José de Ribera, el artista tras 425 años de su nacimiento


El “siglo de oro”, ese barroco siglo XVII es uno de los momentos de máximo esplendor del arte peninsular, fuertemente influido por el espíritu de la contrarreforma tridentina. Aunque más recordado por la literatura (Lope de Vega, Calderón, Góngora, Quevedo y el omnipresente Quijote cervantino), la pintura dejó también a algunos de sus grandes artistas como Murillo, Zurbarán, Ribalta y, por encima de ellos, Velázquez. El gran problema que yo tengo con este período es que, por algún motivo (quizá la tan fuerte influencia de la contrarreforma), no consigo empatizar con ellos (ni siquiera con Velázquez). Bueno, con una excepción, el que será junto con Sorolla mi pintor español favorito (El Greco no era español): José de Ribera. ¿Por qué, a diferencia de sus contemporáneos, disfruto mucho más con su obra? Un repaso a algunos aspectos de su biografía y estilo nos ayudarán a explicarlo.




José de Ribera nace en la valenciana ciudad de Xàtiva a comienzos de 1591: me encuentro con dos fechas de su nacimiento, el 12 de enero y el 17 de febrero. Como el 12 de enero ya pasó, pues hablamos de él el 17 de febrero, sea esta su fecha de nacimiento o no, da igual. Aunque su padre era zapatero, tanto él como su hermano Juan se dedicaron a la pintura (aunque poco sabemos de su hermano). José consigue de hecho entrar como aprendiz en el taller de Francisco Ribalta, pero siendo aún un adolescente, se da cuenta de que su futuro está en Italia, y allí se va, no sabemos en qué fecha (sus primeros años son muy oscuros, apenas sabemos nada de él), pero quizá incluso con menos de 15 años.

Antes de llegar a Roma pasa por el norte, por Milán y Parma. Una vez en Roma, se encuentra con una situación artística un tanto diversa: el renacimiento ha llegado a su fin a consecuencia de los excesos del manierismo (cultivado por gente como Miguel Ángel, Giorgio Vasari o por El Greco en España, por ejemplo). En busca de aumentar la expresividad, estos artistas exageraron las formas humanas hasta límites imposibles. Las nuevas generaciones buscaban volver a estilos pictóricos más acordes con la realidad, pero lo harán desde dos enfoques distintos: por un lado podemos situar a Ludovico Carracci y sobre todo al gran Guido Reni, principales exponentes del clasicismo, de la vuelta a los ideales clásicos que tanto se habían llevado en el renacimiento, una vuelta al canon estético clásico. Por otro lado están los caravaggistas, que, lejos de buscar esa belleza clásica, prefieren el realismo, añadiendo a este el marcado tenebrismo de su líder (un Caravaggio al que tal vez pudo conocer Ribera en persona… pero si tenemos en cuenta que Caravaggio se fue de Roma en 1606, eso supondría que José de Ribera tendría que haberse ido a Italia con menos de 15 años… lo que en principio no concuerda con lo que se pensaba hasta hace poco). En todo caso, Ribera entra en contacto con ambos grupos (si no conoce a Caravaggio, al menos sí lo hará a sus seguidores, especialmente de origen flamenco.

Ribera tiene que elegir… y se decanta por el caravaggismo. Prueba de ello es este cuadro recientemente atribuido al valenciano, “El juicio de Salomón”:

Pintado hacia 1609-1610, en este cuadro vemos el típico tenebrismo caravaggiesco, ese juego de claroscuros con el fondo en total penumbra y un haz de luz iluminando la escena principal.

En Italia, a parte de conocer la obra de los grandes artistas tanto del momento como del pasado, entra también en contacto con la cultura y el arte clásico, incluyendo la mitología, algo casi imposible en España (a ver cuánta pintura de temática mitológica encontramos entre los pintores del siglo de oro, exceptuando a Velázquez). Si es que la reforma tridentina se llevaba en España más escrupulosamente que en cualquier otro sitio, incluyendo los estados pontificios.

