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20 años sin Pilar Lorengar (02-06-2016)


En 1991, un grupo de importantes cantantes de ópera españoles fueron galardonados con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes: Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Montserrat Caballé, Teresa Berganza y Pilar Lorengar. Todos ellos nombres sobradamente conocidos por el público… salvo quizá el de Pilar Lorengar, que siendo una de las mejores cantantes femeninas de la península, ha visto como su nombre permanecía un poco en la oscuridad, en buena medida por haber desarrollado la mayor parte de su carrera en Alemania. Así que hoy, que se cumplen 20 años de su prematura muerte (tenía 68 años cuando el cáncer se la llevó) vamos a repasar algunas de las (muchas) joyas que nos dejó.




Pilar Lorenza García (inteligentemente fusionó ese segundo nombre y apellido en su nombre artístico, Pilar Lorengar) nació en Zaragoza el 16 de enero de 1928. Desde muy pequeña participó en un programa de radio, y se mudó a Barcelona para recibir clases de canto, que continuaría en Madrid y en Berlín. En 1949 entra a formar parte del Coro del teatro de la Zarzuela, y debuta en 1950 en Orán, Argelia, con el papel de Maruxa. Sigue cantando Zarzuela, pero su primera intervención relevante fue en 1952, cuando cantó en Barcelona las partes solistas para soprano de la 9ª sinfonía de Beethoven y del Requiem Alemán de Brahms. Vamos a escucharle en una versión posterior (1963) de la 9ª de Beethoven:

Pilar Lorengar fue una referencial intérprete de zarzuela, especialmente en sus primeros años de carrera, en los que además participa en algunas imprescindibles grabaciones del género, como ese “La del manojo de rosas” que protagoniza junto a Renato Cesari bajo la dirección del propio compositor, Pablo Sorozábal, del que aquí escuchamos el magnífico dúo “Hace tiempo que vengo al taller”:

Otra de esas grabaciones míticas de zarzuela será “El caserío” de Jesús Guridi, dirigido por Ataulfo Argenta, junto a Carlos Munguía y Manuel Ausensi. Escuchamos el dúo junto a este último:

Pero no abandonó del todo la zarzuela, como podemos comprobar en esta grabación más tardía de la famosa romanza “De España vengo” de “El niño judío” de Pablo Luna:

Y de esa misma grabación de 1985 escuchamos el dúo de “El dúo de la Africana” junto a Plácido Domingo:

Su debut internacional se produce en 1955 en el Festival de Aix-en-Provence con el Cherubino de “Le nozze di Figaro”, del que escuchamos el aria “Non so più”:

Tras debutar en Londres o en Buenos Aires, en 1958 firma un contrato con la Deutsche Oper Berlin, con la que cantará durante unos 30 años, hasta su retirada. Poco dada a viajar, y más al casarse con Jurgen Schaff, desarrolla gran parte de su carrera en Berlín, donde Mozart será uno de los principales puntales de su repertorio. De hecho, será con la Illia de “Idomeneo” con la que debute, en 1961, en el Festival de Salzburgo.

Pero fue sobre todo con las heroínas de la trilogía dapontiana, así como con la Pamina, con las que triunfará y que serán los pilares de su repertorio. La escuchamos primero en el bellísimo “Dove sono” de “Le nozze di Figaro”:

La escuchamos ahora como Fiordiligi en “Così fan tutte”:

Del “Don Giovanni” la escuchamos primero como Donna Elvira en el “Mi tradì quell’alma ingrata”:

Y terminamos escuchando su maravillosa Pamina de “Die Zauberflöte“,  con el aria “Ach, Ich fühl’s”, de la grabación en estudio que dirigió Georg Solti:

Su debut en Londres, en 1955, fue con “La Traviata” de Verdi, papel que cantó en nuevas ocasiones, y del que escuchamos su aria del último acto, con la lectura de la carta incluida:

De Verdi fueron algunos de los papeles más “pesados” que cantó Pilar Lorengar en su carrera, propia de una soprano lírica pura. Aunque rechazó cantar “Aida” o “Un ballo in maschera”, sí que cantó la Alice de “Falstaff” o la Desdemona de “Otello“, de la que aquí escuchamos el dúo “Dio ti giocondi, o sposo” junto al Otello de Plácido Domingo:

Disfrutemos además de su maravillosa Elisabetta del “Don Carlo“, de la que aquí escuchamos su magnífica aria “Tu che le vanità”:

Y la escuchamos también como la soprano solista del Requiem verdiano en ese “Libera me, Domine” final:

Siendo como ya hemos dicho una soprano lírica pura, se sentía cómoda en no pocos roles del verismo. Comenzamos viendo su “In quelle trine morbide” de la “Manon Lescaut” de Puccini:

A continuación la escuchamos en el aria de Nedda del ·Pagliacci” de Leoncavallo:

La escuchamos también en “La Boheme” de Puccini, en el “Sì, mi chiamano Mimí”:

Otro papel emblemático fue su “Madama Butterfly”, que aquí canta en alemán acompañada del Pinkerton del gran Fritz Wunderlich; magia pura ese dúo final del 1º acto:

Y otro papel en el que sobresalió fue como la “Suor Angelica” de la que aquí, en vez de escuchar el aria, escuchamos toda la escena final, de un nivel interpretativo y vocal que muy pocas sopranos pueden igualar:

Llegó a cantar incluso un papel tan pesado como el de “Tosca”, del que escuchamos aquí el aria “Vissi d’arte”:

De las grabaciones en estudio de arias sueltas cabe destacar esta versión, una de las mejores que se han grabado por cierto, del bellísimo “Sogno di Doretta” de “La Rondine“:

Y la escuchamos también cantando el aria “Ebben, ne andrò lontana” de “La Wally” de Catalani:

Cantó también papeles líricos de ópera francesa, como la Marguerite del “Faust” de Gounod, de la que escuchamos el trío final junto a Nicolai Gedda y Cesare Siepi:

También cantó la Micaela de “Carmen” de Bizet, de la que escuchamos el aria “Je dis que rien ne m’épouvante”:

Podríamos escucharla en otros papeles, como la “Manon” de Massenet, pero prefiero ponerla en un aria por la que tengo una predilección especial, aunque no cantara la ópera completa, el “Depuis le jour” de la “Louise” de Charpentier:

Y claro, pasando tantos años en Alemania, cantó no pocos roles de ópera alemana. Comenzaremos por su Agathe de “Der Freischütz” de Weber:

Cantó óperas como “Mathis der Maler” de Hindemith, de la que no hay fragmentos en Youtube pero que podéis escuchar en Spotify, así como arias de opereta vienesa, aunque si hay un aria que recordar es la canción de Marietta de “Die tote Stadt” de Korngold, una de las mejores versiones de esta bellísima canción:

Y también cantó Wagner, primero la Elsa de “Die Meistersinger von Nürnberg” y luego la Elsa de “Lohengrin”:

Y escuchamos también su magnífica grabación del aria de Elisabeth de “Tannhäuser”:

Hizo también incursiones en el repertorio eslavo, como con “La novia vendida” de Smetana, que cantó en alemán. Cantó también óperas como “Eugen Onegin” o “Jenufa”, pero merece la pena recordar su magnífica grabación del aria de la luna de la “Rusalka” de Dvorak, de nuevo una de las mejores grabaciones de ese aria:

Su repertorio fue todavía mayor, con óperas barrocas y clásicas, como la “Medée” de Cherubini o la Euridice de Gluck, además de numerosas canciones españolas. Extrañamente rechazaba cantar óperas de Richard Strauss, por desgracia.

En 1987 tuvo uno de sus últimos grandes éxitos en Berlín, cantando “Les huguenots” de Meyerbeer. Vamos a escucharla cantando la ópera en alemán, en concreto el dúo del final del 4º acto junto al Raoul de Richard Leech:

Se retiró poco después.

