lo llevan a la tienda para curarlo, pero él les reconoce a ambos y revela su identidad: es Pagano. Considera que ya ha pagado su pena y, antes de morir, quiere reconciliarse con su hermano. Arvino le perdona y Pagano muere con la satisfacción de esa reconciliación. Escuchamos el trío final con Silvano Carrolli como Pagano, Ghena Dimitrova como Giselda y Carlo Bini como Arvino:

Terminamos, como siempre, con un Reparto Ideal:

Pagano: Samuel Ramey.

Giselda: Renata Scotto.

Oronte: Carlo Bergonzi o Luciano Pavarotti.

Arvino: Richard Leech.

Director de Orquesta: Gianandrea Gavazzeni.



175 años del estreno de Nabucco de Verdi (09-03-2017)


A día de hoy, Nabucco es una de las óperas más populares y representadas de Giuseppe Verdi. Contribuyen a ello su gran obertura y su famosísimo coro “Va, pensiero”. Y es que no deja de ser una ópera impactante incluso para quien no está acostumbrado al mundo de la ópera. Por ello se hace extraño pensar que Verdi estuvo a punto de dejar de componer justo antes de encontrarse con esta ópera.




Giuseppe Verdi era un joven parmesano con ganas de convertirse en compositor de ópera, en una época en la que Vincenzo Bellini había muerto y las grandes figuras que seguían componiendo eran Gaetano Donizetti y el hoy casi olvidado Saverio Mercadante. Finalmente, en 1839, con 26 años, Verdi estrena en La Scala de Milán su primera ópera “Oberto, Conte di San Bonifacio”, con un modesto éxito que llevó a que el empresario de La Scala le contratara para otras tres óperas.

Pero en lo personal Verdi no pasaba por un buen momento. Casado en 1836 con Margherita Barezzi, la hija de su protector, había tenido con ella dos hijos. Pero la mayo, Virginia, moría en 1838, mientras el menor, Icilio, moría en 1839, ambos con poco más de un año de edad. Para colmo, el 18 de junio de 1840 moría a causa de una encefalitis su esposa Margherita, a los 26 años.

Giuseppe Verdi se encontraba en ese momento componiendo la primera ópera del contrato firmado con Merelli, la que sería su segunda ópera, la comedia “Un giorno di regno”, que se estrenaría en septiembre de ese mismo año. Verdi no se encontraba obviamente con ánimos para componer una comedia, y esta nueva ópera fue un rotundo fracaso. Tras el estreno, Verdi decidió retirarse de la composición.

Pero Merelli había firmado con él un contrato, y quería que Verdi lo cumpliera. Decide llevarle el libreto que Temistocle Solera (quien ya había realizado algunos arreglos en el libreto de “Oberto”, la primera ópera de Verdi) había escrito sobre el rey babilonio Nabucodonosor, basado en textos bíblicos y en el drama “Nabucodonosor” de Auguste Anicet-Bourgeois, libreto que había rechazado el compositor alemán Otto Nicolai. Verdi ni siquiera lo lee, pero según contó él mismo, una noche el libreto cayó de su mesilla, abriéndose junto en la página donde se encontraba el coro “Va, pensiero”. Verdi leyó la letra del coro y en su cabeza comenzó a fluir la melodía. Con el coro compuesto, Verdi se decide a comenzar la composición de la ópera en el verano de 1841.

El estreno de la ópera, el 9 de marzo de 1842 en La Scala, fue un enorme éxito que convirtió a Verdi en el compositor italiano más popular de su tiempo (y lo será hasta finales de siglo). El público milanés, por aquella época bajo el control del odiado Imperio Austriaco, se sintió identificado con los cautivos hebreos, lo que favoreció el éxito de la ópera, ya de por sí merecido por razones estrictamente musicales. En pocos años la ópera se representó en los principales teatros de Italia y del resto del mundo, y desde entonces se ha mantenido, con más o menos frecuencia en el repertorio.

