Turismo en Florencia: la Cappella Brancacci


Florencia es sin duda la ciudad del Renacimiento, esa ciudad que en el siglo XV vio nacer un nuevo movimiento, el humanismo, y un nuevo estilo artístico que dejará sus mejores manifestaciones en la ciudad del Arno. Y si se suele asociar en general el nacimiento del Renacimiento a la mano de Filippo Brunelleschi, en especial en su diseño de la cúpula de Santa Maria dei Fiori, la catedral florentina, uno de los lugares más visitados de la ciudad, la cuna de la pintura renacentista, la Cappella Brancacci, es en cambio un lugar a menudo ignorado por el turista que no sepa mucho de arte.




Uno de los mayores logros de Brunelleschi al diseñar la cúpula de la catedral de Florencia fue su capacidad de plasmar la estructura en un plano, a diferencia de lo habitual hasta entonces, que era diseñar maquetas tridimensionales. Brunelleschi descubre las leyes de la perspectiva que le permiten precisamente eso, plasmar en un plano bidimensional una estructura en tres dimensiones. Ahora sólo falta trasladar esas leyes de la perspectiva a un campo que no requiere necesariamente de ellas pero que se va a ver muy beneficiado de su uso, como es la pintura. Y el primer gran espacio en el que se emplea la perspectiva en la pintura, todavía mural, va a ser precisamente en la Cappella Brancacci, en la obra del joven Masaccio.

La Cappella Brancacci se encuentra en la Iglesia de Santa Maria del Carmine, en Oltrarno (es decir, en la rivera sur del Arno, al otro lado de la Catedral). Se trata de la iglesia de un convento carmelita existente desde el siglo XIII. Allí, en 1386, Pietro Brancacci manda construir una capilla, justo al lado del transepto de la iglesia, junto a la puerta que se abre al claustro del convento. Los Brancacci eran una familia patricia florentina establecida en Oltrarno que se dedicaban al comercio de paños de lana, por lo que alcanzaron una considerable fortuna. Será unos años después cuando su sobrino, Felice, encargue la decoración pictórica de la capilla.

Los Brancacci habían cambiado su actividad comercial, pasando de la lana a la seda, y su fortuna no para de crecer. Miembros del partido güelfo, se codean con las más importantes figuras de la vida política y económica de Florencia. Felice Brancacci había desempeñado incluso la labor de embajador de Florencia en El Cairo. A su vuelta a Florencia, encarga en 1424 la decoración pictórica de la capilla a Masolino da Panicale, quien trabajará en la decoración junto a su ayudante, el joven Masaccio (que tendría unos 22 años). Pero en septiembre de 1425, Masolino parte para Budapest, para convertirse en pintor de la corte húngara, con lo que el joven Masaccio se hará cargo de la dirección de la obra, hasta su partida a Roma, entre 1427 y 1428 (morirá muy poquito después, en verano de 1428, sin llegar a cumplir los 27 años). Esto paraliza las obras en la capilla, y por si fuera poco, en 1431 Felice decide aliarse con la familia de banqueros Strozzi al casarse con Lena, la hija de Palla Strozzi. Los Strozzi son enemigos de los Medici, y el retorno del exilio de Cosimo el Grande supone el exilio de los Strozzi y de los Brancacci, en el caso de estos últimos en 1436. Nadie, por tanto, se va a preocupar de concluir las obras de la capilla.

Algunos miembros de la familia Brancacci conseguirán volver a la ciudad en 1480, y será sólo entonces cuando se decida concluir la obra de la capilla, buscando a un pintor capaz de adaptar su estilo (han pasado muchos años y la técnica pictórica ha cambiado más que en los dos siglos anteriores). El elegido será Filippino Lippi, uno de los mejores pintores de la época, que se adapta sorprendentemente al estilo del resto de obras ya realizadas en la capilla.