Eso no significa, claro, que Italia esté apartada de la contrarreforma, y tampoco lo estará Ribera, ya que una de las temáticas predilectas del pintor, muy de acuerdo con el espíritu contrarreformista, son los martirios de santos. Un ejemplo temprano de este tipo de pinturas es este “Martirio de San Lorenzo” que se encuentra en la Basílica del Pilar de Zaragoza, en la que todavía se aprecia un estilo pictórico por definir, pero que no carece de calidad:

José de Ribera ha decidido quedarse en Italia, pero busca un lugar en el que pueda estar cómodo y conseguir trabajo. Y ese lugar es Nápoles, un virreinato español que además era una ciudad sumamente rica, por lo que era más fácil conseguir encargos e incluso mecenazgos. Así que en 1616 se va a Nápoles, donde residirá el resto de su vida. No tarda en ser acogido por un pintor local, Giovanni Bernardino Azzolino, con cuya hija Catalina se casará a los pocos meses. Los resultados serán 6 hijos. Entre sus primeras obras napolitanas figuran un ciclo de los apóstoles y esta flagelación de Cristo, que sigue a la perfección la estética de Caravaggio:

Por esas fechas, el virrey de Nápoles es el Duque de Osuna, que le hace varios encargos, como por ejemplo este San Sebastián:

O también este “martirio de San Bartolomé”, que con un tenebrismo caravaggiesco representa con suma crudeza el desollamiento del apóstol:

Pero no nos van a faltar cuadros de temática mitológica, como ese “Sileno ebrio” de 1626 que se encuentra en el Museo Capodimonte napolitano y que de nuevo nos recuerda a Caravaggio:

Pese a todo, durante esos años su mayor prestigio vendrá como grabador, lo que le traerá fama en toda Europa, y que será su actividad principal hasta aproximadamente 1626.

En 1628 pinta otro martirio, en este caso el de San Andrés (actualmente en Budapest), pero en él ya se puede observar algún cambio: la estética sigue siendo caravaggista, pero su paleta de colores comienza a ampliarse, con ese cielo azul o la tela amarilla que encontramos bajo la cruz:

En 1629 llega a Nápoles el nuevo virrey español, el Duque de Alcalá, que le encargará numerosas obras a José de Ribera. Entre ellos figura una imagen de filósofo, generalmente identificado como Arquímedes, aunque otros piensan que se trata de Diógenes:

Al igual que Caravaggio, Ribera recurre a modelos que se encuentra por la calle entre la gente pobre, mendigos, pescadores, incluso bandidos. No busquemos un rostro idealizado; más aún que en Caravaggio, en Ribera encontramos ese feísmo tan típico de la pintura hispana (que encontraremos en pintores como Velázquez o Goya).

Siguiendo esa estética de retrato naturalista y con tendencia al feísmo, el Duque de Alcalá le solicitó que retratara a una mujer barbuda, “Maddalena Ventura con su marido y su hijo”:

No busquéis belleza, no la vais a encontrar. Es un realismo crudo, oscuro, todavía plenamente caravaggista.

Lo vamos a encontrar todavía en los cuadros mitológicos que realiza de los condenados al tormento eterno; el primero es Ixión en la rueda:

Y el segundo es Ticio, al que cada día un ave le devora el hígado que vuelve a crecerle durante la noche:

Pero el estilo pictórico de José de Ribera empieza a cambiar en esos años, que serán a fin de cuentas sus años de plenitud. No abandona en absoluto el realismo caravaggista, pero sí su tenebrismo, pasando a enriquecer su paleta con colores mucho más vivos. Las influencias que le llevaron a este cambio son diversas: puede ser Tiziano y los pintores de la escuela veneciana, tan dada al uso de colores vivos, puede ser por Guido Reni o incluso por Anton van Dyck, que por esos años estará de visita en Italia. Ya comenzamos a ver ese cambio en esta “Sagrada familia con Santos” del Palacio Real de Nápoles:

Lo vemos ya en los rosas y azules de las prendas o en el dorado del cielo.

Pero lo vamos a ver todavía mejor en esa obra maestra que Ribera pinta en 1635 por encargo del nuevo virrey de Nápoles, el Conde de Monterrey, para su panteón en el convento de las Agustinas de Salamanca, la “Inmaculada concepción”:

El colorido y la belleza que vemos en este cuadro (referente máximo de los pintores españoles de la época) no lo habíamos visto antes en Ribera.