Hay que destacar el tratamiento dramático que Verdi aporta a los personajes de Nabucco y Abigaile, que se plasma en sus vocalidades, así como al pueblo hebreo, Esto se plasma en las vocalidades de los protagonistas. En concreto, el personaje de Nabucco fue cantado en el estreno por el barítono Giorgio Ronconi, de voz potente y registro agudo sorprendentes para la época, que marcará el desarrollo del barítono verdiano posterior. Abigaile es un rol casi criminal para soprano, de enorme dificultad, que ha costado la carrera a algunas sopranos, incluida Giuseppina Strepponi, la cantante del estreno, y que poco después se convertirá en la pareja de Verdi.

Comenzamos ya arepasar el argumento de la ópera, pero antes, como siempre, un enlace del libreto.

La ópera comienza con una magnífica obertura de considerables dimensiones (unos 8 minutos de duración) que recoge algunos de los temas que vamos a escuchar a lo largo de la ópera. la escuchamos dirigida por Giuseppe Sinopoli:

La acción de la ópera tiene lugar en el siglo VI a.C.

Verdi, como era costumbre en la época, pone título a cada uno de los 4 actos que componen Nabucco. El primer acto se titula Jerusalén.

Y allí nos encontramos, en Jerusalén, en el interior del templo de Salomón. El pueblo se haya reunido en el templo, elevando sus plegarias a dios para que les libre del castigo de las tropas asirias (confusión del libretista, Nabucodonosor era babilonio, hijo del rey Nabopolasar, quien destruyó el imperio asirio). . Escuchamos así el coro introductorio “Gli arredi festivi”:

Aparece entonces Zaccaria, el sumo sacerdote hebreo, que ha capturado a Fenena, hoja de Nabucco, con la esperanza de que les sirva para conseguir la paz. Recuerda además como dios en otras ocasiones salvó a su pueblo, liberándolos de Egipto o protegiendo a Gedeón, y pensando que volverá a hacerlo (aria “D’Egitto là sui lidi”). Aparece entonces Ismaele, general hebreo, avisando que Nabucco se acerca; Zaccaria confía le confía la custodia de Fenena, y declara que su dios doblegará al de los asirios, Bel (no confundir con el cananeo Baal, como a menudo se traduce). Tenemos así la cabaletta “Come notte a sol fulgente”. Escuchamos la escena completa cantada por Samuel Ramey:

Impresionante escena e impresionante interpretación de Ramey, por cierto.

Se van todos, dejando solos a Ismaele y Fenena. Así nos enteramos que ambos se aman desde que Ismaele fue embajador en Babilonia y ella lo rescató de la prisión, pero ahora la prisionera es ella. Ismaele va a liberarla, usando una puerta secreta, pero en ese momento entra Abigaile, la hermana de Fenena, con un grupo de soldados babilonios disfrazados de hebreos. Abigaile también ama a Ismaele, y está dispuesta a salvar a su pueblo a cambio de su amor, pero Ismaele se niega; prefiere dar su vida a entregarle su amor, lo que enfurece aún más a la vengativa Abigaile. Escuchamos el dúo y trío posterior con Raquel Pierotti como Fenena, Bruno Beccaria como Ismaele y Ghena Dimitrova como Abigaile:

Zaccaria y el pueblo entran de nuevo en el templo ante el avance de las tropas enemigas. Nabucco se dirige raudo hacia el templo a caballo; nada es capaz de detenerlo. Con la ayuda de los soldados disfrazados, Nabucco entra en el templo. Zaccaria está dispuesto a apuñalar a Fenena, que suplica piedad a su padre, mientras Abigaile desea que Fenena muera para librarse de su rival. Nabucco planea su venganza, pero Ismaele salva a su amada, favoreciendo que Nabucco ordene destruir la ciudad, mientras los hebreos le rechazan por su traición. Escuchamos el final del primer acto con Ambrogio Maestri como Nabucco y Dimitra Theodossiou como Abigaile:

Comenzamos el segundo acto de Nabucco, titulado “El impío”.