En 1771 la iglesia de Santa Maria del Carmine sufre un incendio que la destruye; milagrosamente, la Cappella Brancacci sobrevive, aunque el humo daña los pigmentos, que sufrieron una profunda restauración entre 1988 y 1990.

Vamos a describir lo que nos vamos a encontrar en la capilla, pero antes tenemos que especificar cómo visitarla. Vemos primero una foto de la fachada (inacabada) de la iglesia:

Si queremos visitar la iglesia (cosa que yo no tuve ocasión en mi viaje a Florencia), con sus frescos de Luca Giordano, sólo tenemos que entrar por la puerta de la iglesia. Pero si queremos visitar la capilla, desde la iglesia apenas vamos a poder verla de lejos. La entrada a la capilla, de pago, se realiza por el claustro. Entraremos por tanto por esa puerta que se ve abierta a la derecha de la iglesia. Pero un detalle muy importante: es imprescindible reservar.

Dejo un enlace en el que podemos reservar las entradas online, aunque también se pueden reservar por teléfono. Yo llamé ya estando en Florencia con dos días de antelación y no tuve ningún problema (y era mes de julio, así que Florencia estaba petada de turistas).

Por la puerta mencionada accederemos a la billetería/tienda (donde podemos adquirir una video-guía, una tablet en la que se describen cada una de las pinturas de la capilla), y de allí accedemos al claustro:

Como puede observarse en la foto, las lunetas del claustro estaban todas ellas decoradas pro frescos, pero algunos de ellos se han perdido.  Podemos visitar además algunas dependencias del convento, entre las que destaca el Cenacolo, con el fresco de la Última Cena de Alessandro Allori, de 1582:

Pero vamos ya directamente a la Cappella Brancacci. para ello atravesamos hasta el fondo el pasillo del claustro que se abre frente a la entrada. Al llegar al final, a la izquierda nos encontramos con el acceso a la iglesia, y justo a la izquierda de la puerta nos encontramos con la capilla:

Uso ya imágenes sacadas de Wikipedia, ya que están mejor iluminadas que las que hice yo (al margen de que mi pulso tiembla más que la falla de San Andrés…).

Masolino pintó la cúpula y las lunetas, pero estas pinturas se han perdido y han sido sustituidas por obras de Vincenzo Meucci (cúpula) y Carlo Sacconi (lunetas), pintadas entre 1746 y 1748. En el centro nos encontramos con la Madonna del Popolo, obra del siglo XII.

La obra que planeaban Masaccio y Masolino se dividía en dos niveles a cada lado de la capilla. Cada nivel constaría de tres pinturas: una, estrecha, pintada sobre el pilar de acceso a la capilla, otra de considerable mayor longitud en la pared lateral y una más estrecha en la pared del fondo, junto al altar donde hoy se encuentra la Madonna del Popolo, pero en el que entonces debería encontrarse el relieve de la Entrega de las llaves a San Pedro de Donatello, que hoy se encuentra en el Victoria and Albert Museum de Londres (una de mis mayores asignaturas pendientes en la capital británica). Y es que la temática elegida para los frescos era la vida de San Pedro, patrón de los marineros y comerciantes marítimos (como los Brancacci) y símbolo de ese papado al que Florencia se estaba acercando en aquella época. Se toman escenas de los evangelios, los Hechos de los Apóstoles y la obra “Leyenda dorada” de Jacopo da Varezze. Con dos excepciones, basadas en el Génesis, que nos encontraremos justo a la entrada.

Comenzamos con las pinturas de la parte superior izquierda. Sobre el pilar nos encontramos con la que quizá sea la obra más célebre de Masaccio, “La expulsión del Paraíso terrenal”:

Destaca en esta obra el delicado dibujo de la anatomía de Adán y Eva, de gran realismo y plasticidad, algo novedoso para la época, así como las expresiones de dolor de ambos. Aunque difiere del Génesis al pintar desnudos a ambos personajes cuando ya deberían estar vestidos.

