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Crónica: Budapest Festival Orchestra en Quincena Musical (26/27-08-2018)


Regresaba, otro año más, Ivan Fischer con la Budapest festival Orchestra a la Quincena Musical donostiarra, lo que siempre es una gran noticia tratándose de un director muy interesante y de una magnífica orquesta. La orquesta ofreció dos conciertos consecutivos, que comentaremos en una única crónica.




El primer concierto, el día 26 (enlace del programa) fue sumamente original, ya que, aprovechando las dotes pedagógicas de Fischer, hizo un repaso a la tradición musical popular húngara y su lugar en la música clásica. Fischer presentó a Jenö Lisztes, intérprete de un instrumento tradicional del folclore cíngaro, el címbalo húngaro, que tocó una breve improvisación para que pudiéramos conocer un instrumento por lo demás desconocido aquí, similar a la cítara bávara, para luego dar paso a la Primera Rapsodia Húngara de Liszt, en la que el intérprete improvisó diversas cadencias solistas cual si de un piano se tratara. La interpretación orquestal fue magnífica, dadas las prestaciones musicales que ofrece, en un concierto que ya se avistaba que iba a ser todo menos “ortodoxo”.

Y es que, a continuación, Fischer presentó a József Csócsi Lendval, un tradicional violinista de orquesta folclórica húngara, para que interpretara, como es habitual en este tipo de formaciones populares, la 1ª Danza Húngara de Brahms con sus improvisaciones y variaciones, mientras la orquesta intentaba seguirle. Algo similar sucedió con la siguiente obra, la 3ª Rapsodia Húngara de Franz Liszt, en la que, de pronto, se detuvo la obra en un momento que tiene una melodía tradicional húngara, para que el violinista realizara unas improvisaciones antes de retomar la pieza.

A continuación, el director presentó a József Landval, hijo del anterior y que ha realizado estudios clásicos de conservatorio a parte de lo aprendido de su padre. Considerando que esta combinación era perfecta para los Aires Gitanos de Pablo Sarasate, fue el solista elegido para interpretara dicha pieza con absoluta maestría. La primera parte concluía con padre e hijo interpretando, acompañados de la orquesta, la Danza Húngara nº 11 de Brahms.

Fue sin duda una experiencia sumamente interesante el poder conocer de esta forma la música tradicional húngara, tan cercana a la Budapest Festival Orchestra, y su influencia en el repertorio clásico, una especie de ruptura entre las mal denominadas “música culta” y “música popular”.

La segunda parte del concierto fue mucho más tradicional, con una impecable interpretación de la 1ª sinfonía de Brahms, que he de confesar que es mi favorita del compositor. Con unas cuerdas que sonaban a gloria y unas acertadísimas maderas, Fischer impuso un ritmo razonablemente relajado que culminó con una electrizante coda final simplemente espectacular. El maestro húngaro volvía a regalarnos una gran noche en Donostia.

El siguiente día, la misma Budapest Festival Orchestra ofrecía un segundo concierto, absolutamente tradicional en su concepto (enlace del programa). La primera parte constaba de las Vísperas Solemnes del Confesor, misa de Wolfgang Amadeus Mozart. A una orquesta de dimensiones reducidas se unía un Orfeón Donostiarra tal vez demasiado numeroso para la obra, que en todo caso resolvió con corrección la parte, en especial los ocho solistas que abrían cada sección a capella en unos fragmentos que emulaban al canto gregoriano).

La obra requiere de cuatro solistas, aunque únicamente la soprano tiene un papel de cierta enjundia. Christina Landshamer se hizo cargo de la parte con una voz tímbricamente hermosa pero de limitado volumen, si bien hay que reconocer que superó con solvencia los pasajes de coloratura de su intervención solista.

Del resto de solistas, voz bella pero muy pequeña la de la Mezzo Olivia Vermeulen. La voz del Bajo Konstantin Wolff sonaba basta y falta del legato necesario para su parte. La voz más interesante era la del joven tenor donostiarra Xabier Anduaga, siendo la suya la más audible de todas (cosa poco frecuente en un tenor lírico-ligero) que llenaba por completo el auditorio Kursaal. Sólo queda esperar poder volver a verlo próximamente en algún papel de más enjundia.

En la segunda parte, Fischer regresaba a Mahler, compositor que ya había interpretado en ediciones anteriores en la Quincena (recuerdo una magnífica 3ª hace unos años y una espectacular “Titán” hace ya más años), en este caso con la menos ambiciosa de todas, la 4ª. Los tempos elegidos por el director fueron pausados, relajados, sin romper con ello la tensión de la obra, pero alcanzando momentos de una belleza sublime, en especial en el 3º acto. La Budapest Festival Orchestra volvió a lucirse al completo con esta obra. Christine Landshamer volvió a demostrar un gusto exquisito pero una voz limitada de volumen en su intervención en el movimiento final.

El público del día 27 no estuvo, por desgracia, a la altura: toses sin disimulo, papeles de caramelos, ruidos al abanicarse, aplausos fuera de tiempo (no hablo de al concluir un movimiento, sino incluso cuando la música todavía seguía sonando) y una estampida general al concluir la obra, sin esperar a los saludos. Y, pese a todo, el público habitual aplaudió como es debido a una orquesta y un director de un nivel difícil de encontrar en la Quincena. Sólo nos queda esperar que la Quincena Musical vuelva a contar en lo sucesivo, como ha sucedido hasta ahora, con esta Budapest festival Orchestra y con Ivan Fischer en las próximas ediciones, porque sus conciertos son casi siempre memorables.