Estamos en la habitación de la reina. Allí está Abigaile, con el documento que confirma que no es hija de Nabucco, sino de unos esclavos. Busca vengarse de Fenena, pero también de Nabucco, que le ha confiado el poder a su verdadera hija, y recuerda los años en los que era una joven inocente (aria “Anch’io dischiuso un giorno”). Entra entonces el sumo sacerdote de Bel con otros sacerdotes, que le cuentan que Fenena está liberando a los esclavos hebreos, y le instan a que Abigaile tome el poder, para lo que han hecho correr el rumor de que Nabucco ha muerto en combate. Abigaile acepta para llevar a cabo su venganza, y ver como la realeza se inclina ante una esclava (caballetta “Salgo già”, uno de los momentos más espectaculares de la ópera). Escuchamos la escena cantada por Lyudmila Monastyrska:

 Cambiamos de escena. Estamos en otra estancia del palacio de la Reina (que no olvidemos que en ese momento es Fenena). Entra Zaccaria acompañado de un levita que lleva las tablas de la ley. Tiene la misión de convertir a la pagana Fenena, para lo cual eleva una plegaria a dios, “Tu su labbro de’ veggenti” (la segunda de las tres arias de Zaccaria), que escuchamos en la voz de Michele Pertusi:

Llega un grupo de Levitas, y Ismaele les avisa que han sido convocados por Zaccaria, pero ellos le maldicen por haberles traicionado:

Entonces entra Ana, hermana de Zaccaria, que dice que Ismaele ha salvado a una hebrea y consigue calmar la situación. Entra también Fenena, pero Abdallo, un soldado babilonio, diciéndole que huya, porque Nabucco ha muerto y el pueblo aclama a Abigaile, que quiere acabar con ellos. Fenena rechaza huir, y aparece Abigaile que le reclama la corona, pero entonces aparece Nabucco, y todos se aterrorizan ante la situación que puede suceder. Escuchamos el “S’appressan gl’istanti” con Renato Bruson como Nabucco y Ghena Dimitrova como Abigaile:

Nabucco, enfurecido, rechaza al dios babilonio que le ha traicionado y al dios hebreo que no les ha salvado y se proclama único dios él mismo, y obliga a todos a adorarle. Zaccaria se niega, pero se le une Fenena, que proclama ser hebrea. Nabucco vuelve a proclamarse dios, pero entonces el cielo le golpea; Nabucco siente que pierde el poder y tiene alucinaciones; se ha vuelto loco. Zaccaria afirma que es un castigo divino, pero Abigaile aprovecha para hacerse con la corona. Escuchamos este final del segundo acto con Ettore Bastianini como Nabucco:

Comenzamos el 3º acto de Nabucco, titulado “La profecía”.

Estamos en los jardines colgantes de Babilonia. Abigaile está sentada en el trono, junto al sumo sacerdote de Bel. El pueblo le alaba por darles prosperidad mientras destruye a los enemigos:

El Sumo Sacerdote de Bel reclama la muerte para los hebreos, empezando por la traidora Fenena, y le presenta la sentencia. Abigaile finge sorpresa, pero es lo que estaba deseando. En ese momento entra un desarreglado Nabucco. Abigaile ha ordenado recluirlo en sus habitaciones, y Abdallo se dispone a acompañarle fuera, pero él se niega a abandonar la sala del consejo donde cree que le esperan, y pese a su debilidad quiere mostrarse fuerte. Abigaile echa a todos para quedarse a solas con Nabucco. Él se muestra ofendido por verla en el trono, pero ella se defiende diciendo que lo protege tras la enfermedad del rey, y que el pueblo reclama la muerte de los hebreos. Nabucco duda, pero Abigaile le dice que entonces su dios saldrá vencedor, y Nabucco acepta. Tras firmar, se da cuenta de que con ello ha firmado la sentencia de muerte de su hija Fenena. Abigaile le dice que tiene otra hija, pero él la rechaza y busca el documento que está en manos de Abigaile. Nabucco enloquece más, y Abigaile le desprecia, incluso cuando suplica piedad. Escuchamos este dúo con leo Nucci y Lyudmila Monastyrska:

Cambiamos de escena. Estamos en las riberas del Éufrates. Los hebreos añoran su tierra, su patria, bella y perdida. Es el coro “Va, pensiero”, que tantas pasiones levantó en su época y que es casi como un himno en Italia. Por eso dejo esta versión que dirigió en Roma Riccardo Muti en 2011: cuando, tras los aplausos posteriores a la interpretación del coro, alguien del público grita “Viva Italia”, Muti arremete contra la política cultural de Berlusconi, que lleva a que su patria, tan bella, vuelva a estar perdida, y bisa el coro pero con el público cantando. Si el coro ya de por sí es emocionante, así todavía lo es más, es prácticamente imposible contener las lágrimas:

Ante tal desánimo, Zaccaria profetiza que Babilonia quedará destruida y que Judá resurgirá. Tenemos así su tercera aria, “Del futuro nel buio discerno”, que le escuchamos a Samuel Ramey:

Comenzamos el cuarto y último acto de Nabucco, titulado “El ídolo caído”.