Pero José de Ribera no abandona su estilo realista, como lo hace en el “Combate de mujeres”, que recoge un episodio legendario de Nápoles en 1552, en el que dos mujeres, Isabella de Carazzi y Diambra de Pottinella, se pelean por el amor de un hombre:

En 1637 pinta algunas de sus obras maestras. Comenzamos con una escena del antiguo testamento, “Isaac bendice a Jacob” en el que no nos dejemos engañar por el colorido de la sábana, los rostros arrugados de Isaac y Rebeca nos revelan una fidelidad al realismo que su nuevo colorismo no cambia:

Otra obra maestra es el “Apolo y Marsías” del que hay varias versiones, siendo esta la de la Certosa di San Martino de Nápoles:

De nuevo, el colorido no debe hacernos ignorar el feísmo en la atroz expresión de dolor de Marsías siendo desollado por Apolo al haberle vencido éste en su competición musical. Al parecer, estas imágenes mitológicas tenían también una función alegórica, recordando el martirio de San Bartolomé también desollado.

La otra obra más destacable de ese año fue la Pietà, también de la Certosa di San Martino:

En 1639 también pinta algunas de sus obras maestras, como este “Martirio de San Felipe”:

Mucho más luminoso y colorista que sus otros martirios, este cuadro nos muestra el gran estudio anatómico en la figura casi desnuda del apóstol.

Del mismo año es “El sueño de Jacob”:

La escalera de los ángeles apenas es un haz de luz que baña la cabeza del dormido Jacob.

En 1641 pinta una bellísima “Maddalena penitente”:

En 1642 pinta una obra que nos permite entender muy bien su evolución artística, “El lisiado”. En ella vemos a un niño con el pie deforme, que lleva en sus manos el papel que le da el permiso de mendigar. Por su paleta cromática bien podría ser un cuadro de Guido Reni, pero su realismo (incluso le faltan dientes) nos lleva de nuevo a los modelos que usaba Caravaggio para sus obras:

Hacia 1644 o en años posteriores pinta un tema que fue muy frecuente en Caravaggio, un “San Juan Bautista en el desierto” en el que de nuevo se percibe la influencia caravaggista:

En 1646 pinta un “San Gennaro saliendo ileso del horno”, que recoge el mítico episodio del martirio del santo patrón de Nápoles en el que éste es arrojado en un horno, pero las llamas no le afectan. La belleza del dibujo y del colorido lo convierten en uno de los cuadros más bellos del autor:

Pero las cosas se le complican a José de Ribera. Sufre una enfermedad (algunos piensan en una trombosis) que afecta a su trabajo. Además, en 1647, la crisis económica lleva a la revuelta de Massaniello, que adquiere un marcado carácter antiespañol, algo que le afecta a él, siendo español (y conocido con el apodo de “Lo Spagnoletto”). Muchos de los mecenas que realizaban encargos de pinturas huyen, y sus posibilidades de trabajar se reducen. Para sofocar la revuelta, Felipe IV manda a su hijo bastardo Juan José de Austria, quien en lo de mujeriego salió a papá, porque se lió con una de las hijas de Ribera, dando lugar a un importante escándalo.

A pesar de todo, Ribera realiza un retrato ecuestre de Juan José de Austria:

José de Ribera sigue trabajando, aunque a menor ritmo. En 1650 pinta una “Adoración de los pastores” del que hay dos copias, siendo esta la del Louvre:

Pero la amargura de sus últimos años le lleva a abandonar esa luminosidad y ese colorido que caracterizaron su etapa de madurez y volver a un estilo mucho más sombrío, del que es prueba esta “Santa Maria Egiziaca” de 1651:

Y lo veremos también en su última obra, el “San Jerónimo penitente” de 1652:

José de Ribera muere finalmente el 2 de septiembre de 1652, con 61 años, y es enterrado en la iglesia de Santa Maria del Parto, en el napolitano barrio de Mergellina, aunque por desgracia a día de hoy se desconoce el paradero de sus restos.

Ribera fue una de las máximas figuras del barroco napolitano, manteniendo una importante rivalidad con el otro gran maestro napolitano de la época, Massimo Stanzione. Pero su influencia pervive tanto en los pintores españoles de la época (Velázquez, que lo visitó, y Ribera o Zurbarán, que pudieron ver obras suyas que llegaban a España de manos de los virreyes de Nápoles) como en los napolitanos posteriores, como el gran Luca Giordano, que se formó en el taller de Ribera en sus años finales, y de ahí hasta el mismo siglo XIX. Y es que José de Ribera es una de las grandes figuras de la pintura barroca, y por lo tanto una figura de gran importancia en la historia de la pintura.



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