A contunuación, en la pared lateral, nos encontramos con “El pago del tributo”, también de Masaccio:

El cuadro narra un episodio del evangelio de Mateo y se divide en tres partes. En el centro tenemos al recaudador de impuestos, de espaldas, reclamando el impuesto del templo, mientras Jesús le da órdenes a Pedro. A la izquierda vemos a Pedro cumpliendo con esas instrucciones: ha pescado un pez, que tendrá una moneda en la boca con la que pagar el impuesto. Y a la derecha vemos a Pedro pagando finalmente el impuesto.

La suavidad cromática del fondo paisajístico (montañas y el lago) hace destacar a los personajes centrales, con túnicas mucho más coloridas, mientras que el edificio de la derecha nos permite comprobar el perfecto uso de la perspectiva que demuestra Masaccio en esta obra, que al parecer quiere describir la fuente de ingresos marítima de Florencia.

Inmediatamente al lado, pero ya en la pared del fondo, nos encontramos con la “Predicación de San Pedro” de Masolino:

Al parecer, las montañas del fondo son obra de Masaccio (similares a las del fresco anterior y muy distintas a las que solía pintar Masolino), pero el resto del fresco se atribuye hoy a Masolino, en especial por su forma de dibujar los rizos del pelo y la barba del apóstol, que en el día del Pentecostés predica a la multitud congregada en Jerusalén, multitud en la que muy probablemente Masolino retrata a personajes florentinos de su época, incluyendo a algunos frailes carmelitas del propio convento.

Pasamos ahora a la fila inferior de esta pared izquierda de la Cappella Brancacci. Comenzamos de nuevo por la parte exterior, por el fresco que está sobre el pilar, “San Pedro en la cárcel visitado por San Pablo”, de Filippino Lippi:

Lippi trata aquí de seguir al máximo posible la estética de Masaccio, algo visible en la gama cromática o en la figura de espaldas de San Pablo, aunque el claroscuro de San Pedro nos muestra ya un estilo mucho más avanzado. La continuidad arquitectónica de este fresco y el contiguo, que veremos a continuación, hacen pensar que Lippi siguió un diseño de Masaccio en este fresco.

En la pared izquierda nos encontramos con “La resurrección del hijo de Teófilo y San Pedro en la cátedra” de Masaccio y Filippino Lippi:

La obra sigue la temática de la anterior, basada en la obra de Jacopo da Varagine: estando San Pedro en Antioquía, es encarcelado por Teófilo, el gobernador de la ciudad. San Pablo lo visita en la prisión (la escena que vimos inmediatamente antes) y le pide al gobernador que libere al apóstol. Pero Teófilo sólo accede a liberarlo si Pedro es capaz de resucitar a su hijo, que lleva muerto 14 años. Pedro lo resucita, lo que lleva a que la población de Antioquía se convierta al cristianismo y erija una iglesia con un trono, o cátedra, en la que se sentará Pedro.

La mayor parte de la escena es obra de Masaccio. Destacamos la escena de san Pedro en la Cátedra, con un magistral uso del color y la iluminación que le aportan un relieve desconocido hasta entonces. Sitúa el trono del apóstol a mayor altura que el de Teófilo, en marcada jerarquía. Entre las figuras que le rodean destacan 4:

Aquí Masaccio pinta a 4 destacados artistas renacentistas florentinos: el primero, de perfil, es el arquitecto Leon Battista Alberti; junto a él, mirando al espectador, tenemos un autorretrato del propio Masaccio. A su lado está Filippo Brunelleschi y detrás está Masolino. Parece también que uno de los carmelitas que se encuentran en pie al otro lado del trono es Fra Filippo Lippi, alumno de Masaccio y futuro padre de Filippino.