Estamos en las estancias del palacio en las que se encuentra en enloquecido Nabucco. Despierta enloquecido de un sueño, y creyéndose en batalla, quiere destruir Jerusalén, pero entonces ve que van a matar a su hija Fenena, pide perdón al dios de los hebreos, jurando que reconstruirá su templo (aria “Dio di Giuda”). Llama entonces a sus soldados y, con la mente de nuevo clara, decide salvar a Fenena y enfrentarse a quienes la han traicionado (cabaletta “O prodi miei, seguitemi”). Escuchamos aria y cabaletta cantadas por Piero Cappuccilli:

Cambiamos de escena. Volvemos a los jardines colgantes. El sumo sacerdote de Bel se prepara para sacrificar a los castigados con la muerte. Zaccaria fortalece a la primera que va a ser ejecutada, Fenena, quien prepra su alma para ascender al cielo. Escuchamos el aria de Fenena, “Oh dischiuso è il firmamento” cantada por Lucia Valentini-Terrani:

En ese momento se escucha llegar a las tropas de Nabucco, que detiene la ejecucción y ordena destruir el ídolo de Bel. Decide adorar el también al dios de los hebreos, ya que ha enloquecido a Abigaile, que ha tomado un veneno. Entonces un coro entona las alabanzas a dios, “Immenso Jeohva”, siendo una de las pocas óperas en usar el nombre de dios (algo extraño en Italia, desde luego), aunque con una grafía un tanto extraña (en italiano se escribe Geova, por lo general):

Entonces entra Abigaile, moribunda, suplicando el perdón de Fenena y de dios antes de morir. Escuchamos el final con Ghena Dimitrova como Abigaile:

Ver esta ópera en vivo es algo tan impactante que no se olvida fácilmente. Qué artista era Verdi con menos de 30 años, desde luego…

Terminamos con un Reparto Ideal:

Nabucco: Piero Cappuccilli.

Abigaile: Ghena Dimitrova o Lyudmila Monastyrska.

Zaccaria: Samuel Ramey.

Fenena: Lucia Valentini-Terrani.

Ismaele: Veriano Luchetti.

Director de Orquesta: Giuseppe Sinopoli.

Crónicas en vivo:

Baluarte (14-04-2016)



Attila de Verdi: 170 años de su estreno (17-03-2016)


Los años 40 del siglo XIX no fueron fáciles para el por aquel entonces joven Giuseppe Verdi; el mismo los llamó “anni di galera” (años de galeras) por el rápido nivel de trabajo que tuvo que afrontar. Y es que, tras el éxito de “Nabucco“, estrenada en 1842, hasta el absoluto triunfo de la trilogía popular (Rigoletto en 1851, Il Trovatore y La Traviata en 1853), Verdi componía como mínimo una ópera al año (y a menudo más de una), a un ritmo rápido que apenas le permitía evolucionar su estilo, trabajando bajo contrato y a menudo sin la inspiración necesaria. Eso no impide que Verdi componga algunas obras maestras (“Nabucco”, “Macbeth“, “Luisa Miller” y creo que en esta categoría debería entrar también “Ernani”), pero también otras totalmente olvidables (esa “Alzira” que él mismo despreciaba, o dos que he tenido que sufrir en directo, “Giovanna d’Arco” e “Il corsaro”). Pero entre estas, hay otras óperas que, sin ser obras maestras, resultan más que interesantes: “I lombardi”, “I due Foscari”, “I Masnadieri“,  “Stiffelio” (una predilección personal, lo sé), y la que quizá sea el mejor exponente de ese estilo chimpunero del Verdi de la época: “Attila”.