Soprano poco mediática, es mucho menos recordada de lo que debiera por su voz y talento dramático, siendo una de las grandes sopranos de su época, pero tristemente olvidada en su país natal. Como ya hemos mencionado, un cáncer se la llevó a los 68 años, un 2 de junio de 1996, en Berlín. Esperemos con este post ayudar un poquito a recuperar su legado. Y por si no es suficiente, pues invitar a todos a la exposición que la Asociación Aragonesa de la Ópera “Miguel Fleta”, con el apoyo del gobierno de Aragón, va a llevar a cabo en Zaragoza, su ciudad natal, del 29 de septiembre al 11 de diciembre. Todo esfuerzo por recuperar su memoria es bienvenido.



Crónica: Krystian Zimerman en Zaragoza (29-05-2016)


He de reconocer que, por lo general, sufro de “Karinismo”: cualquier tiempo pasado me parece mejor. Es decir, ya no hay cantantes de ópera, directores de orquesta, violinistas, chelistas… como los de antes (y esto no sólo es aplicable a la música, también al cine, al arte…). Es decir, que nunca voy a tener la ocasión de poder disfrutar en vivo de mis artistas favoritos, porque ya murieron, algunos incluso hace más de medio siglo. Pero hay una excepción: mi pianista favorito sí esta vivo… y en activo, aunque no se prodigue demasiado. Hablo del gran Krystian Zimerman.




Tengo que remontarme unos cuantos años atrás. Era una época, cuando tendría veintipocos años, en la que me había centrado por años exclusivamente en la ópera, y ahora quería volver a prestar atención al repertorio sinfónico e instrumental del romanticismo, con el que empecé, con unos 12 años, en el mundo de la música clásica. Y claro, a la hora de elegir a qué pianistas iba a escuchar interpretando a distintos compositores, decidí que lo mejor era consultar a mi amigo Asier, pianista, con muy buen criterio y que además sabía más o menos cuáles eran mis gustos. Gracias a él descubrí a algunos de mis pianistas favoritos, como Gilels o Richter (a Arrau ya le conocía de antes), pero, sobre todo, descubrí a Krystian Zimerman: me lo recomendó como pianista en general, y como intérprete de Chopin y de Liszt en particular, lo que no deja de ser curioso tratándose de dos formas tan dispares de entender la música para piano. Pero sí, Zimerman se convirtió en mi pianista de referencia en ambos compositores, aunque fue con su grabación del 2º concierto de Rachmaninov cuando ya caí rendido a los pies del pianista polaco: por su combinación de técnica virtuosística y poesía interpretativa está a enorme distancia de la mayoría de los pianistas en activo (en mi opinión, de todos, directamente), e incluso por encima de mitos como los ya mencionados Richter, Gilels y Arrau.

Y claro, tenía unas enormes ganas de verlo en vivo. Por desgracia, las últimas veces que vino a Donostia yo todavía no sabía quién era, y el concierto que iba a dar unos años después fue cancelado, y me tuve que quedar con las ganas. Así que cuando mi amigo Rubén me llamó para ver si me animaba a ir a Zaragoza (ida y vuelta en la misma tarde) para verle, no lo dudé ni un segundo, pese a que el repertorio (4º concierto de piano de Beethoven) me resultara muy poco atractivo. Zimerman bien lo valía.

El concierto, el domingo 29 de mayo, estuvo dedicado íntegramente a Beethoven. Grzegorz Nowak dirigía a la Orquesta Sinfónica de España en el Auditorio de Zaragoza. El programa lo complementaba la 3ª sinfonía de Beethoven.

Curiosamente, al comenzar el concierto, Zimerman no aparecía (y tratándose de él, siempre da miedo que pueda cancelar en el último minuto…), pero es que la orquesta comenzó con una pieza que no aparecía en el programa de mano (pero que yo ya me estaba esperando…), la Obertura Egmont. Con unas cuerdas en mi opinión demasiado reducidas (6 chelos, 4 contrabajos…), los metales por momentos se hacían oír demasiado, pero en general fue una correcta interpretación de una obra muy conocida pero magnífica.