En el centro tenemos la resurrección el hijo de Teófilo. La figura de Pedro es típica de Masaccio. Para pintar a Teófilo Masaccio retrata a Gian Galeazzo Visconti, duque de Milán y enemigo de Florencia. Su ropa es la propia de un emperador bizantino. Sentado junto a él, Masaccio retrata a Coluccio Salutati, canciller de la república florentina.

Todo el diseño arquitectónico, de nuevo perfecto representante de las leyes de la perspectiva, es obra de Masaccio. Pero Filippino Lippi tiene que intervenir en la obra, que se encontraba dañada precisamente por la costumbre de Masaccio de retratar a personajes de la época. Y es que a la izquierda vemos 5 figuras, que probablemente eran miembros de la familia Brancacci, cuyas figuras fueron borradas tras la damnatio memoriae que sufrió la familia por parte de los Medici tras el exilio en 1436. Lippi dibuja nuevos rostros, retratando a algunas de las grandes familias de Oltrarno. Suyo es también el grupo central, con San Pablo arrodillado, el niño y el joven resucitado, desnudo, en quien Giorgio Vasari creyó ver el retrato del futuro pintor Francesco Granacci, muy influenciado en su primera etapa por la obra de Lippi.

Y pasamos al fresco que se halla en la pared frontal, “San Pedro cura a los enfermos con su sombra”, de Masolino:

La calle en perspectiva dirige la atención hacia el altar central que se encontraba inmediatamente a la derecha de la obra. En el fresco vemos una escena del libro de los Hechos de los Apóstoles, en la que vemos a San Pedro (una figura con mucho menos gracia que las que dibuja Masaccio) seguido por San Juan (al parecer un retrato del hermano de Masaccio, lo Scheggia); un grupo de enfermos se sitúan en la calle esperando ser sanado por las sombras de los apóstoles, cosa que efectivamente sucede, como vemos en los dos de atrás, que ya se encuentran en pie (el del gorro rojo parece ser un autorretrato de Masolino), un tercero levantándose y el cuarto, con las piernas deformadas, esperando que llegue la curativa sombra.

Nos vamos ahora a la pared derecha de la Cappella Brancacci. Comenzamos de nuevo por el nivel superior y comenzamos por el fresco del pilar exterior, “Adán y Eva en el paraíso terrenal” o “El pecado original” de Masolino:

Nos encontramos con dos figuras de claro estilo gótico, estáticas, anatómicamente menos definidas, aunque siguiendo los cánones de belleza clásicos, en gran contraste con el mucho más moderno Masaccio. En todo caso, se interpreta también este clasicismo idealista como una representación de la perfección que contrasta con el realismo de Masaccio de los pecadores ya imperfectos.

Vamos a la pared derecha, con “La curación del lisiado y la resurrección de Tabita”, de Masolino:

Aquí nos encontramos con dos escenas contrapuestas, en lugar de la sucesión cronológica del Pago del tributo que tenemos justo enfrente (y del que ya hemos hablado). Masolino emplea la perspectiva intentando emular el estilo de Masaccio, pero mientras en Masaccio el punto de fuga es el punto central de la escena (en el Pago del tributo era la cabeza de Cristo), aquí es simplemente un vano en un muro. Masolino no alcanza la genialidad de Masaccio por mucho que lo intente. También se destaca la división entre el mundo burgués (la resurrección de Tabita, a la derecha) del plebeyo, con el lisiado de la izquierda, aunque aquí Masolino, por influencia sin duda de Masaccio, trata al lisiado con una mayor dignidad de la acostumbrada. Masolino demuestra aquí cierta audacia al intentar alejarse de sus cánones estéticos para acercarse a los renacentistas de Masaccio, pero lo consigue sólo en parte, lo que convierte esta escena en la menos interesante de las cuatro principales (siempre en mi opinión, claro).