Este Attila está basado en “Atila, rey de los Hunos” de Zacharias Werner, que fascinó a Verdi por la riqueza psicológica de los personajes. El libreto corre a cargo de Temistocle Solera, con quien ya había trabajado en varias ocasiones, destacando en Nabucco. Solera tenía un gran talento teatral para crear escenas de gran impacto musical, pero seamos sinceros, sus argumentos son infumables. En este Attila, Solera se aleja demasiado de la obra de Werner, por lo que Verdi no queda satisfecho, y quiere introducir cambios en el libreto. Pero Solera está en Madrid, así que Verdi recurre a Francesco Maria Piave (uno de sus colaboradores más importantes en el futuro) para realizar esos cambios. Solera se pilla un mosqueo y no volverá a trabajar para Verdi (eso que gana el bueno de Giuseppe, por cierto). Y así, tras los cambios realizados, la ópera se estrenó un día como hoy, 17 de marzo de 1846, en La Fenice de Venecia, con gran éxito, en parte gracias a la temática patriota italiana tan en boga en el momento, y que tanto gustaba no solo al público, sino al propio Verdi.

No se encuentra actualmente este Attila entre las óperas más populares, pero se sigue representando con cierta frecuencia, y es una ópera muy interesante, en la que la inspiración de Verdi no falla: no hay momentos en los que decaiga el interés, cada gran número es seguido por otro de igual calidad. Así que vamos a hacer un repaso de la ópera, de algo menos de dos horas de duración. Como siempre, antes de empezar, dejamos un enlace al libreto y su traducción al español.

Comenzamos con un breve pero bello preludio, con momentos de gran lirismo y otros mucho más dramáticos, que en este caso veremos dirigir a Riccardo Muti, habitual director de este título:

Attila consta de Prólogo y 3 actos, todos ellos, ambientados en el año 425.

Empezamos por el prólogo: estamos en la ciudad de Aquilea (situada en el Friuli, no muy lejos de Trieste), que arde en llamas tras la conquista de Attila, caudillo de los Hunos. La ópera comienza, como es habitual en Verdi, con un coro:

Aparece Attila, celebrando la victoria, pero se enfada al ver entrar a su esclavo Uldino acompañado de un grupo de vírgenes de la ciudad conquistada, cuando él ha dado orden de no dejar supervivientes. Uldino le dice que han sido mujeres que han luchado valientemente, lo que asombra a Attila, y entonces de entre las mujeres asoma Odabella, que destaca el valor de las mujeres italianas en combate. Esta es la cavatina de Odabella, “Allor chei forti corrono”. Odabella llama la atención de Attila, por lo que ella se alegra, ya que eso abre sus posibilidades de venganza, ya que el huno ha asesinado a toda su familia; si el aria ya es espectacular, ahora estamos en la caballeta, “Da te questo or m’è concesso”, que es todavía mejor.  Escuchamos esta escena en voz de Leyla Gencer, acompañada por el Attila de Nicolai Ghiaurov:

La página es tremendamente complicada, incluso para una soprano acostumbrada a cantar roles bien difíciles como la Gencer. Así que si sus pirotecnias no nos han parecido suficiente, siempre podemos recurrir a esta grabación del aria en estudio que hizo la gran Joan Sutherland (quien, hasta donde yo sé, nunca cantó la ópera completa, por desgracia, porque con esa voz habría sido espectacular, la absoluta referencia):

Salen las mujeres, y Attila manda a Uldino a llamar al emisario de Roma; tienen que escuchar su mensaje aunque la intención de invadir Roma está ya tomada.

Entra el emisario, el general Ezio, en quien Attila reconoce a su más digno rival. Ezio quiere hablar a solas con Attila, por lo que todos sus hombres se van. En ese momento, Ezio le sugiere que, ante la vejez del emperador de Oriente y la juventud del de Occidente (Valentiniano III, que tendría unos 6 años en ese momento), Attila podría tener todo el mundo, a cambio de que, traicionando Ezio a Roma, el general se quedara con Italia (ese “Avrai tu l’universo, resti l’Italia a me” que tanto enfervorecía a los oprimidos venecianos que estaban bajo el control del Imperio Austriaco), pero Attila reprende su actitud traidora y se niega a aceptar el acuerdo. Ezio entonces retoma su papel como embajador de Roma; Attila amenaza con conquistar la ciudad mientras Ezio le recuerda que ya sus tropas le vencieron en Châlons y que la situación se va a repetir. Escuchamos este magnífico dúo en las voces de dos grandes intérpretes de sus respectivos papeles, Giorgio Zancanaro como Ezio y el gran Samuel Ramey como Attila:

Cambiamos ahora de escenario, nos vamos a las lagunas adriáticas, donde un altar a San Giorgio y algunos palafitos sirven de residencia a algunos ermitaños, que al amanecer cantan sus alabanzas cuando un grupo de barcas llegan a los islotes. Las barcas están ocupadas por fugitivos habitantes de Aquilea, que dirigidos por Foresto buscan un lugar para establecerse; el altar es la señal que buscan como emplazamiento de su nueva ciudad. Foresto suspira porque su amor, Odabella, está en poder de Attila, pero en seguida se preocupa de cosas más importantes: esa patria que ahora está en ruinas volverá a su esplendor, renacerá como una Fénix: acabamos de asistir a la fundación de Venecia, nada menos (recordemos que la ópera se estrenó en Venecia, en el teatro de La Fenice, y Fenice significa Fénix en italiano). Escuchamos y vemos el aria “Ella e in poter del barbaro” y la caballetta “Cara patria” en voz de Veriano Luchetti:

Mala suerte la del pobre Luchetti, por cierto; con esa voz y esa técnica hoy sería el número uno, pero en aquella época la competencia era muy dura… y el gran Foresto de la época era ese gran tenor verdiano que fue mi admirado Carlo Bergonzi. Vamos a escuchar la escena completa (desde el coro de ermitaños hasta el cara patria) en su voz, no en la grabación de estudio, sino en vivo, en el año 1973 (Bergonzi tenía 49 años):

Comenzamos ya por fin el I acto. Estamos en el campamento de Attila, que se dirige hacia Roma.

En un arroyo del bosque junto al campamento, Odabella recuerda a su padre y a su amado Foresto en el aria “O nel fuggente nuvolo”, que escuchamos en voz de Ghena Dimitrova:

Bellísima aria, por cierto, muy distinta de la del prólogo, mucho más lírica, menos pirotécnica.

Aparece Foresto, que le reprocha a Odabella que se haya pasado al bando enemigo, lo que le hace mucho daño a Odabella, quien le confiesa que su finalidad acercándose a Attila es poder vengarse de él, cual si fuera Judih salvando a Israel, con lo que ambos se reconcilia. Escuchamos el dúo “Si, quell’io son” con su caballetta “Ah, t’inebria nell’amplesso” en las voces de Carlo Bergonzi y Cristina Deutekom (aunque comenzamos repitiendo el aria de Odabella que ya hemos escuchado):

Cambiamos de escenario, nos vamos ahora a la tienda de Attila, donde duerme el líder huno. Pero tiene una pesadilla, por lo que despierta a su esclavo Uldino. Ha soñado que, mientras avanzaba,un viejo detenía su paso y le decía “Sólo puedes hacer sufrir a los mortales. Así pues ¡detente! ¡Aquí te está cerrado el paso, pues este es suelo de dioses!”. Pero, tras calmarse, hace llamar a sus hombres y se prepara para asaltar Roma. Escuchemos el aria “Mentre gonfiarsi l’anima” en la voz de Samuel Ramey:

Pero se escucha llegar una procesión, encabezada por el papa Leone, en quien Attila reconoce al fantasma de su sueño. Se dispone a desafiarlo, pero el papa dice las mismas palabras que Attila soñó, y el caudillo huno, presa del terror, se detiene y no va a atacar Roma, ante la sorpresa de sus hombres y las alabanzas a dios del papa, Foresto y Odabella. Así termina el primer acto, que escuchamos a continuación de nuevo con Samuel Ramey como Attila, Cheryl Studer como Odabella, Kaludi Kaludov como Foresto y Mario Luperi como el papa Leone:

Comenzamos el segundo acto.

