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Crónica: Bamberger Symphoniker en Kursaal (09-11-2017)


Kursaal eszena nos traía el otro día a la prestigiosa Bamberger Symphoniker con un programa atractivo por incluir obras de dos compositores por desgracia poco habituales por estos lares, Jean Sibelius y Bedrich Smetana, aunque del primero se ofreciera su obra más popular por aquí, el concierto de violín (que creo que con esta es la tercera vez que veo en vivo, sin haber tenido en cambio ocasión de ver la mayoría de sus sinfonías).




Antes de pasar a comentar el concierto, dejo un enlace del programa del concierto.

Para el concierto de Sibelius contaban como solista con la veterana Viktoria Mullova. La violinista de origen ruso lució un sonido potente y absoluta solvencia técnica en los pasajes más virtuosos, pero su visión de la obra fue más dramática que lírica, y ahí pesaba en su contra el recuerdo de aquella mágica interpretación que hace unos años escuchamos a Sergey Khatchatryan en el mismo escenario, delicada y lírica, simplemente maravillosa. Mullova, por el contrario, demostraba que probablemente en otros repertorios habría podido lucirse mucho más (pienso en los conciertos de Brahms o Tchaikovsky, por ejemplo), siendo el tercer movimiento el más logrado de la obra. No es desde luego un problema de la violinista, que estuvo impecable en su ejecución, sino en un diferente concepto, una diferente visión de la obra.

La Bamberger Symphoniker cobró quizá un protagonismo excesivo bajo la batuta de Jakub Hrusa, que impuso unos tempi bastante lentos y que dio rienda suelta al volumen orquestal, que por momentos, en el tercer acto, llegaba a resultar excesivo para una obra tan intimista como esta. De nuevo, para mí el problema está en el concepto de la obra.

Tras una propina de Mullova (pieza que desconozco) y el intermedio de rigor, la Bamberger Symphoniker interpretó las 4 primeras piezas de Má vlast (o “Mi patria”) del checo Bedrich Smetana. Se trata de cuatro obras de cuidada orquestación, de gran lucimiento, más impactantes que intimistas, pero siempre de gran belleza melódica. Y aquí, de nuevo con unos tempi más bien lentos (al menos comparados con los que empleaba Kubelik, la máxima referencia en la dirección de obras de compositores checos), Hrusa sacó el máximo rendimiento de la orquesta, con unas cuerdas magníficas, unas maderas que sonaban a gloria, unos metales afinados y dos arpas situadas una a cada lado de la orquestas para envolverla con su sonido, protagonista en el comienzo de la primera pieza, “El alto castillo”. La pieza más conocida, la segunda, el “Moldava”, fue magníficamente interpretada, pero es que en general las cuatro nos permitieron disfrutar de un gran nivel orquestal (que mereció los aplausos del público, recompensados con dos propinas; juraría que la segunda era una danza húngara de Brahms, mientras la primera, aunque me resultaba familiar, no pude identificarla).

El problema de estas piezas es que nos resultan totalmente ajenas. Las historias que cuentan o los paisajes que describen pueden resultar familiares para los checos, pero no para nosotros. Sí, escuchar ese Moldava te transporta inmediatamente a Praga, a Cesky Krumlov o a Melnik, pero ¿qué hay del resto? ¿Cómo vamos a saber que ese Alto castillo es Visehrad si no se nos menciona en el programa? ¿Quién es Sarka, además de la protagonista de la ópera más conocida de Fibich, igual de desconocida aquí? Yo personalmente hubiera agradecido acompañar las interpretaciones con imágenes de los lugares o las historias que describen estas piezas de claro carácter programático que desconocemos, para así poder entenderlas mejor.

En todo caso, fue un concierto muy disfrutable por la gran labor de la Bamberger Symphoniker y de Viktoria Mullova, que nos permitía ampliar nuestros horizontes musicales hacia territorios poco frecuentados como el nórdico o el checo (exceptuando a Dvorak). Uno de esos conciertos que un donostiarra no debería perderse.