Memorias de Danton


Los recientes atentados en París del 13 de noviembre han supuesto un gran golpe que nos ha consternado a todos. Es cierto que todos los atentados (y asesinatos) son igualmente deplorables, y que el mismo día hubo atentados en Líbano, por ejemplo, y que todos los días los hay en algún país de Oriente Medio o del norte de África y ni nos enteramos. Pero por una parte, este atentado afectó más a Europa y al mundo “occidental” porque le atacaba en su propio seno. Todos vemos Beirut (o Damasco, o Mogadiscio, o Islamabad o poned el lugar que queráis) demasiado lejos, no es nuestro mundo, es algo ajeno (un gran problema de las sociedades occidentales, que se sienten muy seguras en su casa y el resto poco les importa).




Pero desde el mismo momento en el que me enteré de los atentados (vía twitter, porque si de la televisión dependiese…) ya dejé bien claro que atentados en París son algo más. Al margen de que ataquen la que en mi opinión es la ciudad más bella del mundo (por delante de Florencia y mi querida Donostia, que completan el podio del ranking), París es en mi opinión un símbolo: un símbolo de libertad. Libertad por la que lucharon en 1789, 1830 o 1848, con considerable éxito en esos tres casos (con menos éxito en otros, como en 1832), y que ni los todopoderosos monarcas Luis XVI, Carlos X o Luis Felipe de Orleans pudieron detener. Esa ciudad que derramó su sangre para que otros pudieran disfrutar de esa libertad que ellos no tuvieron. Por ello, desde mi punto de vista, atentar contra París es un mensaje de atentado contra la libertad de todos.

Aquella misma noche quise escribir un pequeño mensaje en Facebook acompañado de alguna canción. pensé en un principio en esa bellísima canción “Sous le ciel de Paris” que cantaba la gran Edth Piaf. Pero luego cambié de opinión, encontré algo que me pareció que resaltaba mejor el simbolismo que buscaba:

La mayoría de quienes me conocen saben que no soy precisamente dominguista. Pero desde la primera vez que escuché esta canción (y eso fue viendo en directo la retransmisión del concierto de los Campos de Marte que dieron Los tres tenores con motivo del mundial de Francia 1998… cuando yo tenía 13 años y acababa de empezar en el mundo de la música clásica) hubo algo en esta canción que me llegó. Poco sé de esta canción, a parte de que la compuso el propio hijo de Plácido Domingo, Plácido Jr. Pero da igual. Y quienes entendáis francés y podáis seguir la letra del vídeo me entenderéis.

Y es que, al igual que París, Danton es para muchos un símbolo. Un símbolo de la revolución, pero de una revolución muy distinta a la de Robespierre. Así que vamos a repasar brevemente la carrera revolucionaria de Danton.

Georges-Jacques Danton tiene 31 años cuando, en 1790, funda junto a otras destacadas figuras revolucionarias como Marat o Desmoulins el “club des Cordeliers”, de ideología republicana moderada. Como destacado miembro de este, forma parte del sector más radical de la revolución en esas primeras fechas, luchando contra la monarquía que muestra cada vez más que no está por la labor de acceder a todas las reformas que se han firmado. La elocuencia y el carisma de Danton le atrae la simpatía de mucha gente, y así forma parte de la comuna (o ayuntamiento) de París, desde el que llama al pueblo a firmar a favor de la república en un acto que tendrá lugar en los Campos de Marte el 17 de julio de 1791. Una multitud responde a esa llamada, pero la asamblea constituyente y el alcalde de París ordenan dispersarla, y la manifestación termina con una carga del ejército en la que mueren 50 personas. Esta matanza del campo de Marte es un punto importante en el desarrollo de la revolución, ya que supone la ruptura entre moderados (Girondinos) y radicales (Jacobinos), a los que pertenecen los Cordeliers.

Pero Danton huye a Inglaterra, no volviendo hasta finales de de año. Y en 1792 es nombrado ministro de justicia, lo que al sumar su cargo en la comuna de París le convierte en el hombre más poderoso de Francia.

En 1793 hace algo contradictorio: vota a favor de la ejecución de Luis XVI, cuando anteriormente había defendido la menos radical opción del destierro. Pero cuando pasa a formar parte de la convención nacional (el órgano legislativo-parlamento y ejecutivo-gobierno de la I República francesa), renunciando a su cargo como ministro de justicia, su oposición a Robespierre es cada vez más notoria. Ambos en general comparten sus ideas, sus fines (con algunas excepciones: Danton se opone al puritanismo austero que busca Robespierre para conseguir la “virtud”), no comparte sus formas. Danton busca la conciliación con los Girondinos, el otro sector de la convención, con la intención de pacificar un país cada vez más dividido entre monárquicos, moderados y radicales. Por tanto, se opone a la política de terror de Robespierre, que va ejecutando a todos aquellos grupos que se le oponen, como los Girondinos. Y también se opone (esta vez sí) a la ejecución de la reina Maria Antonieta.

Pero estamos en los últimos meses de 1793, y Robespierre se encuentra en grandes dificultades: los jacobinos están divididos. Por un lado están los “indulgentes”, encabezados por Danton y Desmoulins, y por otro los ultrarrevolucionarios de Jacques-René Hébert, radicales que consideran conservador al propio Robespierre. La ruptura del gobierno es obvia, y los cordeliers se desmarcan definitivamente de los Jacobinos. Y al igual que hizo con los Girondinos, Robespierre se encarga de liquidar a sus adversarios. El 24 de marzo de 1794 les toca el turno a los hebertistas, que son guillotinados. Y ya se sabe qué va a pasar después…

En enero de 1794, un amigo íntimo de Danton, Fabre-d’Églantine, es detenido por haber falsificado un decreto de disolución de la compañía de Indias. Danton es consciente del peligro que corre (sus enemigos hebertistas todavía no han caído) y huye, pero de poco sirve. Tanto él como Desmoulins y otros de sus seguidores indulgentes son detenidos el 30 de marzo, y guillotinados el 5 de abril de 1794. De poco le sirve a Robespierre, quien a diferencia de Danton y de Hébert no tiene el apoyo de las clases populares. Su gobierno no tardará en caer y su cabeza correrá el mismo destino que la de sus enemigos… y nadie le llorará.

Danton fue consecuente con su forma de pensar hasta el final (no se puede decir lo mismo de Robespierre), y su ideal conciliador contrasta con el reinado de terror de su gran rival jacobino. Y es por eso que Danton se ha convertido en un símbolo de incorruptible luchador por la libertad de todos, no sólo de los que piensan como él. Quizá nuestra visión actual de él peque de romántica, quizá nos equivoquemos en la forma que tenemos de verle, pero los ideales no tienen por qué ser del todo reales, eso es lo que les hace mejores.

Volvamos ahora a la canción de antes. Quizá ahora la letra cobre más sentido tras repasar su historia. Pero por encima de todo destacaría las últimas palabras: “Adiós, mi pueblo; no me olvidéis”. Porque es eso, la memoria de la historia, lo que más necesitamos ahora. Para no recaer en los errores del pasado. Y sobre todo ahora, en el odio a los diferentes. Robespierre los exterminó, y ¿de qué le sirvió? Cuando a ambos lados se oyen voces radicales (dignas del mismo Hébert) que defienden ideas descabelladas, recordar a Danton puede ser un buen remedio para evitar los extremos y aprender a respetar a TODOS.



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