Estamos en el campamento de Ezio, que acaba de recibir un mensaje del emperador que le ordena volver tras haber firmado la paz con Attila. Ezio está molesto por tener que obedecer a un crío, y rememora los momentos de gloria de sus antepasados, que espera vuelvan algún día. Pero aparece Foresto (aunque Ezio no sabe quién es) y le dice que se prepara un golpe contra Attila y que tenga a sus tropas preparadas para que, a la señal convenida, ataquen el campamento bárbaro. Ezio acepta, aún a riesgo de sacrificar su vida si es necesario para salvar a su patria. Escuchamos el aria “Dagli immortali vertici” y la caballetta “E’ gettata la mia sorte” en la voz de Piero Cappuccilli:

Cambiamos de escena, nos vamos al campamento de Attila, donde se prepara un gran banquete. El huno está acompañado por Odabella. Entra Ezio con soldados romanos, y Foresto camuflado entre ellos. Attila invita a Ezio a sentarse con él, pero los druidas le advierten de que eso traerá mala suerte. Attila los expulsa, pero una tormenta apaga las velas y todos se asustan. Ezio aprovecha para recordarle al oferta que le hizo a Attila de combatir juntos, pero Attila vuelve a rechazarla con desprecio. Mientras, Foresto avisa a Odabella que la copa que Uldino le llevará a Attila está envenenada, pero ella no puede permitir que Attila muera en manos de otra persona, quiere ser ella misma la que acabe con él, así que cuando entra Uldino con la copa, Odabella le dice a Attila que está envenenada, y Foresto dice que ha sido él el envenenador. Attila estalla en furia al reencontrarse con un viejo rival, pero Odabella reclama su vida, ya que es ella la que ha salvado a Attila; éste accede, y además le promete casarse con ella. Attila prosigue con la esta, mientras Ezio planea su venganza, y Odabella consigue convencer a un furioso y decepcionado Foresto de que huya, que ya tendrá tiempo de perdonarla.

Escuchamos toda esta escena final del II acto, con Ildar Abdrazakov como Attila:

Comenzamos el tercer y último acto (ya queda poquito). Estamos en un bosque, entre los campamentos de Attila y Ezio. Foresto espera a Uldino, que le informa que ya se acerca el cortejo de Attila y Odabella. Ezio espera la señal para atacar el campamento de Attila. Mientras, Foresto se pregunta que le habrá ofrecido Attila a Odabella para que ella se case con él. Escuchamos así el aria “Che non avrebbe il misero”, insuperablemente cantada por el gran Carlo Bergonzi:

Por si no fuera suficiente, Verdi le compuso al tenor Napoleone Moriani un aria alternativa en la que Foresto lamenta su amor por Odabella, “Oh dolore”, que redescubrimos gracias a Pavarotti ( y a Claudio Abbado, de paso, que nos recuperaron algunas arias alternativas olvidadas de Verdi de óperas como “Ernani” o “I due Foscari”):

Entra Ezio y se disponen a atacar a Attila mientras suenan los cánticos nupciales, pero aparece Odabella, huyendo de los remordimientos que le causa la muerte de su padre y jurando vengarlo; se encuentra con Foresto y busca su perdón, pero Ezio está impaciente porque ya se ha dado la señal del ataque.

Aparece Attila, buscando a su esposa, pero ve a Ezio y Foresto y se da cuenta de que es un complot contra él; les reprocha todo lo que ha hecho por ellos: casarse con Odabella siendo una esclava, perdonar la vida a Foresto y no atacar Roma en favor de Ezio. Pero los tres le muestran su desprecio. Se oye llegar a las tropas romanas, pero Odabella se adelanta y apuñala a Attila. Y así, con la muerte de Attila, termina la ópera. Escuchamos el cuarteto final, “Non involarti, seguimi”, de nuevo con Samuel Ramey, Cheryl Studer, Giorgio Zancanaro y Kaludi Kaludov:

Ya veis, una ópera breve, con un argumento flojo (no se basa en la obra de grandes dramaturgos como Shakespeare, Victor Hugo o Schiller, a los que Verdi recurrió a menudo), pero con unos momentos musicales de enorme calidad propios de ese genio que terminaría siendo Verdi. Una ópera muy disfrutable si el equipo de cantantes es solvente.

Reparto Ideal:

Attila: Samuel Ramey.

Odabella: Sin llegar a ser ideal, la que mejor se acerque al papel será posiblemente Leyla Gencer.

Foresto: Carlo Bergonzi.

Ezio: Piero Cappuccilli o, por qué no, Giorgio Zancanaro.

Director de orquesta: Riccardo Mutti extrae mejor los matices de la partitura que los demás, pero sus tempos son muy rápidos y no deja rematar las caballettas con agudos no escritos, y eso no se lo perdono, así que se queda desierto.