Y llega por fin el momento clave. Vaya por delante que a mí el Beethoven concertístico (a diferencia del sinfónico) no me llega (con la excepción de ese maravilloso concierto para piano nº 5, “Emperador”); de hecho, pienso que, de no estar firmado por Beethoven, nadie se acordaría de esos conciertos, incluyendo el 4º, que obviamente es el mejor de los 4 primeros pese a todo. Ahí nos aparece un Krystian Zimerman con una melena ya totalmente blanca (y eso que cumple 60 a finales de año; parece más mayor). Le pusieron la partitura en el piano, a la que él mismo se encargaba de pasar las páginas, aunque me gustaría saber cuánto la miró (sospecho que muy poco, si es que acaso llegó a mirarla en algún momento… ¿sería por pura precaución?). Empieza el concierto y Zimerman luce todas sus virtudes: su virtuosismo, su precisión, sigue intacto, sumado todo ello a sus pausas, sus matices, su fraseo, poesía pura. Y con él el anodino concierto de Beethoven llegó incluso a cobrar vida por momentos; aquello no era un concierto normal, era pura magia. Se entretuvo en unas cadencias al final del primer movimiento, bastante largas por cierto, en las que hizo literalmente lo que le dio la gana; él lo vale. Con el segundo movimiento hizo maravillas, de una belleza impresionante, y arrasó con el tercero. Parece que tenía buen día: cuando el público se puso a aplaudir al final del 1º movimiento, él hizo un gesto para que no lo hicieran, pero al terminar el 2º movimiento, hizo otro gesto al público para recordar que no había que aplaudir de forma bastante simpática. Se le notaba cómodo, pese a que no hubo propinas (y eso que fue bastante aplaudido. Y he de confesar que no pude resistir el bravearle nada más terminar el concierto, que bien se lo merecía). Supo a poco… a muy poco. Sólo espero que tenga ocasión de volver a verle en un repertorio más interesante (por lo menos para mí).

La segunda parte del concierto fue una 3ª sinfonía de Beethoven, la “Heroica”. Lo mío con Beethoven no deja de ser curioso: habiendo visto, por ejemplo, 4 veces la 1ª de Mahler o la 6ª de Tchaikovsky, de Beethoven sólo había visto en vivo la 1ª, la 3ª y la 9ª. Y me tocaba repetir la 3ª, que de las sinfonías románticas de don Ludwig (es decir, 3ª y de la 5ª a la 9ª) me resulta la menos interesante. Nowak, que había acompañado impecablemente al solista en el concierto, ahora llevaba él todo el peso de la obra, que dirigió con tempi algo rápidos (acostumbrado como estoy a Furtwängler, cualquier cosa me resulta rápida, claro) pero con buenas dinámicas e interesantes crescendos. Muy bien las cuerdas y las maderas; peor desde luego los metales (un bellísimo solo de trompa en la marcha fúnebre fue echado a perder por un inoportuno desafine del músico). La interpretación fue correcta, con un vibrante final.Tampoco hubo propinas, por cierto.

La sala estaba más o menos a medias; vamos, que daba pena verla así de vacía, y más tratándose de ver a Krystian Zimerman. Me temo que la música clásica no goza de muy buena salud en Zaragoza. Teniendo en cuenta que la ciudad tiene ella sola ya casi la misma población que toda Gipuzkoa, las comparaciones mejor las obviamos. Sólo me queda esperar que el esfuerzo de iniciativas privadas, como era el caso de este concierto (a falta de mayor iniciativa pública por parte de las autoridades correspondientes) consigan poco a poco revertir esta triste situación.

Concluimos: si me preguntan si mereció la pena el viaje de ida y vuelta (y eso que no conducía yo) para ver el concierto, contestaré que por el repertorio desde luego que no, pero por poder ver a Krystian Zimerman, el viaje fue una nimiedad. Un genio, un artistazo como él se mere eso y mucho más.