Y al lado, en la pared central, tenemos “El bautismo de los neófitos” de Masaccio:

Esta escena es la continuación de la que se encuentra al otro lado del altar, “La predicación de San Pedro”; aquí bautiza a los conversos en el Pentecostés. Vemos a varios conversos esperando su bautismo, algunos desvistiéndose y otros ya en paños menores (magnífico el resultado del que se encuentra temblando de frío), mientras otro está siendo bautizado. El tratamiento del efecto del agua en su cuerpo, en especial en sus cabellos, es realmente espectacular para la época, como lo es también la sensación de relieve que transmite la distribución de los personajes en distintos niveles de profundidad. Pequeño fresco, cierto, pero en el que vemos mucha de la maestría del joven Masaccio.

Y pasamos ya al nivel inferior de esta pared derecha de la Cappella Brancacci, el último. Comenzando como siempre por el fresco del pilar de acceso, nos encontramos con “San Pedro liberado de la cárcel”, de Filippino Lippi:

Un magistral Filippino Lippi consigue una obra maestra en un espacio reducido. La obra mantiene un paralelismo con la que se encuentra en frente (la visita de San Pablo a San Pedro en la cárcel), y arquitectónicamente es una continuación de la que nos encontramos a su lado y de la que hablaremos a continuación. Lippi se mantiene fiel al estilo de Masaccio en la figura de Pedro, de espaldas y con su túnica colorida como centro de atención de la figura, con un claroscuro matizado, más tenue de lo que Lippi acostumbraba. Pero en el ángel vemos una figura propia de Botticelli (de quien Lippi fue el más aventajado alumno), y la postura del guarda dormido es demasiado contorsionada para la época de Masaccio. Es decir, Lippi se mantiene fiel al estilo de Masaccio en lo fundamental (la figura del apóstol) pero introduce novedades propias de su estilo más avanzado.

Seguimos con la gran escena de la pared derecha, “Disputa con Simón el Mago y Muerte de San Pedro”, también de Filippino Lippi:

Lippi de nuevo trata de mantenerse fiel al estilo de Masaccio, matizando sus claroscuros, aunque el perfil de los contornos es típico de la segunda mitad del quattrocento.

A la derecha tenemos la disputa con la que Pedro desafía al mago Simón, la de ser capaz de acertar lo que está pensando el emperador Nerón. Lippi retrata a algunos contemporáneos en esta escena, además de probablemente retratar a Dante (personaje siglo y medio anterior a esta obra); así, tras el trono de Nerón representa a Antonio del Pollaiolo con un sombrero rojo, mientras que el propio Filippino se autoretrata en el lateral derecho:

Además, ya en la escena del martirio, Lippi retrata a su maestro (que fue a su vez alumno de su padre Filippo Lippi), Sandro Botticelli, justo bajo el arco y mirando al espectador. De la escena del martirio destaca el gran trabajo anatómico en el dibujo del cuerpo de apóstol boca abajo.

Y terminamos con el fresco que se encuentra en la pared frontal, “La distribución de los bienes y la muerte de Ananías”, de Masaccio:

De nuevo aquí la perspectiva dirige nuestra atención hacia el altar de la capilla. En ella vemos a los nuevos cristianos compartiendo sus bienes (una llamada al pago de los impuestos a los ciudadanos), mientras en el suelo yace muerto Ananías por mentir y quedarse con una parte del dinero de la venta. El mensaje es también que la iglesia ayuda a los necesitados pero castiga a los infieles. Masaccio no se preocupa de pintar detalles superfluos del fondo de la escena, centrándose más en individualizar a los personajes (frente a un mayor esquematismo de Masolino) y en dotarlos de una mayor expresividad.

Terminamos así el repaso a los 12 frescos que conforman la Cappella Brancacci, el lugar perfecto para comprender la evolución de la pintura gótica hacia la renacentista, con verdaderas obras maestras del siglo XV. La Cappella Brancacci es sin duda una visita imprescindible en Florencia y una buena forma de adentrarse en el renacimiento.



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